Go to Appearance > Menu to set "Primary Menu"
Author

Redacción

Redacción has 224 articles published.

Día de furia

in Poesía by
44037808_2170701579818777_8098094311859552256_n

44037808_2170701579818777_8098094311859552256_n

“Poetry” is supposed to signify an alternative to the kind of value that circulates in economy as we live it daily, but actual poems can’t realize that alternative. This is why telling a poet to “get a real job”, a familiar injunction from poetry haters, is in fact a powerful and traditional command: Do actual work instead virtual work for once.

Ben Lerner

 

I

El primer día del otoño.

El otoño

le recuerda a los adultos de su mortalidad pero para ti, hijo,

son hojas lindas.

¿Dice que mi familia no ha tenido seguro médico en seis meses?

Sé que nunca les llegó el cheque. Debe haber un periodo 

de tolerancia.

Y cuando pasa ese periodo

¿cuál es el periodo para eso?

No podemos pasar el fin de semana sin seguro, escuche:

le estoy hablando desde una casa llena de bombas

son unos sucios despiadados.

Jim, ¿te puedo llamar Jim?

Escucha: 

hace seis meses mi esposa me pidió que hiciera una cosa. 

Una. 

Mi deber era enviarles el cheque. 

La mujer cuenta con el hecho de que, de vez en cuando, me puede confiar ciertos deberes sencillos y si no reinician mi seguro

antes de que pase algo a mi familia, voy a tener que explicarle a ella que toda su vida 

está basada en una mentira. 

Ah

entonces, espero que cuando tu matrimonio se derrumbe 

por maldito este yo, ahí

para verlo.

II

Se le escapó un gas en el ascensor al jefe

antes de que subiera 

y yo  me eché la culpa por él.

Así es el mundo empresarial 

Cómo nos vamos a divertir

la camper será devuelta sin manchas ni abolladuras u olores

pero, hijo, ahora hay que moverse

tú me ayudarás a poner un perímetro de protección para la camper. Necesito unas cuarenta piedras del tamaño de bolas de bolos.

Lo siento, hijo. 

Si eres lento, tú ayudas. 

Que te bajes, no quiero que se metan las moscas. Estoy preparando el terruño

Este césped luce excelente, voy a comprar para la casa.

Yo invito las mejores hamburguesas y salchichas 

cuando le prenda fuego a esta preciosura.

Dónde puse el cepillo para la parrilla

¿Cielo? 

No me dijeron que habría una convención de mirones.

Y sabes, hijo, estaremos en el desierto pero somos

personas civilizadas y las personas civilizadas ponemos límites

arbitrarios que defenderemos hasta la muerte. Ahora, debe haber rocas de buen tamaño donde dimos vuelta.

¿Por qué usas los baños portátiles, si tenemos el mejor baño del mundo en la camper?

esta cosa se tragaría un oso

¿Por qué hacen malabares tan cerca? Te lo digo, hijo, 

este lugar no me gusta. 

Captura la situación. ¿Qué tanto están mirando

nunca en su vida habían visto a un hombre

barrer su jardín con una escoba?

Ya es suficiente. ¿Cuál es su maldito problema? 

¿Ya no hay respeto por la propiedad de los demás?

Te apoyo, hijo

no embonamos aquí. 

—Andrés Paniagua


Andrés Paniagua (CDMX, 1992). Es autor de Usted está aquí (Ed. Mantarraya, Mx, 2016). Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como Letras Libres, Transtierros, Periódico de Poesía, Dolce Stil Criollo (E.U.A.), UniDiversidad, Digo.palabra.txt (Ven.), Septentrión, Al-Araby (R.U.), Angel City Review (E.U.A.), Oculta Lit (Esp), entre otros. Fue parte de la antología Poetas Parricidas (Ed. Cuadrivio, 2014). Becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el periodo 2017-2018.

¿Dónde están nuestras detectives?

in Opinión by
jp g
jp g
Fotografía de Dan Bannino

Estados Unidos, Inglaterra y España, países pioneros en el género popular policiaco, están siglos adelantados a México. Además de contar, en la realidad, con un sistema judicial menos corrupto al nuestro, con más recursos, presupuesto para forenses y equipo tecnológico para ejecutar buenas investigaciones, ellos sí tienen mujeres policías, investigadoras y detectives; una costumbre tan popular que ha influido en el mundo literario donde existen muchas novelas escritas tanto por mujeres como por hombres en donde el personaje principal es una detective que se hace respetar no tanto por medio de la fuerza física sino por la eficacia de su trabajo.

*

El primer personaje de una detective aparece en 1864 en Inglaterra, en la novela The Revelations of a Lady Detective, del escritor James Redding Ware. En Estados Unidos, un siglo después, durante la década de 1980, se dio un “boom” con otras autoras cuyas mujeres detectives fueron traídas la mesa, como Sue Grafton y Patricia Cornwell, además de la famosa detective de Thomas Harris, en El silencio de los corderos y Hannibal, Clarice Starling. En España, hay autoras como Dolores Redondo, con la trilogía del Baztán y su detective Amaia Salazar. En México no tenemos muchas detectives y mucho menos autoras que se dediquen al género negro o criminal; algunas de estas pocas excepciones son Cristina Rivera Garza y María Elvira Bermúdez.
   Además de estas mexicanas, empiezan a surgir narrativas más actuales, con temas pertinentes a nuestro tiempo y entorno. Narrativas que incluyen la delincuencia propiciada por el narcotráfico, las consecuencias que dejó la guerra con este último, la corrupción entre las autoridades judiciales, etc. Dos autores recientes que vuelven a traer a una detective mexicana , pero dentro de un mundo que trata los temas anteriores, son Bernardo “Bef” Fernández y Elmer Mendoza. Aquí, me gustaría hablar brevemente de cada una de sus detectives (en otra ocasión hablaré de sus villanas) y los esquemas que rompen, o siguen, en relación con el personaje del detective mexicano tradicional.
    Del lado de Bef tenemos a la agente Andrea Mijangos, a la cual conocemos al final de la primera entrega de Tiempo de Alacranes, y quien, después de la jubilación del sicario apodado el Güero, toma poder de su propia narración, al estilo Filiberto García o Zurdo Mendieta, y el liderazgo en el resto de la saga.
   La agente Andrea Mijangos cuenta con una amplia preparación y experiencia en diferentes zonas del país y diferentes departamentos dentro de las fuerzas policiacas/armadas: “Seis años en el ejército. Cuatro en la División Anti-asaltos de la Procuraduría para la región noroeste. Y ahora aquí [como judicial en la CDMX]”.
   A pesar de no romper con del todo con la idea del detective mexicano a la que estamos acostumbrados, sí muestra una evolución en cuanto a la forma de ejecutar una investigación. Un ejemplo de esto se encuentra en Hielo Negro en donde Mijangos acude a los manuales de investigación policiaca y toma la siguiente indicación: “Ver con calma las partes para tratar de encontrar alguna megaestructura que las abarque todas y en la que se puedan establecer conexiones entre los elementos”.
   No deja muertos por todos lados, como es el caso de Filiberto García, ni se involucra en balaceras innecesarias o con gente de dudosa reputación, como el Zurdo, sino que es calculadora y metódica. Se puede notar esta diferencia y mejor coordinación de la investigación en Tiempo de Alacranes, cuando el Güero es protagonista o al menos participe de numerosas balaceras en las que casi siempre está cerca de perder la vida.
   Sin embargo, Mijangos sigue el mismo patrón de desencanto y alejamiento de las fuerzas armadas, ya que al no poder trabajar como ella quiere y con el sistema que ella prefiere, se tiene que convertir en detective privada. No por esto se deja de lado la característica que suele identificar al detective mexicano: el motivo o beneficio personal detrás de caso que escoge.
   En la saga, el motivo de Mijangos para atrapar a Lizzy Zubiaga, la criminal, es el asesinato del agente Armengol, quien es su pareja sentimental. Sólo se nos muestra, a los lectores, dos casos “importantes” a resolver por ella misma, con la poca ayuda de sus colegas o amigos. Muchas de las cualidades que tiene Mijangos — no importarle su apariencia, no querer tener una familia o hijos, ni transpirar sexualidad— provienen de una influencia estadounidense. Algunos ejemplos son la ya mencionada Clarice Starling de la novela The Silence of the Lambs, Scarpetta de Patricia Cornwell o Kinsey Millhone de Sue Grafton; viven solas, sin lujos o pareja sentimental fija y su físico y manera de vestir no importan.
  En cuanto a Elmer Mendoza, tenemos a Gris Toledo, la detective y pareja laboral inseparable de Edgar “El Zurdo” Mendieta. La evolución, crecimiento y desarrollo de esta agente ha sido largo y lento pero consistente. Toledo no sólo es una gran detective, con observaciones y una mirada diferente y más sagaz que la del Zurdo Mendieta, sino que rompe con la tradición de resolver un caso por una cuestión personal —hace su trabajo por vocación y lo ejerce resolviendo casos sin tener algún beneficio o ganancia personal. Al contrario del Zurdo, que en muchos de los casos que se le asignan o escoge hay una razón detrás que le atañe (como en el caso de La prueba del ácido donde una bailarina exótica asesinada resultó ser amante del Zurdo).
  En repetidas ocasiones, Toledo no deja que su vida personal interfiera con su trabajo como detective. En la misma La prueba del ácido le dice al Zurdo: “No se confunda ni me confunda, jefe, mi trabajo es mi trabajo y es sagrado”. En Asesinato en el Parque Sinaloa le vuelve a aclarar: “Jefe, primero soy policía y después esposa…”. La detective Gris Toledo hace su trabajo por pura y simple vocación. Incluso el Zurdo se lo reconoce: “solo tenga más respeto por mi compañera, que, aunque usted no lo crea, todos los días se juega el pellejo por ciudadanos como usted, que no siempre lo reconocen”. Al igual que Mijangos, no simpatiza con delincuentes: llega a la escena del crimen (hasta ahora) a hacer su trabajo sin involucrarse sentimentalmente con alguna víctima o criminal.

***

Poco a poco empiezan a (re)surgir figuras de mujeres detectives. La espera está valiendo la pena, pues son personajes complejos, con ideas y herramientas que se adaptan mejor al tiempo en el que vivimos. A este resurgimiento de la novela criminal escrita y/o protagonizada por mujeres se le ha denominado como Femicrime, si bien este término ha causado mucha controversia entre el gremio por presuntamente encasillar la obra de y sobre mujeres. No obstante, es tan nuevo que aún no se ha teorizado o establecido formalmente en la academia mexicana y a mi parecer el Femicrime debería tener un espacio dentro del género policiaco como un nuevo subgénero. El cual no sólo puede darle un espacio a la mujer para ser tanto autora como personaje, sino que también puede renovar el género policíaco. sin importar si lo hace un hombre o una mujer, en México.

 — J.P. Gómez


J.P. Gómez es originaria de Mexicali, Baja California y radica en California, Estados Unidos. Obtuvo su licenciatura y maestría en letras de San Diego State University. Actualmente, además de pasear a su perro todos los días, se encuentra cursando el programa de doctorado en español en la UC Santa Bárbara. Su enfoque principal es la novela policiaca y criminal mexicana.

La existencia de un paisaje lunar

in Poesía by
42689780_165351837716754_7057619255834968064_n

42689780_165351837716754_7057619255834968064_n

Apprentices
(They shoot horses, don´t they?

Llueve.
En Chicago hace menos veinte grados.
Es un problema extensible a Nueva Inglaterra.
Llueve.
Sospechamos la existencia de un paisaje lunar,
muy lejos, al sur,
más allá del horizonte
(donde nuestras fincas azules
limitan también con la NASA):
sonidos a las tres de la madrugada,
procedentes de autopistas acaso invisibles,
escenario, hoy,
del traqueteo de cascos de los caballos:
se oye todo, en una alucinación muda,
y, en este western,
surge el milagro de la vida:
aquí, en el sur, también llueve,
y, en paralelo,
percibes igualmente cómo brota, de este suelo azul,
el agua nocturna.
Los caballos beben entonces deprisa,
entre destellos,
en un entorno mágico.
Y ¿llegan a echar de menos el calor extremo?,
y relinchan;
un tiempo después, de nuevo su trote:
han de volver a la luna.
Las lluvias han sido constantes,
durante toda la jornada,
sobre todo por la tarde
(es necesario, en esta frontera,
el uso de cadenas.
Y de un Muro,
¿no?).

No sé cuánto tiempo llevo en este cementerio de automóviles

Nueva York parece una jaula, ¿no?
Canto, aquí, a lo lejos,
a la ciudad que nunca duerme,
a la barba de Whitman llena de mariposas,
al rugido de la urbe en anárquica policromía,
a ningún millón de muertos*.
Me encuentro una nariz de payaso.
También chatarra.
¿Cuántas perspectivas del skyline llevo?
¿Tantas como torres,
de la mano invisible del mundo,
acaso?
Oigo una conversación,
acerca del precio del hielo.
Vd. (Sra. Muerte) y yo estamos en un terraplén.

* Dámaso Alonso dixit

Militantes

Ha sido un día… complicado. Una manifestación. Multitudinaria. Huimos a primera hora de una serie uniformada de elefantes y pedestales. Esto bien podría haber sido ser un indicio de lo que estaba por venir. Sabemos dónde quedan ahora los cuervos, no tanto cómo llegar hasta ellos (y desmadejarlos, o por lo menos tratar de derribar el mito). No vamos a discutir obviedades: si pasamos por el Tribunal Supremo, ellos terminarán por leernos el pensamiento. Probablemente hayamos dejado huellas en el camino que demuestren nuestra presencia aquí (uno de los cuatro mayores imperios de la Historia de la Humanidad, venido significativamente a menos). No sabemos comunicar en detalle dichas sensaciones. Entramos en un tres estrellas Michelin, en el que un pasillo da a un salón lleno que da a un pasillo que da a un espacio abierto que da a un cementerio godo. Y, entonces, uno de mis camaradas es risa de fuego. En ocasiones tenemos la sensación de que alguien nos vigila, o nos persigue. Y nos preguntamos si no habremos estado durmiendo sobre cuchillas durante todo este tiempo. El mediático chef, su figura, se distingue a través de un biombo: está contemplando su polla, y contando baldosas, frente a una bombona de nitrógeno. Somos líderes de opinión: autorizados por tanto a no darnos cuenta. Pagamos esta fantasía con tarjeta. Necesitamos, acaso, verosimilitud en la puesta en escena de todo esto, sin embargo proseguimos sin descanso ni arrepentimiento nuestra marcha. Ya en la frontera, conseguimos mirar hacia atrás. El cielo es toda una manta sucia; la luna y algunos hombres se desplazan sumisos hacia el mar. España, España, España… O el niño algo próximo a ser liquidado: se reinventa frente a sus cabras tras haber tenido que dejar los estudios. Miguel Hernández convertido pronto en llegada de las tinieblas y no del día.

⋅—TS Hidalgo


TS Hidalgo. Escritor español (Madrid, 1971). Es economista y MBA. Textos suyos han sido publicados en revistas literarias de Estados Unidos, Canadá, Argentina, Gran Bretaña, Alemania, España, Nigeria, Botsuana, Suráfrica, India y Australia

avril lavigne se suicidó a los 18 años

in Poesía by
42579002_953282124863154_3760836470055632896_n

42579002_953282124863154_3760836470055632896_n

Termitas

se llamaba Mihermanomuerto
repetía su nombre mientras barría

quise explicarle
como todos los polvos eso que barres
está hecho de algo que preferiríamos
desconocer
si no las exterminas
acabarán con

exterminar es una palabra destinada
a ser junto a la palabra termita
nadie ha escrito todavía
esa regla gramatical

robé unas flores para él
Haríacualquiercosa, me presenté
Mihermanomuerto dijo debería tomarte
fotos y no lo hizo (en ese momento no
temíamos ser devorados)
le regalé el robo no las flores
nos besamos junto al jardín infestado
de albahacas

me dijeron es tan difícil
mantener con vida a una albahaca
en su jardín las plantas florecían solas
para no hacerle sufrir de más

sospechosamente el polvo
formaba letras al pie de su cama
todas las mañanas,
a veces se leía:
“Tu hermano muerto”
yo barría entonces
Mihermanomuerto temblaba

está escribiendo un libro a la par que ellas
quien acabe primero dejará de ser el invasor

de los días de Mihermanomuerto
salí sin hacer ruido una albahaca
floreciendo sola
sabiendo que quien riega
está siendo devorado
necesita paz

Principio de identidad

avril lavigne no es avril lavigne
o ya no es
o lo es aún porque una avril es una avril es una avril
pero no es la nuestra en todo caso

avril lavigne se suicidó a los 18 años
fue sustituida por otra avril lavigne
no hay más que fijarse bien en la boca, su letra, la comisura de los ojos
la línea de la mandíbula que es casi idéntica

casi

nuestra avril lavigne será idéntica a sí misma
o no será
no tendrá concesiones ella

es nuestra avril lavigne

y su principio de identidad debe ser matemático

la avril lavigne que la sustituyó es casi idéntica

pero más alegre con vestidos en lugar de pantalones de cargo
dicen que le enseñaron a cantar como la avril lavigne primigenia
que servía de doble a la hora de hacer

lo que la original avril lavigne detestaba
firmar autógrafos
pasearse por l.a. y su clima poco canadiense

por eso estoy segura de que avril lavigne ya no es avril lavigne
no nuestra avril lavigne al menos
porque avril lavigne se mira feliz, pasea por l.a.
posa con los fans de la primera o la segunda avril lavigne por igual
tiene el pelo rosa

nuestra avril lavigne se hubiera suicidado a los 18 años

—Martha Mega


Martha Mega. (Ciudad de México, 1991). Estudió Literatura Dramática y Teatro en la FFyL de la UNAM, con especialidad en Dirección Escénica y Dramaturgia. Autora del libro de poemas Vergüenza (Mantarraya Ediciones, 2017). Es directora de escena de la compañía Sí o Sí Teatro. Obtuvo el primer lugar en la categoría de traducción literaria del certamen Punto de Partida de la UNAM. Se ha presentado a lo largo del país con espectáculos de poesía escénica de manera individual y con el colectivo Literal Sound Machine, que realiza shows con DJ, VJ y poesía en voz alta.



El doble caos del 19 de septiembre: a un año del sismo

in Crónica by
Caos de Alambre
Caos de Alambre
Caos de Alambre

La Ciudad de México es un monstruo. Como seres trágicos, los monstruos representan el lado escondido de la cama. Lo más temible y obscuro que el ser humano puede llegar a conocer. La Ciudad de México es un monstruo macabro si se le observa desde un avión, nube gris en el cuerno de la abundancia. La Ciudad es un monstruo palpitante, lleno de vida. 

El caos, dice Carlos Monsiváis, es una de las caracterizaciones más constantes de la vida cotidiana mexicana. Un vil y feroz desorden…

Sucedió el 19 de septiembre de 2017. Ese día se vivió un doble caos en la ciudad. Se trata del terremoto con epicentro en Puebla, a 170 kilómetros de la capital. Pero se trata también de la conmemoración de otro terremoto: el de 1985, el que instaló “un sismógrafo en el corazón de los mexicanos”, según Juan Villoro.

Ese día tembló dos veces. Uno fue ficticio, el otro fue real.

Porque después del simulacro, después del caos controlado, después del disimulo, la alarma sísmica volvió a sonar entrada la tarde. Incrédulo, cualquier persona pudo haberse preguntado: “¿otro simulacro? pero si en la mañana… “
—¡Ni madres!, ¡ay cabrón!, ¡está temblando!, ¡está temblando!, ¡está temblando de verdad!
Cuando la tierra pierde el equilibrio hace caer lo que se pone en su camino: retratos, libros, botellas, cables de luz, semáforos, árboles, casas, edificios… vidas.
El caos es real, corre por nuestras venas.
Y ahora, sobre avenida Reforma, un bonche de cabezas se amontona. Lo que Aníbal Quijano llama: la raza. Ninguno de entre ellos quiere estar cerca de los edificios. Las paredes están cuarteadas. “No se vayan a desplomar”, dice el cocinero del hotel Sevilla Palace. “Lo bueno es que no me agarró en el penthouse”, agrega con las manos en la cabeza.
Los brigadistas de Protección Civil llevan chalecos fosforescentes. Saben lo que hacen. Con una paleta en la mano indican el número de piso. En el caos se inicia el perfeccionamiento del orden: piso 9, piso 14, piso 22… Cada quien acude a su llamado, menos Juan, quien parece buscar algo entre los vidrios rotos, dispersos en el suelo.

—¿Qué pasó, mi Juan, a quién buscas?
—A nadie, es que huele a gas.

Las labores se suspenden hasta nuevo aviso. Unos toman rumbo hacia el Monumento a la Revolución. Otros se repiten perplejos, para sus adentros: “sí estuvo bien fuerte”.
El tránsito está detenido. “Los sismos matan cuerpos, los pecados matan almas”, reza un cartel sostenido por un señor. Una estatua de fierro, con la forma de un Santo Grial, se cayó de su pedestal. La estatua es cargada por tres policías. “–No aguantó, va pal’ kilo”.
Más adelante, el edificio del periódico El Universal se ve dañado, con las persianas al aire, como chimuelo, parece que al edificio le salieron venas que corren hacia lo alto o hacia lo bajo, a donde sea con tal de salvar el pellejo. A pesar de todo, el bolero no deja de trabajar. Un mosaico de clientes se le presenta en el parque de La Alameda. Todos con una personalidad, todos con una posible mancha de polvo en el zapato. El sabor de la muerte.
Las meseras del Sanborn’s sentadas en la banqueta. Los albañiles hacen un círculo alrededor de un árbol. Una pareja camina agarrada de la mano, más unidos desde que la tierra se movió un tanto.

—¡Señora Martha Shan!, ¡Señora Martha Shan!, buscan a la señora Martha Shan. —Pero todos están pegados al celular—. Ya por fin me comuniqué con ella, que ya va para su casa.
—Ese edificio no se cayó, no más se movió, yo lo vi —asegura una señora de lentes frente a la Torre Latinoamericana.

   Los peatones caminan por el carril del trolebús, no por las banquetas. El silbato de los policías no arregla nada, sólo provoca caos, caos, ¡caos!… bendito caos. Estamos frente a una tragedia nacional.
  En el cruce de Eje Central y Salto del Agua, un hombre escucha la radio en alta voz, un círculo se forma a su alrededor:

Fausto Lugo, Director de Protección Civil de la Ciudad de México, nos dice: cerrar las llaves de gas y bajar los switchés eléctricos para evitar cortos circuitos.
—¿Cuántos reportes, Fausto, tienes de incendio en la capital?
—Carmen, hay dos incendios que traemos importantes que ya está personal del cuerpo heroico de bomberos trabajando. Le estamos dando prioridad a los servicios de emergencia que se desplazan a los diferentes puntos de la ciudad.
—¿Puedes ubicar las zonas donde están estos dos incendios fuertes?
Mira, tenemos uno en la Benito Juárez. Y tenemos otro en el perímetro de la Cuauhtémoc. Pero obviamente estamos pendientes de toda la Ciudad de México, porque el movimiento se sintió en toda la ciudad.
—¿Tienes, Fausto, el nombre de las colonias donde están estos incendios?
—Carmen, ahorita estamos precisamente dando toda la revisión; en cuanto tengamos la información con mucho gusto la proporcionamos.

El programa de noticias de Carmen Aristegui dice que quedaron muchas personas atrapadas. El sismo fue de 7.1 grados. El número 25 de la calle Amsterdam colapsó. También el edificio principal del Colegio Rébsamen. Y un edificio del Multifamiliar Tlalpan. No sirven los semáforos. La gente está caminando. No hay actividades por el resto del día en la Cámara de Diputados. Tampoco mañana. La gente da aventón. Un camión con la cajuela descubierta recoge a personas que van por el rumbo.

—Se cayó el edificio grande, ése que está en metro Etiopía.— La mano de las personas se convierte en visera cuando voltean al cielo. El helicóptero del ejército ya se encuentra sobrevolando la ciudad.

Cuando regresé a mi casa, cuatro horas después, me enteré de que Norma se había hecho pipí del susto.

En la familia todos estamos bien.

–Rojas

En memoria a la víctimas del doble caos del 19 de septiembre.

Los murmullos

in Ficción by
acapulco

acapulco

1
Cuando bajó del autobús sintió el golpe de calor en el rostro, en el pecho. Acapulco corría a recibirlo después de tantos años de no verse, como las mujeres rubias y bellas reciben a los veteranos estadounidenses en las películas de medianoche. Es lo malo del pinche autobús, pensó Pedro mientras caminaba hacia la avenida, no deja prepararte, no te puedes aclimatar. Te subes allá, en el Distrito, donde hace fresco, y cuando van llegando a Cuernavaca, ¡madres!, el aire acondicionado entra en vigor; la ley del hielo, se dijo, y hasta sonrió. Por eso cuando viajaban en la camioneta del promotor siempre pedía ir en la ventanilla, para que su cuerpo fuera sintiendo cómo se alejaba de la Ciudad de México. No que así, de golpe, a la brava, Acapulco no sabía.
    Y peor cuando hizo el viaje en avión. Menos de hora y media y ya estaban en el puerto. Esa vez se fue directo al hotel, se bañó, comió algo ligero y se dio otro baño para, como bebé, dormirse las dos horas que faltaban para ir a la arena a jugarse la máscara. A media pinche lucha me alcanzó el alma, les decía a sus compañeros, porque pues los humanos no estamos hechos para viajar así de rápido, entonces el alma, o ve tú a saber qué cosa, pero eso que traemos entre hueso y carne, no sabe viajar así de rápido, no sabe nada de aire ni de andar volando. Entonces se viene por carretera, pide raid o ve tú a saber, pero llega normal, como Dios manda, luego de cinco o seis horas de salir del DF. Esa vez estuvo flojo, sin ánimos, hasta que su alma, o eso que él decía traer entre hueso carne y tripas, llegó a la arena y se metió en él. Entonces sí, señora lucha que dio, hasta dinero les aventaron. Te hice un favor, le dijo al luchador del que ya no recuerda ni el nombre, con este pinche calorón y tú con máscara, a dónde ibas a parar.
   Detuvo un taxi en la avenida y le preguntó al chofer, un viejo morenazo con gafas oscuras, cuánto cobraba al Sisi.
  —No, mi hermano, ora sí me viste cara de gringo. Soy de los tuyos, mira —y metió la mano por la ventanilla, una mano requemada, dura, de articulaciones chuecas; parecía hecha de madera—, te voy a dar cien, nomás para que veas que ando de buenas y traigo prisa.
  Se subió en la parte trasera del vocho y aventó la maleta junto al chofer, donde debía ir el asiento del copiloto. Pinches taxistas, hasta en el oficio traen la soledad metida, pensó mientras escuchaba gemir el motor.
  —Y qué, ¿de vacaciones?
  —Hazme la buena. No, asunto familiar.
  —Las vacaciones son asunto familiar.
  Pedro calló.
  — ¿De dónde es usted?
  Dudó. De dónde es uno en realidad, se dijo. De dónde puede decir que es uno. ¿De dónde floreció la semilla, donde se tiraron los frutos o donde lo van a talar? No contestó. El taxista miraba al frente, a los lados, al retrovisor. Sus gafas oscuras le daban ventaja sobre el resto de los pasajeros, sobre el resto de la ciudad: eran un escondite cómodo para espiar, para saber. Los taxistas saben más de lo que uno se imagina y aprenden a ser indolentes, aprenden a no meterse: para ellos todo es una anécdota para el siguiente pasajero. Entonces se acordó de cuando su mamá los llevó al cine un domingo por la tarde, le habían dado día libre en la casa donde hacía el quehacer. Los llevó a él y a sus dos hermanas a la función en tercera dimensión, la novedad en aquellos años. Y detrás de los lentes, agazapados, expectantes, habían descubierto la tercera dimensión, una serie de imágenes que parecían salirse de la pantalla. Todos los que iban por primera vez estiraban la mano para ver si podían agarrar al dragón volador ése, o al hombre de piedra, o al niño. Nada, entre las manos quedaba, por un segundo, un puñado de luces. Sólo anécdotas.
   —Aquí nomás bótame, mano —le pidió en cuanto el tránsito se atoró— , quiero caminar un rato.
   —Ya no está lejos, cosa de diez minutos.
  Se bajó del carro y agarró la maleta. Se sacó el fajo de billetes de la bolsa del pantalón y agarró uno de a doscientos. En lo que esperaba el cambio se acomodó la camisa, se secó el cuello con su pañuelo y aventó un gargajo a media avenida que casi le pega a un deportivo. Se volteó para acomodarse los calzones y fajarse bien, luego dejó la maleta a un lado, se desamarró y volvió a amarrar los dos zapatos y volteó con calma. Ahí seguía el chofer, con diez monedas de diez pesos en la mano, flotando en la sustancia pegajosa y salina que formaban el ambiente de la playa y las canciones de la Sonora Santanera. No se había ido: prueba superada.
  —Ora sí voy a parecer Judas, qué madriza, ¿no traes billetes?
  El chofer dijo que no.
  —Quédatelos, pero dame tu número, a lo mejor necesito moverme al rato en la noche.
  El chofer removió en la guantera y, luego de mucho buscar, anotó el número en la parte de atrás de un ticket del Oxxo. Abundio, leyó Pedro, justo a la altura del precio de una Coca de 600 y unos   Delicados 24´s. Se lo guardó en la bolsa de la camisa.
  —Si va a quedarse por aquí, vaya al Tropicana. Dígales que va de mi parte.
  Arrancó.
  “Ora sí, Acapulco, ya regresé. Ora sí abrázame, ándale, ven por mí. Parecemos dos viejos que se acompañan en sus últimos días, porque tú también tan joven ya no estás. Mira nada más qué madriza te pararon, ve cómo estás. Has de traer la espalda hecha polvo de cargar tanto hotel, tanto gringo, tanto chamaco gritón. Has de estar cansado de que no te dejan dormir ni de noche. Trabajas 24 por 24, los 365 días del año. Qué jodido, mano”.
  De la playa llegó un aire que se le arrojó encima, un perro de sal y arena que brinca de gusto porque regresó el dueño. Luego de diez, veinte minutos de caminar en el sentido que iban los carros, llegó al Tropicana. Creyó recordar que ahí se hospedó el par de veces que luchó allá, pero no estaba seguro.

2

—Buenas tardes.
  Pedro gritó por segunda ocasión y luego dio unas palmadas en la barra de la recepción. Asomó casi medio cuerpo para ver si alguien venía, pero nada, todo seguía en silencio a excepción de los ventiladores, que en Acapulco acaban, luego de unas horas, por no escucharse más: el oído se acostumbra. Cuando iba a pegar de nuevo, un joven se apareció por una puerta que Pedro no había notado.
  —Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar?
  Pedro arqueó las cejas. Tamborileó con los dedos sobre la barra y respiró hondo.
  —Una habitación.
  —No hay habitaciones.
  — ¿Y todas esas llaves?
  Pedro señaló con el mentón la pared a espaldas del muchacho. Había una tabla con clavos; al menos seis habitaciones estaban disponibles, a juzgar por la cantidad de juegos de llaves.
  —Pero son sencillas.
  —No importa —pensó que, tal vez, se le notaba todos los muertos que cargaba.
  — ¿Cómo?
  —Nada, que está bien. ¿Qué te debo?
  Pedro sacó el fajo de billetes y puso cinco de 200 sobre la barra. El muchacho los tomó y devolvió uno de cien.
  —Quédatelo, pero hazme un favor, ¿le entiendes a estas cosas? —sacó de la bolsa de la camisa su teléfono celular y el papel con el número de Abundio—, necesito marcar este número.
  El muchacho comenzó a manipular el aparato: en la mano izquierda el teléfono, en la derecha el papel. Luego de parecer perdido, le extendió el teléfono a Pedro. Ya estaba llamando, tenía el altavoz puesto.
  — ¿Bueno?
  — ¿Abundio? Soy Pedro, me acabas de dejar en la zona costera hace rato, te pedí tu teléfono.
  — ¿Cómo? Hable duro, que estoy medio sordo.
  —Que soy Pedro, a quien acabas de dejar en la zona costera hace rato —Pedro acercaba la cara a la mano donde el muchacho sostenía el teléfono— , ven por mí al Tropicana en dos horas, te veo en la recepción.
  —Sí, está bien.
  Colgó. El muchacho seguía con la mano estirada. La dobló luego de unos segundos.
  —Bueno, enséñame mi cuarto.
 Caminaron hacia la habitación de Pedro. La puerta era de cristal. No, ahí no se había quedado, o si sí entonces el hotel había sufrido remodelaciones, porque no recordaba que lo hubieran puesto como bísquet en una vitrina.
  —Bueno, gracias. Oye, si me regresas mi teléfono te doy propina.
  El muchacho sonrió y le regresó el teléfono a Pedro, quien le puso el billete de cien en la mano.
  —Pero márcame este número también.
  Sacó de la bolsa de la camisa una agendita del 95. Las hojas amarillentas tenían cantidad de nombres, de números, de recordatorios. Muchos de los nombres que estaban ahí ya también estaban en una cruz de fierro o de piedra. Pedro señaló un número escrito con pluma roja; la tinta estaba reciente: aún resaltaba del papel. Juan, decía al lado.
  — ¿Bueno?, ¿bueno? —Pedro otra vez gritaba mientras el muchacho sostenía el teléfono—. Juan, ¿me escuchas?
  —Sí, sí lo escucho.
  —Ah, bueno, ya llegué a Acapulco. Estoy hospedado en el Tropicana. ¿Dónde nos podemos ver?
  Del otro lado de la línea se escuchaba el silencio cargado de dudas.
  —Yo llego ahí. Pero será mañana, hoy no puedo, ¿le parece?
  —Sí, sí. Mañana nos hablamos entonces.
  Colgó.
  —Gracias —le dijo al muchacho—, si necesito algo te hablo.
  Entró al cuarto y cerró con llave. Se desnudó y fue directo al baño. Estuvo media hora ahí, bajo los breves latigazos de la regadera; acupuntura de agua. Agachó la cabeza: la barriga le tapaba la vista, no podía verse ni los pies. No creo que ese cabrón sea mi hijo, pensó, y entonces recordó a Dolores, y pensó que sí era posible. También se preguntó qué hacía en Acapulco, y prefirió no pensar.

3

—La verdad, para ir tan cerca pudo haber tomado un taxi cualquiera. O un camión. Casi todos los que pasan por aquí lo dejan en el Parque Papagayo.
  Pedro no contestó. Llevaba los ojos colgados de la ventanilla, pero la mente en otra parte. No había querido quedarse en el hotel a que lo agarrara la noche. Necesitaba espacio para enfrentarla. Si me agarra aquí en este pinche cuarto caliente, otra vez me gana. No quiero que me agarre contra las cuerdas, pensó al salir de su cuarto para pedirle al muchacho que le marcara de nuevo a Abundio.
  —Aquí espérame —le dijo mientras bajaba del vocho y enfilaba hacia la entrada del parque—, no me vayan a robar.
  No sabía qué buscaba, o si buscaba algo, sólo comenzó a caminar. A su lado pasaban parejas de jóvenes, niños con sus abuelos, turistas. También de vez en cuando veía pasar un corredor. Vio una mancha en el suelo, enorme, amarilla: los mangos caían de los árboles y nadie se molestaba en recogerlos. Se detuvo a comprar un agua.
  —Son mangos, ¿verdad? Ya me había espantado, dije “qué pinches pájaros tan grandes viven aquí, y no sé qué coman, pero…”
  La muchacha fingió una sonrisa, recibió el dinero y siguió revisando su celular. Pedro se bebió de un trago el medio litro y tiró la botella cerca del laguito artificial. Parece Chapultepec, pensó.
  “No te dejes, Acapulco, no te dejes. Te están haciendo una copia de las demás ciudades, pareces un Distrito Federal, así qué chiste. Un lago, una línea de bus, construcciones como las de allá. Mete las manos siquiera, no te dejes así nomás. Mételes un cocazo, algo, pero no te dejes. Cuando a uno le ven viejo quieren abusar”.
  Pedro salió del parque luego de dar dos vueltas completas al lugar. En el área de juegos infantiles se quedó largo rato viendo a los niños. “Y contigo nunca se pudo, Susana”. Subió al auto y le dijo a Abundio que lo llevara a una buena marisquería. Una vez ahí, le dijo que pidiera algo, que él invitaba.
  —Luego de aquí me llevas a donde haya mujeres, porque ni modo de desperdiciar el efecto.

4

—Ven, ven para acá, muchacho.
  El empleado se acercó a Pedro y se puso firme, como si estuviera ante su sargento.
  —Márcame el número éste, ¿no?
  — ¿El del taxi?
  —No, el otro.
  Comenzó el tono de llamada. El muchacho extendió la mano y puso el teléfono a la altura del rostro de Pedro.
  —¿Bueno?
  — ¿Juan? Soy yo, Pedro.
  —Ah, hola, señor Pedro.
  Se quedaron callados. El muchacho del hotel desviaba los ojos, como si la conversación no le importara. O tal vez de verdad no le importaba.
  —Este…
  — ¿Habíamos quedado hoy?
  —Sí, sí. Quedamos hoy. ¿Pasa algo?
  —No, nada, es que…
  —Si tienes algún problema dime y yo…
  —No, no, problema no. Sólo que hoy no puedo, no me queda.
  — ¿Mañana entonces?
  —Mañana.
  Colgó. El muchacho le extendió el teléfono a Pedro.
  —No, márcame el otro número.
  No iba a soportar todo el día en el hotel. Ya no. Seis metros por seis metros, más o menos eso medía el cuarto, como un ring. Y ya no estaba para luchar, ya no. Además la soledad es marrullera, pensó, te jala los pelos, o te muerde, pero nunca pierde.
  Se quedó en la recepción a esperar a Abundio. Cuando lo vio llegar sintió un poco de alegría, sin saber bien por qué. En el hotel escuchaba ruidos y voces todo el tiempo, como si en los cuartos las conversaciones de muchos años atrás no pudieran encontrar la salida. Quería un poco de silencio.
  —A la playa, Abundio.

5

¿Qué sabía, en realidad, de toda esta situación? Sabía que Ramón Ortiz, un promotor de lucha, le había llamado para decirle que un hombre se le acercó un día en la arena para preguntarle si recordaba a Muerte roja, que si le podía decir cómo localizarlo. Y qué quiere, preguntó Pedro en el teléfono, mientras esperaba que hirviera el agua para echarle el café.
  —Dice que es tu hijo.
  Eso sabía. Que un hombre que Ramón describió como “moreno, como de tu estatura, con entradas así como las tuyas y de ojos cafés, medio llenito y nariz chata” lo estaba buscando porque aseguraba que Muerte roja, Pedro Vargas, era su padre.
  — ¿Y la mamá? —había preguntado Pedro mientras colaba el café.
  —Muerta. Dice que lo último que le pidió fue que te buscara.
 —Querrá dinero.
  —Eso pensé yo. Le dije “mira, si quieres dinero no creo que saques de aquí”. Pero me dijo que no era eso, y de verdad no creo que sea eso, se fue en un buen carro. Venía bien vestido. Vaya, dinero no es lo que quiere. Entonces, ¿le doy tu número?
  —Dáselo, dáselo.
  Colgaron. Pedro se bebió el café de su taza y vació el resto en la tarja. Siempre llenaba el pocillo, como cuando ella estaba. Se agarraba al recuerdo a fuerza de costumbres, de mañas.
Un hijo en Acapulco. No era del todo improbable. Vaya, si en Lagos de Moreno había dejado uno, que no fuera posible en Guerrero. Se acordó de él, un muchacho alto, fuerte, de mirada hosca. “Es mi hijo, ni duda queda” pensó en cuanto lo vio. Dolores, la madre, a quien visitaba cada que estaba de gira por allá, cuando vio que Pedro no volvía —lo habían amenazado de muerte por una riña con unos aficionados, así que imposible pensar en volver— le habló un día a la casa, diecisiete años después, valiéndole madre que Susana pudiera contestar, como efectivamente pasó. Tuvimos un hijo, dice que te quiere conocer. Y colgó. Pedro fue a Lagos la semana siguiente, y ahí se conocieron. También luchaba ese muchacho, estaba bajo la tutela del Diablo Velasco.
  — ¿Y luego? —le dijo Pedro la primera vez que lo vio—, ¿ya debutaste?
  —No, pero ya casi.
  — ¿Y cómo te vas a llamar?
  —Como usted.
  Sólo así. Y entonces estuvo Muerte roja jr. Era bueno. Cosa curiosa la vida, la herencia: luchaba como el padre, y eso que ni siquiera lo conocía. El mismo parado en el ring, brazos largos, buen resorteo y mejor elasticidad. Un poco pesado, como Pedro, pero de buen llaveo.
  Luego lo mataron en un hotel cuando lo encontraron con la mujer de otro. Más de veinte balas entre él y ella. Así había acabado Muerte roja jr.
  Y ahora, en Guerrero, otro hijo. Sí, podía ser, cómo no. Además, ya qué le quedaba en el DF.

6

  Abundio lo llevó a comprarse algo de ropa, porque sólo traía dos mudas. Pasearon por las tiendas hasta que Pedro encontró algo que le gustara. Luego fueron a comer y al final por unas cervezas que, por supuesto, Pedro, fiel a su costumbre, pagó con un billete que sacó del fajo que cargaba en la bolsa.
  — ¿No le da miedo que lo roben?
  —Me da miedo que no lo intenten, chingao. Ya me estoy oxidando.
  Y tiró un par de golpes al aire.
  — ¿A poco es boxeador?
  — ¿Pues qué me viste cuerpo de perro o qué? No, luchador.
  — ¿Luchador?
  —Y de los de a de veras.
  Siguieron bebiendo. De vez en cuando hablaban un poco más sobre la lucha, o sobre las cosas triviales. Abundio siempre estaba agazapado atrás de sus lentes negros, así que era imposible saber qué estaba mirando, o si miraba algo. Pedro miraba el mar, que iba y venía, como un enorme columpio de sal y conchitas. Recordó la primera vez que vio el mar de Acapulco, cuando su mamá y su abuelo los llevaron a él y a sus hermanas a conocer esa playa. A Pedro le gustó mucho el color del líquido, la consistencia, el afán del agua de jugar con ellos. Era un mar bonito.
  —No como otros pinches mares que parecen el agua que sale de la lavadora, Abundio.
  Su abuelo lo cargaba en hombros y se hundía con él. Abajo del agua todo se escuchaba como a lo lejos. Las voces no tenían permitido pasar la barrera de las olas. Ahí abajo, sobre los hombros de su abuelo, parecía no existir el tiempo.
  —Cuida las cosas, me voy a meter un rato.
  Abundio se quedó en la palapa mientras Pedro iba hacia el agua. La embistió como luchador, como buen luchador. Combatieron por un momento, suavecito, reconociéndose.
  “Ya volví, mar, te dije que no era la última vez que me verías. Te has de acordar de mi abuelo también, yo sé que sí. Allá abajo nos has de tener guardados todavía. A ver, déjame checar si ahí seguimos, como aquella vez. Al agua no se le olvida nada”.
  Pedro se hundió en el agua. Nadó un poco a contracorriente, sintió al mar leerle los movimientos y envolverlo en su cuerpo de lluvias rotas. Eran un par de viejos recordando otros tiempos. Las olas lo revolcaban, lo hacían girar para ponerle espaldas planas contra la arena, contra el tiempo. Después de un rato salió del agua.
  —Vámonos, Abundio.
  —Parece que el mar le ganó esta vez.
  —Hay que darle chance, no se vaya a sentir mal.

7

Tres días después de su llegada a Acapulco, por fin se vería con Juan. Habían hablado por la mañana y concertaron cita a las tres de la tarde en la recepción del Tropicana. A las dos y media Pedro ya estaba ahí. Llevaba puesta una guayabera blanca y un pantalón de manta, que había comprado el día anterior.
  Dieron las tres y diez, las tres y veinte. Nada, por ningún lado se veía Juan. Los huéspedes iban y venían. La recepción pasaba de ser el lugar más vivo del mundo a un cementerio caliente con ventiladores en lugar de cruces. Los autos pasaban por la avenida. Una familia jugaba en la alberca del lugar.
  Sonó el teléfono. Era Juan.
  —Muchacho, ayúdame a contestar, no le acabo de entender a esta madre.
  El empleado que siempre lo ayudaba se acercó a contestar, luego puso el altavoz y extendió el brazo para ponerlo a la altura del rostro de Pedro.
  — ¿Bueno? ¿Juan?
  —Sí, soy yo, señor Pedro.
  — ¿Dónde estás? Te estoy esperando aquí en la recepción.
  Hubo silencio del otro lado. Un silencio largo, tenso.
  — ¿Bueno?
  —Sí, aquí estoy, señor Pedro. Aquí estoy.
  Volvieron a callar. El muchacho del hotel seguía firme, con el brazo extendido a la altura del rostro de Pedro.
  —No vas a venir, ¿verdad? –Pedro lo dijo antes que él; siquiera eso.
 El silencio era como las olas, que van y vienen, a veces con mayor o menor fuerza, pero nunca se quedan quietos.
  —Me parece que hubo un error, no creo que usted sea…
  —Sí. Digo, no sé. Tienes razón, digo, cómo saberlo.
  —Disculpe por todo.
  —No te apures. De todos modos ya me hacía falta broncearme.
  Pero ya Juan había colgado. Pedro se quedó quieto, callado. El brazo del muchacho seguía firme.
  —Márcame el otro número, por favor.
  Pedro miró hacia afuera mientras el empleado marcaba el número de Abundio. Vio un auto afuera del hotel. La ventanilla del copiloto, un poco abierta, le dejó ver un par de ojos que le miraban con atención. O no supo si eran sus propios ojos reflejados en el cristal.
  — ¿Bueno, bueno, bueno?
  —Abundio. Ven por mí, nos vamos a la estación de autobuses. Sí, aquí te veo.
  Caminó hacia la entrada. El auto arrancó. La avenida estaba casi vacía. El sol acariciaba los altos edificios de los hoteles. En el aire había sal.
  —Te desocupo la habitación, muchacho. Ve por mi maleta, por favor.
  Pedro esperó parado en la entrada a que volviera el muchacho. Llegaron, casi al mismo tiempo, Abundio y él.
  —Quédatelo — le dijo al muchacho mientras señalaba con el mentón el celular—, como que desde el primer día te gustó, ¿no?
  El joven llevó la maleta hasta el taxi, esperó a que Pedro subiera y se la dio.
  —Cuídate.

8

El mismo día que recibió la llamada de Ramón Ortiz, el promotor, Pedro les anunció a sus inquilinos que ya no más, que se tenían que ir, porque vendería todo y se iba para ya no volver.
  — ¿Y qué vamos a hacer, don Pedro?
  Les cobraba 600 al mes desde hacía diez años. Llegaron cuando Susana todavía estaba viva, y la muchacha —aún era una muchacha— estaba embarazada de su primer hijo. Se instalaron en los cuartos de la otra esquina del terreno, los que Pedro mandó construir para las visitas que nunca recibió.
  —No sé, la verdad no sé.
Había pensado en dejarles la casa, no le costaba nada. Pero en el fondo siempre les guardó un rencor pequeñito, macizo, porque ellos sí tenían hijos, siempre uno nuevo, y sus gritos eran una fiesta   continua en una casa tapiada por el luto de los hijos de Pedro y Susana, que nunca pasaban del tercer mes en el vientre. Y eso no se perdonaba.

9

Cuando pasaban frente al Parque Papagayo, Pedro le pidió a Abundio que se detuvieran. Estuvo a punto de bajar, pero se conformó con mirar la entrada. Le dijo que siguieran.
  Un par de metros adelante, le volvió a pedir que se detuviera.
  —Espérame. No, mejor no —se agachó para tomar su maleta, se sacó el fajo de billetes, apartó cuatro de quinientos y aventó los demás al asiento trasero—, de aquí camino, mano.
  Enfiló hacia la playa sin voltear a ver a Abundio. Un par de pasos adelante escuchó el motor bramar como mula y las canciones de la Santanera irse con el aire. Se paró frente al agua, en el filo de la arena seca. Un grupo de niños pasó por ahí; se correteaban y a veces rodaban por la arena.
  —Ey, chamacos, vengan —Pedro abrió la maleta y sacó su máscara—, órale, pa´que jueguen bien a las luchitas.
  Uno de los niños, el más pequeño, se acercó a tomarla, se la colocó y luego siguieron corriendo.
  “Y contigo nunca se pudo, Susana”, pensó Pedro.
  El sol, como un cuchillo de resolana, se fue hundiendo poco a poco en el mar, rasgando las olas, hasta que llegó al fondo del pecho del agua. Pedro miró a los niños desaparecer, hacerse más pequeños, como piedras negras que se desbarrancaban en lo que comenzaba a ser noche.

—Aldo Rosales Velázquez


Aldo Rosales Velázquez. Ciudad de México, 1986. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río Arriba, 2012), Entre cuatro esquinas(FETA 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad Nostalgia (Casa editorial Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017) y Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018).  Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, artículo de opinión y reseñas en medios como La Jornada, El Universal, Casa del tiempo, Tierra Adentro, Punto de Partida y Opción ITAM, entre otros. Becario del FONCA en el área de cuento (2016-2017) y coordinador del taller de creación literaria del FARO Indios Verdes, en la CDMX. Ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2018. Egresado de la Licenciatura en Enseñanza de Inglés, de la UNAM.

MDRN // SAMPLES

in Poesía by
image

image

 

Post-aeternum

El cielo,                                     medida de uno mismo,
abre sus manos – derrama el tiempo
entre sus rosáceos dedos y montañas.

El polvo,                                  resabio de la tarde,
hace del albor la piedra,
los rincones del pasado – se quiebran.

La cama,                                  útil para levantarse,
es el trono de un camino triunfal
al que has vuelto a andar, ileso.

La retórica en la almohada,
el castañar de su mandorla.       Ya, vienen por ti.
[…] la hojilla de sauce cruza, justo, tu ventana.

Tomas el sombrero,                     copa de tu piel,
te inmolas Lázaro, las piernas,
y limpias, Eneas, la premura.

El espejo                                       impele la mirada,
y tú eres un muñeco sin tesoro,
                     simpleza del aire,
                    sombras en el hueco,
                    funda de tela.

Con razón,                                    extraña urdimbre,
eras famoso por tus sábanas,
y la forma en que preparas las comidas.

Algún día,                                    inmortalidad,
serás buen hombre,
dejarás al autobús andar sin esperarte.

Por dejarte hacia el olvido,      siempre nuevo,
una vez que te hayas ido,
no quedará de ti un solo momento.

El mundo                                    será yerto,
pues ni Vallejo levanta al hombre
que rechaza su cuerpo              moribundo.

Dejarás crecer la tarde,
y la hojilla cruzara sólo            una ventana.
¿Qué harás hasta entonces?

Rosa de alabastro,                    grieta,
marzo en el asfalto:                 me he cansado de invocarte.

Por favor,                                 despierta.

[…]

Al final de la jornada

*

Mi frente se ilumina con las uvas
gemas de la tierra despertada,
luz de sangiovese,
tintórea manifestación de las corrientes
que hacen el destino y la alborada.

Reflejo del ciclo divinal,
sublunar corona,
soy artífice,
soy falso laurel a la convicción,
soy espejo de los ávidos pulmones
que yerguen el fuego de mis manos.

Florecen dianas en mi espalda
que abren con el peso de otro clima,
Júpiter destruye a ramos
las postas de mi cosecha,
hechas mina, causa de la saciedad
que pagan los desobedientes.

El vapor de su estatura,
ira de los jueves matinales,
arrebata el abrazo de la noche
a las ramillas de mi cabeza,
desfallecen con la evocación
de la enorme torpeza diurna,
irrenunciable piedra-claridad.

                 De pronto, silencios

                 Una semilla disidente
                            resiste el caro brillo de nuestro padre,

                recorre mi mentón
                                        con irónica mediocridad,

    renuncia juvenil a la vida,
                                       cierra los ojos,

                                   subyace.

Hiere al día,
el sol sangra sobre la tierra
y hace de mi pico puños,
mis brazos
siembra de propósitos ajenos,
ahora son antípodas, pináculos.

El rumor de la suave perla
anuncia el círculo perfecto,
la tierra se hace cima,
Júpiter: hermano.

Sangre de nuestra sangre,
la vanidad de las uvas
menos que espejos-brillos
será nuestro alimento,
juventud, sanguis jovis.

Divina jornada semanal,
hombre md_rno
jornalero,
prole del anhelo vestido de papeles:
Siembra las uvas de tu frente
en la fuente fértil de tu carne.

Reconquista tiempo
al paso de tus raíces,
entiérrate a ti mismo
y florece en tu escritorio,
nombre propio,
historia, mes, Julio,
el trabajo de los otros,
justicia, vida, agua, casa,
                                  jueves,
                                 techo.
                                cama,

Utopía infinita
en tu mañana desbordada,
el sueño,
la mirada en la ventana,
el cielo de la noche enfermo.

La imagen de tu voluntad,
sonriente caos, desenfreno,
libertad ardiente,
sueño sin corbata,
amor sin vestiduras,
alpargatas remojando el cigarrillo:

Pórtico.

Dos perros
corriendo libres,
pasto,
la mano de una mujer,
          la tuya,
                       él,
        ella.

El llanto de las uvas
recorre tu garganta:

última fuente,
último trago de tinta,
último signo.

Amor,
ya eras eterna.

Modrnipity

Suspenso,
el sonido del (paréntesis)
recargado en las ideas,
destino de nadie,
sustancia           motivada
                           no-moviente,
apuesta común desarraigada,
experiencia conjunta
del dolor
sin lo doliente.

Consenso y asamblea
en el sepulcro de las leyes,
mano dura del letargo,
pasta del horario
fijo en las paredes.

Frontera prometida,
bebe de una vez
el último calendario,
descubre tus pasos
entre la bruma,
estás en la puerta,
sorprende a tus pies
con la mirada,
          -pausa-
reconoce la      entrañable
                         virtud de tus zapatos.

Polvo en el cabello,
canto reseco del agobio
al ritmo sostenido
de las calles, la ciudad,
aullido negro entre las líneas
de una hora experimental.

Vagones hermanados
entre maldiciones,
                                      silencios,
farolas peregrinas
de un ensueño marginal,
divina parva de
            risas
suspendidas
sobre una cama
de suspiros.

                           Alabado

corazón de lidia
vestido de pavesa,
toma mi pecho,
alimenta tus mañanas.

Gran tormenta,
bosque opíparo
de mil doscientas zarzas
que nos das la tarde:

no seré yo quien te detenga.

2018//Juventud, vence.

No tengo cabeza,
me quedan
dos, tres maneras de decirte,
nada más,
lo docto, la ignorancia,
lo mismo, lo otro, lo dispar,
perseverancia sobre el lodo,
mancha de nuestra gloriosa
selva de cristal.

Tres, cuatro cosas para recordarte
en tu cuarto,
mirando al techo pensando
lo rápido que cruzan el desierto
las manecillas de tus pies.

El espeso rastro del anhelo
que nos impide respirar,
tenis del furioso centinela,
trenes sobre un riel de hojas secas.

Te recibirá
el quinqué del guardagujas,
ardiente,
los brazos: libros,
las manos: guerras,
y el abrazo: enigma de Horus
en la forma de tu gente
te llamará para ser gigante
con él y los demás vencidos.

Allá serás por siempre perdonado,
en la fosa de todos mis errores,
recordado por tu inocencia,
                  mexicano
                  clavel de parque,
cautiverio, error,
ilusión madre de la voluntad
de tus jardineros.

Sembraré mis crisantemos
en tu mausoleo de latón,
fondo de remanso negro
tragahuesos,
donde nadan los ensueños,
donde hierven los “hubieras”
desparpajados.

Ausencia, levadura de la sospecha
sobre las banquetas inflamadas,
antiguas, pueblos mágicos del olvi(dado),
levantan la ciudad de la consolación
y el brazo dormido
eterno pernoctante
             hacia el cielo.

Perdónanos a todos
hijo mío.

Busca un surco
semilla,
y antes de no volver jamás,
            mira tu mano
                          para
          saber
                        si
                 tiembla,
y no olvides
que lo que nos devora
           son
y serán siempre
los seísmos de nuestro cuerpo.

—Luis Arístides R. S.


Luis Arístides R. S. (Pachuca de Soto, 1990) Escritor y poeta, egresado de Filosofía por la Universidad del Claustro de Sor Juana, estudiante de la maestría en ciencias de la complejidad, con enfoque en ciencias sociales y humanidades.
  Fundador de Colectivo DUBIUS de poesía, relato y filosofía; ha publicado ensayos académicos y literarios en revistas como Ruta Arte y Cultura (RAC) de la Universidad de la Comunicación, Revista TN, Comité 1973, Artículo 39, Reflexiones Marginales, entre otras.

Lutos de Juárez

in Ficción by
EL-LLANO

EL-LLANO

Apenas clarea, cesan los quejidos del animal. Amalia se oprime los oídos con ambas manos, clava las yemas de los dedos en las sienes y cierra los ojos. Los abre: los quejidos se le colaron por las orejas y su eco le retumba en la cabeza.
   Cuidando el sueño de su marido, abandona la cama, se viste y camina a la cocina. A tientas prende una vela. Acerca la flama al guacal donde duermen las gallinas. Cacareos perezosos se confunden con el susurro del mezcal cayendo en el tarro. Primero un par de buches para limpiar dientes y lengua, luego un buen trago para revivir la sangre. El adobe gime bajo las garras del animal que no se ha largado. Amalia se aprieta temblorosa el vientre como queriendo callar los quejidos de la noche. Se alisa los cabellos grasientos. Suda. Con semejante frío y suda. Ya amaneció, por qué no te largas, le habla. El animal rasca allá por donde el horno, ahí junto a la ventana, donde cuelgan las barrigas de las ollas negras, aquí junto a la puerta. Las garras se hunden una y otra y otra y otra vez y se mueven e insisten y se afanan en la coyuntura que se forma entre el adobe y la tierra. Las gallinas desperezan sus cacareos al sentir la cercanía del animal, ¿lo huelen? ¿Lo escuchan? ¿Lo recuerdan? Amalia deja de respirar, aguza el oído a ver si Matías perdió el sueño. No: lo sostiene en el respiro. Cuando desatranca la puerta, la madera chirría; las garras callan. Busca al animal alrededor de la casa, por donde baja el camino; desde ahí mira nacer los cerros rojos entre la neblina. Se meterá en el barranco, piensa.
  —Me voy —dice Matías llenando de mezcal la panza del tarro—. Anoche soltaron bala, ¿la oyistes?
   Amalia no hace caso; no levanta la cabeza; observa cómo su sudor se pierde en el nixtamal. Quizá el animal anda herido, quizá sólo lo espantaron, quizá anda muerto y la está buscando.
   Amalia sale corriendo para que su grito alcance los oídos del hombre.
  —¡Me trais cal! ¡La cal! —grita.
   En respuesta lo ve alzar la mano. Rápido se arregla el rebozo, estira las calcetas hasta la rodilla, echa su mejor cuchillo a la canasta. Donde se cruzan los caminos, se encuentra con otras Amalias: mujeres embozadas, con canastas al lomo, un dedo de mezcal zangoloteándose en las barrigas. Hunden sus pies en la tierra roja y se saludan, pero sólo donde no hay odios, y ahí, donde los hay, mejor ni recargar la vista. Van a pelearse las frutas podridas. Mañana habrá más rencor. Amalia no se entiende con las mujeres, además vomita lo podrido.
   Anda monte arriba. De la tierra que se extiende en tonalidades de rojo nacen las nopaleras. Ahí nadie llega. Que las viejas se desgreñen por la fruta podrida, piensa con regocijo, mientras hiere el tallo de un nopal que de pronto babea entre sus manos. Te soñé, dice mirando la canasta repleta. Tú tienes tu bestia mansa, ésa que mete el rabo entre las patas nomás le enseñas el colmillo, escupe Amalia la tierra. Mira el día con ojo intoxicado. ¿Será de rabia? ¿De malquerencia? ¿De celo? La inquietud le enturbia la sangre. Si vini’tes, seguro ya ‘tas en el barranco, le habla al monte, pero lo hace con la seguridad de no estar sola.
    Amalia corta unos lutos de Juárez del rosal. Algunos pétalos, casi negros de tan rojos, caen sobre los nopales cuando hace un atado de rosas. Sube un tramo más de monte. A un lado de la tumba de su difunto encuentra un hoyo recién escarbado. La piel se le eriza. Levanta el rostro olfateando en el viento la orina del macho. Te tardastes, dice encorajinada, seguro andabas con esa perra mansa. Sobre la tumba, pone el atadito de lutos de Juárez. No habla: se le atragantan las palabras. En la tierra siente la cercanía de las heladas. Para ellos los tiempos siempre son duros. Chilla un rato sobre su muerto. Siempre es así. El dolor nunca llega a su fin. La congoja se le junta diario, de un día para otro, por eso sube al monte a vaciarla en la tumba.
   Con una canasta entre las piernas abiertas, Amalia limpia los nopales. Con este maldito frío y suda. ¿Cómo suda sin calor? ¿Estará inquieta? ¿Presiente algo? La flama de la vela brilla en una gota de sudor que corre a la punta de la nariz. En la gota está contenido el cuarto: a su izquierda, la olla sobre el fuego; enfrente, las gallinas sobre el maíz; a un lado, el día que entra por la puerta y poco ilumina de tan nublado. La gota tiembla en la nariz. Al caer, el cuarto desaparece. Tembloroso y oval, regresa en el sudor que cae de a poco. Las espinas de los nopales vuelan, hacen montoncito en el piso. Una de las gallinas hunde su pico entre las espinas, cacarea confusa y cuando pretende alejarse, es asida por el cuello. Amalia tiene los ojos intoxicados de tanto verles el pescuezo, sus comisuras se deshacen en un espumarajo. Zangolotea a la gallina sin hacerle mal, por puro juego. La coloca sobre la mesa, junto a un puño recién echado de maíz. Amalia se hace enana para mirar desde el filo de la mesa el pescuezo estirado, cálido, de la muy rechoncha. Suelta una carcajada. Por primera vez en todo el santo día ríe, ríe con ganas. ¡La gallina le recuerda a la Silvina! Buche enorme, patas flacas, la misma expresión para recibir desgracias que bendiciones, siempre desgreñándose por fruta podrida. ¡Anda, vuela!, exige lo imposible a la rechoncha. Suelta un chillido alebrestando los cacareos. Acaricia la mesa a lo largo de sus orillas sin despegar los ojos del pescuezo. Su sonrisa envuelve a la incrédula que picotea sin cesar. Endiablada juega con las gallinas, las espanta una y otra y otra y otra vez y las acosa e insiste y las burla fingiéndose en un lugar y apareciendo en otro. Amalia se aprieta la vulva y gime, sonriente, ardiendo en celo. Sobre la mesa lame con parsimonia el pescuezo de la gallina bien estirado. Al atrancar la puerta, la madera chirría.

Sobre el piso se tiende la sombra de Matías; su cabeza casi toca los pies de la mujer que manea las tortillas.
—¿Trajistes la cal? —pregunta Amalia y en respuesta escucha un resoplido.
—Mataron al Comandante —dice él tumbándose en la silla.
Amalia echa la tortilla al comal. Al taparse los ojos de tristeza, ensucia de grumitos las pestañas.
—Lo agarraron con su hermano, el menor, ese… ¿cómo se llama? —pregunta Matías.
—Cupertino.
—Ése. Al Cupertino le dieron cinco y mejor se murió el Comandante de dos tiros, uno bien metido en el riñón —dice Matías mirando sus dedos sobre la mesa —. Nos cayó la desgracia.
Frente al hombre, el plato humeante parece suspendido. Detrás del vapor está Amalia llorosa.
—¿Quién lo mató?, ¿jue la bala que oyimos?
Dicen que los tiros se oyeron hasta el otro pueblo, aún más lejos, dicen que la Paula se volvió loca; la agarraban pero nomás aflojaban los brazos, la infeliz corría a azotarse la cabeza en las piedras.
—¿Y las criaturitas? —pregunta Amalia, colocando el plato en la mesa.
—Dicen que la comadre se los llevó luego, pero allí no caben.
—¿Qué pues, pa’ dónde jalar?
—Nos levantamos —Matías se empina un dedo de mezcal —. No hay otra.
—Ya vino la desgracia —susurra la mujer y tristeando se acerca a darle un beso al marido. Rápido se aleja, siente ganas de arrancarse los labios: el sabor del hombre la asquea.
—¿Qué tiene la Rechoncha? —pregunta Matías.
Por encima del comal, la mujer se sonríe de espaldas al marido.
—Ta’ dormidita.
—¿Dormida? ¿Con el ojo pelón? ¿El pescuezo pa’ bajo? —Matías acerca la flama de la vela a la gallina. El pico se abre repetidas veces en silencio —. A ésta ya te la zangolotearon.
—La Rechoncha se me figura a la Silvina y las otras a sus hermanas, igual de pendejas —dice Amalia y Matías suelta tremenda carcajada.
—De veras que los odios no te sueltan —el hombre sonríe —, de veras que se parecen hasta en los buches.
Se miran. Ríen. Apagan las risas con un trago más. Encienden las carcajadas cuando los dedos del mezcal tintinean en las cabezas, entre los dientes.
—Ya nos jodimos —dice Matías y escupe al suelo. Amalia chilla.
   Aún se levanta el olor del pabilo soplado, cuando el animal comienza a olisquear tras la puerta. Amalia siente que la sangre corre turbia. Debajo del cabello se hacen ríos de sudor. El vientre tiembla de tanta noche y las corrientes le anegan las coyunturas, la espalda, los muslos. Se deshace húmeda. Extiende la mano encima de la nariz de Matías. El sueño lo ha atrapado por el respiro. Amalia se desliza entre las cobijas, camina a la cocina dejando un rastro de humedad en el piso. Se lame con parsimonia frente a los ojos atentos de las gallinas. Prende por el cuello a la Rechoncha, la cual agita valientemente sus alitas. Chirría la puerta.
   Mira la noche hundida en un halo blanquizco. En el camino hacia el barranco olfatea la orina reconcentrada del animal. Las patas de la gallina son hilachos que se sacuden de un lado a otro. El macho orina un laurel azul. La gallina cae a unos pasos de él, anda torpemente, embriagada de babas. ¿Es un juego? ¿Un alarde? ¿Una maldad? Horrorizada, la gallina ya ni cacarea, ya sólo agita sus alas en una cárcel de aullidos. Con los ojos intoxicados y el hocico deshecho en un espumarajo, la hembra gruñe al macho mostrándole los colmillos, y se chupa ansiosa la vulva y lo mordisquea al darle alcance. Cuando el macho la quiere montar, lo prende con una astucia de hembra joven. En un alarde de celo, mientras suena la metralla al otro lado de la sierra, esos colmillos atraviesan el pescuezo, dejando ver a la noche un borbotón casi negro de tan rojo.

—Lorel Manzano


Estudió la carrera en Lengua y Literatura Modernas Alemanas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde 1999 escribe sobre autores de lengua alemana para los suplementos culturales “La Jornada Semanal”, del periódico La Jornada, y “Laberinto”, del periódico Milenio. Ha publicado reseñas, artículos y traducciones en distintas revistas literarias del país. Tradujo La niña (AUIEO, 2011), de Christine Lavant, Ni una palabra (SM, 2016), de Andreas Jungwirth; textos de la antología Las ovejas negras (Pollo Blanco, 2017), de Heinrich Böll, y Criminales y fracasados. Cinco retratos, de Felicitas Hoppe. Es coautora de distintas antologías, entre otras, El ocaso del Porfiriato. Antología histórica de la poesía en México 1901-1910 (FCE y FLM, 2010), El libro de los seres no imaginarios (Minibichario) (Ficticia, 2012), Lados B, narrativa de alto riesgo (Nitro/Press, 2016). Por su libro de cuentos Los quebrantahuesos (Pollo Blanco, 2015) recibió el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2014.

1 2 3 23
Go to Top