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crónica

Las plantas del jardín prístino del arroyo de los álamos

in Crónica by
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Somos tres devotas de las plantas nativas las que emprendemos el segundo viaje hacia Valle de las Palmas. Tomamos la carretera rumbo a Tecate. Yo no manejo ni soy copiloto. Me acurruco atrás pensando en que podría resolver el desvelo con una siesta caminera. No tenemos mucha seguridad de lo que allá nos aguardará. Hemos aprendido que lo mejor al tratar con Norma Meza Calles es dejar que el tiempo tome su curso y con él las cosas sucedan libremente. Seguimos las indicaciones que nos envió por el celular: “Lleguen a la casa, de ahí las llevamos al rancho”. No sabemos qué nos espera. Norma, en sus mensajes, siempre escuetos, no nos brinda mucha información.

  En la última visita que le hicimos quedamos que este sábado nos llevaría a caminar al monte de su comunidad para enseñarnos sobre las plantas que sus antepasados kumiai usaron y que ella aún usa y enseña a sus nietos a usar. En aquella ocasión nos vimos en la casa de Valle de las Palmas donde vive con sus nietos, Noemí, Aracely, Mahit y el pequeño Wiywer, apodado Ñaña, que es un torbellino de apenas 3 años. Las nietas más grandes nacieron y crecieron en Juntas de Nejí (la comunidad kumiai asentada en un cañón de álamos cerca de Tecate), pero la familia se mudó para que tuvieran acceso a las escuelas del Valle de las Palmas.

  Hace cerca de un año conocí a Norma en Nativa, el festival tradicional de las etnias nativas de la región que el Instituto de Culturas Nativas de Baja California A.C. (CUNA) organiza desde hace décadas. En él se reúnen los herederos de los pueblos yumanos originarios de ambos lados de la frontera a compartir sus ritos, artesanía, cantos y comida tradicionales. Durante aquella edición del festival se celebró el primer Concurso de cocina tradicional nativa “Armonía ancestral”, y tanto Norma como yo fuimos invitadas a participar en el concurso tomando el parte de juez. Sentí su juicio muy severo, y a veces desalentador para los participantes. Quizá porque le tengo algo de aversión a los concursos, las competencias; quizá porque me gustaba más la idea de felicitar a todos los participantes por el sólo hecho de llevar a cabo la investigación entre la historia familiar para justificar la preparación con la se aventaron a concursar. Sentía que la severidad del juicio calificador de Norma -no sólo en las tablas de evaluación, sino en sus expresiones y críticas a los concursantes- podía desanimar el ejercicio de buscar sus raíces en la cocina de las madres,  de las abuelas. Pero comprendí que el puro evento de animarse a cocinar la preparación familiar no era lo que ella buscaba celebrar, sino el apegarse a la receta tradicional, a la manera de las costumbres, de las raíces nativas.

  Buscamos a Norma hace varias semanas porque nos interesa hablar con ella sobre las tradiciones de su gente, particularmente sobre la cocina y la medicina kumiai.  En diversos foros y publicaciones hemos identificado en ella un fuerte estandarte que se caracteriza por preservar las usanzas de los antepasados entre los herederos de las culturas nativas.  Junto con otras sobresalientes mujeres nativas, como Rose Ramírez (descendiente chumash de la California estadounidense), Norma promueve la resiliencia de sus costumbres sembrando la semilla de éstas en sus nietos con un amor de abuela. Ambas mujeres les han enseñado cómo la naturaleza provee del alimento y la medicina que necesitan para crecer sanos y plenos. Luna, la nieta de Rose, ha aprendido a recolectar, usar y cultivar plantas como la salvia blanca o la ortiga; Noemí, la mayor de los nietos de Norma -tiene apenas quince años y una cabellera larga y negra que deja caer sobre sus hombros-, nos presume orgullosa que ella sabe cocinar el pish alj, la flor amarilla del ejotillo silvestre. Mientras nos lo comparte, los ojos de Noemí brillan como saboreándose los tacos de la flor guisada. De su abuela aprendió cómo prepararla, hirviendo durante varias horas los capullos amarillos, para luego formar una bola que se cocina con cebolla picada. Luego, con el guiso resultante se rellenan los tacos. “Saben bien buenos”, dice la chica del pelo negro.

  Creo que de las mujeres kumiai que he oído hablar, Norma es una de las que lleva la voz más firme: defiende ferozmente sus encinos y sus pinos, sus flores de pish alj y su salvia blanca que poco a poco se vuelven menos accesibles por el desarrollo y la adquisición de tierra por particulares.  Antropólogos y lingüistas, estudiosos de la cultura kumiai, la mencionan frecuentemente entre sus fuentes. Muchos de los grandes personajes de las comunidades que poseían el conocimiento de la tradición, los ancianos, han muerto ya. La voz de Norma es la historia viva que busca perpetuarse. Ya bien entrada en la plática, en esa primera ocasión, nos extiende una invitación que nos resulta fascinante: “cuando vuelvan a venir vamos allá al rancho. Vamos, a caminar al monte  a buscar plantas”.

  Y es así que volvemos por segunda vez a Valle de las Palmas. No sabemos con certeza qué nos aguarda, los mensajes que Norma nos envía siempre revelan poco de lo que habremos de encontrar. Su nieta, Noemí, con su pelo negro apenas sujeto por un broche, nos recibe.

–Las estaba esperando– dice mientras cierra con candado la puerta–. Vamos, yo las voy a guiar hasta el rancho.  

  Se sube al auto y tomamos de nuevo la carretera. Nos desviamos más adelante por un camino angosto pero pavimentado que no está señalizado. Al poco tiempo el pavimento acaba y recorremos el camino de tierra que divide en dos el paisaje: al lado izquierdo, el chaparral,  y al lado derecho, todo aquello que el año pasado no sucumbió en un extenso incendio. Vemos inmensas moles de roca teñidas por el tizne del humo que desprendieron las plantas en combustión. Del lado del chaparral, las plantas hacen patente en sus fisonomías que el calor ha sido despiadado. Nos bajamos del auto al reconocer desde la ventanilla a una planta que nos es familiar pero que no logramos identificar. De entre los matorrales de una salvia vemos que en sus varas crecen las primeras hojas de esta temporada. Deducimos que es salvia negra, luego de dedicarle un minucioso estudio a su aroma. No es el característico olor a miel de la salvia del valle. No puede ser la salvia de la costa, estamos muy lejos de la humedad del mar. Todavía es muy temprano para identificarla por el color de sus flores, no han brotado las inflorescencias. Sospechamos de la salvia negra, pero no lo aseguramos hasta que en los libros encontramos más información.

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  Más adelante el color marrón y cenizo a nuestro alrededor da paso a un verde muy fresco y vivo: entramos a un bosque de fresnillos. Las hojas tiernas, recién nacidas de los fresnillos, pintan el aire de un color verde limón. Hay muchos fresnillos. Son tantos y tan verdes que parece que no hay ninguna otra planta diferente en ese bosque. Sin embargo la hay. Es el primo desértico del saladito. Lo he visto a menudo en las guías ilustradas, pero nunca lo había tenido frente a mí. Me emociono como una niña. Cuando volteo a ver a mis amigas y cómplices en la aventura adivino en sus caras el mismo sentimiento. Tanto la salvia negra como Rhus ovata, el primo del saladito, son señales inequívocas de que estamos inmersas en el corazón del chaparral. En esta época del año los primos desérticos del arbusto costero coronan sus ramas con los botones rojos de donde saldrán pronto sus flores. Es casi idéntico a su primo, el que vive en el paisaje al que mis ojos están acostumbrados. Pero sus botones rojos lo delatan. Comprendo ahora la naturaleza y la maravilla de las comunidades de plantas de la región. Varían según el clima, se adaptan. Aquí se sienten más intensos el aire seco y el calor atroz del sol. Los colores y las texturas del cerro cambian conforme nos alejamos del mar, y si se observa detenidamente se pueden ver en las plantas los detalles que distinguen a cada lugar. Me siento muy contenta de haber tomado la decisión de no manejar, así puedo ver con atención  el afuera a través de la ventana del auto. De la desvelada, ya ni el recuerdo queda.

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  El camino se torna cada vez más agreste. Se siente en la textura de su superficie que es un camino poco transitado. El suelo granítico desprende muchas piedrecillas que nos obligan a aminorar la velocidad y acrecentar la precaución. Se respira cierta tensión al interior del auto, no  es sólo la conductora. Todas secretamente nos preguntamos cómo será el regreso cuando las bajadas pedregosas se conviertan en subidas… y la limitante de la luz del sol. Me entra poquita culpa por no haber manejado. Mi carro al menos tiene doble tracción. Pero es que en realidad nadie imaginó en qué consistiría la frase de Norma de “ir al rancho”. Tengo en la mente el momento mismo en que la pronunció mientras agitaba su mano, como indicando que el rancho estaba ahí tras lomita. A ninguna de las tres se nos ocurrió preguntar. Qué bobas. Qué ingenuas. El camino es cada vez más accidentado y no se ve que estemos llegando a Nejí, al rancho. A la redonda no se ven más caminos que el que andamos. Sólo hay rocas y chaparral.  

  Después de varios minutos -que, bajo el filtro de tensión, parecen horas- Noemí señala un punto en el cual detenernos. Se dirige a una gran roca que trepamos tras de ella

–Allá abajo está el rancho.

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  Al pie de la montaña, frente a nosotros, se halla el arroyo de los álamos. En medio del árido paisaje se abre paso una procesión de más de diez kilómetros de álamos que crecen bordeando todo el largo de un arroyo de agua fresca y clara. Los álamos, junto con los alisos y los encinos, son árboles que crecen a las orillas de los cuerpos de agua. En estas zonas que se desarrollan cercanas a los ríos y arroyos, las llamadas zonas riparias, encuentra uno plantas que sólo se dan en estas condiciones de humedad. Álamos y alisos secan sus hojas en otoño, aportando su peculiar amarillo tostado a la paleta de colores del entorno. En el invierno el álamo pierde la totalidad de sus hojas y sólo prevalece el blanco cenizo de su tronco y de sus ramas. Desde lo alto de la roca en la que Noemí se ha sentado a llenarse los ojos con la vista, el río de álamos se ve como una larga nube blanca, como un caprichoso tren de neblina que corre implacable por la tierra kumiai.

  Regresamos al auto y comenzamos el descenso. En la parte más baja del camino atravesamos el arroyo, bajo el bosque gris de las ramas desnudas de los álamos. Ya del otro lado, continuamos el sendero rodeado de chaparral y rocas de gran tamaño, hasta llegar a una reja que Noemí abre. En unos cuantos minutos estamos al pie del aliso frente a casa de Norma.

–Las estábamos esperando– nos recibe sonriente–. ¡Súbanse al pick-up, ya vámonos todos! Ñaña, corre a avisarle a tu papa que ya nos vamos al “parque”.

  Apenas llegamos nos fuimos al “parque”, como le llama Norma, o “jardín”, como le llaman sus nietos. Nos subimos a la pick-up que maneja el esposo de Norma. En la caja, junto a la hielera y la bolsa de carbón y enseres, se apilan los nietos y mis dos compañeras. Yo me voy al frente con Norma y su marido. Tomamos un camino diferente al que recorrimos para llegar, una nueva ruta para bajar al arroyo. Se ve que pocos son los autos que lo usan. Dentro de la comunidad sus habitantes  se trasladan en caballos. Mientras vamos bajando Norma me dice:

–Ustedes son las primeras personas de afuera de la comunidad que entran a este lugar– refiriéndose al jardín-. Bueno, no, Mike si ha venido. Mike y ahora ustedes, nada más.

  Me quedo pasmada por lo que acabo de escuchar. Entonces aparece en el horizonte el camposanto de la comunidad. Frente a éste nos estacionamos. Bajamos todo del auto y nos hacemos por una vereda hacia el arroyo, hacia un rinconcito donde unas rocas blancas, lisas y planas tocan el agua e indican el punto donde establecer un campamento. Es un  paraje casi intacto, de una belleza sublime al que la familia Meza suele ir a pasar las tardes de buen clima. Ñaña sin pedir autorización de nadie ni de nada ya está despojándose de la ropa y metiéndose al agua. Ni la fría temperatura de ésta lo detiene. Noemí se dispone a hacer un fuego y empieza a sacar de una gran bolsa el carbón, la carne, todo lo que trajeron al jardín.

–Se nos olvidaron las tortillas– le dice Noemí a su abuela. Ella, diligente, le pide a su nieto, Mahit, que camine monte arriba hasta que el celular marque señal para mandar a su papá, que se quedó en el rancho, a que traiga las tortillas. Y allá va Mahit mientras que Norma nos lleva arroyo arriba a buscar plantas.

  Al andar el camino, la matriarca de la familia señala plantas y nos cuenta para qué las usa. Apenas damos unos pasos y vemos brotes de berros agrupados a las orillas del arroyo. Con la mano le robo al agua unas cuantas hojas. Están deliciosas.

–Estos berros comienzan a brotar en febrero, les gusta el agua –nos dice Norma.

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 Más adelante encontramos entre las ramas secas al pie de un álamo, el apio silvestre. Es muy aromático, aunque levemente amargo.

–Con este le damos sabor a los caldos y los cocidos– le escucho decir mientras se lleva a la nariz una rama delgada del apio para olisquearla.  

  Luego de adelantarse unos pasos nos hace una seña para que veamos a una menta que nace vigorosa en el agua. Sus hojas huelen a toronja, a albahaca. No es nativa pero es hermosa y de buen sabor. Norma no distingue entre plantas nativas o naturalizadas. Para ella son plantas. Plantas que pueden ser medicina o comida. Plantas que la naturaleza le obsequia para que su gente las aproveche. Y entonces percibimos un aroma familiar. Es el olor del huatamote, el aroma de fresco y dominante de las zonas riparias. Aspiro profundo su fragancia y veo que nuestra guía corta unas hojitas de la vara de huatamote:

–Con esta planta se quita el mal olor  de los pies y de los “rincones”– entre risas traviesas nos comparte.  

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  Nos alejamos ahora del afluente y nos internamos al chaparral. Mientras le seguimos los pasos a la mujer, distingo una planta de un verde oscuro trepándose encima de otra. Esta enredadera silvestre pertenece a las Cucurbitaceae, la familia de las calabazas, los chayotes y los estropajos. Aparece en la temporada de lluvias. Trepa, florece y da un fruto espinoso, pequeño. Una suerte de chayote.

–Ese se llama chilicote– nos explica–, es una planta venenosa. A los chivos les da diarrea cuando se la comen.

  Me sorprende porque hace un par de años, al enterarme de que la enredadera era parte de las Cucurbitaceae, sentí la confianza, erróneamente, de probarla. ¡Sabe a rayos! Muy amarga. Tanto la hoja como la flor como el fruto son pura amargura. Afortunadamente en aquella ocasión que me llevé todo eso a la boca lo escupí.

 Acercándose a una planta bajita y de color gris, Norma nos enseña:

–Los botones de la flor de esta planta se juntan para hacer el colchón. Le llaman cama de indio.

  La planta desprende el mismo olor cítrico que el crotón del matorral costero, y en mi libro, la guía ilustrada que traje al paseo, nos disponemos a buscarlo. Pues sí, están emparentadas.  Nos detenemos frente a un enorme arbusto de chamizo blanco. Tiene un agradable e intenso olor, como muchas plantas de su género, las Artemisias.

–A esta le llamamos chamizo blanco o chamizo del indio. La usamos para hacer quemas ceremoniales. También otras comunidades como los kiliwa o cucapá la usan. Cuando la cortes, nunca saques la raíz para que siga dando. Usamos la raíz de algunas [plantas], como la valeriana o la yerba del manso, sólo para preparaciones especiales, para medicina.

  A lo lejos se escuchan disparos y vemos aves al vuelo. Codornices.

–Ya se metieron cazadores otra vez. Yo creo que es mejor que ya no caminemos más en el chaparral, no nos vayan a dar a nosotros.  

A la distancia se ve a una persona con sombrero sobre un caballo dirigirse hacia el lugar donde se escucharon las detonaciones.

–Allá va mi hermano a sacarlos de las tierras, no pueden estar aquí. Quién sabe quién les da permiso, se meten namás, y no pueden. Éstas son nuestras tierras.  

  Salimos del chaparral hacia el claro donde está el panteón. Ya hay otra pick-up estacionada. Eso sólo puede indicar una cosa: ya llegaron las tortillas. Seguimos el rastro del humo y llegamos finalmente de regreso al lugar de las rocas bajo los álamos. Las niñas ya prepararon un pico de gallo con aguacate. Hicieron quesadillas y en una olla mantienen caliente la carne asada, bien doradita.

– ¿Se va a hacer o no se va hacer?– nos espeta Aracely arrancándonos una carcajada.

  Compartimos la comida con la familia sentados sobre las rocas. El sol empieza a caer y nos invade esa luz amarilla previa al atardecer. Sabemos las tres de la odisea de transitar el regreso, pero nos damos unos minutos para admirar y disfrutar de la belleza del paisaje, del jardín en el que los nietos de Norma crecen y juegan. Inhalamos profundo el aire impoluto, cerramos los ojos para escuchar el correr del agua. Las risas de los chavalillos me despiertan del estado meditativo: Ñaña ya se metió al agua de nuevo. El agua está helada pero el niño adivina que si su abuela está recogiendo la basura y el campamento es porque ya pronto iremos de regreso así que aprovecha para darse su último chapuzón.

  Nos escoltan de vuelta a la carretera. Eso nos tranquiliza. En el auto reina la calma, ya no hay tensión. Quizá la maravilla de todo lo que hemos visto y vivido en esa cañada de álamos adereza cualquiera de nuestras preocupaciones. Hay un par de latas de cerveza light que encontramos al margen del camino. Deben ser de los cazadores, porque la comunidad cuida su monte, le guarda un respeto que mantiene el paisaje prístino. Entiendo entonces el tono férreo, casi agresivo, con el que Norma defiende sus plantas, el acento con el que levanta su voz al hablar de sus tierras en los foros en los que la he escuchado. Me siento tan suertuda por haber tenido la oportunidad de entrar a ese paraje que lo único que lamento del día de hoy es no haberme despertado más temprano.

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  Norma nos enseñó un lado sensible y nítido de la personalidad de hierro que antes nos ha manifestado. Ya no es la juez regañona del concurso, ya no es la líder indígena que defiende con garras sus plantas. Es la madre y  la abuela que nos invitó a pasar un domingo al jardín de su casa. Nos compartió el paisaje pleno de belleza que la comunidad de Nejí resguarda. Anoté tantos nombres de plantas en kumiai como pude, y quiero correr a casa a ver los libros y comparar las fotos y los nombres antes de que toda la experiencia se enfríe. Pero no se enfría. En los días posteriores al regreso camino los cerros, mis cerros, mi paisaje lleno de los primos costeros de las plantas que allá vi. Parece que los ojos se educan. Las formas de las plantas nuevas, las que no había nombrado antes del paseo con Norma, parecen saltar y observarme. Cuando uno establece la relación del estímulo sensorial (la vista, el gusto o el olfato) con la memoria, se genera un vínculo del que ya no se escapa. Ahora veo las flores de pish alj por doquier. Y los álamos. Y esa variedad de crotón de donde los kumiai sacan las bolitas para hacer sus camas. Atesoro todo lo que aprendí, y ahora que lo sé no puedo más que invitar a todos a ver al monte con otros ojos, como si se tratara de atraer adeptos a una nueva religión.

—Ismene Venegas

Marta Soto: la voz de un tiempo nuevo

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Marta_Soto

Marta_Soto

Las letras azules y lilas del cartel de neón no tintinean. Iluminan, como una tímida promesa en la noche, una larga fila de gorros, bufandas y abrigos con las solapas levantadas que emiten viñetas de vaho a las puertas de la sala Galileo Galilei. Si el tiempo no fuera engullendo los días pasados la espera podría corresponder a la última película en cartel del antiguo cine Galileo, o a la presentación de un disco de Los Secretos o Antonio Vega. Pero el tiempo no se detiene. Sigue avanzando, como avanza ahora también el público que consiguió hacerse con una entrada y que esta primera noche del mes de febrero ha venido a escuchar en directo la voz de Marta Soto, la joven cantante de Punta Umbría que presenta su nuevo tema “Quiero verte”.

   Los espectadores van ocupando los mil metros cuadrados de la sala repartidos en dos pisos mientras en el escenario esperan un teclado, una batería y una guitarra. Los afortunados que han conseguido una silla en las primeras filas beben satisfechos de sus copas, expectantes, mientras el resto escanea el espacio en busca de un lugar desde el que poder disfrutar, aunque sea de pie, del único concierto en Madrid de la gira que este mes recorrerá también otras salas de Barcelona, Valencia y Sevilla y donde ya han colgado el cartel de completo.

   Media hora más tarde Marta Soto irrumpe en el escenario acompañada de sus dos músicos. Mira al público de frente con una sonrisa de niña alegre e ilusionada. Larga melena castaña, pantalones negros, anchos, y una elegante camiseta de tirantes. Se declara nerviosa. “Es muy especial para mí estar en esta sala a la que he venido tantas veces como público y ahora verme aquí arriba, al otro lado, buff.. esto es muy fuerte”. El público la arropa y ella lo agradece dispuesta a habitar su nuevo lugar en la sala. Se refugia en las cuerdas de su guitarra, cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir empieza a cantar. La voz de Marta Soto hipnotiza. Atrapa el momento y no lo suelta. Es capaz de encapsular el tiempo, encerrarlo en su melodía e ir haciéndolo estallar delicadamente en el aire que la envuelve y que envuelve también a quien la escucha. Y mientras se sumerge en “Qué curiosidad” y “Entre otros cien” su voz va barriendo el frío de la calle, el pasado y todo el ruido del mundo y va dejando un espacio vacío, limpio y renovado, para acoger su nuevo tema “Quiero verte” y mantener el pulso con “Tantos bailes” y “Ya lo sabes”. Su repertorio no es todavía muy amplio pero en sus canciones despunta un estilo: letras alumbradas a fuego lento que arden en un tono intimista que roza la melancolía, sobrevuela la tristeza y se decanta por una vida en la que pasión y esperanza bailan juntas.

   Sólo hay algo que se cuela en este tiempo cerrado: las lucecitas rojas de los móviles. Ojos digitales que registran el momento para amplificarlo en las redes, su primer escenario. En 2014, con 17 años, Marta empezó a colgar en su canal de youtube versiones de cantantes españoles de primera fila. En esas primeras actuaciones su voz flamenca coloreaba ya las canciones de India Martínez, Rozalén, Manuel Carrasco, Pablo Alborán, Antonio Orozco, Malú, Vanesa Martín o Alejandro Sanz. Fue precisamente éste último, al escuchar su versión de “A que no me dejas” quién le dio el primer espaldarazo a su carrera. Le habló de ella a Pablo Motos, presentador de “El Hormiguero” y este la invitó a cantar en televisión la versión que llevaba meses esperando su oportunidad en la red. A partir de ese momento sus seguidores se multiplicaron y siguen creciendo. De eso no hace ni dos años y a día de hoy Marta cuenta con 50.000 suscritos a su canal de Youtube, 11.000 seguidores en Instagram y 4.500 en Twitter. También esta noche la cantante andaluza reserva un lugar para su versión de la letra de Alejandro Sanz. Sin embargo el aplauso inacabable del público al final del concierto es unánime: no son versiones lo que esperan de ella, sino lo que su voz viene a contarnos de este tiempo nuevo.

—Elena García


Elena García es periodista aunque ha pasado muchos años haciendo otras cosas. Ahora está escribiendo una novela. Parece que en la ficción ha encontrado un camino de regreso a las letras.

Me enseñó a subir montañas

in Crónica by
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Fotografías de Daniela San Vil

Desde muy pequeña mi papá me llevaba a acampar a Laguna Hanson, La Rumorosa, San Pedro Mártir, a California, a todos lados. Me enseñó a pescar desde chiquita, a prender una fogata, a hacer del baño entre los arbustos, a dormir profundamente en un sleeping bag en donde sea que lo pusiera, a armar casitas de campaña, a saber diferenciar  la coralillo de la falsa coralillo, o saber la edad de una víbora por los anillos de su cascabel. Mi papá me enseñó cosas sobre la montaña que ahora agradezco, quizá no se lo digo muy seguido pero definitivamente si no me hubiera aventado a la tierra y el lodo y no me hubiera dejado brincar entre las piedras y subir a los árboles y hacer mis locuras no apreciaría hoy tanto una noche bajo las estrellas con los sonidos de la naturaleza y el olor a leño quemado.

Por eso cuando recibí una llamada de mi papá un jueves por la tarde diciendome: “Daniela, voy a subir el Picacho el fin de semana; va a ser mi última vez; tu mamá ya se asusta cuando voy. Tengo 65 años… me gustaría que subieras conmigo”. Me quedé en silencio sin saber qué responder. Era muy espontáneo, pero la nostalgia que me causó pensar que mi papá había decidido retirarse de lo que más lo apasionaba me convenció. Tomé un vuelo al día siguiente y llegué a la tierra caliente que me dio la bienvenida.  

  Mi papá llevaba meses preparándose para el ascenso al Picacho. Corría, subía el Centinela, la Sierra Cucapá, hacía bicicleta y yoga… estaba listo. Me preguntó si yo había estado entrenando. “Un poco”, le respondí. Pero nadie te dice que la subida al Picacho requiere más que de piernas fuertes y buenos pulmones: es sobre todo necesaria una mente decidida y concentrada y muy buen sentido del humor para reírte de las cuarenta veces que te resbalas en un minuto.

   Cargué mi cámara, cogí dos rollos, armamos las mochilas con todo lo necesario para tres días en la montaña y tomamos camino junto a los demás locos hacia el desierto. Viajando en el carro, me decía a mi misma: “Qué fregados estás haciendo, la última vez que subiste volviste destrozada, se te cayeron tres uñas del pie y no caminaste por dos semanas…”. “Mierda”, dije en voz alta. Pero estaba ahí por mi papá. Por nadie más. Por volver a estar en la cumbre de la montaña más alta de Baja California con él, a sus 65 años. Sólo por él.

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 El Picacho del Diablo tiene dos rutas para subir hasta la cumbre. Los picacheros reales toman la ruta por el Cañón del Diablo, el cañón del sol, las piedras gigantes, las uñas de gato, las ramas asesinas, los resbalones y los obstáculos mortales. Esta ruta se camina, dependiendo del ritmo, en un tiempo de doce a quince horas. Se descansa y después se hace cumbre en siete horas para luego volver casi arrastrando el alma hasta el primer punto. Todo en tres días, un total aproximado de treinta horas de caminata.

 Nuestro grupo inició el ascenso a las 12 a.m. de un viernes. Tomamos las lámparas, cargamos nuestras mochilas y nos encaminamos por el desierto hacia la entrada del Cañón.  Éramos diez personas, todas listas, o no, pero ahí estábamos. Después de las seis horas de caminata, las mochilas se vuelven más pesadas y las piernas se comienzan a cansar. El sendero que se recorre no es en sí un sendero como tal sino más bien un camino que abres entre rocas y ramas que te golpean la cara, te rompen los pantalones y te arañan cada centímetro de piel.

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  De pronto te cae todo encima, el cansancio, el sol intenso y una rama seca que te golpea el cuello, una vez y otra y otra, luego viene una más que logras esquivar y te sientes increíble y de nuevo, ¡pum!, rama en la cara. Después pisas mal una roca y terminas en el suelo. Logras levantarte con 20 libras en la mochila y te ríes porque no hay de otra. Te dices a ti misma, “camina, sigue caminando” y no te detienes. Lo increíble es que tanto de día como de noche cada que te levantes te encontrarás con algo hermoso, o el cielo más estrellado que has visto en tu vida, tan estrellado que pareciera ser más luminoso que oscuro, o una pileta cristalina con cascadas y el agua más fresca y rica que podrías probar.

 Mi papá iba al frente de la fila, justo detrás del líder, para marcar el ritmo del paso del grupo, cosa que le permitía recuperarse.

 La primera vez que subí, hace tres años, recuerdo haber estado muy cansada; la etapa del cañón en ese ascenso la completamos en dieciséis horas. Tanto tiempo sin poder descansar me desesperó. Fue un robo de energía. Esa vez, mi papá iba muy pendiente de mí, preguntándome cómo estaba, haciéndome tomar agua, dándome suero y cargando parte de mi peso.

 En esta ocasión intercambiamos papeles: le preguntaba constantemente cómo estaba, me asustaba cuando se resbalaba y caía (todos nos caímos infinitas veces). Le pedía que tomara agua y me ofrecía a cargar parte de su peso. Nunca dudé de que lo lograría pero supongo que preocuparte por tu familia en momentos así es normal. La motivación de mi papá y sus ganas de cumplir esta última meta estaban ahí, se sentían y todo el grupo íbamos para acompañarlo. Mi actitud, a comparación de la vez anterior que hice cumbre, era otra, completamente otra. Estaba feliz de estar ahí. Paso que dábamos, broma que brincaba al aire.  Con el aliento cortado y el equilibrio en juego, y no faltaban las risas en el Cañón.

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 Llegamos a Campo Noche a descansar a la 1 de la tarde del viernes, corrimos a la pileta de agua helada y nos metimos sin pensarlo, para descansar el cuerpo.  Se escucharon gritos casi de sufrimiento y carcajadas. Nadie aguantó más de un minuto ahí dentro. Prendimos la fogata para secar nuestros calcetines sobre el fuego y preparar una comida caliente. Para las 5 p.m., estábamos la mayoría envueltos en nuestras bolsas de dormir y roncando a coro.

 Durante la cena le llovían bromas a mi papá. Sus amigos se reían diciéndole “Qué buena fiesta, José, que divertido” y “Cuando sea viejito quiero ser como tú”. Mi papá devolvía las burlas y se reía.

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 Por miedo a golpear o a mojar la cámara, sólo fotografié los momentos de descanso. La guardé. Tenía sólo dos rollos (72 fotos) para tirar. Quien fotografía con film sabe que de ésas se terminarán logrando cincuenta, y esto sólo quizá, pues muchas se van a velar, muchas se van a sobre o subexponer, y muchas, simplemente, no van a tener el momento que deseabas retratar.

Traté de elegir muy bien los instantes. Uno en particular me causó mucha expectativa: mi papá frente a la fogata recién encendida, recibiendo la carrilla de sus amigos, con una sonrisa y el fuego reflejado en sus lentes.

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  Para mí no hay retrato que represente más la felicidad que a mi papá le da la montaña que ése.

  Luego de descansar despertamos a las 4 de la mañana del sábado para iniciar el “ataque a cumbre”, como le llaman los experimentados en montañismo. Para esta parte dejamos en el campamento nuestras mochilas y llevamos sólo camel bags cargadas con agua y comida.

  La subida a la cumbre tiene una inclinación de entre 50º y 70º, lo cual vuelve el ataque complicado no sólo por el desgaste físico sino por algunas zonas de riesgo en las que tienes que escalar piedra.   

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   Todo el viaje lo haces para llegar a ese momento, llegar a la cumbre y sentarte en el punto más elevado de la península de Baja California. En el trayecto aceleré el paso junto con otros compañeros y dejé a mi papá atrás. Quería estar preparada para tomar la foto de su llegada, sabía que su cara iba a ser una combinación entre cansancio extremo y felicidad.

  Llegué a la cumbre a las 4:20 horas y unos treinta minutos después apareció mi papá sonriendo y chocando puños con el grupo, que le gritaba desde arriba para animarlo y felicitarlo. Nos sentamos a la orilla de la piedra de cumbre y escribimos nuestros nombres en la libreta de registro. Junto a su nombre, él circuló el número 65, su edad.

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    Desde la cumbre se observa, de un lado, el mar del Pacífico y, del otro, toda la extensión del Mar de Cortés, hasta la costa sonorense. Es impresionante.

    Al bajar de la cumbre de vuelta a Campo Noche el ánimo de llegar al punto más alto comienza a bajar y entra en ti un deseo enorme por una cerveza fría. El camino de vuelta es un poco más pesado porque el cansancio ya no lo soportas, si bien te motiva la comida con la que te van a recibir en la entrada al Cañón.

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   Los amigos de mi papá se organizaron para la recepción: prepararon carne asada, hamburguesas, pescado; hieleras llenas de todo lo que se te antoja estando allá arriba. Todos teníamos eso en mente. Caminamos de bajada hasta el campamento y decidimos empacar y seguir hacia el Cañón. Dormimos esa noche al lado del río, preparamos chocolate caliente y descansamos con la Luna de frente iluminándolo todo.

 Por la mañana, volvimos a tomar camino —quedaban unas nueve horas por andar. Salimos a las 5 a.m. y el sol de las 7 de la mañana ya golpeaba fuerte. Entradas varias horas de camino, el calor era tan intenso que decidimos pararnos a nadar en una de las pozas. Un descanso en el paraíso. Como cachoras mojadas al sol todos tomamos una siesta sobre las rocas y recuperamos fuerzas para seguir siempre pensando en las hieleras llenas de bebidas que nos esperaban al volver.

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 Continuamos por el sendero hasta llegar a la salida hacia el desierto; eran los últimos treinta minutos antes de llegar a Campo Picachero, donde estaban esperándonos con la comida. Recuerdo que bromeábamos sobre el único dilema que llevábamos en la mente “¿Que tomaré primero?, ¿cerveza, agua o Coca-Cola?”. Mi papá platicaba una historia de cuando hizo cumbre con un amigo y venían por ese mismo camino: “Seguramente estamos muertos y éste es el pinche infierno. El cabrón que va enfrente guiando nos tiene nomás dando vueltas”, se reía. El último tramo iba muy cansado pero feliz, arreglándose la camisa y la cara disque para verse muy fresco.

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  Tratando de captar el primer abrazo y las primeras felicitaciones me mantuve con el ojo en el visor de la cámara. Por fin llegaron al último punto, uno tras otro los compañeros se acercaban a mi papá emocionados, gritando y aplaudiendo a todos. El campamento olía a hamburguesas y cerveza, y claro que lo primero que hizo mi papá fue sentarse en una silla plegable, quitarse las botas (que ya han cobrado la vida de unas cuantas uñas) y tomarse un trago de cheve bien fría con una cara de éxtasis.

  Entre risas, todos los picacheros que hicieron cumbre y los que organizaron la recepción platicaron un poco de sus vivencias en la montaña. Un buen amigo de mi papá, con quien ha compartido cumbres, comentó lo feliz que se sentía de estar recibiéndolo después de otro ascenso exitoso y la admiración y cariño que le tenía. Mi papá, con mucha emoción, se levantó a abrazarlo y otros amigos se unieron al group hug entre carcajadas, chistes y amistosas nalgadas (jaja).  Después se acercó a mí y me agradeció que hubiera subido con él;  me abrazó y me dijo: “Subir una montaña es la perfecta analogía para la vida: te vas a caer muchas veces durante el camino y cuarenta mil ramas te golpearán en la cara, pero uno debe levantarse, reírse y seguir caminando para llegar a la cumbre”.

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  Al final, es verdad, por más golpes y heridas que te deje la montaña, por más veces que te caigas al agua, que se te mojen las botas, que se te revienten ampollas o que te raspes las piernas, no hay más que levantarse y seguir caminando pensando un poco más tus próximos pasos. Nadie como este loco que, así, en la experiencia, me ha enseñado tanto.

 Pero las barbaridades que dijo mi papá sobre dejar de subir montañas eran sólo eso, barbaridades; porque casi como propósito para el 2018 él y yo decidimos hacer tres cumbres más juntos en las tres montañas más altas de México: el Nevado de Toluca, el Iztaccihuatl y el Pico de Orizaba.

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 Yo sabía que mi papá no se podía cansar de esto.

 Hoy cumple 66 años y está listo para lo que venga.

 (Lo siento, mamá, pero vamos a subir.)

—Daniela San Vil

Rommel, el escribano de Santo Domingo

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Las fotografías son de Óscar Mendieta excepto las fotos antiguas, que son parte del archivo del mismo Rommel

Si Rommel tuviera la oportunidad de viajar a la luna no lo pensaría dos veces, sería el primer tripulante en abordar la nave espacial, no sin antes ponerse el casco de astronauta y abrocharse el cinturón de seguridad. Si no fuera escribano Rommel hubiera sido astronauta.

La primera vez que lo vi fue bajo los portales apolillados de Santo Domingo, alfombra de piedra obscura, detenida en el tiempo, vigilada desde la campana de su iglesia y el sonido a vidrio roto de las máquinas de escribir. Mi tía había fallecido unos días atrás y en la familia se necesitaba tramitar un acta de defunción. Hasta ese entonces no tenía idea de lo sencillo que era obtener un documento como ese en el Registro Civil. Nunca había tenido necesidad.

Desde su silla Rommel inquirió en los datos de la difunta. ¿Cómo se llama?, preguntó. Al percatarse de la muerte natural de mi tía, y de mi desconocimiento ante ese trámite, Rommel continuó preguntando: ¿muerte natural? Entonces me recomendó que regresara a platicar directamente con el médico.

“No tengo vela en el entierro”, pensó.

Esa tarde aprendí que matar a alguien de manera administrativa costaba mil pesos. La segunda vez que lo vi fue para darle las gracias. Después perdí la cuenta de las veces que regresé al escritorio número cuatro, bajo los portales de Santo Domingo.

Las inclemencias de la actualidad

La plaza Santo Domingo está chueca por donde se le vea: sentado en una banca, de pie bajo los portales, recostado en el edificio de la Antigua Aduana. A espaldas de la estatua de Doña Josefa Ortíz de Domínguez un grupo de escribanos resiste a las inclemencias de la actualidad. Si lo vemos a través de un lente desenfocado entonces ante nuestros ojos tenemos un Santo Domingo histórico, todo de piedra, con las luces alumbrando el lugar de un día cualquiera, de un mes cualquiera, del año cualquiera.

Sin embargo, un lente bien enfocado agregaría algo más: lo chueco de Santo Domingo se percibe en las preguntas que él mismo se formula: “¿qué necesita mi jefe?”, “¿qué va a llevar el patrón?”. Preguntas mal contestadas, si bien les va. Porque no reneguemos, la plaza Santo Domingo está chueca desde su construcción: la época colonial.

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Lo cierto es que Rommel no despega los pies de la plaza ubicada en el centro de la Ciudad de México, a donde todos sus recuerdos lo acompañan, como un imán que atrae objetos por debajo de la mesa. A excepción del último día de la semana, Rommel se encuentra todo el tiempo ahí, terrenal, sin nada de extraterrestre y sí con mucho de hombre de letras, sabe esperar.

Para escribir se necesita estar concentrado, de eso no hay duda, no obstante, hay quienes lo hacen más rápido que otros e incluso hay quienes adquieren un estilo propio.

Rommel pone manos a la obra. Una carta para tu novia, me dice. Sí, por favor. ¿Se hablan de usted o de tú?, pregunta. ¿Quién?, ¿con mi novia? Nos hablamos de tú, naturalmente, digo seguro de mí mismo. Pero el silencio posterior me intriga y escupo en seguida, ¿por qué? Tomo asiento a lado de Rommel cuando comienza a teclear en la IBM color crema. Porque entre mi novia y yo nos hablamos de usted. Ella tiene 22 años. Él, 62.

Pablo Neruda dice que las palabras hay que utilizarlas como si se tratara de calzar unos zapatos, de vestir una playera o de ponerse un pantalón, es decir, echar mano de las letras como cuando nos vestimos para salir a la calle. Si esto es así, ¿qué letras trae puestas Rommel, el escribano de la plaza Santo Domingo? En menos de diez minutos la carta está escrita. En mitad de la hoja se puede leer un poema:

De lejos te vi/
de cerca te miré/
y tu persona hizo posible, que de ti me enamoré.

Rommel dice que de chavo se desvelaba escribiendo versos en un bonche de hojas que ahora tiene arrumbadas en alguna parte de su hogar. Rommel no escribe cuentos, ni novelas. Nunca va a fotografiar la superficie de la Tierra desde el espacio. Rommel tampoco va a ganar un premio de literatura. Él redacta cartas, oficios, contratos. Llena formatos, hace credenciales. También empasta libros e imprime tarjetas de presentación.

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Tlacuilos, los sabios que no hablaban español

Esta historia se cuenta del centro hacia afuera, así como se construyó la ciudad hace siglos atrás. Cuando se comenzaba a soñar una nueva época del mundo, allá por el año de 1521, los españoles hicieron prisionero al emperador Cuauhtémoc. Se dice que era tan intenso el hedor de los indios muertos que los conquistadores salieron del lugar para levantar su campamento en Coyoacán. Poco tiempo después el sueño tomaba forma gracias al uso de la tinta y el papel: se marcó el sitio de la catedral con una cruz, en el lugar donde se levantaba el templo de Huitzilopochtli, unos pasos atrás, a cordel y regla, se construyeron las columnas del portal de los Evangelistas. El sueño reclamó la participación de la escritura y de un bonche de escribanos que llegaron tras ella. En todo esto hay implícito un aspecto sacerdotal, como obra del espíritu, pues en ese tiempo la escritura adoptó la forma de lo sagrado, una especie de religión secundaria.

No obstante, años antes, muchos años anteriores a la llegada de los españoles, existían los tlacuilos, quienes tenían una manera propia de expresión: dicen que escribían pintando sobre la piel de un venado o en papel fabricado de la corteza de un árbol, el amate. Tlacuilo viene del náhuatl y quiere decir el que escribe pintando. Estos escribanos prehispánicos tenían consciencia de la memoria de su pueblo, poseían conocimientos que nadie más poseía: auguraban los tiempos, se dedicaban a la adivinación, conocían los astros y los métodos de curación, los rituales funerarios y los rituales de guerra. Los tlacuilos sabían que aspirar el humo de chile era un castigo, también sabían que la escoba y el malacate se empleaban para hilar algodón, que a los hombres, a cierta edad, se les enseñaba el arte de la pesca. Los tlacuilos eran conscientes de una cosa: para que nunca se apagara el fuego era necesario arrear constantemente la leña, algo que sirve para no morirse de frío. Consultaban la hora en las estrellas. Daban muerte a pedradas en caso de adulterio. Esto lo plasmaban en pinturas que son al mismo tiempo escritura, textos escritos en imágenes, como dice Miguel León Portilla: “un códice tendría su equivalente tecnológico en un CD-ROM, pues contienen varias formas de lectura, combinadas con imágenes y sonidos”.

Por desgracia, los tlacuilos eran sabios que no hablaban español. El 8 de marzo de 1524, el escribano Francisco de Orduña dio fe al proceso fundacional de la Nueva España. El escribano en redactar las primeras provisiones notariales en el continente se llamó Rodrigo de Escobedo, apodado el escribano de toda la armada, quien acompañó a Cristóbal Colón en su primer viaje a bordo de la carabela Santa María. “La palabra escrita, para decirlo poéticamente, representa los sentimientos humanos, y para decirlo en la cuestión de la vida diaria, representa la expresión de los problemas”, opina Rommel.

El tlacuilo se adaptó al cambio, a la mala, pero se adaptó. Considerados herejes fueron orillados a abandonar sus prácticas tradicionales. Los Evangelistas, aquellos que manejaban la pluma, formaban un anillo protector de poder, cuya tarea se concentraba igual en el registro legal de un territorio como en una oda religiosa, el éxito de los escribanos en un medio desguarnecido de letras.

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Una tradición, no un trabajo

Un día Servando Jaimes compró el escritorio número seis del portal de la plaza Santo Domingo, también conocido como el de Los Evangelistas. “Mi papá me escogió como su secretario personal, anduve con él por todos lados”. Corría el mes de marzo del año de 1961. Los Beatles actuaban por primera vez en el Cavern Club de Liverpool. Meses después, en julio, la empresa de tecnología International Business Machine (IBM) lanzaba al mercado una máquina de escribir Selectric, cuya novedad era una esfera de impresión que sustituía las barras. Fue un éxito comercial. En México se continuaba con la construcción del Museo de Antropología. Por ese entonces Servando Jaimes vestía de traje todos los días. Tecleaba una Remington negra, de la época de Don Porfirio, cuando eligió a Rommel, el mayor de sus ocho hijos, como su secretario. Tal como lo había hecho Leobardo Jaimes, el abuelo, muchos  años atrás. “Él me enseñó todo lo que sé”. Rommel es escribano y es lo que más le gusta ser, aunque nunca haya acudido a una escuela de mecanógrafos. “La experiencia de la vida, decía mi padre”. Rommel nació en el año de 1955.

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Piensa que su trabajo es más una tradición que un trabajo.

“Soy mi propio jefe, mi propio horario”, dice sentado en lo que parece ser una especie de caparazón, que no es más que su escritorio, donde guarda sellos, periódicos viejos, plumas, ligas, clips, goma, saca puntas y hojas donde anotar. A este hombre no hay quien lo mande, salvo el cliente o la marchanta que solicitan de sus golpes de tecla. “Me pusieron Rommel por el nombre del héroe militar alemán”: Erwin Johannes Eugen Rommel, un ataque blindado avasallante.

Rommel ha escrito desde que tiene seis años, es lo que ha hecho toda su vida: escribir bajo los portales. Hay algo de valiente en las personas que toman el tiempo de escribir a máquina bajo la sombra de un portal, en una plaza como Santo Domingo y en una tarde nublada como hoy. Hoy que se puede teclear desde el colchón de una cama, o sentado en la silla de una oficina, sin necesidad de arrear con una pesada y vieja máquina de escribir cada mañana.

“¿Qué necesita joven?, ¿qué necesita mi señor?”, dice el escribano desde su silla, bajo los portales de Santo Domingo.

—Adrián Roa Mendieta


Me llamo Adrián y nací el día de San José (no soy católico, pero crecí en una familia de tradición católica). Por lo tanto, mis padres estuvieron a punto de llamarme José Adrián. En la calle, en las fiestas, cerca del metro, o donde fuera, me hubieran apodado Pepito, como el personaje de los chistes. Por suerte mi mamá lo pensó dos veces. A mi papá ni siquiera le cruzó por la cabeza, estoy seguro. Finalmente, mi nombre: Adrián Roa Mendieta. El calendario astral dice que soy piscis (19 de marzo). También soy periodista. Actualmente estudio la maestría en Antropología. Si tuviera que elegir un objeto elegiría el acordeón, es algo que me atrae como mosquito a la sangre. Dos palabras más: soy feliz.     

Voguing al vuelo: una tarde con César Cañedo en Tijuana

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Es viernes por la tarde y alguien dejó abierto el bote de la diamantina. Llego a la sala de video del Centro Cultural Tijuana, espacio en el que se llevará a cabo el recital cómico-mágico-musical de mi amigo, el poeta César Cañedo. Lo anterior en el marco del XV Festival de Literatura en el Norte, mejor conocido como el FELINO, que es ya una tradición en el estado. El FELINO es cónclave, bootcamp y lavadero municipal para las cuenteras, las narradoras perras, las perras gonzo, las acanémicas, las versoservers, las periodistas todoterreno, las aspirinas, las booktubers, las groupies del horror, los chacales letrados y las espontáneas de la prosodia milagrosa.

  Una señora insolente me dice que no, que en la sala de video no, que me vaya a buscar a la Cañedo en otras latitudes, que de seguro anda en Sanborn’s. En el lobby del conjunto cultural me encuentro cara a cara con el poeta, hecho todo greñas y velocidad –jota, vengo bien tarde y aún me tengo que poner el vestuario.

   Lo acompaño al baño a producirse, ante la mirada curiosa de dos ancianos y un gay closetero que se ve que busca un jicotillo que ande en pos de doña Blanca. El vestuario en cuestión podría caber en el puño de una mano: mallas de lycra como de chapopote, chamarra en rigurosa transparencia y una cadena dorada en plan rapero bocón. Tras el episodio de jotería textil, nos damos prisa, pues el público espera impaciente el golpe de glamour.

*

César Cañedo podría ser un poeta; de no ser porque, más bien, es una fuerza de la naturaleza. Se encarama al verso medido como si no existiera el fin de la generación del 27 y las nuevas poetas no fueran unas perras minimalistas de la escansión de la forma. César tiene menos de 30 y ya irrumpió en la poesía mexicana con una patada digna de Liza Minelli en clases de kung fu. No concibe un asunto único y se ocupa de todos los que salen al paso: que si los jotos del último vagón del metro, que si unas amigas liosas, que unas aventuras del ligue en internet, que si venir de un pueblo y buscar el fondo de armario de ciudad Esmeralda. En menos de lo que el actual presidente de la República se hace crepé y se unta la brillantina; César publica un libro, una antología y se da tiempo para ganar el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal por su libro Loca (Demencia asociada al VIH).

*

La presentación deviene en fiesta desde el inicio. La gente abarrota el espacio mientras hacemos chistes de Grindr y de la revancha de las tlayudas del tianguis oaxaqueño que se encuentra en la plaza (que nos guarden dos con queso).

     El poeta Alberto Paz, encargado de la Sala de lectura, nos brinda la bienvenida y el festival del ladrido bonito sigue. César se pone de pie, un poco Pita Amor en pirotecnia, nos da los textos memorizados, pero no memorísticos: jotea a granel, emociona y divierte. Los poemas se dejan ir a la yugular desde las páginas de Inversa memoria, la antología de Cañedo: “porque desde niña sabía de mi futuro éxito como poeta y pensaba en mi antología, no importa que fuera mi primer libro”. Los asistentes ríen, dispuestos a comprarle la idea y de paso, cómo no, sus obras completas concebidas también en su época de niña prodigio, de cachorro de loba.

    Llega el turno del baile y el poeta nos explica todo lo concerniente al Vogue. Cuando digo nos explica, es que lo hace para los escasos seis o siete heterosexuales que se encuentran en la sala, que los demás comienzan a moverse en su asiento como babositas de jardín con sal a la menor insinuación de un cencerro. Un amigo-hermano de jotería, a todo tinte de rubio platinado (a quien, de cariño, llamaremos “La Martha Susana de TJ”) se ofrece a bailar mientras César lee en voz alta, pero el numerito va muy avanzado y lo del baile tendrá que esperar la salida en bandera hacia el Ranchero, el Taurino o el Zacazonapan: total que a cierta hora se anulan las diferencias. En los bares gays, los jotitos se comienzan a poner borrachos y en el bar canónico, los borrachos se ponen gradualmente jotitos.

    Al final hay aplausos y un último poema sobre volver a nacer y a todas las noches de esta noche. Estoy a su lado y lo veo temblar al leer este poema, heredero de quien César llama “su madre”: Abigael Bohórquez, el gran poeta sonorense de poderosa y macha poesía, como lo llamó Efraín Huerta.

    Alguien pregunta si ha valido la pena aferrarse a la poesía como a un clavo ardiendo. En algún momento el tinglado amenaza con volverse un capítulo de La rosa de Guadalupe. Alguien agradece el alud de jotería –ay, ya vamos a emborracharnos como la gente normal-, una de las asistentes agradece que sea su profesor en la UNAM y que sea gay y que sea poesía.

—Antonio León

Emiliano Ruiz Parra, o de cómo la crónica puede ser arte

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Fotografías de Sofía González

En un ejercicio de imaginación, Emiliano Ruiz Parra es un tipo insoportable como adolescente, un tipo insoportable porque, a diferencia de los demás, sabe exactamente lo que quiere hacer: escribir.  Y es que Emiliano tuvo una rara oportunidad de vislumbrar lo que se volvería años después su profesión. Ingresó a la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), con catorce años de edad, siendo el alumno más joven de esta escuela.

   Apenas un año después, ahí mismo, se hizo amigo de Miguel González, reportero de El Universal. Miguel leyó su trabajo y se dio cuenta de que Emiliano era joven, pero no bruto. Le dijo: “Ve a ver a Martha Ramos, encargada de «Ciudad», y a ver qué sale, ¿no?”. Esta sección del periódico cubría comercio y mercados, eventos de la Ciudad de México. Martha recibió a Emiliano, y “la verdad es que se portó padrísima porque más que yo trabajara con ellos, le importó formarme, aunque fuera un ratito”.

    —Era una jefa bien tremenda, aunque conmigo no, eh, pero yo veía cómo trataba a los reporteros, y decía “híjole”. Además me acuerdo de que tenía una panzotota porque estaba a punto de dar a luz. Conmigo tuvo la paciencia de encargarme temas y de revisar los textos. Lo hizo unas cinco o seis veces; me corregía, y de repente vio un texto que ya estaba bien, y me dijo: “te lo publicaría, es más, te contrataría, pero no puedo, porque eres menor de edad.”

    Los textos que Emiliano hacía en ese entonces estaban pensados para que fueran crónicas de seiscientas u ochocientas palabras, “dos cuartillitas”, dice Emiliano. Cubría temas urbanos: el júbilo de la gente cuando se apiñaba en torno al Ángel de la Independencia por el Mundial de Francia en 1998; las conglomeraciones y los ruidos de las marchas; distintos operativos en La Merced relacionados con la prostitución.

—Es curioso porque me tardé muchos años en volver a estos temas —dice, con la sorpresa de saber que sus intereses periodísticos y temáticos, conscientemente o no, ya estaban ahí, a la espera de que él mismo regresara a ellos.

  Recuerda una crónica en específico: la temática versaba sobre hombres que se dedicaban a la prostitución en La Condesa. Emiliano hacía un recorrido nocturno por esta colonia y platicaba con algunos de ellos. Fue acompañado por un par de amigos, y resulta ser que hasta salieron correteados: “éramos unos escuincles de secundaria”.

  Pero Emiliano quería ser escritor, un escritor de verdad, por supuesto, alguien que escribe novela, que escribe cuento, no un periodista, que escribe pero no escribe.

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 El tiempo pasó. Y no sólo en la vida de Emiliano sino en Latinoamérica, y no sólo en Latinoamérica sino en el mundo literario: paso a pasito, vinieron los Caparrós, los Guerriero y los Villoro, las revistas como Etiqueta Negra y Gatopardo, los suplementos culturales como  Página 12, y el periodista —el cronista— (la valoración del periodista), se convirtió, a todas luces, en un escritor de verdad, como lo había anhelado Emiliano. Sobre esto, Emiliano hizo un decálogo, un listado de diez puntos para todo aquel que quiera ser cronista.
   

    En éste, Emiliano incita al cronista a que crea, y para eso lo invita a rendir tributo a los clásicos, “como a Dios mismo: agota a Virgilio, Ovidio, Cervantes, Balzac…”. De igual forma le dice: lucha en contra de un modelo de periodismo espontáneo: “Combate el viejo cliché de que la desinformación brinda frescura a la mirada reportero”. Establece distancias entre el sujeto y el objeto, la historia y el narrador, pues “el periodismo es el arte de la cercanía distante. Tú no eres el héroe, el antihéroe ni la víctima de tus textos”.

     Y hace énfasis en dos puntos: el compromiso y el desengaño. El compromiso de saber que la crónica descentraliza, sustituye y trastoca jerarquías, sitúa centros en los márgenes: “La crónica es subversiva”. Pero tambien: no te engañes. Aterriza y echa raíces, sacúdete las nubes de cuando creíste volar alto: la crónica por sí misma no va a cambiarlo todo.
   

   —Este decálogo tiene algo del sentido del humor. Es un decálogo inspirado en el de Augusto Monterroso, que a su vez está inspirado en el de Horacio Quiroga, la reverberación de otra reverberación. Mi objetivo en estos puntos fue hacer ver que el periodismo puede ser un arte, puede ser literatura; pues comparte con la literatura la expresión de las palabras. Creo que tenemos que dar esa batalla de reivindicar la crónica como un quehacer artístico. Hace poco escribía una introducción a una selección de crónicas, en la que yo decía que la crónica es la literatura de lo concreto; la literatura que se escribe con los recuerdos de gente tangible, que puede leer o que va a leer lo que escribiste sobre ellos. Lo cual te lleva a una dimensión con unas posibilidades tremendas, sobre todo a una responsabilidad social y moral. Pero al final el producto es el mismo. Tiene que estar pensado como literatura. Tiene que ser literatura.

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—Juan Villoro habla de la crónica como literatura bajo presión —comento.

—Estoy de acuerdo y no, porque ahora yo llevo tres años escribiendo una crónica. Pero, sí, yo me formé con las prisas, cuando la crónica había que mandarla a las cinco de la tarde. Sin embargo, yo creo en la experimentación en el campo de la crónica. Así como se ha experimentado en la poesía o en la novela. Volvamos a escribir crónica en verso, por ejemplo, nadie lo está haciendo ahora. Se hizo en la Edad Media y en el Renacimiento, toda la crónica se escribía en verso. No digo que escribamos en rima, digo que rompamos el esquema mental de que la crónica es solamente el relato de un partido de fútbol contado como si se fuera un comentarista de televisión.

—¿Cuál es el papel de la cronica en la historia literaria de México?

—En México somos herederos de una tradición de ciento cincuenta años de cronistas. Gente como Ignacio Manuel Altamirano o Manuel Payno representan la primera generación de cronistas; estos eran hombres de convicciones liberales cuyo objetivo fue el de hacer de México una nación. Y no hay una interrupción de ellos a nosotros. Es muy arrogante decir que las cosas empezaron en los años sesenta. Es decir, hay una línea de continuidad histórica y literaria que vincula —si bien el formato de la crónica fue transmutando— a Altamirano con Martín Luis Guzmán, y a este último con José Agustín o Elena Poniatowska, y a su vez a esta generación con la mía.

—Usualmente, aunque sin decirlo, se considera que la crónica es un género menor si se le compara con la novela o con la poesía o con el cuento. ¿Por qué se da esta valoración?

—Es una pregunta compleja. Tiene varias respuestas. Desde el caso mexicano, nuestros caudillos culturales, de muchos años para acá, eran poco afectos a la crónica. Léase Octavio Paz, Alfonso Reyes. Es decir, escribieron crónica pero lo importante a sus ojos era la poesía, el ensayo; querían poner a México dentro del mapa de las grandes literaturas occidentales; y la crónica es por necesidad un género politizado. No me refiero a que sea obligadamente contestatario, no, sino que se sitúa en y desde la sociedad. En cambio, el cuento se puede fugar de la realidad; la novela también; la crónica, no.
»Venimos de un régimen muy estable, que duró setenta años, en donde había un control del discurso político, no era un buen momento para la crónica, el auge de la crónica se da con la alternancia en México. Un buen estado de la crónica habla de un buen estado de la discusión democrática.

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Quizá las dos cosas que más definen a un escritor son el estilo y los temas que escoge para ser narrados. En el caso de Emiliano, él considera que la elite está sobrenarrada. Al prender la tele o comprar un periódico, siempre hay alguien con poder en la portada, “diciendo algo irrelevante”. Esta mirada ha tenido como consecuencia que Emiliano busqué de manera consciente historias que no se han contado — Ovejas negras: rebeldes de la iglesia mexicana del siglo XXI (2012), Hijos de la ira: las víctimas de la alternancia (2015), Obra negra (2017)—. “Cuando alguien toma un tema del que yo hablé ésta es la mejor señal para mí, el mayor éxito que pude haber tenido”, dice.

—También al escoger un tema, aun del que ya se ha escrito, yo quiero ir a ver con mi mirada. Ahorita estoy trabajando en un barrio de Ecatepec, que no va a salir nunca en los periódicos a menos de que ahí se maten. El barrio marginal en México sólo se cuenta en la nota roja. Entonces, sí, mi intención personal como cronista es tratar de hacer una aportación a mi sociedad, a mi comunidad de lectores, tratando de contar historias que nadie más contaría. Somos muchos los que hacemos esto: Marcela Turati, Daniela Rea, Diego Osorno, John Gibler.

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—En Estados Unidos lo que se conoce como nonfiction, que sería el equivalente a lo que en México consideramos como crónica, abarca los temas más diversos. Por ejemplo, John McPhee, colaborador del New Yorker, ha escrito sobre la historia de las naranjas (Oranges, 1967), de geología (Annals of the Former World, 1998) o la vida de un basquetbolista universitario. (A Sense of Where You Are, 1965) Está también el caso de David Foster Wallace, cuyas crónicas son difíciles de encasillar, en las que acude a un festival de langostas, a una convención de actores pornográficos (Hablemos de langostas, 2007). En México, sin embargo, hay una fuerte tendencia a escribir sobre temas mucho más escabrosos, ligados con la violencia. Por esto te pregunto, ¿la misma situación del país hace que los cronistas estén obligados a atender esta temática?

—Escribimos mucho sobre violencia, y yo diría que mal sobre violencia. Durante años nos compramos la narrativa de cartel A contra cartel B, y contamos eso. Ahora ya estamos en un proceso de revisión. Yo fui a un barrio de Ecatepec, fue con el que gané el premio [Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay] de crónica, pero aparte sigue. Yo fui a buscar la vida común en la gente, y la violencia se ha colado. No es el foco la violencia, pero tampoco le puedo dar la vuelta. Volviendo a lo que dices, a mí que me encanta la música clásica, por ejemplo, me gustaría una crónica de alguna orquesta, que es una familia internacional. Hace falta que mucha gente que conoce otros temas escriba crónica. Incluso, yo sugeriría que quien quiere hacer periodismo que no estudie periodismo. El estudio de literatura o historia o derecho, por mencionar algunas disciplinas, le da una especialización al periodismo, se vuelve en un periodismo más sólido. Sí, nos ha ganado la urgencia, hay que decirlo.

—¿Qué has encontrado en Ecatepec?

—La complejidad de la vida de la gente de pobre. La capa de la transferencia de la tierra. La capa de la religiosidad. La capa de la disputa del clientelismo. Subjetivamente cómo lo vive cada quien. Más la construcción de liderazgos, más la invasión del cartel organizado. Es una colonia de mil habitantes. Tolstoi decía: “cuenta la historia de tu pueblo y contarás la historia del mundo”, y es absolutamente cierto. Es una microhistoria donde están muchos de los problemas del país. La desruralización: eso era un lago, era milpa; la pérdida de las lenguas indígenas. Son tantas las cosas que encuentras en dos manzanas.

—¿Cuál es el hilo conductor de este trabajo?

—Estoy usando más la primera persona. Estoy yo mucho más presente. Necesito decirlo yo desde mi yo. Son personajes social y políticamente muy pequeños, si los comparamos con Alejandro Solalinde; pero subjetiva y moralmente son muy grandes. A propósito de esto me encontré un libro que rompe con los géneros: es novela pero es historia pero es autobiografía, El reino (2015), de Emmanuel Carrère, una historia de Lucas el Evangelista, y de Pablo el apóstol… me gustó la falta de género del libro.

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—¿El cronista debe ser un sujeto comprometido políticamente?

—Yo me asumo así, pero no creo que ese deba ser el caso de todos. Aunque un cronista en un país de tercer mundo, desde donde se pare, siendo un poquito honesto, va a ver contradicciones, y lo padre es que te las cuente.

—De acuerdo a tu experiencia, ¿cuál es el panorama del periodismo?

—Nos vamos a enfrentar a un contexto donde el periodismo va a ser cada vez menos un modo de vida. Cada vez más una elección de vocación. Entonces hay que ver que se han roto las jerarquías verticales de las redacciones, de los diarios, eso permite que haya más colaboración entre los colegas, de manera horizontal. Creo que cada vez más va a ser escribir a partir de un compromiso personal, por el hecho mismo de querer contar historias. Vienen otros paradigmas: el paradigma del magnate pagando medios: Slim pagando el The New York Times, o Roberto Alcántara pagando El País. Hay que insertarnos en eso con cautela.

—Asael Arroyo Re

Una vivencia increíble

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Fotografías de Daniela San Vil

Una vivencia increíble

ESCRIBO ESTAS LÍNEAS mientras estudio el lugar en el que estoy. El sismo del 19 de septiembre del 2017 ocurrió hace cuatro días, pero hoy en la mañana me despertó la alarma sísmica, así que desconfío plenamente de la Naturaleza y de mis capacidades para contenerla. Estoy frente al WTC en un café que tiene por nombre Cielito Querido, una ironía de lugar como para recordar aquí lo que significa estar plantado en la tierra. Es el primer piso, pero una puerta eléctrica me sugiere que podría quedarme atrapado. Las mesas frágiles me indican que el Triángulo de la vida es una imposibilidad en estos momentos. Seguiré escribiendo a menos de que me interrumpa otro sismo.

9/19/2017

Le mandé un mensaje a Ana pocos segundos antes de que comenzara el sismo. Eran las 13:14, y le dije que me encontraba en el Starbucks de Sonora y Ámsterdam, para que así supiera dónde hallarme una vez que terminara su entrevista de trabajo. Mi amiga había llegado con altas expectativas a la Ciudad de México hacía menos de una semana; ahora se encontraba en un séptimo piso en los alrededores de la Condesa. Yo estaba plantado en el suelo en aquel momento, dándole el último sorbo a ese café caro y terrible que uno compra con el único fin de disfrutar de una conexión eléctrica y un cigarrillo. Sufría de ese bloqueo de escritor que es tan común sentir cuando la vida ha sido la misma cosa por tantos meses. Pronto sonó la alarma sísmica, y todo dio un giro.

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Éramos todos jóvenes en el lugar, así que la respuesta fue enérgica. La gente salió de inmediato mientras caían las hojas de los árboles sobre las mesas. Cerré mi laptop y guardé el encendedor en uno de mis bolsillos, prioridades de la vida. No sentí el temblor sino hasta poco antes de salir del edificio; eso debido a que estuve a nada de caer de rodillas sobre la banqueta, y quizás ser triturado por una ráfaga de vidrios que vi llover en el lugar unos segundos después. El suelo palpitó con más fuerza cuando llegué a la intersección de las calles. Un grupo como de cincuenta personas se había reunido allí para abrazarse en lo que pasaba el temblor. Nubes de polvo gris emergían desde el fondo de ambas direcciones de Ámsterdam, y sólo después me di cuenta que se debían al concreto resquebrajándose por debajo de los automóviles que habían quedado varados debido al gentío que ahora inundaba las vialidades. Se me vino a la cabeza la película Children of Men de Alfonso Cuarón, y sentí una peculiar excitación que nunca había experimentado. Mi cuerpo quedó fijo en aquella porción de ciudad, y sólo mis ojos podían moverse libremente. A mi derecha, una señora en su camioneta se arrancaba el cabello mientras gritaba “¡NO OTRA VEZ!”, y a mi izquierda una muchacha lloraba como si fuera un hecho que su vida terminaría en aquel momento. Y yo a un lado veía frente a mí que los postes de luz y el edificio del que salimos podían caer sobre nosotros. Dejé de lado las banalidades, y coloqué mi laptop sobre mi cabeza con la misma inocencia de quien se esconde bajo las cobijas. Hojas de árbol volaban por encima de nosotros en medio de esas nubes grisáceas con olor a cemento, y cuando el temblor comenzó a perder fuerza, pensé en Ana.

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El sismo cesó por completo. La multitud seguía allí, esperando algún indicio de que sería seguro comenzar a dispersarse, pero yo salí disparado al edificio en el que mi amiga había sufrido el suceso. Llegué a las orillas del Parque México, y allí estaba ella, intacta pero temblorosa. La abracé, y por alguna razón le dije entre risas:

“Qué pésimo momento para venir a trabajar a esta ciudad”.

No se lo tomó a mal, tal vez debido a los nervios que todavía la cubrían. Tampoco me culpó después de mi extraña alegría.

“¿Cómo lo sentiste?”, le pregunté.

“Se sintió horrible… Era como si el edificio estuviera hecho de pilares de tablitas de madera…”

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La tomé de la mano, y salimos de la Condesa rumbo al departamento en el que la alojaba un amigo suyo en la colonia Nápoles. A partir de ese momento, no dejé de celebrar el acontecimiento. Mi corazón palpitaba más fuerte que lo que la tierra lo había hecho hacía un par de minutos, y eso era algo que necesitaba. Recorrimos una buena parte de la Avenida de los Insurgentes como se recorre un museo de atrocidades. Miles de chilangos obstruían la gigantesca vialidad, pero poco a poco empezaron a saturar también las banquetas, y eso a pesar de los vidrios y las fisuras apocalípticas. La librería Porrúa conservaba ya pocos libros en sus estantes y los maniquís de las boutiques se arrastraban en el suelo como si pidieran auxilio a quienes los miraban. Casi todo había caído durante ese minuto maldito en la Ciudad de México.

Conforme seguimos caminando observamos otros modos del terror. Más allá de la estación de metrobús Nuevo León se dejaba ver un edificio en llamas, y ningún indicio de que los bomberos pudieran detener el fuego prontamente. Impresionado, le sugerí a Ana que nos acercáramos, y eso hicimos. Cruzamos la calle a pesar de las sugerencias impersonales de algunos miembros de Protección Civil que ya habían sido desplegados a través de Insurgentes. Mientras tomaba algunas fotografías, una señora se acercó a nosotros para darnos mayor claridad sobre la situación.

“Hubo una fuerte explosión cerquita de ese edificio”, nos dijo, luego de aclarar que ella había sido testigo de ello mientras esperaba una sesión con su dentista en el edificio que estaba justo enfrente.

Le agradecimos su aportación, y seguimos nuestro camino. Ojos de pánico y tristeza por todos lados, y luego un olor agudo a gas… “¡Apártense de las banquetas que hay una fuga de gas!”, exclamó una mujer de Protección Civil. Quienes la escuchamos, corrimos deprisa hacia la avenida hasta que dejamos de oler el gas. Sin ninguna queja, pospuse el cigarrillo que apenas llevaba a mi boca.

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A partir de este punto,las  fotografías son del mismo autor

No llegamos rápido a nuestro destino, pero se sintió así. Cuando entramos al departamento, allí estaba Héctor, el amigo de Ana.

“¿Cómo les fue?,” nos preguntó.

Mi respuesta fue inmediata:

“Estuvo súper chilo.”


Todos allí negaron con la cabeza, y yo era incapaz de entender aún cómo aquella no fue la tarde más excitante de sus vidas. Era sólo cuestión de que me conectara con todos los que sufrieron lo peor de aquel evento. Cuando uno no ha vivido antes el sismo, no puede entenderlo cuando le ocurre. La expresión “no podía creerlo” tiene también sus tintes oscuros. De pronto a uno le acontece algo de lo que no tenía idea, y es inevitable experimentarlo con un desapego alegre. No poder creerlo es también no estar presente (o estar presente como un mero espectador, que es casi lo mismo). Delante de uno se despliega un espectáculo para los ojos, y fuera de eso no hay mucho más para quienes no han sabido mucho más. Es por eso que por la tarde comenzó a embargarme una tristeza que sirvió de contrapunto a mi temprana alegría, y que me hizo comprender la facilidad con la que logré conservar la calma como se nos sugiere a todos en abstracto. Yo no podía creerlo. El pánico y las lágrimas son para quienes creen.

9/22/2017

22139857_10154982569284013_1100733975_oCuando ocurrió el sismo yo me estaba alojando con Carlos, un viejo amigo que vivía en la Colonia del Valle, cerca de Viaducto, una de las colonias más afectadas. Si no pasé allí el temblor, fue sólo porque Ana me había pedido que la ayudara a llegar a su entrevista de trabajo. Del martes al viernes la pasé con ella y con su amigo, pues el miércoles me enteré de que el edificio que estaba justo frente al departamento de Carlos había colapsado, por lo que toda la zona había sido bloqueada. No fue sino hasta el viernes que  removieron todos los escombros, y que pude ir por mi ropa y mi cobija. Caminar por esa calle devastada no fue en absoluto exhilarante. El lugar estaba lleno de miembros de Protección Civil, militares y policías, así como de tractores que habían sido utilizados sin freno durante tres días seguidos. Al llegar al departamento, noté que hacía falta el edificio que hacía tres días había estado íntegro frente a nosotros. La zona estaba cercada, pero aún se podían ver claramente las coronas de flores que había sido colocadas allí para honrar a los fallecidos. Mientras esperaba a mi amigo, escuché a una pareja de ancianos rumorear cerca de mí:

“Dicen que allí murieron nueve personas”, dijo el señor, a lo que la señora replicó:

“Una era tan sólo una niña de catorce años…”

Una tristeza invasiva no me impidió que sacara mi celular para dejar un pequeño registro de la tragedia.  22117840_10154982569299013_634400860_o

Ésta fue sin duda una vivencia increíble en toda la dimensión de la expresión. Y es inevitable sentir un agradecimiento múltiple. Por un lado, uno agradece haber permanecido en el bando de los sobrevivientes, pero también uno agradece haber formado parte de un suceso tan importante. Nada de esto merece ser olvidado. De ahora en adelante no seré capaz de conservar la calma. Ahora sé mucho más de lo que sabía antes.  Todo esto merecen saberlo también quienes no estuvieron aquí para sobrevivir. Quizás así respondamos mejor cuando nos toque; o quizás el lector tendría que vivirlo en carne propia para entender profundamente lo que significa estar plantado en la tierra en momentos como éste, y así pueda hacerse creyente junto a las multitudes que padecieron algo similar hace exactamente treinta y dos años.

Descansen en paz, hermanos míos.

Los de ayer y los de hoy

-Yev

Cuando la muerte llegó el 19 de agosto

in Crónica by
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Imágenes de Arcelia Pazos

Cuando la muerte llegó el 19 de agosto.

Apenas había entrado a segundo de secundaria (un miércoles y no un lunes como todos los ciclos), y al otro día, mientras caminaba por un patio durante el segundo receso, vi a mi mamá salir de la prefectura.

  Yo tenía una vida difícil, como toda adolescente, suponer que estaba en problemas no fue nada lindo. En dos segundos, estaba hilando maldiciones contra la prefecta fijona que señalaba el largo de mi uniforme y no el delineador de su hija, pero mi conciencia, limpia, reviró mis conjeturas cuando me avisó que no había nada que temer.

  Tomé mis últimas dos clases y me fui caminando a la casa, respirando el polvo fino que levantaban los carros.

  Qué complicado se volvió el día de repente.

  Siempre a las dos y pico me encontraba comiendo con mi mamá, mientras mi hermano estaba en la primaria y mi papá evitando –como toda su vida- sentarse a la mesa a esa hora. En cambio, ese jueves, y a esa hora, mi mamá me dijo, con la luz a medias en la casa:

  –Se murió tu tío Nelo.  

  Yo asentí nada más, pasé un trago gordo de saliva y confirmé que mi mamá no bromea con nada, que tampoco es dramática y que no se anda con plañideras hasta haber hecho algo más útil.

  –Se accidentó en la carretera de San Ignacio para acá (Vizcaíno) y ahorita lo tienen en Guerrero Negro, ya avisé en la escuela que vas a faltar mañana -me dijo.

  Yo no decía nada.  Antes de levantarse de la mesa, agregó que no había comida hecha, que si quería algo, comiera una sopa instantánea y que estuviera lista para lo que hiciera falta del velorio.

  Creo que ni comí.

  Me invadió una alergia como si me hubiera revolcado en quelites grandotes y salí a enjuagarme la cara en el lavadero para elucubrar a gusto: “¿Por qué mi mamá le avisó primero a las prefectas de la secundaria que a mí?, ¿cómo será esto para mi papá?, ¿quién va a vivir en la casa de al lado?, ¿por qué mi tío nunca tuvo hijos? Espero que doña Magdalena rece el rosario, porque no me gusta cómo lo rezan las otras viejitas, ¿cómo lo va a superar mi tía Pancha?”; y con la última pregunta sentí una contracción en las entrañas. Entonces sí, tuve mi primer gran dolor de muerte, porque ante el final de la vida, duelen más los vivos que se quedan –incluyéndose uno mismo, por supuesto- que los que se van.

Chamizo

  Mi tía Francisca es la abuela de todos sus sobrinos; tía, madrina, abuela de los hijos de su hijo, claro, y dadora de amor y galletas. ¿Qué iba a hacer esta mujer para aguantar el ardor y la tristeza por perder a su hermanito? No supe, ni sabré. Esas cosas tampoco se andan contando como si fueran chisme. Lo que sí sabía era que el velorio sería en casa de mi tía, por espacio, por tradición, por derecho de la que fue mamá de sus hermanos, incluso al mismo tiempo en que la abuela Petra era la mamá de todos ellos.

  Qué raro era todo. No sabía cómo iba a ser vivir sin el tío más joven y guapo, el cantante, el más vecino (eso se puede decir cuando un tío vive a un lado y otro en frente), el bohemio, el interesante, el que siempre está ahí en su casa o que si no está allí, anda por allá, “ya sabes dónde”. Cómo me explicaría la existencia de una vida normal sin El Nelo, reservado y misterioso, de voz aterciopelada. Me encontraría con él sólo en los recuerdos futuros del hombre que no cantaba ninguna canción completa y que tardaba horas afinando la guitarra, que fumaba e iba a la tienda de la esquina en carro.

  Lloré, poquito, más por la alergia que por el duelo, debo decir; de hecho, empecé a sentir más coraje que otra cosa. No quise ir a la casa de mis primos ni ver caricaturas, sólo anduve dando vueltas por la casa, hasta que me senté un buen rato en el pisito que da para la calle, en la esquina con la pared de bloque sin emplastar, aprendiéndome las formas de las piedras y de las huellas que deja la palmera datilera sobre la arena.

  Quizás mi hermano mayor o mi cuñado, uno de ellos, no recuerdo cuál, me dijo a qué horas más o menos iba a llegar “el cuerpo”. Ah, porque así se suele ser de espiritual, de correcto, de buenos modos, queriendo creer que ya sólo se trata de un cuerpo, porque el familiar ya está en el cielo, o en el caminito de espinas, o en el limbo, o en el infierno, o en un mejor lugar, según sea el caso, pero ya no más en ese templo bendito sin vida, golpeado y vacío.

  -Qué feo, se murió –yo decía. Pero no entendía el porqué. Tampoco entendía por qué si siempre durante esas fechas los más de cuarenta grados irritan la normalidad de los cuerpos, en ese momento no hacía calor, o yo ya no lo sentía.

  Se estaba haciendo tarde y tuve que cuidar a los hijos de mi hermana para que los adultos velaran el cuerpo toda la santa noche. Yo tendría que entretener a dos sobrinos y a un hermano que quizás se preguntaban cosas mucho más interesantes que yo, en torno a ese fallecimiento intempestivo, o quizás no, porque a veces no es tan impactante la muerte de un tío o tío abuelo. Sólo estábamos ahí, con la televisión con el volumen bajo.

  Cabe agregar que en Vizcaíno, como en gran parte de los pueblos del país, la muerte de una persona trae consigo una serie de rituales no religiosos que pesan mucho, pues no se trata sólo de ir a la funeraria, depositar ahí una buena suma de dinero y que se encarguen del asunto. Allá todo merece su mención aparte; el que más contactos tiene se encarga de lo legal, de los trámites de defunción, y de ahí para el real. Hay que ir a la iglesia (casi todos son católicos) y apartar al Padre y al templo para la misa de cuerpo presente, comentar con cada fulano de tal, que uno se encuentre en la calle, los pormenores del funeral, avisar a los familiares “de fuera”, comprar el cajón, conseguir un crucifijo grande o figura religiosa predilecta, si se trata –normalmente es así- de una viejecita devota, elegir una foto o mandar imprimir una en un marco de más de ocho pulgadas con la imagen más tierna o menos ruda del difunto, mandar hacer el hoyo en el panteón, comprar una corona bonita de las naturales que hacía Lalo Rubio que descanse en paz, apalabrar al pariente o la pariente que va a preparar la comida para después del entierro, llenar el tanque de la camioneta más buena para encabezar la procesión fúnebre, limpiar la casa del velorio (aquí es necesario acotar la importancia de cuatro cosas: regar con agua abundante los patios, mover los carros para que haya suficiente espacio para estacionamiento, conseguir muchas sillas de plástico de la Tecate, poner dos o tres cafeteras, que casi nunca son de la familia) y colocar al menos una lona grande para tapar el frío.

  La casa de mi tía siempre estaba bien regada. Pero sabía que el lodo duro de su patio ya no olería a juegos con los primos, sino a sepelio. Ya no sentiría ganas de ir a cortarle roscas al guamúchil ni juntar florecitas de la jacaranda.

 El 20 de agosto me desperté antes de que pasaran los camiones para la secundaria (cinco camiones amarillos con la leyenda “School Bus”, que a velocidad rápida sobre la calle no pavimentada eran una alarma eficaz de lunes a viernes). Era viernes. Alistaba mis cabellos frente al espejo y pensaba que qué triste era ser enterrado en viernes, porque, según yo, la rutina entre semana siempre ha sido más reconfortante que las solturas sabatinas y dominicales.  

Nido

  No sabía muy bien qué procedía, porque el velorio familiar anterior aunque ya me había dejado constancia de –si se me permite lo cursi- lo efímero de la vida y lo caprichoso de la muerte, también de lo fuerte y cambiante que es la manifestación del dolor. Eso justificaba mi incertidumbre, así que como gato que pisa despacio en terreno desconocido, entré lánguidamente entre los tantos árboles de la casa de mi tía –que mucho antes había sido de mi abuela-, y escuché en voces bajitas que la noche había estado un poco fría, que ese día comenzaban las fiestas tradicionales del ejido y que había estado difícil hacer el hoyo en el panteón por el caliche, pero en Vizcaíno siempre dicen esto último, y funciona muy bien como comentario para aligerar la vibra densa.

  Ante mi desconcierto, me regocijaba en el hecho de haber recibido de mi madre instrucciones precisas para enfrentar los funerales. Por ejemplo, sabía cómo rezar el Rosario para un muerto, a quiénes se les hace novenario y a quiénes no, que el luto no es vestir de negro precisamente y que, si se es allegado a la casa, es mejor limpiar o cargar el cajón que llevar muchas coronas y llorar a grito limpio. Yo soy muy práctica –dice muy franca mi mamá con respecto a estos temas-, quizás consciente de la polémica que le vale este comentario, pues parece ser que mucha gente evita el pragmatismo con la muerte, pero no mamá, ella me había entrenado específicamente para pasar horas velando a un muerto, ver llorar a la gente como mudo testigo y escuchar rezos, o muy lentos o extremadamente rápidos como trabalenguas.

  No sé cuántos años tenía, pero a la única persona que había visto dentro de un cajón era a una joven muy hermosa que se llamaba Fabiola. De ahí en adelante preferí no hacer tal cosa, pero esa mañana, no me quedó de otra más que asomarme a ver a mi tío, quien lucía muy apuesto con su camisa vaquera color guinda. Por allí, salió la voz de una doña exclamando el clásico “parece que está dormidito”… ¡por Dios!, qué desagradable había sido hasta entonces escuchar esa expresión, sin embargo, en ese instante no podía estar más de acuerdo, porque sí me recordaba a su carita de siesta y, en el fondo, quizás, esperaba ver una cara demacrada que me causara miedo. Esos largos cuatro segundos en los cuáles concentré la vista en sus pestañas, resumieron lo que había intentado procesar desde un día antes: estaba muerto.

Piedras

  Como nos encantan los rituales o los consideramos necesarios, posarse un día o más alrededor del fallecido no es suficiente. Cuando el catolicismo está presente, hay varias cosas que hacer, además de rezar rosarios y llevar al padre para que dé consuelo. Por si fuera poco, la misa posee una carga de símbolos diseñados para desgarrar hasta el corazón más ajeno; desde el camino al templo, que es lento y, preferentemente, sugiere temas de conversación serios y profundos, además de propiciar un ambiente solidario, pues hay que dar raite a los que van a pie, hasta la entrada solemne del cuerpo, que es cargado por los hombres más fuertes de la familia y quizás, el amigo más cercano.

  Aquél mediodía era así, como casi todos las misas de cuerpo presente del barrio, sencillas y con muchas flores de los jardines del ejido Díaz Ordaz dentro de latas y botes reciclados forrados de aluminio. La ceremonia era para recordar a los fundadores de la comunidad y no por nada había más gente de lo habitual. La presión iba aumentando al escuchar un sermón hábilmente mezclado por el cura de la iglesia, que seguramente jamás había visto a Manuel Pazos, el Nelo, en misa, si acaso en el pick up negro a veinte kilómetros por hora pasando por la avenida Fundadores, pero ahí estábamos su familia, sabiendo que en un rato estaría bajo tierra todo lo que de él quedaba. Después de la homilía hubo lágrimas esporádicas, porque la tensión poco a poco aumentaba, pero la distribución de las partes de la misa ofrece un momento –que en realidad casi nunca es de perdón y reflexión, sino de saludo- en dónde se desea la paz al darse las manos, y suele incitar cierto desorden que reacomoda la solemnidad del momento. Qué alivio, los pechos que estaban como olla de presión encontraron descanso sin saber lo que venía después.

  Pocos confesos hacían fila para recibir la comunión, cuando de repente rompió el silencio el réquiem más triste que he escuchado:

  Entre tus manos, está mi vida Señor, entre tus manos, pongo mi existir… hay que morir para vivir, entre tus manos, confío mi ser. Si el grano de trigo no muere, si no muere, sólo quedará, pero si muere, en abundancia dará, un fruto eterno que no morirá.

  Escuchar esa canción destruye y enfrenta a la realidad, yo he visto quebrarse al más fuerte de los hombres al escucharla, sin importar si suena al compás de una guitarra, o a capela con los berridos de quien no fue dotado con el don del canto, allá tú si crees o no en la vida eterna, pues esa es otra cuestión.

  El camino al cementerio fue largo. Casi siempre es lento porque se recorren varios kilómetros para ir a dónde llaman Poblado Viejo, la comunidad ya fantasma que estuvo antes de que Vizcaíno fuera pueblo. Es una travesía de freno y freno, de andar por la carretera despacito, viendo a los carros rebasar por la parte de abajo. Mi prima Tere y yo íbamos en el asiento de atrás del Toyota de mi mamá, platicando quedito sobre cosas de la escuela y calculando más o menos cuántos carros iban en el cortejo, un juego siempre interesante para esas ocasiones; –ahí va el profe Santos –dijo Tere-, lo cual significaba que ya habían salido los de la secundaria y que ya pasaban de las dos de la tarde, por lo tanto, el sol estaría en su apogeo al llegar.

  En el panteón no faltaron los acompañantes que antes del entierro se paseaban para visitar tumbas, o quienes, de plano, sólo iban por cumplir. Pero para algunos era muy difícil todo, ya no había espacio para resistir la pena, el apego estaba haciendo de las suyas y no había mejor expresión de eso que el momento previo a la explosión de lágrimas.

Ángel

  Enterraron a mi tío. Yo veía todo desde una sombra, me daba miedo sentir más tristeza y veía la ventaja de los albañiles y de los voluntarios que paleaban, porque secarse el sudor de la frente y echar tierra los distraía un poco del llanto.

  La tarde transcurrió y en cada signo que se volvía consciente, la mente encontraba notas de muerte. Esa noche, irónicamente, era de fiesta, de baile, de alcohol, de juegos, de gastar dinero. Salí a la palapa y se alcanzaba a escuchar la música de banda a lo lejos.

  -¿No van a ir a las fiestas? –preguntó mi papá –y yo le dije que no. Sabía que no era requisito del luto, pero noté tranquilidad en su expresión, él se fue a su habitación y yo a la orilla de la palapa. Él se fue a descansar y yo, a preguntarme muchas cosas.  

-Arcelia Pazos

Día de sol, luego de la lluvia

in Crónica by
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Fotografías de Alejandro Alarcón

Día de sol, luego de lluvia

Hoy el cielo se abrió, y dio paso a un día radiante y fresco augurando el mejor momento para hacerse al monte: un día soleado que procede al día de lluvia.

   Antier lloviznó por la tarde. Ayer, a partir del mediodía, el cielo se cubrió de nubes grises y hacia la tarde-noche se dejó sentir una fina neblina que se disipó hasta entrada la madrugada. Una tenue llovizna que parece que no moja, pero al paso de los minutos empapa cualquier superficie. Esa, la suave lluvia que llega despacito, la que cae lento pero constante, es la que mejor aprovecha la tierra. En cambio, una lluvia torrencial se anega en el suelo saturado de retenerla; una lluvia de tormenta correrá furiosa buscando el mar. Por eso, el monte agradece el agua que cae con suavidad, la llovizna, la brisa fina y baja: la tierra tiene tiempo de absorberla, de dejar que se filtre en sus capas desde donde más tarde, las raíces de numeras plantas la llamarán de regreso a la superficie.

   El pronóstico promete un día soleado para hoy, una temperatura cálida durante el día y fresca al caer el sol. Ayer en la noche acudí a despedir a mi amigo que estuvo de visita en el pueblo y que ahora regresa a la Ciudad de México. No quise dejar de asistir, muy a pesar de que el clima había orquestado un día idóneo para visitar el monte. Me hidraté afanosamente para no padecer de mañana la resaca de todo lo que tomé. Pero el sueño, la desvelada, es más difícil de remediar tomando nada más agua. Hago mi mejor esfuerzo para regresar temprano a casa y dormir. En la fría mañana en que despierto se respira un aire helado. Enérgicamente me deshago de las cobijas y me pongo de pie. Me alisto: tenis, ropa cómoda y abrigadora, bloqueador; mochila, botella de agua, cacahuates, fruta seca y un par de manzanas; tijeras de poda, alcohol, bolsitas Ziploc. Nos toma algo de tiempo conformar el entusiasta equipo, compruebo que las dificultades para despertar no las tuve sólo yo.

  —¿A dónde vamos?, ¿no que íbamos a ir al Valle? —me cuestiona Alex al ver mi indecisión para tomar una dirección definida.

  —Pues sí, esa era la idea, pero nos levantamos bien tarde y al ir cerro arriba tendremos el sol de frente. Además, tardaremos en llegar al menos media hora, eso significa que estaremos subiendo a la peor hora. Nos vamos a agotar de volada —respondí, pensando en las copas de vino a las que no me pude negarme anoche—. Más vale caminar al menos la mitad del trayecto resguardados de los rayos del sol.

   Nos hacemos rumbo al cañón de Doña Petra, al final de la calle Ruiz. En mis días de infancia el cañón solía ser el principio del fin, de la orilla. Junto con la presa Emilio López Zamora, el cañón antaño delimitó la ciudad en su flanco este. Ahora es un remanso verde confinado por un mar de casitas todas iguales que yace tras de las laderas del cerro de la cruz. La ciudad, como fagocito —a paso lento pero seguro—, se ha devorado su propia orilla. Perdura el verde aún, y luego de las lluvias, ese verde parece brillar de contento con el sol que ha salido el día de hoy.

   Comenzamos a caminar el sotomonte, las veredas bajo la sombra de un pequeño bosque de olivos y eucaliptos. Los árboles son altos. Tan altos como en mi calidad de ensenadense puedo llamarle a un árbol. Mis ojos de tanto ver el chaparral se impresionan con facilidad. Sin embargo, los olivos y eucaliptos del sotomonte del cañón, son sólo lo suficientemente altos para no dejar pasar la luz solar y generar a sus pies un ambiente húmedo y oscuro. Corre un estrecho arroyo de agua cristalina y de un constante cantar quedito. En el piso, las hojas que se les han desprendido a los árboles guardan la humedad de la lluvia que el sol no alcanza a tocar, formando una cama ideal para que crezcan los hongos silvestres. Vemos al primero, de un blanco prístino, asomarse entre la hojarasca. Atrás de él hay otros dos botones, y más allá hay otro enorme y pardo.

Sendero bajo los eucaliptos
Sendero bajo los eucaliptos

    El ojo ya enfoca el piso, se ajusta a la poca luz y entonces, ante uno, parecen brotar como palomitas de maíz miles de hongos de diversa forma y tamaño. Reconozco dos variedades, quizá haya una más pero no las sé distinguir con certeza. Están los blancos blanquísimos de sombrero circular bien definido, pie delgado y adornado por un anillo cual falda. Y están los pardos, que van del blanco al pardo: su sombrero es grande y grotesco, no puedo verles el pie, pero seguramente es corto. Estos tienen la forma similar al hongo portobello que se vende en el mercado. Como no tengo la certeza de su toxicidad, no los perturbo. Me conformo con observar sus detalles y admirarlos.

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Hongos silvestres

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    Seguimos por el camino hacia el cañón. Lo encontramos en algunas partes lodoso y resbaloso. Un olor delicioso a monte mojado se desprende a nuestro paso. Salimos de la penumbra de los árboles y tomamos una de las dos veredas. A su orilla crece ya en flor, el rabanillo o arúgula silvestre. Me detengo a recolectar algunas hojas tiernas que más tarde comeremos en ensalada. Hay también unas hojas de un verde casi negro creciendo cerca del arroyo, parecen espinacas, aunque forman arbustos muy altos y frondosos a diferencia de las espinacas que conozco. ¿Será quizá amaranto? No lo sé. Atravesamos una comunidad enorme de hierba santa. Se ven radiantes y vigorosas, de un verde oscuro y profundo. Su aroma acitronado inunda el aire que respiramos.

     Cruzamos el parque recreativo y pasamos frente al abandonado edificio que no tiene en pie ni una sola de sus ventanas. Triste. Es enorme para sólo albergar los baños, ¿con qué fin habrá sido construido?, ¿y por qué se encuentra ese fin en tal abandono? Sólo alegran la escena el toctoctoc del pico de un pájaro carpintero contra el alto tronco de un eucalipto y los encinos que lo rodean, con cuyas bellotas tropezamos.

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Hierba santa

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   Avanzamos cañón adentro hasta un punto donde el camino se bifurca: una vereda sube abruptamente por el monte, la otra se extiende rodeando el cerro de la cruz por sus faldas. Evitamos la subida, no es por pereza, no. Más tarde habremos de enfrentarla, pero por ahora optamos por la vía más baja que aunque ya recibe sol, todavía conserva parches de sombra donde crecen plantas riparias. La vereda serpentea por entre alisos y encinos jóvenes, y atraviesa en varias ocasiones el arroyo. A unos pasos de un improvisado puente de tarimas sobre el angosto cauce, vi una planta que reconocí muy bien, pero nunca antes me la encontré fuera del huerto. Se trata de una calabaza silvestre.

Flor de calabaza silvestre (Fotografía de Ismene Venegas.)

   De hojas grandes y redondas, parecidas a las de la higuera, flores características y zarcillos finos. Se extienden la planta por el suelo de ambos lados del arroyo: con sus zarcillos trepó por encima de la vegetación de las dos orillas, cruzando de lado a lado. Sin terminar aún de sorprendernos por el hallazgo, vemos un fruto enorme pendiendo de la planta: una calabaza ovalada de gran tamaño y piel brillante, que adivino dura, de colores verde oscuro con vetas claras que me hace recordar al chilacayote oaxaqueño. Mientras lo observamos, maravillados, el fruto se desprende emitiendo un sonido seco al caer y se esconde entre las hojas que oscilan vacilantes tras la caída. Alex, mirándome a los ojos, me dice: «No cabe duda de que lo observado se ve siempre afectado, en cierta medida, por aquel que lo observa».

   Atravesamos el puente y continuamos nuestro andar ya sin el amparo de la sombra. Poco a poco el camino va tomando la cuesta arriba, haciéndose cada vez más angosto. Es un sendero por donde las bicicletas de montaña transitan. Ese mismo sendero tomó ayer la lluvia para correr por las laderas del cerro, formando un delgado canal, ahora ya sin agua; aún conserva la humedad y se desmorona con la presión de nuestros pasos, hecho que nos puso en riesgo de caer en varias ocasiones. Nos acompañan a la redonda de la ruta canutillos, cneoridiums, saladitos —cuyos diminutos frutos comienzan a asomarse coloraditos entre el verde de sus hojas—, arbustos de jojoba y lechuguillas. Los fresnos se ven contentos multiplicando sus hojas.

  La inclinación del suelo y el ritmo del paso me roban el aire. Empiezo a caminar más lento. A tomar descansos. Me distraigo la fatiga analizando el paisaje: de cerca observo que la hierba santa acá cerro arriba está seca. Su color está apagado y sólo tienen hojas en las puntas de sus largas varas. Adivino, por el color de los ramas secas de los arbustos a mi alrededor, que el fuego pasó por aquí hace no mucho. Pero el monte y sus plantas tienen memoria, reverdecen. A lo lejos los autos que transitan por el libramiento se ven diminutos, su movimiento se antoja lento a la distancia.

   La cima está cercana, y el esfuerzo que imprimimos para llegar a ella es cada vez mayor como también la subida es cada vez más empinada. Me ayudo a seguir con las manos. Estoy casi reptando. El sendero nos regala uno que otro respiro, intuimos por la forma en que el aire sopla que estamos a punto de llegar. Me tiemblan los muslos. Y alcanzo ese punto en el que el cansancio pone a prueba mi determinación por alcanzar la cima. Mi equipo me respalda y yo tampoco me dejo abajo, pero me cuesta.

—¿Ya te cansaste? —me espeta Alex, medio dándome carrilla, medio animándome a seguir—. Ya falta bien poco, Isme.

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Vista desde arriba de camino de encinos y alisos, bajo el que está la calabaza silvestre

   Amo subir a la montaña, amo cómo la vista desde arriba desdibuja el agotamiento, pero llevar mis amplias caderas a la cima es todo un numerito. Lo asumo y no aflojo (tanto) el paso. Hasta que al fin puedo llenarme los pulmones y el orgullo de la emoción de haber logrado llegar.

  Nos trepamos a las rocas al pie de la cruz. Abro la mochila y saco los tesoros: agua fresca y un par de manzanas gala. Con un suspiro profundo admiramos el paisaje desde arriba. A la izquierda el sol se refleja fulgurante en la superficie del agua que la presa conserva. Un cuervo también resplandece en su negro plumaje el brillo del sol mientras vuela en círculos. Frente a nosotros la ciudad y al fondo la bahía se aprecia cerrada entre el cerro del fraccionamiento Chapultepec y la hermosa Punta Banda. La Isla de Todos Santos está fuera del cuadro. A la derecha vemos allá abajo, a lo lejos, las copas de los olivos y eucaliptos que ocultan a los hongos silvestres, el camino que recorrimos para llegar a donde estamos y que ahora habremos de caminar de regreso.

    El libramiento y sus autos me traen a la memoria la vista de maqueta viviente que desde la ventana del Chevy Nova azul de mi mamá podía ver mientras recorríamos la calle Miguel Alemán para llegar a mi primaria: carritos como de baterías moviéndose por angostas y bien cuadriculadas calles y avenidas. Devoramos las manzanas constatando que no serán suficientes para mitigar el hambre que desde cuesta abajo ya sentíamos pero mantuvimos en silencio. Luego de llenarnos los ojos de la vista frente a nosotros, nos planteamos el descenso.

Field trip ismene - AA-2587
Vista de la ciudad y de la bahía, desde arriba

   Bajar es más breve que ascender. No es sólo porque la gravedad está de nuestro lado, también la ruta que elegimos tomar es diferente. Se dirige sin muchas escalas hacia el edificio abandonado de las ventanas rotas. Al paso encontramos más lechuguillas, manzanitas y choyas. Sobre de una manzanita trepan los finos zarcillos de un chayote silvestre. Esta planta brota con la humedad de las lluvias, apenas va creciendo la enredadera, aún sin flor ni fruto. Compruebo que sus hojas son igualmente de amargas que las flores y los chayotitos espinosos que a partir de ellas se forman.

Bellotas
Bellotas

   Ya no sólo las piernas me tiemblan con la bajada, ya está todo mi cuerpo exhausto. Continuamos descendiendo con la esperanza viva de alcanzar abierto el puesto de birria de la esquina que forman las calles Gastélum y Catorce. Recogemos a puños del suelo bellotas de los encinos del parque recreativo con el alivio de sabernos con el recorrido concluido y la misión alcanzada. En la mochila tengo ya dos o tres especímenes de plantas con las que jugar en la cocina, y es nuestra la satisfacción de haber invertido la mañana bañada de sol en el monte, llenándonos del suculento olor a cerro mojado y del verde brillante del follaje contento de recibir el agua del invierno. La carreta de birria aún está abierta, hemos alcanzado la felicidad absoluta.

—Ismene Venegas

Ismene Venegas es una cocinera originaria de la ciudad de Ensenada, con acreditación en la Licenciatura en Gastronomía por parte de la Universidad del Claustro de Sor Juana (UCSJ), en la Ciudad de México. Su formación laboral la conforma como pupila de los personajes que forjaron la actual e incipiente cocina de vanguardia de Ensenada. Con arraigo a su tierra, sus ingredientes y su gente, vive y cocina desde hace más de ocho años en Ensenada, formando parte de la escena gastronómica local activamente. En el verano de 2013, abre El Pinar de 3 Mujeres en la vinícola homónima, un restaurante campestre donde sirve comida bajo los pinos del rancho acompañada con los vinos de la bodega.

Un primer paso: Marcha en Ensenada

in Crónica by
Fotografías a cargo de Sofía González
Fotografías a cargo de Sofía González. Marchantes coreando ˜Gimme the Power¨, de Molotov.

Un primer paso: Marcha en Ensenada

El cielo a esa hora, las doce del día, era gris y de contadas nubes. Debajo de ese cielo se veían los cerros pardos que, extendidos perimetralmente, resguardan Ensenada. Estos suelen ser marginados del paisaje por el mar, pero son majestuosos, y al caminar es difícil no verlos.

Y la marcha estaba por salir.

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Yo estaba de frente al monumento Lázaro Cárdenas, una estatua que ha adquirido un tono verdoso por el tiempo. Cárdenas sujeta un sombrero a su costado derecho, y mira hacia el sur. A la marcha me acompañó mi mamá. Un alumno suyo la saludó:

—¿Cómo está, Doctora?¿ Cómo ve la marcha? Ahora sí que hay gente, eh. Es la más grande que me ha tocado.

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Y era verdad: la marcha fue multitudinaria.

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*

Al igual que en la comida, en la lucha social cada región tiene sus propias características. Por ejemplo, en las marchas en el norte del país se ven camionetas del año cargadas de bocinas o de manifestantes. Algo que en otras partes de México, específicamente en el centro y el sur, es prácticamente impensable. Es decir, aquí uno no tiene porque ser pobre —o aparentar serlo— para protestar. Más aún: aquí no todos son de izquierda. Más-más aún: aquí muchos no se dicen ni de izquierda ni de derecha ni de nada.

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Al dejar atrás el monumento de Lázaro Cárdenas, mi mamá me sujetó la mano: temblaba. Al voltearla a ver me di cuenta del porqué:

—¿Ves esos baches? —Me dijo al señalar enojadísima el pavimento que se abre ancho y profundo en las calles ensenadenses, por el que tendríamos que caminar—. Mira nomás. Qué barbaridad.

—Tienes razón, ma… —y no me dejó terminar.

—Ahí se ve a leguas el robo, la mala calidad.

Alrededor de nosotros se escuchaba:

—¡Si las reformas van contra todos, todos vamos contra ellas!

—¡País petrolero y la gente sin dinero!

—¡El pueblo callado jamás será escuchado! —«Ésa es muy buena», dijo mi mamá.

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Había extraños gritos que abarcaban, sorprendentemente, todas las vocales: «Uoooouieeeaaauoooiii».

–¡Fuera Peña!— Con este grito los ánimos se encendían. Peña Nieto era la figura más aborrecida; Kiko venía despuesito.

—Al pasito que vamos —me comentaba mi mamá—, no llegaremos nunca.

—¡Se ve, se siente, Ensenada está presente!

—Oye, y ¿por qué no vinieron los demás? —le pregunté.

—Ya sabes cómo son: dicen «¿Para qué, si nada va a cambiar?»

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Algunos de los autos que pasaban del otro lado de la avenida pitaban rítmicamente en apoyo. Por alguna razón difícil de saber (y poco marxista), los autos más nuevos eran los que más se solidarizaban.

Escuché a una señora, que sostenía un cartel blanco, decirle a una persona que marchaba frente a ella:

—No te me pegues tanto, para que la gente pueda verlo.

—Sí, sí, perdón… —respondió.

Empezamos a marchar por la avenida Juárez.

—Mira ese mercadito de frutas—dijo mi mamá—, qué bonito. No lo había visto.

Volteé y, efectivamente, estaba muy bonito.

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A unos pasos de nosotros marchaba un señor en silla de ruedas cargando un cartel y una mujer con una pierna que al pisar no apoyaba bien el pie, envuelto en cintas.

—Mira, con su pierna malita, y ahí está. Y cómo hay otros cobardes que estando bien ni así vienen.

Una pareja venía a mi izquierda. De los dos el señor era el más entusiasmado:

—¿Ves? —Se dirigió a ella—. Allá hay más gente. —Se puso la mano en la frente, para cubrirse del sol y poder ver hacia el final de la avenida, donde se veían muchísimas personas—. Wow. Se me pone la piel chinita. Ahora sí que «de norte a sur, de este a oeste…».

Su acompañante le replicó:

—Pero ésta es de sur a norte.

—No importa; es una norteada.

Lo volví a escuchar:

—Estaría bueno una toma aérea para ver la marcha. —Hizo un sonido de helicóptero que no logro transcribir.

Pateé una piedra y le hice, sin querer, un tunelito a un chico que pasaba por ahí.

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Hace un año, cuando volví a Ensenada, tenía la afición de hojear todas las revistas ensenadenses que estuvieran a mi alcance. Quería saber qué se escribía. En una, ELITE, leí una sección comiquísima sobre Ensenada, y que hasta la fecha no olvido: «Enseyork» (en referencia a lo que sería una combinación de Nueva York… y… se entiende). Se hablaba de la Juárez:

«Midnight traffic

Si eres de aquellos que les gusta vivir de noche, te recomendamos transitar por la calle Juárez de madrugada ya que aunque del día sea la calle que más debes evitar, después de las 12: 00 A.M. [sic] será tu mejor opción. Todos sus semáforos se encuentran en amarillo parpadeante y por lo mismo llegarás más rápido a tu destino. Sólo ten cuidado…»

Nosotros la transitamos de día y no tuvimos cuidado.

*

Un ejercicio de imaginación:

Si por un raro encantamiento esta marcha se hiciera cuerpo, persona, no sería, como se podría pensar, un estudiante, politizado y furioso, sino una señora de 54 años, con gorra y pants deportivos, de colores chillones, indignada, enérgica, regañona, que despotrica, con razón, a diestra y siniestra con una facilidad pasmosa. La potencia de la marcha, no hay duda, es femenina.

 

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De la misma forma que los carnavales,  las marchas, en ese desenfreno propio de las grandes congregaciones humanas, en las que de alguna forma todo es posible, tienen la peculiaridad de permitir que cualquier persona hable, diga, grite. Sobre la avenida Juárez había personas estacionadas en sus coches, solas, con bocinas personales. Con el micrófono en mano, se les veía plenos. Daban su opinión enardecida de la situación del país, de lo que se debería hacer, de lo que todos deberíamos ya hacer. Enfrascado en un monólogo, un hombre estaba sentado en su camionetita roja. Nadie lo acompañaba. Miraba sin hacerlo a los que marchábamos. Difícilmente hay algo más excitante que creer tener la atención de miles. Paradójicamente, el micrófono, al igual que la máscara en un Carnaval, puede ser otra forma de anonimato.

 

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Aún sobre la Juárez, escuché una voz extraña atrás de mí. Era gangosa, aguda, nasal, andrógina, como de viejita. Gritaba:

—¡Esos que están mirando, también se están fregando!

Todos a su alrededor reímos. Lo volteé a ver y, para mi sorpresa, era un señor con una pinta muy normal. Después de ahí, esta consigna tuvo muchas variantes. «Esos que están grabando, también se están fregando». Frente a la cantina Hussong´s, ya en la avenida Ruiz, se convirtió en «Esos que están pisteando, también se están fregando». Todos volvimos a carcajear. Un norteamericano, afuera de la cantina, sin entender lo que se le decía, alzaba los brazos, jubiloso.

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Se coreaba:

—Ensenada despertó, despertó.

Se gritaba:

—¡El pueblo unido jamás será vencido.!

Al marchar sobre la calle Primera, sonó “Gimme the Power”, de Molotov. Me atrevería a decir que esta canción es lo más cercano a un himno de protesta en México. Mi mamá aplaudía a un ritmo semi lento, como si estuviera a la mesa de algunos quince años, animando a la festejada.

En la marcha había un saludo que recordaba al «La paz sea contigo» de una misa. Una señora le estrechó la mano a un desconocido de chamarra azul:

—Fuera Peña —dijo, tranquila.

El otro, como quien se da los buenos días, respondió:

—Fuera Peña[1].

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En el ensayo más importante —y polémico— que se ha escrito sobre la identidad mexicana, El laberinto de la soledad (1950), Octavio Paz dijo acerca de la naturaleza hermética y festiva del mexicano:

«En esas ceremonias el mexicano se abre al exterior. Todas ellas le dan ocasión de revelarse y dialogar con la divinidad, la patria, los amigos o los parientes. Durante esos días el silencioso mexicano silba, grita, canta, arroja petardos, descarga su pistola al aire. Descarga su alma. Y su grito […]. La noche se puebla de canciones y aullidos. Los enamorados despiertan con orquestas a las muchachas. Hay diálogos y burlas de balcón a balcón, de acera a acera. Nadie habla en voz baja. Se arrojan los sombreros al aire. Las malas palabras y los chistes caen como cascadas de pesos fuertes. Brotan las guitarras […] El mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica […] Las almas estallan como los colores, las voces, los sentimientos. ¿ Se olvidan de sí mismos, muestran su verdadero rostro? Nadie lo sabe.»

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¿Marchar en contra de la subida al precio de la gasolina, en contra de la privatización del agua es también «saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica»? «Nadie lo sabe».

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Llegamos a la plaza donde está, gris y alta, el asta de la bandera. Ese día, simbólicamente, la bandera no estaba por ningún lado. Al fondo, recordando la naturaleza portuaria de la ciudad, se veía un buque de carga con contenedores multicolores, y grúas rojas a un lado. Gaviotas graznaban y piñatas de políticos se quemaban. Los marchantes se reunieron. «¿Cuántos somos?, ¿cuántos somos?», se escuchaba. «Tres mil», decían unos; «Cinco mil», otros. A mayor número, la alegría crecía, se compartía.

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  Es casi imposible recordar cuándo una persona dio su primer paso, cuándo de bebé empezó a caminar —la primera forma de independencia que pueda haber. Pero, posiblemente, esta marcha sea lo más parecido a revivir esa experiencia, a tener los pies libres y firmes, para dar un paso, aunque sea pequeñito, muy pequeñito, pero importante como sociedad, a un mejor futuro.

—Asael Arroyo Re

[1] El fervor y la creatividad no son siempre los mejores amigos. El vocabulario de la protesta —las consignas y las palabras— es limitado. El uso del verbo hartar o del sustantivo hartazgo, por ejemplo: «El hartazgo del pueblo…»; «Porque el hartazgo nos ha llevado a…»; «Estamos hartos de…». En fin, que hay otras palabras similares: atracón, empacho, saciedad, fastidio; «Empachados de corrupción» sería una linda alternativa. En materia de consignas, quizá la más bonita que se suele exclamar es «De norte a sur, de este a oeste…». No obstante, estoy seguro, la creatividad latinoamericana puede dar más de sí; ésta —espero— no murió en los sesenta. Propongo una reunión de carácter urgente —presidida por el subcomandante Galeano (antes Marcos), a su derecha Juan Villoro y a la izquierda el espíritu de Carlos Monsiváis— que no pueda finalizar hasta tener un compendio de consignas rítmicas y, ojalá, más originales y poéticas que incendiarias, para renovar por completo el vocabulario de la protesta.

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