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Asael Arroyo Re

Asael Arroyo Re has 34 articles published.

Un primer paso: Marcha en Ensenada

in Crónica by
Fotografías a cargo de Sofía González
Fotografías a cargo de Sofía González. Marchantes coreando ˜Gimme the Power¨, de Molotov.

Un primer paso: Marcha en Ensenada

El cielo a esa hora, las doce del día, era gris y de contadas nubes. Debajo de ese cielo se veían los cerros pardos que, extendidos perimetralmente, resguardan Ensenada. Estos suelen ser marginados del paisaje por el mar, pero son majestuosos, y al caminar es difícil no verlos.

Y la marcha estaba por salir.

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Yo estaba de frente al monumento Lázaro Cárdenas, una estatua que ha adquirido un tono verdoso por el tiempo. Cárdenas sujeta un sombrero a su costado derecho, y mira hacia el sur. A la marcha me acompañó mi mamá. Un alumno suyo la saludó:

—¿Cómo está, Doctora?¿ Cómo ve la marcha? Ahora sí que hay gente, eh. Es la más grande que me ha tocado.

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Y era verdad: la marcha fue multitudinaria.

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*

Al igual que en la comida, en la lucha social cada región tiene sus propias características. Por ejemplo, en las marchas en el norte del país se ven camionetas del año cargadas de bocinas o de manifestantes. Algo que en otras partes de México, específicamente en el centro y el sur, es prácticamente impensable. Es decir, aquí uno no tiene porque ser pobre —o aparentar serlo— para protestar. Más aún: aquí no todos son de izquierda. Más-más aún: aquí muchos no se dicen ni de izquierda ni de derecha ni de nada.

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Al dejar atrás el monumento de Lázaro Cárdenas, mi mamá me sujetó la mano: temblaba. Al voltearla a ver me di cuenta del porqué:

—¿Ves esos baches? —Me dijo al señalar enojadísima el pavimento que se abre ancho y profundo en las calles ensenadenses, por el que tendríamos que caminar—. Mira nomás. Qué barbaridad.

—Tienes razón, ma… —y no me dejó terminar.

—Ahí se ve a leguas el robo, la mala calidad.

Alrededor de nosotros se escuchaba:

—¡Si las reformas van contra todos, todos vamos contra ellas!

—¡País petrolero y la gente sin dinero!

—¡El pueblo callado jamás será escuchado! —«Ésa es muy buena», dijo mi mamá.

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Había extraños gritos que abarcaban, sorprendentemente, todas las vocales: «Uoooouieeeaaauoooiii».

–¡Fuera Peña!— Con este grito los ánimos se encendían. Peña Nieto era la figura más aborrecida; Kiko venía despuesito.

—Al pasito que vamos —me comentaba mi mamá—, no llegaremos nunca.

—¡Se ve, se siente, Ensenada está presente!

—Oye, y ¿por qué no vinieron los demás? —le pregunté.

—Ya sabes cómo son: dicen «¿Para qué, si nada va a cambiar?»

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Algunos de los autos que pasaban del otro lado de la avenida pitaban rítmicamente en apoyo. Por alguna razón difícil de saber (y poco marxista), los autos más nuevos eran los que más se solidarizaban.

Escuché a una señora, que sostenía un cartel blanco, decirle a una persona que marchaba frente a ella:

—No te me pegues tanto, para que la gente pueda verlo.

—Sí, sí, perdón… —respondió.

Empezamos a marchar por la avenida Juárez.

—Mira ese mercadito de frutas—dijo mi mamá—, qué bonito. No lo había visto.

Volteé y, efectivamente, estaba muy bonito.

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A unos pasos de nosotros marchaba un señor en silla de ruedas cargando un cartel y una mujer con una pierna que al pisar no apoyaba bien el pie, envuelto en cintas.

—Mira, con su pierna malita, y ahí está. Y cómo hay otros cobardes que estando bien ni así vienen.

Una pareja venía a mi izquierda. De los dos el señor era el más entusiasmado:

—¿Ves? —Se dirigió a ella—. Allá hay más gente. —Se puso la mano en la frente, para cubrirse del sol y poder ver hacia el final de la avenida, donde se veían muchísimas personas—. Wow. Se me pone la piel chinita. Ahora sí que «de norte a sur, de este a oeste…».

Su acompañante le replicó:

—Pero ésta es de sur a norte.

—No importa; es una norteada.

Lo volví a escuchar:

—Estaría bueno una toma aérea para ver la marcha. —Hizo un sonido de helicóptero que no logro transcribir.

Pateé una piedra y le hice, sin querer, un tunelito a un chico que pasaba por ahí.

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*

Hace un año, cuando volví a Ensenada, tenía la afición de hojear todas las revistas ensenadenses que estuvieran a mi alcance. Quería saber qué se escribía. En una, ELITE, leí una sección comiquísima sobre Ensenada, y que hasta la fecha no olvido: «Enseyork» (en referencia a lo que sería una combinación de Nueva York… y… se entiende). Se hablaba de la Juárez:

«Midnight traffic

Si eres de aquellos que les gusta vivir de noche, te recomendamos transitar por la calle Juárez de madrugada ya que aunque del día sea la calle que más debes evitar, después de las 12: 00 A.M. [sic] será tu mejor opción. Todos sus semáforos se encuentran en amarillo parpadeante y por lo mismo llegarás más rápido a tu destino. Sólo ten cuidado…»

Nosotros la transitamos de día y no tuvimos cuidado.

*

Un ejercicio de imaginación:

Si por un raro encantamiento esta marcha se hiciera cuerpo, persona, no sería, como se podría pensar, un estudiante, politizado y furioso, sino una señora de 54 años, con gorra y pants deportivos, de colores chillones, indignada, enérgica, regañona, que despotrica, con razón, a diestra y siniestra con una facilidad pasmosa. La potencia de la marcha, no hay duda, es femenina.

 

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*

De la misma forma que los carnavales,  las marchas, en ese desenfreno propio de las grandes congregaciones humanas, en las que de alguna forma todo es posible, tienen la peculiaridad de permitir que cualquier persona hable, diga, grite. Sobre la avenida Juárez había personas estacionadas en sus coches, solas, con bocinas personales. Con el micrófono en mano, se les veía plenos. Daban su opinión enardecida de la situación del país, de lo que se debería hacer, de lo que todos deberíamos ya hacer. Enfrascado en un monólogo, un hombre estaba sentado en su camionetita roja. Nadie lo acompañaba. Miraba sin hacerlo a los que marchábamos. Difícilmente hay algo más excitante que creer tener la atención de miles. Paradójicamente, el micrófono, al igual que la máscara en un Carnaval, puede ser otra forma de anonimato.

 

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*

Aún sobre la Juárez, escuché una voz extraña atrás de mí. Era gangosa, aguda, nasal, andrógina, como de viejita. Gritaba:

—¡Esos que están mirando, también se están fregando!

Todos a su alrededor reímos. Lo volteé a ver y, para mi sorpresa, era un señor con una pinta muy normal. Después de ahí, esta consigna tuvo muchas variantes. «Esos que están grabando, también se están fregando». Frente a la cantina Hussong´s, ya en la avenida Ruiz, se convirtió en «Esos que están pisteando, también se están fregando». Todos volvimos a carcajear. Un norteamericano, afuera de la cantina, sin entender lo que se le decía, alzaba los brazos, jubiloso.

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Se coreaba:

—Ensenada despertó, despertó.

Se gritaba:

—¡El pueblo unido jamás será vencido.!

Al marchar sobre la calle Primera, sonó “Gimme the Power”, de Molotov. Me atrevería a decir que esta canción es lo más cercano a un himno de protesta en México. Mi mamá aplaudía a un ritmo semi lento, como si estuviera a la mesa de algunos quince años, animando a la festejada.

En la marcha había un saludo que recordaba al «La paz sea contigo» de una misa. Una señora le estrechó la mano a un desconocido de chamarra azul:

—Fuera Peña —dijo, tranquila.

El otro, como quien se da los buenos días, respondió:

—Fuera Peña[1].

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*

En el ensayo más importante —y polémico— que se ha escrito sobre la identidad mexicana, El laberinto de la soledad (1950), Octavio Paz dijo acerca de la naturaleza hermética y festiva del mexicano:

«En esas ceremonias el mexicano se abre al exterior. Todas ellas le dan ocasión de revelarse y dialogar con la divinidad, la patria, los amigos o los parientes. Durante esos días el silencioso mexicano silba, grita, canta, arroja petardos, descarga su pistola al aire. Descarga su alma. Y su grito […]. La noche se puebla de canciones y aullidos. Los enamorados despiertan con orquestas a las muchachas. Hay diálogos y burlas de balcón a balcón, de acera a acera. Nadie habla en voz baja. Se arrojan los sombreros al aire. Las malas palabras y los chistes caen como cascadas de pesos fuertes. Brotan las guitarras […] El mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica […] Las almas estallan como los colores, las voces, los sentimientos. ¿ Se olvidan de sí mismos, muestran su verdadero rostro? Nadie lo sabe.»

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¿Marchar en contra de la subida al precio de la gasolina, en contra de la privatización del agua es también «saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica»? «Nadie lo sabe».

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*

Llegamos a la plaza donde está, gris y alta, el asta de la bandera. Ese día, simbólicamente, la bandera no estaba por ningún lado. Al fondo, recordando la naturaleza portuaria de la ciudad, se veía un buque de carga con contenedores multicolores, y grúas rojas a un lado. Gaviotas graznaban y piñatas de políticos se quemaban. Los marchantes se reunieron. «¿Cuántos somos?, ¿cuántos somos?», se escuchaba. «Tres mil», decían unos; «Cinco mil», otros. A mayor número, la alegría crecía, se compartía.

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  Es casi imposible recordar cuándo una persona dio su primer paso, cuándo de bebé empezó a caminar —la primera forma de independencia que pueda haber. Pero, posiblemente, esta marcha sea lo más parecido a revivir esa experiencia, a tener los pies libres y firmes, para dar un paso, aunque sea pequeñito, muy pequeñito, pero importante como sociedad, a un mejor futuro.

—Asael Arroyo Re

[1] El fervor y la creatividad no son siempre los mejores amigos. El vocabulario de la protesta —las consignas y las palabras— es limitado. El uso del verbo hartar o del sustantivo hartazgo, por ejemplo: «El hartazgo del pueblo…»; «Porque el hartazgo nos ha llevado a…»; «Estamos hartos de…». En fin, que hay otras palabras similares: atracón, empacho, saciedad, fastidio; «Empachados de corrupción» sería una linda alternativa. En materia de consignas, quizá la más bonita que se suele exclamar es «De norte a sur, de este a oeste…». No obstante, estoy seguro, la creatividad latinoamericana puede dar más de sí; ésta —espero— no murió en los sesenta. Propongo una reunión de carácter urgente —presidida por el subcomandante Galeano (antes Marcos), a su derecha Juan Villoro y a la izquierda el espíritu de Carlos Monsiváis— que no pueda finalizar hasta tener un compendio de consignas rítmicas y, ojalá, más originales y poéticas que incendiarias, para renovar por completo el vocabulario de la protesta.

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Que no nos escuche “el de barba”

in Crónica by
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En Septiembre fui a Cuba. Tenía gran interés por saber cuál era el sentir del pueblo cubano con su gobierno, con Fidel. Pues desde lejos las versiones son contradictorias, o muy malas o muy buenas. Con los días, los cubanos con los que hablé me dieron versiones dispares. Ahora, a su  muerte, les comparto tres momentos de mi viaje en los que “el de barba” resultó ser el protagonista de la situación.


Santa Clara

—Resulta paradójico —afirmé con voz grave e ilustrada—, el paralelismo entre el final de la vida de Castro y la presencia cada vez más fuerte de Estados Unidos en Cuba. Ahora que Obama visitó la isla, el inminente fin del bloqueo y que Castro está por cumplir los 90, pareciera que el régimen, sin el vigor de su máximo dirigente, está por expirar.

Se hizo un silencio tal que se alcanzó a escuchar el ronquido de un grillo. Toda la familia de Félix se revolvió, incómoda, en sus asientos.

—¡¿Está usted loco, chico?! —Soltó Arian, alarmado con lo que acababa de escuchar—. Fidel nos va a sobrevivir a usted y a mí.

—En primer lugar —dijo Félix—, aquí nosotros no le decimos “régimen”.

—Oh… —dije, con la cara hecha un tomate.

   Puse el plato a un lado y replanteé mi estrategia.

—Aunque, por otro lado, qué bárbaro Fidel: educación y acceso a la salud gratis para todos los cubanos—dije.

—¿Qué otro país, con la pobreza de Cuba, le ofrece esto? —preguntó Félix.

—¡Ninguno!—respondió Arian.

—Aunque es verdad que esto es una dictadura —admitió Félix.

—Y que no hay elecciones… —dije yo.

Félix, que se mecía en una silla, se detuvo por completo, mirándome de arriba abajo.

—Ustedes tienen su concepto de democracia —y como si tuviera una máquina de escribir enfrente de él, tecleó con los dedos en el aire “democracia”—: tacccc, tacc, tacccc. Nosotros, el nuestro: tacc, tacccc, tacc.

—Es decir, ¿no cree que para que haya democracia debe haber elecciones?—repliqué.

—Si algo está bien, ¿para qué modificarlo? —repuso Félix. 

 La Habana

Por la tarde, muerto de hambre, me senté en un restaurante modesto de La Habana Vieja, entre la calle de Oficios y Santa Clara. La especialidad de la casa, pollo rostizado. En mi vida he probado pollo más rico. Era agridulce, tenía pinta “gourmet” y era barato. Ordené el platillo dos veces. En la televisión se veían los Juegos Olímpicos. Jugaba Cuba contra no recuerdo quién voleibol playero. Cuba acababa de perder un punto de manera absurda. “Ése es el problema de los cubanos, no tienen corazón”, dijo un mesero. “No, es que no hay dinero y ellos no están en una liga profesional. ¡No pueden hacer más!”, dijo otro trabajador. “¡¿Que no hay dinero?! ¡Ja! Si el problema es…”,  dejó de hablar y mientras fruncía la boca, con una mano dibujó en el aire una barba que crecía desde su rostro hasta el ombligo. “¿Qué fue eso?”, le pregunté. “¿Qué fue qué?”, respondió con una pregunta. “¿Fidel?”. Sonrió y se llevó el dedo índice a los labios y luego hacia el oído, como diciendo que yo debía tener cuidado porque alguien nos podía escuchar. Cuba terminó por ganar ese partido.

 ***

Dimos unos cuantos pasos más y ya estábamos en la entrada del Hotel Nacional. El Hotel Nacional es una cosa gigante y ostentosa y un poco anticuada. Atravesamos un primer jardín y entramos al lobby. El personal se nos quedó viendo extrañado. La estrategia que se me ocurrió fue preguntar por el uso de la alberca. Esto nos dio apenas unos minutos antes de ser expulsados. En ese lapso me percaté de un cartel gigante con la figura de Fidel. Supuse que en medio del Hotel Nacional, con un Fidel enorme, sería un muy buen momento para conocer a fondo el sentir del pueblo cubano hacia su máximo líder.

—Danilo —dije—, ¿usted qué siente al ver a Fidel?

   Me vio por una milésima de segundo con una cara de desconcierto que no comprendí.

—¡Mi papá! —respondió.

   Acto seguido, Danilo y Alberto casi me cargan para salir corriendo del Hotel Nacional.

   No terminaba de entender lo que había pasado.

—¡Hermano —me dijeron—, ¿qué le pasó por la mente a usted?! Estamos en una institución del estado. De habernos escuchado nos desaparecían.

   Luego entendí: cualquier expresión de inconformidad hacia el gobierno puede ser motivo de represión.

—Ohhh… Ehh… Perdón —alcancé a decir.

—A nosotros nos mandan —dijo Alberto— a un viajecito corto por las provincias… a usted quizá lo rescata su embajada…

—Se arma un tremendo destete —completó Danilo.

    A sabiendas de que íbamos los tres solos, y de que sólo así se puede hablar de política, hice una última pregunta.

—¿Usted es de izquierda, Alberto?

—No sé de política. Lo que sí sé es que de izquierda no soy. Si yo pudiera cortarme la mano izquierda me la cortaría —se detuvo y se quitó una de las botas militares—. ¿Ve esto? Yo debo andar día y noche con estos tanques de guerra, porque no puedo andar descalzo. Y además tuve que pagar por ellas. Hermano, ¡esto es candela! Cuando yo iba en la escuela me dijeron que esto era un sistema socialista en camino al comunismo… pero el camino… el camino es muy largo y tortuoso… —hizo una pausa—. ¿Apuntó lo de “el camino es muy largo y tortuoso”?

—Sí.

—Quedó bien, ¿eh?

   Continuamos caminando sobre el malecón.

—¿Ve esos edificios? —señaló el mismo Alberto unos condominios de lujo, con vista directa al mar—, son de la camarilla de los Castro, ¡¿o acaso usted cree que el proletariado vive ahí?! Compadre, el comunismo es de oportunistas. Aquí la gente vende su casa para salir del país… Yo ahora mismo me iría hasta pa´ Haití… Fíjese que ya ni los haitianos quieren venir para acá. Cuando van en la balsa y ven Cuba, dicen: “No, no, dale, dale, ¡aunque la barca se hunda!”. Mire, que no haya violencia en las calles yo lo aplaudo, pero a nosotros nos falta poco para que nos falte todo… Yo en mi vida anterior debo haber sido malo, malo, malo…

—¿Y el acceso a la salud, la educación gratuita? —pregunté.

—Como le hice saber a un español que llevaba su pullover marca Nike, y venía aquí a decirme cómo vivir. “Yo a usted le doy por un mes acceso a la salud, todo lo que pueda aprender y 25 CUC. Y ya entonces me dirá cómo se vive con eso”.

    No volví a preguntar nada sobre política.

—Asael Arroyo Re

En estos dos links, los dos textos completos que conforman la crónica del viaje :

Santa Clara: lugar donde el Che liberó al pueblo cubano de Batista, aquel imperialista:

www.elseptentrion.com/2016/08/17/santa-clara-lugar-donde-el-che-libero-al-pueblo-cubano-del-imperialista-batista/

Siete días en La Habana: “¡Esto es candela!”:

www.elseptentrion.com/2016/09/06/siete-dias-en-la-habana-esto-es-candela/

Haití en Tijuana: una visita a la Casa del migrante

in Crónica by
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Fotografías a cargo de Sofía González

Podría hablarles de inmediato de Miranda: la haitiana que dejó cinco hijos en República Dominicana y un suegro muerto en algún lugar de Centroamérica, que hace tiempo que no duerme en la misma cama con su esposo y que apenas unos días atrás se quedó sin dinero ni esperanzas de migrar a Estados Unidos, porque su hija, la que le enviaría el dinero para cruzar la frontera, fue atracada en Santo Domingo, pero ¿por qué ir directo al grano si el día no comenzó así?

   Antes de Miranda, Sofía y yo teníamos que llegar a Tijuana. Nos fuimos con un grupo de ingenieros que Sofía contactó a través de una página de Facebook. En este tipo de viajes se paga por las casetas y listo. En el camino no sucedió nada memorable, con la excepción de algo que comentaron entre los mismos ingenieros. Se referían a un compañero de la universidad, que logró cursar toda la carrera con la misma exposición en Power Point. Una exposición sobre vidrio templado. Los maestros se dieron cuenta del cinismo del joven y se reunieron para resolver el problema. Lo mandaron llamar y le preguntaron por qué había hecho esto, él les respondió: «No es la misma exposición, parece, pero no es la misma. Nada más que desde que entré a la universidad la he estado puliendo». Se salió con la suya y ahora es el encargado de no sé qué gran empresa, dijeron los ingenieros. Desde aquí me gustaría felicitarlo y agradecerle, si el viaje fue medianamente ameno, fue por él.

***

Hay países que parecen imposibles de conocer más allá de las catástrofes en las que se ven constantemente inmersos y de sus costumbres “exóticas”; Haití es uno de ellos. De este estado caribeño se suele pensar que es una pequeña porción de una islita, desafortunada por su ubicación, por su pobreza, que no sale de un huracán cuando ya lo golpeó otro, y que nadie entiende cómo su vecino, la República Dominicana, no está tan fregado. Ah… y el vudú, esa cosa tan extravagante… Pero aunque parezca difícil de creer, este país tiene sus cosas buenas, muy buenas.

   A principios del siglo XIX no había país más libre en América Latina que Haití. Quitándose de en medio a los ingleses y después a los franceses, Haití —en ese momento Saint-Domingue— se independizó y tuvo la primera Constitución en toda América Latina. Además, al mando de Jean Jacques Dessalines y de Toussaint Louverture fue el primer país en abolir la esclavitud: la primera república negra independiente. Sin embargo, lo que fue un logro sorpresivo y fantástico, que atemorizó a media Europa, terminó mal, pero tan mal… No obstante, esto no es una clase de historia.

*****

Y a todo esto, subíamos una loma en Tijuana. Queríamos ir a la Casa del migrante, donde están hospedados algunos de los haitianos. Un tío que vive en Tijuana nos hizo el favor de darnos aventón. Creímos estar perdidos y nos orillamos para preguntarle a alguien que pasaba por ahí si podía darnos la dirección del albergue. «Pregúntale dónde es», me dijo mi tío:

—Perdón, ¿la Casa del migrante? —le pregunté a un tipo pelón, que cargaba dos bolsas.

—Ehh… sí, en Otay —dijo con un acento pocho—. Yo los llevo—. Su cara se iluminó.

Si algo sabíamos es que el albergue  no estaba en Otay. Nos volteamos a ver mi tío y yo, incrédulos.

—Gracias, gracias —le dije.

Subí la ventana y arrancamos.

—Ése quería raite —concluyó mi tío.

   Para fortuna nuestra, estábamos a unas cuantas cuadras. Nos dimos cuenta de que habíamos llegado al albergue por el gentío que estaba afuera del lugar. No había gran bullicio, más bien una tranquilidad tensa. La mayor parte de la gente parecía ocupada en sus asuntos, aunque no era claro qué asuntos. Sobre la calle muchos estaban sentados y otros se movían sin dirigirse a ningún lugar en específico. La primera cosa que me llamó la atención fue algo obvio, si se quiere, pero que no había pasado por mi cabeza: los migrantes haitianos comparten su albergue con todos los demás migrantes, que en su mayoría son de México y Centroamérica. Los que estaban afuera eran todos hombres, adentro estaban las mujeres.

   Me despedí de mi tío.

   Tocamos un timbre y vimos un letrero blanco escrito con plumón que señalaba que no cabía ni un alma más. Nos recibió la encargada, una mujer de lentes y de aspecto serio. Le comentamos que queríamos hablar con algunos de los haitianos. Nos miró de arriba abajo y del otro lado de la puerta nos dijo escueta pero amablemente:

—Son muy susceptibles los haitianos… no los pueden forzar. Pero si me prometen que no van a hacer esto, pasen.

   La sola idea de que los pudiéramos forzar me desconcertó, ¿es que esto ocurre a menudo?

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    Dimos dos pasos y ya estábamos en un patio de cemento donde las haitianas estaban reunidas. Al fondo se podía ver ropa colgada de los barandales e incluso de un árbol. También había un montón de cobijas apiladas encima de las mesas y una bandeja con totopos cubierta con un mosquitero. El lugar se veía limpio. Se podían distinguir claramente dos grupos de mujeres haitianas apartados uno del otro, aunque ambos hacían lo mismo,  se acicalaban el pelo (se hacían trenzas, me parece).  

    Estuvimos parados unos minutos, nerviosos, sin saber cómo proceder. No es fácil abordar a gente de la que no tienes idea y que no tiene idea de ti y preguntar por su vida y tomarles fotografías. Es, hasta cierto punto, violento. Pues ¿cómo convencerlos de que tus intenciones son buenas y, sobre todo, cómo convencerte a ti mismo de que no vas cual buitre por la noticia, en aras de comercializar con su sufrimiento? Nos acercamos, sigilosos, a un primer grupo. Una mujer completamente recostada en una mesa nos soltó con cólera: «¡No!… ¡No!… ¡No!… ¡No!». No hubo necesidad del quinto «¡No!» para saber que debíamos retirarnos.

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     Hubo unos minutos en que nos creímos derrotados, que había sido tonto venir, ¿por qué un haitiano querría hablar con alguien de fuera, que no representa nada?

      Cambiamos de estrategia.

    Nos acercamos al otro grupo y Sofía les habló en francés (Sofía es un estuche de monerías) y les pidió permiso de hablar con ellas. La actitud de las haitianas fue distante, sin decirnos gran cosa, pero tampoco nos corrieron. Esto era un avance. Entre ellas hablaban en creol, y parecía que discutían si dejarse entrevistar por nosotros o no. Al final, una de ellas comenzó a hablar en un español limitado pero muy claro. Su nombre, Miranda Francos.

    Cuando estábamos por comenzar la entrevista atravesaron la puerta tres personas de camisas claras y pulcras, con el logo de la CNDH (Comisión Nacional de Derechos Humanos) en sus solapas. Pasaron como por su casa, indiferentes, y sin decir «agua va» comenzaron a grabar a las migrantes. Se detuvieron en Miranda. La cámara de video, una muy grande, estaba dirigida a ella. La acción fue invasiva y de mal gusto. Recordé que la responsable del lugar nos había advertido de no forzar a nadie; en ese momento me había parecido una advertencia extraña; ahora entendía el mensaje.

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   Es difícil saber qué preguntar a alguien en un estado de vulnerabilidad. ¿Cómo ser empático con alguien cuya situación está tan lejos de la tuya, sin parecer condescendiente, falso? ¿Se puede? De igual forma, me parece equivocado acercarte a alguien y pensarlo como un migrante nada más. Recordé un año que hice en una preparatoria en Estados Unidos, en la que había unos que se referían a mí como «México». Era molesto. Creer que cualquiera puede ser definido por una condición geográfica o migratoria es absurdo. ¿Alguien se siente mexicano en su cotidianidad? Podría ser que sí, pero también que no. Lo único cierto es que la mayoría tiene un nombre, algunos recuerdos buenos, otros malos, y trata de sobrellevar el día a día.

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    Me habían recomendado, en un tono de misterio, que preguntara por la práctica del vudú a los haitianos. Como si con esta pregunta algo oculto y sagrado se me revelaría. Decidí que no, lo más simple me pareció lo adecuado:

—¿Cómo está?

Miranda chasqueó la lengua. Tenía un peine rojo en el costado de su cabeza, lo detenía su pelo ensortijado.

—No estoy mal.

   Miranda me comentaría que su buen español lo aprendió en la capital de la República Dominicana, Santo Domingo. Allí trabajó en las calles vendiendo ropa. Sin embargo, por algo que no me quiso decir tuvo que marcharse. Para ella el trabajo se acabó en ese país, pero sus cinco hijos —de 24, 22, 20, 17 y 10 años respectivamente— se quedaron ahí. Miranda apostó por ese territorio para que ellos estuvieran seguros.

—¿Cómo se comunica con ellos? —le pregunté.

—Aquí hay wifi.

   Miranda emigró a Brasil unos meses después de que lo hiciera su esposo, quien trabajó en construcción por un año en este país sudamericano. Miranda intentó trabajar en lo que fuera, porque como ella misma dice: «Soy una mujer que hace lo que sea, pero no lo conseguí…». Pese a esto se veía reconfortada por asistir continuamente a la Iglesia; una señora que «iba siempre a misa» la llevaba con ella. Miranda pertenece al movimiento pentecostal.

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—Recientemente hubo un huracán en su país —le dije.

   No dijo mucho:

—Sí, muy malo, muy fuerte.

—¿Qué le ha parecido Tijuana?

   Ella no entendió del todo mi pregunta, o tal vez sí y demasiado bien, porque me respondió: «Yo sabía que iba a llegar a México, pero no aquí.»

   Después me diría que en la travesía rumbo al norte se movieron a pie, en camiones, vehículos, en todo lo que fuera posible. Al cruzar Nicaragua perdió todo su dinero, la asaltaron. Ahí mismo, por las interminables caminatas, el papá de su marido moriría. Si se toma en cuenta que estamos en octubre del 2016, desde hace catorce meses salió de Haití, un poco menos que su esposo, quien lleva ya dos años fuera.

   Le pregunté por la convivencia entre los haitianos y los migrantes de otras partes:

—Es muy tranquila.

   Lo que sucedió a continuación me hizo pensar que la tranquilidad tiene sus excepciones.

   Escuché algunos gritos del otro lado del patio. Una haitiana, fornida y enojada, gritaba «Quem falou? [“¿Quién habló?” en portugués]», en repetidas ocasiones. Cruzó el patio hacia donde había un grupo de latinas. Se puso enfrente de una chica hondureña, pequeñita y encorvada, que se mordía las uñas y desviaba la mirada hacia el piso (y hacía bien porque la haitiana tenía tremendos brazos). Otra mujer que no había visto se paró enfrente de la haitiana. Le dijo: «¡No te enojes, si tú no fuiste, no te enojes!». La haitiana hizo un puchero. La discusión había terminado.

  Era la hora de comida y ya no podía entretener más a Miranda. Le hice una última pregunta:

—¿Te gusta la comida mexicana?

Puso una cara de quien hubiera preferido que no le preguntaran eso, como para no tener que decir la verdad:

—No…, la que me gusta es la de mi casa, la que yo hago, pero nos la regalan, hay que comer y dar gracias. —Sonrió y sus ojos los vi tristes.

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   Busqué a Sofía; la encontré jugando con una niña haitiana que tenía moños amarillos y verdes en su cabeza. Le había tomado una foto y la niña la veía en la pantalla; estaba sorprendida y le pidió que le tomara otra. Después unos niños se nos acercaron, hablaban entre sí de sus superhéroes favoritos. Nos hicieron plática.

—¿Cuál es el tuyo? —le preguntó un niño a Sofía.

    Sofía respondió con el entusiasmo de un infante que acaba de cumplir años y le preguntan por su edad:

—¡El Zorro!

   Los niños y yo nos quedamos con cara de desconcierto. Yo porque sabía a quién se refería —un héroe aburridísimo—, y ellos, porque no sabían de quién hablaba.

—¡Ah, un villano! —dijo un niño con una camiseta de Iron Man puesta. Sofía puso cara de pocos amigos.

   Alguien gritó: «¡Hora de comer!».

   Una chica pasó al lado de mí con un plato de comida a reventar. Todos los presentes aguzaron la mirada para ver qué se había servido hoy; era arroz con lentejas y frijoles, la verdad es que no se veía mal. Si fuera un poco más descarado, me habría servido. Entramos al comedor.

   Platiqué con la señora —una mujer nicaragüense que se había tenido que regresar de Estados Unidos por sus hijos— que se puso en medio de la haitiana y la latina.

—¿Cómo ha sido su trato con los haitianos? —le pregunté.

—Al principio son un poquito… —e hizo una cara de incomodidad, como diciendo «difíciles», aunque no terminó la frase—. Después, poco a poco… —y volvió a quedarse callada y transmitió la respuesta con una expresión que se puede traducir como «gente buena».

   Fue un diálogo extraño e intuitivo.

   Pasaron unos veinte minutos, y la mayoría ya había dejado el comedor y vuelto al patio. Vi a una chica haitiana entrar y ponerse de frente a las señoras que servían, con un plato en la mano pidió de comer.

—¡¿Dónde estabas?! Aquí se come a la una.  —dijo en tono de broma la señora con la olla de arroz.  

   La chica sonrió, apenada, pero sin dejar de tener el plato en su mano. Pidió que se lo llenaran. Le sirvieron y siguió sosteniéndolo a la misma altura.

—¿Más?, ¿más? —se reía la señora—. ¿Pero te lo vas a comer?

—Sí… —dijo en español.

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   Nos despedimos del personal y de las haitianas. Una de ellas nos dijo: «Se necesitan dos besos», después se dio cuenta de que había dicho algo que no quiso decir y se rió: «¡dos pesos!».

   Salimos del lugar y vimos a seis haitianos sentados en una banqueta. La atmósfera fue distinta de la de las mujeres. Con ellas la sensación fue de haber atravesado cierto umbral de intimidad, de haber sido previamente aceptados. Con los hombres, no. Fue una camaradería rápida, impersonal.

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Uno de ellos traía puesta una camiseta de la selección de fútbol de Holanda.

—¿Es tu equipo favorito? —le pregunté.

    (Sofía era la intérprete.)

—No, no, me gustan muchos equipos —sonrió.

—¿Haití?

—No; muy malos.

   Uno de ellos me mostró fotos en su celular de los pies de su esposa, estaban hinchados, con sangre; habían recorrido Perú, Ecuador, Colombia y Panamá, todo Centroamérica y dormido en campamentos. Lo más difícil había sido cruzar de Costa Rica a Nicaragua; tienen que bordear Nicaragua, es muy peligroso, me decía.

—¿Les podemos tomar una foto? —les preguntó Sofía.

—No, no —dijeron, y con un alto sentido de dignidad señalaron sus ropas—, estamos sucios.

Sofía, sin embargo, los había fotografiado desde lejos. Cuando se las enseñó, la aprobaron.

—¿Si logran llegar a Estados Unidos qué planean hacer? —les pregunté.

    Arquearon las cejas y me miraron como si hubieran escuchado una tontería. Me corrigieron:

—¿«Si llegamos»? No: «cuando lleguemos».

—Asael Arroyo Re

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Pepe Mujica: un uruguayo en el norte de México

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Fotografías a cargo de Sofía González

Hacía fila cuando alcancé a escuchar a una chica enfrente de mí que le decía a otra:

—Mi novio me preguntó que si a quién iba a ver. «Mujica», le dije. Y me dijo: «¿Ése es un comediante o qué?»

   Otra chica en la fila contestó el teléfono:

—Aquí en lo de Mujica. —Pareció que del otro lado de la línea alguien le preguntó «¿A poco?», porque dijo—: ¡Sí!, ¿no me creíste que iba a venir a una conferencia o qué?

   El sol nos daba de frente. Me puse la sudadera de Sofía[1] en la cabeza. En el horizonte se podían ver dos cerros grandotes con un par de letreros blancos: «Jesucristo es el señor» y «Somos Toros» . Un chico me tocó el hombro, «¿Ésta es la fila para el Torobol?», me preguntó, «¿Eh?, no, para Mujica», le respondí. Se alejó deprisa. «¿Qué es el Torobol?», pregunté. «Como el Xolopass», me dijeron. «Oh…»

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   Estábamos afuera del estadio de beisbol de un equipo de Tijuana en espera de que el líder más simpático de la izquierda internacional se presentara. Creíamos inocentemente que faltaba poco para esto (nos equivocamos: dijo su primera palabra, dos horas con cuarenta y cinco minutos después de que las puertas abrieran, pero esto… esto viene más tarde). «Tijuana» e «izquierda» son dos palabras poco comunes en una misma oración. Para quien no tenga idea de Tijuana, o de Baja California en general, debe saber que la tradición de izquierda es un río seco acá en el norte. Sí, bueno, Baja California es el primer lugar en México donde la alternancia ganó una gubernatura en 1989, arrebatándole el invicto al PRI, pero el partido elegido fue el PAN, lo más a la derecha que uno puede ir. Y sí, hubo un movimiento magonista en 1911, pero Ricardo Flores Magón es un tipo prácticamente desconocido por aquí. Lo poco acostumbrados que estamos en el norte del país a albergar eventos de izquierda se reflejó en la vestimenta del público: había más tacones que camisetas del Che.

   En la fila éramos de los primeros, o así lo creímos. Nos dimos cuenta de que no, cuando salió un joven diciendo: «Si su boleto es VIP va a decir zona blanca». Y un grupo, mejor vestido que el resto, pasó a nuestro lado y entró por otra puerta. La contradicción entre la logística y el espíritu ideológico del evento se explica por sí misma… aunque en ese momento no entendí que era la primera advertencia de lo que vendría.

    Pese a esto, se sentía en la atmósfera que los asistentes realmente querían ver a Mujica.

    Pero para Mujica faltaba y mucho.

    El estadio de los Toros es un lugar bonito, de colores verde y rojo. Limpio, organizado, cómodo, sí, una buena decisión que fuera aquí. Aunque, claro, no todo es perfecto, y enfrente de las gradas se veía una zona blanca, con sillas de plástico, cerquita del escenario, que era la zona VIP. La anfitriona de la conferencia fue una chica que bien pudo haber estado presentando un evento provinciano de Televisa. Era absolutamente insoportable. «Porque Tijuana es una ciudad humana… Porque Tijuana es esto, lo otro… ¿a poco no?… que levante la mano quien crea que…”. En fin, terrible. Tampoco resultó simpático que por casi tres horas hubiera un desfile de personajes que nada tenía que ver con Mujica. Hubo algunos rescatables, como unos jóvenes que interpretaron un baile regional típico bajacaliforniano (¡sí, lo hay!), dos niñas indígenas, muy elocuentes, una orquesta sinfónica de jóvenes y… y… me parece que ya. De entre una pasarela de personajes patéticos, políticos y religiosos, de los que poco mencionaré, destacó uno: un pastor de un lugar llamado La roca cristiana.

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—¡¡¡Buenas tardes!!! —dijo con ese ímpetu de quien ve en el público masas y no personas—. ¡¡¿Cómo están?!!

  Su traje resplandeciente y azul, sus lentes de sol, su peinado relamido, su griterío, su voz chillona y ese tonito típico de quien se asume un líder sin que nadie se lo haya dicho, todo eso despertó sospechas en el público; nadie le contestó.

—¡¡Aquí parece que no desayunaron!!

—…

—Levante las manos quien quiera hacer crecer su liderazgo, porque los líderes somos….

—Hijo de la gran puta —pensé.

—Porque, señores, hay cuatro puntos básicos para ser alguien que ofrece servicio….

   Empezó a nombrar líderes, y en un momento dijo algo relativamente interesante de Alexander Fleming y Winston Churchill: que el primero había rescatado al segundo cuando éste se sentía a punto de desfallecer. Lo busqué en Google: era falso. Era una de esas historias que le cuentan a los niños porque suena bonita. Después, de manera infame, habló de las bondades del fundador de Walmart.

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   La gente empezó a gritar «Fuera, fuera», excepto una señora al lado mío que acababa de llegar. Volteó al público y dijo: «Ay, estos mamones. ¿Cómo que “fuera”?… Groseros». Después pasaría una chica, aplaudida por muchos, con un anuncio de cartón en el que se podía leer «Viva la familia diversa». La señora lo vio e hizo una cara de completo desconcierto. «¿Familia diversa?», le preguntó a otra señora que se encogió de hombros, sin saber qué decir: «pues quién sabe».

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   Previsiblemente, el pastor remató con que Jesucristo era el principal líder de la humanidad. Hubo un silencio en el público, los abucheos disminuyeron… la mayor parte de México sigue siendo católica. Cuando el pastor se bajó del escenario, el público lo celebró. Vendría otro sacerdote, luego una banda cristiana, un joven político con una capacidad oratoria equivalente a la de un roedor de campo que escuché era del PAN, aparte, otro político, de apellido Aceves, que está haciendo sus méritos para ser gobernador, y un guitarrista al que todos aplaudimos porque caímos engañados que ya venía Mujica y… al fin, Pepe Mujica.

   Llegó acompañado de su esposa, Lucía Topolansky. Se sentaron en dos silloncitos grises. Pero, antes, porque, claro, había que aprovechar la presencia del uruguayo, otra chica habló. Pero no hay mal que dure cien años.

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   Mujica tomó el micrófono —¡finalmente!—, y aplaudimos y mucho. Es que cómo resistirse a ese señor humilde, con pinta de pueblerino, que siendo presidente de Uruguay prefirió manejar un vocho azulito y donó el noventa por ciento de su salario, cuando en México los políticos suelen ser sujetos corrompidos e ignorantes. Ese uruguayo es lo contrario, tiene una cara tierna como de pajarito recién levantado, que acaba de abrir los ojos a los primeros rayos del sol. Además, tiene una facilidad de palabra muy gaucha, muy del Río de la Plata, muy a lo Galeano, que sabe cuando hablar sencillito y cuando introducir la palabra dominguera sin que nadie se sienta ofendido. En suma, ¿cómo no querer al que se dice fue el “presidente más pobre del mundo”?

   Se levantó del asiento. Su mano izquierda estaba metida en el bolsillo de sus pantalones. Se movía en el escenario con timidez, rumiaba. Parecía no llegar a una certeza. La cabeza la tenía un poco agachada. Cuando dirigió los ojos de pajarito desmañanado al público, empezó a hablar. «Yo no soy una estrella del Rock o un cantor, soy nada más un luchador social, que a base de porrazos aprendió algunas cosas. Mis armas son las palabras, afiladas, tienen ideas atrás».

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   Hay una necesidad del hombre de creer en algo, dijo: «Por eso, aunque no lo sepan, estoy aquí». Su discursó era pacifista, «se gastan 2 millones de dólares por minuto en presupuesto militar», una locura. Hoy día el hombre ha llegado a su punto de mayor fortaleza tecnológica: « El hombre tiene fuerzas para crear mares en el corazón del Sahara». Y, situación paradojal, «es más destructivo que nunca». Habló de los sueños rotos en México y de cómo América Latina es una patria que nos hermana, «porque ustedes son mis compatriotas», dijo al público.

   Sin embargo, trágicamente, «el único Dios es el mercado». ¿Qué hacer?, tener sueños, «integrar la inteligencia, fortalecer las universidades», y ahora «les estoy hablando como un viejo, rezongando». En Uruguay, dijo, «la mitad son directores técnicos de futbol y la otra mitad son jugadores». Pero «mi partido es la especie humana… y yo ya estoy en los descuentos, tengo 81 años».

   Despotricó en contra de la ley de la herencia, que desde el nacimiento hace que seamos diferentes, y defendió el conocimiento, ese valor de la civilización que «no es una propiedad privada». Instó a «construir una contracultura con valores». Y advirtió de lo que puede pasar cuando uno llega a grande si es cínico, corrupto: «puedes tener tu querida en Cancún, pero en definitiva serás un viejo inservible con un corazón podrido»… (esto me lo cuestioné un poco).

   Advirtió en contra de esa trampa de creer que todos los políticos son iguales, de pensar que la política es algo rancio: «Necesitamos de la política. Alguien tiene que hacer viable la sociedad, pese a las diferencias, y ése es el papel de la política».

  Mujica se despidió con el mismo tono pausado y claro, sin dramatismos: «Gracias, México, por existir».

   Al finalizar el evento y salir del estadio, una sensación difícil de discernir me embargaba. Por un lado acababa de ser víctima de un fraude masivo, en el que fui despojado de seis horas de mi vida. Por el otro, regresaba a Ensenada con una calidez extraña, como de quien acaba de oír cantar a un pajarito.

—Asael Arroyo Re


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[1] Para quien no haya leído alguna crónica anterior Sofía González es la directora de fotografía y mi aliada.

Siete días en La Habana: “¡Esto es candela!”

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Fotografía de Johannes Barthelmes
Fotografías a cargo de Johannes Barthelmes

 

Una lección de viajar es que lo que en un país es sencillo y obvio, en otro no; como cuando se intenta hacer una fila en Cuba. Se podría pensar que formarse en una fila implica una serie de pasos sencilla: el que llega primero se pone al principio, y los que llegan después, detrás de él; pues bien, no es así. Desde mi arribo al aeropuerto de Santa Clara había notado algo extraño. En esa ocasión, el personal del aeropuerto, apresurado y mandón, nos mandó formar a los que recién habíamos bajado del avión, a que revisaran nuestros pasaportes, sin indicarnos a qué casilla ir. Esto provocó confusión, pues había familias de diez que todas estaban en una misma casilla, y en otras, como consecuencia, que no  hubiera nadie. Los que iban solos, en cambio, se les veía formados en la misma casilla; la de la mujer más guapa.

    Al adquirir experiencia a base de empujones y codazos en mercados y cafeterías, pensé que ya me había quedado claro el funcionamiento de una fila: tenía que preguntar “¿Quién es el último?”, ponerme detrás de éste y listo. Me equivocaba. Lo que parece una fila no es siempre una fila. A veces, simplemente, los cubanos se forman en una hilera porque sí, sin saber ni importarles quién sea el último —esto me pasó al esperar una guagua (un microbús). Dónde iniciaba la fila o dónde acababa, nadie lo sabía. Después de insistir y no recibir respuesta, comprendí que era porque nadie tenía la menor prisa, pues todos acababan de salir del trabajo y el orden del mundo les importaba poco. Sin embargo, la situación más engorrosa en la que me vi involucrado con una fila de por medio sería al comprar un boleto de ómnibus (autobús).

    En Cuba se considera completamente normal que para tomar el ómnibus a una ciudad que queda a escasas dos horas de camino, se deba reservar el boleto con dos semanas de antelación. En el caso de no comprarlo con anterioridad, uno debe llegar tres horas antes de la partida para arrebatar un espacio, si es que lo hay, de una fila invisible. Es decir: para apartar un asiento de los que no están ya reservados uno se tiene que acercar con la que vende los boletos y decirle “ya estoy aquí, cuando se puedan comprar, recuérdeme” e irse a su asiento. Esto, una vez más, suena fácil, y una vez más no lo es.

    Como no se sabe cuántos asientos disponibles habrá sino hasta que llegue el autobús, y sólo hay dos corridas por día, hay una atmósfera de nerviosismo entre los que esperan. Hay también una enorme posibilidad de hacerse el tonto para ganar uno de los lugares: por ejemplo, llegar tarde, y a la hora de la venta de los boletos decir que nadie te había visto pero que a primera hora estabas ahí; y como no hay el menor control, con una dosis de terquedad y malicia sumada a una memoria pobre de parte del vendedor, se logra el cometido. Esto provoca que dos horas antes de la llegada del ómnibus haya una masa amontonada en torno a la cajera discutiendo ferozmente sobre quién llegó primero. Pero todo esto lo supe después…

    Desde el hostal me quise comunicar con la central para saber el horario del  ómnibus que debía tomar, pero me dijeron que jamás les habían contestado, y que lo mejor era ir directamente al lugar. Llegué a la central temprano por la mañana y el autobús que debía tomar acababa de marcharse; esperé cinco horas para el siguiente. Esto me sirvió para que la cajera me dijera “Usted es el primero del que viene”. En ese momento no entendí a qué se refería. Ignorando las formas cubanas, no me senté a un lado de la taquilla, como un cubano con sentido común hubiera hecho, sino en una butaca apartada. Los que llegaron después, un grupo de cuatro angoleños, no preguntaron quién era el último en la fila, como debían, sino que asumieron tácitamente que ellos eran los primeros. La cajera les pudo haber dicho algo; no lo hizo. Al yo explicarles a los angoleños la hora en que llegué, no me creyeron.

     Pero la historia no acabó mal para mí.

     Como los angoleños eran cuatro, tardaron en meter su equipaje al autobús, y yo, como no llevaba nada más que mi mochila, me subí antes. Ya en el ómnibus, hacía falta un asiento para los cuatro africanos, por lo que un angoleño empezó a gritar violentamente que esto era una grave falta de respeto hacia ellos. El angoleño y el chofer casi se agarran a golpes, no tanto por los gritos sino porque el angoleño tuteó al conductor —“¡Tú me lo vas a reponer!”—, gesto gravísimo para las maneras cubanas. En defensa personal, y porque era lo justo, pues yo había llegado primero, me cubrí valientemente la cara con la mochila para no ser reconocido y que no me quitaran mi lugar. El final fue feliz para casi todos: dos de los angoleños se tuvieron que sentar en el mismo asiento.

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La Habana

Hace unos meses una persona muy cercana a mí visitó Roma. Cuando le pregunté qué le había parecido la capital italiana, me confesó, desilusionada, “pensé en Tijuana”. La respuesta me hizo soltar una carcajada y asombrarme por su franqueza. Curiosamente, meses después, yo pensaría lo mismo de las afueras de La Habana: me recordaron a Tijuana. Las avenidas son anchas y feas. A diferencia de Santa Clara, donde la selva había vencido claramente el débil intento de urbanización, en los suburbios de La Habana hay más cemento que árboles. En cuanto a la gente, mi percepción fue que la inocencia y espontaneidad de los santaclareños se había transformado en un andar pesado e inconforme de los habaneros. Esta primera mala impresión se sumaba a mi temor de no encontrar el trato cercano que me dio Félix y su familia en Santa Clara. La idea de ser tratado como un turista más y toparme con un lado frívolo de Cuba me causaba pavor.

    En la central de autobuses nadie me recogió. Después de preguntar varias veces por la dirección del hostal, ya bien entrada la noche, un chico me dijo que tenía que tomar la guagua 26: “Sobre ésta, justo a mediación”, y me señaló un punto en medio de una calle que no parecía nada. “¿Mediación?”, pensé. (Después sabría que “mediación” significa “a  mitad de la calle”.) Me dirigí a donde me señaló, y había dos mujeres hablando entre sí. “¿Aquí es mediación?”, pregunté. “Sí”, me respondió una de ellas sin verme a la cara.

    A una cuadra se escuchaba una canción que me sonaba familiar. El ritmo de la canción lo había escuchado en otra parte, pero la letra era distinta, era una alabanza cristiana. Una de las mujeres se quejaba:

—¡Esos cristianos…!

—¡No respetan! — completó la otra.

—Pero la canción es bonita. La mujer no canta mal.

—Esa canción… esa canción… yo la conozco. Me parece que es… esa mexicana… ¿cuál es su nombre?… ¡Yuri!

   De ahí me sonaba la canción.

   Intervine, dije que era mexicano y que, sí, era Yuri. Pensé que después de lo dicho me sonreirían agradecidas. Pensé, pues, que caería muy bien —detrás de este pensamiento se esconde una falsa creencia de muchos mexicanos: creer que en el extranjero, por decir que eres mexicano vas a resultar simpático. No es así.

  —Yo tengo su disco —una le dijo a la otra, sin hacerme mayor caso.

  Lo de Yuri no había funcionado para socializar; comenté sobre los cristianos:

 —Yo respeto sus creencias, están en todo su derecho, ¡pero que le bajen al volumen! —dije con falsa indignación.

 —Exactamente —dijeron las dos al unísono.

    De ahí charlamos un poco más.

   Llegó una guagua y las dos mujeres se subieron. Por la ventana de la guagua, con la cabeza por fuera, una de ellas me preguntó, “¿Qué guagua usted tiene que tomar?”, “La 26”, respondí. “Uy, ésa es la guagua fantasma, jamás la he visto pasar” —su guagua se marchó. “Hmm…”, rumié.

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   Transcurrieron cuarenta largos minutos, pero al final la 26 sí pasó.

   Cuando llegué al hostal —un hostal calificado como ideal para “vivir La Habana como un local”, pues el centro quedaba lejísimos—, por ahí de las once de la noche, me sorprendió un gentío desparramado en una plaza. El lugar estaba a reventar. En un principio pensé que era una fiesta vecinal. El hecho de que casi nadie hablara entre sí me convenció de que mi apreciación no era correcta. En realidad, estaban con el celular conectados a internet. Y es que en Cuba no hay acceso al internet en las casas —uno debe comprar una tarjetita y encontrar un lugar público para conectarse. El internet como tal e incluso los mismos celulares son algo nuevo1 en la isla; de ahí que haya un verdadero furor en torno a estas tecnologías.

***

Era mi cuarto día en La Habana y no había sucedido nada digno de mencionar. Los primeros cuatro días me había quedado en un hostal repleto de extranjeros, recorrido el centro con extranjeros, salido por la noche con extranjeros. Me habían preguntado por la violencia en México, “Algo horrible”, decía yo; por los tacos, “Algo delicioso”, decía yo. De entre los extranjeros había un alemán que parecía una mezcla de Thor con Cortázar; una inglesa que tenía un gran sentido del humor corporal, ¿corporal?, sí, se agachaba y subía cuando hacía una broma, era algo muy raro y divertido; un lituano muy formal “de clase media alta” —así me dijo—, que me contó, con total seriedad, que se había dado cuenta en Cuba de que siempre había estado protegido por una burbuja de lujo y comodidad… no supe qué responderle; y una francesa hiperactiva y neurótica que era el alma de la fiesta, además de ser una gran jugadora de cartas. No mencionaré más de mis amigos foráneos, excepto que al andar con ellos por los barrios de La Habana, los locales me habían parecido embusteros y pedinches. Más adelante, mi perspectiva cambiaría… más o menos…

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       En el siguiente hostal nadie me hizo el menor caso. Al parecer todos habían llegado en el mismo día, y ya eran muy cercanos entre sí: se levantaban a la misma hora, desayunaban juntos y se morían de la risa juntos, al ver los Juegos Olímpicos apoyaban a los países de sus amigos (el inglés apoyaba al atleta alemán por su conocido alemán, el alemán apoyaba al atleta inglés por…). En fin, esto hizo que los siguientes días recorriera La Habana por mi propia cuenta.

    La primera cosa que hice fue visitar la Plaza de la Revolución. La Plaza de la Revolución es un sitio extenso y sorprendentemente feo. Es una explanada gris y desierta, con la excepción de unos cuantos postes de luz. Al fondo, del lado derecho, se ve la cara de Camilo Cienfuegos sobre el muro de un edificio residencial. Su rostro es una silueta apenas dibujada; los trazos desprenden una luz amarillenta, y debajo de su figura se puede leer “Vas bien, Fidel”. Del otro lado, también sobre el costado de un edificio que sirve de lona, se aprecia la cara del Che. Sus rasgos están hechos con el mismo tipo de marcas que los de Camilo; su mensaje —no podría ser otro—: “Hasta la victoria siempre”.

       Al cruzar una avenida contigua a la plaza, hay una estatua de gran tamaño de un José Martí pensativo. Detrás de la escultura de Martí, un monumento soviético: una torre grisácea, muy rara, de cuatro flancos, con un borde, muy raro también, en cada uno de los lados; la capacidad de abstracción de los soviéticos fue tanta que a decir verdad no entendí nada del diseño y menos qué tenía que ver con Martí. Mi curiosidad por entender este monumento hizo que le preguntara a uno de los policías que vigilaba el lugar sobre su significado. Me contestó algo obvio, “en honor a Martí”, y sin decirle yo más agregó ,“predicó mucho de lo que pasaría con Cuba, ese hombre era un santo”.

      Continué mi recorrido.

     No me iba bien. Vagaba sin rumbo. Entraba a museos e iglesias que no me decían gran cosa. Bebía mojitos y piñas coladas a precios desorbitantes. Comía caro y espantoso. Lo más emocionante que me había pasado hasta ese momento era entrar a un cine club de pensionados. Empezaba a renegar de La Habana. Mi estrategia, me di cuenta, no era la correcta. Dejé de caminar por los lugares en los que sólo había turistas. Media hora después, mi situación sería otra.

     Me senté en una banca en medio de un parque frente al Capitolio (edificio que es parecidísimo al Capitolio en Washington, D.C., pero que no es utilizado porque es un símbolo de la burguesía del antiguo gobierno; paradójicamente, junto al Hotel Nacional, es el inmueble mejor conservado de toda La Habana). Desde antes de sentarme, noté a una señora que en México se diría que es una indigente. Con el pelo ondulado hecho un revoltijo y a medio pintar, sin dentadura ni brasier, harapienta y arrancando con un cuchillo la piel de un bolso, pensé —pido perdón— que era alguien fuera de sí. Nada más lejos de esto. Ni tarda ni perezosa se dirigió a mí:

 —¿Usted de dónde es?

 —De México.

 —Qué bello país: Veracruz, Cancún… mi hija ha ido tres veces —la aparición de su hija al principio de la plática no sería una ocurrencia fortuita sino una estrategia bien meditada.

    Ella jugaba con una botella de agua ya vacía. Yo bebía de una botella de agua casi llena. Se la di.

—Gracias, gracias, no había bebido nada en todo el día… ¿su nombre cuál es?

 —“Asael” —sus ojos se iluminaron. “¿Pero qué dije?”, pensé.

 —¡Yo lo sabía, Dios me lo envió!

 —…

 —Mire —y apuntó a una biblia que cargaba consigo—, justo leía sobre su pariente, Atanael.

     Por alguna razón le creí que recién acababa de leer de Atanael, mi pariente. Ahora sospecho de que se sabía de pe a pa la biblia, y que hubiera podido inventarse una historia con cualquier nombre. Esta coincidencia —o genial maniobra— dio paso a que me visualizara como un candidato ideal para su hija. A la distancia, creo que mi nombre la hizo asumir que yo era un hombre de bien: un cristiano.

   —Oh…—dije.

   —Usted tiene cara de ser un buen hombre; un buen hombre para mi hija. ¿A usted le gustan las cosas dulces?

   —No mucho.

   —Qué bueno, porque mi hija no es dulcera.

  —Pero me gustan los postres…

  —Aunque también sabe hacer dulces… ¿Y le dije que también baila y pinta?

  —No que recuerde.

  —Lo puede dibujar mientras le cocina.

    “Hmm… podría funcionar”, pensé.

 —Usted me la cuida bien, y yo los visito en México. Nada más necesito saber dónde se está quedando aquí, su teléfono y la dirección de su casa en su país.

    Debí haberme levantado e ido. No lo hice. Inventé los datos.

—¿Usted tiene hambre?

—Pues…

—Vamos; yo conozco dónde.

    Caminamos cerca de quince minutos. Le dije que hambre, hambre no tenía. Nos sentamos en otra banca. En la banca había otra señora. La otra señora también era cristiana. Me senté entre las dos señoras. Los tres estábamos codo con codo, apretujados. No supe qué hacer (excepto meditar si en verdad el mojito a precio desorbitado en la más profunda soledad era algo tan malo como había pensado en primera instancia). Y cuando no sé qué hacer, no hago nada. Las dos intercambiaban opiniones de las congregaciones cristianas en La Habana. La otra señora, como no queriendo la cosa, me hizo entender que posiblemente me estaban viendo la cara. Dijo: “No porque alguien diga ´señor señor´ va a ir al cielo, ¿me entiende?… Hay mucha gente mala”. Le entendí, aunque se equivocaba; no me estaban estafando ni estaba en peligro… o al menos no como se entiende normalmente. Nos levantamos de la banca la primera señora y yo, y unos minutos después me pidió cinco pesos cubanos. Se los di, me dejó ir y me dijo que nos veríamos al día siguiente a las 7 de la tarde en el mismo lugar. Ahí conocería a su hija. No fui.

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    Al día siguiente me dirigí a la playa. Era martes por la mañana y el lugar estaba atestado de locales. Más de una vez me pregunté, al ver a tantos cubanos en la mañana, tarde y noche por doquier, si es que acaso trabajaban. Nunca lo averigüe. Cuando estaba por darme un chapuzón, se acercó un joven espigado, de piel oscura y dientes chuecos. Enrrique (así, con dos erres). Me hizo plática y se ofreció a cuidar mis pertenencias. “Está bien”, le dije a Enrrique, sabiendo que esto implicaba un compromiso económico. Me metí al mar. El agua estaba deliciosa. A los cinco minutos él también se metió, dejando mis cosas desamparadas. Se acercó y me dijo que en Cuba la situación estaba jodida. Me dijo también que él hablaba ocho idiomas y que aun así tenía que mendigar. Otros cubanos también me dirían que hablaban seis, siete, ocho idiomas. Al principio les creí —estaba impresionadísimo. Después entendí que se referían a las expresiones básicas de cada lengua: “Hola”, “Me llamo…”, “Yo los ayudo”, “Adiós”. Los cubanos tienden a exagerar. Le pregunté que por qué no tenía un trabajo formal. “Es lo mismo”, me respondió, y agregó: “Un médico gana 50 CUC [mil pesos mexicanos] al mes, con eso no se puede vivir. Entonces ¿para qué trabajar? Entienda, la cosa está así: si pasara la Bestia por aquí [refiriéndose al tren que atraviesa México de sur a norte], yo me iría ya”. Me desconcertó.

   Después me enseñaría su capacidad para pararse de cabeza. Me dijo que hubo un tiempo en que estuvo de moda ir por la calle con las manos tocando el piso y las piernas hacia arriba, al aire. “¡Se iba al mercado así!”, dijo antes de zambullirse para esquivar una ola.

   Salimos del mar. Sentados en la arena, me preguntó:

  —¿Y usted ya estuvo con una cubana?

  —No.

  —¡Chico! —puso una cara de estupefacción y se levantó de un salto—. Lo que usted debe hacer es sencillo —asumiendo que si no había estado con una cubana era por pura incompetencia mía–. La mujer está aquí —y con las manos tomó de la cadera la silueta de una mujer invisible enfrente de él. Después se irguió de manera amenazadora,  alguno que pasara por ahí bien pudo haber pensado que estaba enseñándome a cómo asaltar—. Ya que la tiene bien sujeta y con la mirada fija, debe decirle: “Yo la quiero a usted hoy”. Si se hace la difícil la remata con esto: “Esto es una selva, y yo soy el león y usted mi leona” —se frotó las manos y concluyó—: negocio cerrado.

  —Déjeme apuntarlo —lo apunté en mi libreta verde.

      Tengo que decir que nunca utilicé lo aprendido. Un noviazgo en México, una postura en contra de la prostitución y un presupuesto muy bajo hicieron que mis días en Cuba fueran de un recato total.

     Cuando estaba por despedirme de Enrrique, me di cuenta de que sólo tenía tenía billetes de diez CUC en la cartera —cantidad que por supuesto no le pensaba dar pese a lo aprendido. Por fortuna tenía en mi mochila una bolsita de plumas Bic y mi desodorante; todo se lo di. Días más tarde volvería a encontrarme a Enrrique —estaba ayudando a una familia austriaca. Lo saludé y me llevó por un pasillo donde se podía apreciar fielmente el fenómeno de prostitución en La Habana. Hasta ese momento no había reconocido a ninguna prostituta en todo Cuba. Cuando me señaló quién sí lo era, me asombré de no haberme dado cuenta antes. Era obvio.

      Por la tarde, muerto de hambre, me senté en un restaurante modesto en La Habana Vieja, entre la calle de Oficios y Santa Clara. La especialidad de la casa es pollo rostizado. En mi vida he probado pollo más rico. Era agridulce, tenía pinta “gourmet” y era barato. Ordené el platillo dos veces. En la televisión se veían los Juegos Olímpicos. Jugaba Cuba contra no recuerdo quién, voleibol playero. Cuba acababa de perder un punto de manera absurda. “Ése es el problema de los cubanos, no tienen corazón”, dijo un mesero. “No, es que no hay dinero y ellos no están en una liga profesional, ¡no pueden hacer más!”, dijo otro trabajador. “¡¿Que no hay dinero?! ¡Ja! Si el problema es…”,  dejó de hablar y mientras fruncía la boca, con una mano dibujaba en el aire una barba que crecía desde su rostro hasta el ombligo. “¿Qué fue eso?”, le pregunté. “¿Qué fue qué?”, respondió con una pregunta. “¿Fidel?”. Sonrió y se llevó el dedo índice a los labios y luego hacia el oído, como diciendo que tuviera cuidado porque alguien nos podía escuchar. Cuba terminó por ganar ese partido.

      En la noche, después de cenar, decidí caminar un poco para bajar la comida. “Unas tres cuadras y me regreso a dormir”, pensé. El segundo hostal era mucho más céntrico que el primero, así que me encaminé al malecón. La noche en La Habana es el momento más disfrutable del día. Sin el sol inclemente, los paseos nocturnos son de lo más agradable. Las calles y los cubanos y los turistas se relajan; la ciudad deja de ser una belleza ruinosa y se vuelve una belleza por completo. Esto reflexionaba cuando después de dar unos cuantos pasos sobre la acera del malecón dos sujetos aparecieron de la nada y se dirigieron directamente hacia donde yo estaba. Temí lo peor. Uno de ellos soltó con una cordialidad agresiva una serie de preguntas: “¿De qué país es usted?”, “¿Colombia, Argentina, España, Venezuela, Paraguay, Guatemala, Costa Rica?”, “¿Adónde lo llevamos?“. “We are cuban friends”.

       Eran dos tipos extraños. De los dos el único que hablaba hasta ese momento era el más bajo, con una gorra negra desgastada y una camiseta blanca holgada, con “los nombres de los DJs más importantes del mundo” estampados (esto lo sabría después); sus movimientos eran bruscos y rápidos, como los de un reptil pequeño. Andaba en shorts y chanclas, como muchos de los cubanos. Sin embargo, había algo en él y su atuendo que parecía rebelarse ante su evidente condición de pobreza. El segundo, más alto y barrigón, su cara expresaba fatiga, con los ojos caídos y sensibles. Si continúo con la comparación a un espécimen del reino animal, éste sería un oso de circo, pesado, parsimonioso y triste, pero con una chispa juguetona. Portaba una camisa hawaiana negra, o que alguna vez fue negra, unos pantalones de vestir y unas botas militares; su vestimenta me hacía pensar en un turista trasnochado que al siguiente día se había puesto lo que había al alcance de su mano para asemejar formalidad.

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      Lo primero que pensé fue en correr. Una pena a verme ridículo y una ampolla, que apenas se estaba formando en mi pie derecho por andar todo el día en chanclas, obstruyeron mi plan. A diferencia de mi encuentro con la señora de la banca y de con Enrrique, quizá por ser de noche y porque eran dos y porque había algo excéntrico en ellos, estaba atemorizado. Supuse que en el peor de los casos me asaltarían y en el mejor, me los podría quitar de encima con algunos pesos.

    —Oye, compadre —Pequeño Reptil le dijo a Oso de Circo— , este mexicano está paralizado de miedo. —Y lo estaba, había escuchado historias de europeos estafados por los jineteros,  sujetos que asedian y engañan al turista para sacarle unas monedas. Tenía la total certeza de que esto era lo que estaba viviendo. Oso de Circo no respondió nada. Aunque ya dejaré de llamarlos así. Oso de Circo es Alberto, Pequeño Reptil, Danilo.

    Los primeros veinte minutos los pasé mal. Me sentía, de alguna manera, secuestrado. Empezaba a calcular el golpe y la fuerza que le tendría que dar a Danilo, el que se veía más rápido de los dos, para salir huyendo. Me imaginaba la ruta que debía seguir para regresar al hostal. Me lamentaba especialmente de traer mi pasaporte conmigo.

    Pero las cosas cambiaron.

   Habíamos llegado a una esquina para comprar cervezas. Resignado, se las regalaría a cambio de mi libertad. Después de comprar las cervezas saqué mi libreta verde para apuntar las cosas que me pudieran decir; me preguntaron a qué me dedicaba. Les respondí y les hice la misma pregunta. Los dos eran técnicos de laboratorio y trabajaban juntos, pero Alberto dijo que él, más allá de su labor diaria, era poeta. “¡¿Poeta?!”, pensé, atónito. Esto me condujo a dos conclusiones: un poeta jamás me podría asaltar, suelen ser ridículamente sensibles, y que nadie mentiría diciendo que ésta es su verdadera afición, es más bien motivo de vergüenza. Me empecé a sentir en confianza y más que extraños Alberto y Danilo me parecieron un par muy cómico; estaba a mis anchas.

  —¿Ya fue usted al Hotel Nacional? —me preguntaron.

  —No, ¿está bonito?

  —¡Chico! —dijeron los dos, como si hubiera preguntado una obviedad. (Supe después que ni uno de los había jamás había puesto pie adentro de este hotel.)

  —Es el hotel más importante de todo Cuba —dijo Alberto—. Ahí se  hospedó nada más y nada menos que Obama.

    La visita me ilusionó. Me preocupaba, sin embargo, que fueran las dos y media de la mañana, y que ni uno de los tres tuviera ni la más mínima pinta de poder pagar algo así.

    En el camino Alberto comentaba de la visita de Obama a Cuba. Dijo que Obama había deshecho al gobierno cubano en un discurso, “Por lo que dijo Obama, a mí me ponen cien años”. Alberto y Danilo estaban fastidiados. Mi libreta verde y el hecho de anotar sus comentarios en ella, parecía que les había dado cuerda para que despotricaran cuanto quisieran. “Anota eso ahí. Que se sepa la verdad”, dijo Danilo. Hablaban de la represión de parte del mismo gobierno hacia el cubano de a pie y de las contradicciones del sistema. “¿Sabe cuántos cuerpos hay enterrados ahí abajo?”; “Patria o muerte. Venceremos. Sí, chico, pero ¿hasta cuándo?”; “¿Sabe que si yo compro una cerveza, ya no como hoy?” La cerveza más barata que encontramos era de 1.25 CUC. El salario mensual de cada uno de ellos como laboratoristas técnicos, 25 CUC.

    Antes de llegar al Hotel Nacional, nos topamos de frente con la embajada americana. Desde 1961 que este edificio había dejado de funcionar tal cual como embajada, apenas en 2015 reabrió sus puertas.

  —¿Quiere ir a ver? —dijo Alberto.

  —¡Ahí no nos dejan entrar! —dijo Danilo—. Pero esto lo hacemos por usted.

     Caminamos de frente a la embajada. Está enclavada en un extremo del malecón. Un edificio común y corriente. No obstante, llama la atención lo que está enfrente de ella: El Monte de las Banderas. Son 138 astas (diría que banderas pero en ese momento no las había). Simbolizan los años de lucha frente al imperialismo estadounidense.

 —¡Vamos a pasar de frente! —exclamó Alberto—¡Éste es nuestro país! —y luego dudó—… lo peor que nos puede pasar es que los tres nos vayamos presos.

 —No se preocupen por mí, yo estoy bien desde aquí —dije, recargado a un muro.

 —¡Dale, dale!, que esto es por usted —dijo Danilo.

    Cruzamos. No pasó nada. Nos detuvimos un momento, sobre la avenida que no se debe cruzar, y Alberto y Danilo gritaron, victoriosos: “¡Esto es candela!”.

   Dimos unos cuantos pasos más y ya estábamos en la entrada del Hotel Nacional. El Hotel Nacional es una cosa gigante y ostentosa y un poco anticuada. Atravesamos un primer jardín, y entramos al lobby. El personal se nos quedó viendo extrañado. La estrategia que se me ocurrió fue preguntar por el uso de la alberca. Esto nos dio apenas unos minutos antes de ser expulsados. En ese lapso me percaté de un cartel gigante con la figura de Fidel. Supuse que en medio del Hotel Nacional, con un Fidel gigante, sería un muy buen momento para conocer a fondo el sentir del pueblo cubano hacia su máximo líder.

—Danilo —dije—, ¿usted qué siente al ver a Fidel?

   Me vio por una milésima de segundo con una cara de desconcierto que no comprendí.

—¡Mi papá! —respondió.

   Acto seguido, Danilo y Alberto casi me cargan para salir corriendo del Hotel Nacional.

   No terminaba de entender lo que había pasado.

—¡Hermano, ¿qué le pasó por la mente a usted?! Estamos en una institución del estado. De habernos escuchado nos habrían podido desaparecer.

   Luego entendí: cualquier expresión de inconformidad hacia el gobierno puede ser motivo de represión.

—Ohhh… Ehh… Perdón —alcancé a decir.

—A nosotros nos mandan —dijo Alberto— a un viajecito corto por las provincias… a usted quizá lo rescata su embajada…

—Se arma un tremendo destete —completó Danilo.

    A sabiendas de que íbamos los tres solos, y de que sólo así se puede hablar de política, hice una última pregunta.

—¿Usted es de izquierda, Alberto?

—No sé de política. Lo que sí sé es que de izquierda no soy. Si yo pudiera cortarme la mano izquierda me la cortaría —se detuvo y se quitó una de las botas militares—. ¿Ve esto? Yo debo andar día y noche con estos tanques de guerra, porque no puedo andar descalzo. Y además tuve que pagar por ellas. Hermano, ¡esto es candela! Cuando yo iba en la escuela me dijeron que esto era un sistema socialista en camino al comunismo,… pero el camino… el camino es muy largo y tortuoso… —hizo una pausa— ¿Apuntó lo de “el camino es muy largo y tortuoso”?

—Sí.

—Quedó bien, ¿eh?

   Continuamos caminando sobre el malecón.

—¿Ve esos edificios? —señaló el mismo Alberto unos condominios de lujo, con vista directa al mar—, son de la camarilla de los Castro, ¡¿o acaso usted cree que el proletariado vive ahí?! Compadre, el comunismo es de oportunistas. Aquí la gente vende su casa para salir del país… Yo ahora mismo me iría hasta pa´ Haití… Fíjese que ya ni los haitianos quieren venir para acá. Cuando van en la balsa y ven Cuba, dicen: “No, no, dale, dale, ¡aunque la barca se hunda!”. Mire, que no haya violencia en las calles yo lo aplaudo, pero a nosotros nos falta poco para que nos falte todo… Yo en mi vida anterior debo haber sido malo, malo, malo…

—¿Y el acceso a la salud, la educación gratuita? —pregunté.

—Como le hice saber a un español que llevaba su pullover marca Nike, y venía aquí a decirme cómo vivir. “Yo a usted le doy por un mes acceso a la salud, todo lo que pueda aprender y 25 CUC. Y ya entonces me dirá cómo se vive con eso”.

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    No volví a preguntar nada sobre política.

   La plática transcurrió en bancas y escalinatas, detenidos o andando, mientras  buscábamos una cerveza que me prometían que costaría un peso —la bauticé como “la cerveza mítica”—, y terminábamos comprando la de a uno veinticinco.

   A Danilo, que había estado callado por un buen rato, se le iluminó la cara: “¡¿Ya conoció alguna chica cubana?!”. “No”, respondí. Los dos volvieron a poner la misma cara de incredulidad que había puesto Enrrique.  “Pero, ¡¿cómo?!… Si esto es la Tailandia de América”. Nos encaminamos a la calle 23, “la más importante de La Habana”, me comentaron.

     Sentados sobre una banqueta de la calle 23, conversábamos.

—Aquí las chicas saben hacer el amor bien —dijo Danilo—. No como allá en México… Sí, así como escucha: las mexicanas no saben hacerlo…

—Aunque las mexicanas tienen unos hermosos y grandes senos —intervino Alberto.

    Danilo retomó lo que decía:

—Aquí tenemos un lema, compadre: “45 movimientos y ninguno repetido”.

    Definiría el lema; pero creo que no hace falta.

—En Cuba, y no le exagero —dijo Alberto—, 60% de las mujeres se prostituyen. ¿Oyó bien? Más de la mitad.

    Eran las cinco de la mañana y mi vuelo salía por la tarde al siguiente día. Ya estaba cansado y sin un peso. Les di las gracias y me despedí. Escribieron su correo y su teléfono en mi libreta. Me hicieron prometer que en mi siguiente visita a la isla, les traería dos pares de tenis Reebok, tamaño 43.”¿Lo promete?”. “Lo prometo”.  “Modelo negro, compadre. Los mejores tenis del mundo. Los necesitamos, hermano, que nosotros caminos a pie de verdad.”

—Asael Arroyo Re

Sitio de fotografías de Johannes Barthelmes:     

www.johannes-barthelmes.net

1: Desde el 2008 se empiezan a vender los celulares de manera masiva; en el 2013 hay acceso a internet en locales especializados; aunque el gran boom se da cuando en este año, 2016, puede el cubano finalmente conectarse a través de su celular.

Santa Clara: lugar donde el Che liberó al pueblo cubano de Batista, aquel imperialista

in Crónica by
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Santa Clara

Al sobrevolar Cuba, me sorprendió lo verde que era todo. “¿Así es Cuba? —pensé—. Hmm… no tenía idea”. El avión descendía a Santa Clara, una ciudad en el centro del país. Al aterrizar y asomarme por la ventanilla, noté a unos trabajadores cubanos apiñados afuera del avión. No hacían nada excepto mirarnos. Se les veía abstraídos, por decirlo de algún modo. Cuando bajamos de la escalera, continuaron mirando. Esta tranquilidad que se acerca más a estar paralizado que a estar en paz, sería un comportamiento que vería repetidamente en Cuba. Cuando entré a la terminal pensé en una cabaña verde, grande y rústica. En la sala de la aduana, el personal cubano me inquietó. La sensualidad de las cubanas aparece hasta en los uniformes oficiales: medias de encaje, la falda ajustada a media pierna, un escote inusualmente grande y, sin excepción, el cabello teñido.

Al recoger mi mochila —mi único equipaje—, caminé cinco metros y ya estaba fuera del aeropuerto. Ese día hizo un calorón. Había reservado un hostal, y Félix, el dueño de éste, quedó en recogerme. Salí y ahí estaba. Un tipo bajito, sesentón y panzón, de ojos azules y una nariz roja y ensanchada, como de borracho. Pensé en un campesino soviético, pero cubanizado —pantalones de mezclilla, camiseta azul sin mangas, bañado en sudor, y unas sandalias que arrastraba. Nos saludamos y caminamos al estacionamiento. En el estacionamiento me percaté de uno de los coches más feos que haya visto en mi vida:

—Qué carro tan peculiar—le dije—, nunca había visto uno así.

—¡Ni lo va a ver más nunca, chico!—Félix, despreocupado, se paró en seco y se puso las manos en los costados, como para contemplarlo. Sin saber muy bien qué hacer, yo también me detuve y dejé la mochila en el suelo—. Es… sí… déjeme ver… sí: un Cadillac del ´56.

(En Cuba es cosa común que se sepa exactamente de qué año es cada modelo.)

—Pero… algo cambiado, ¿no? —dije.

El auto era extrañamente alto. No tenía rastro alguno de su forma original; básicamente, una plasta azul.

—Sí. ¿Ve esto? —me preguntó mientras señalaba la parte que cubre la llanta delantera—, lo modificaron para subir más gente. Es un taxi.

Caminamos un poco más y me subí al auto de Félix, un Lada 1600 del ´78 (un auto ruso y cuadradito), destartalado pero digno —al igual que gran parte de Cuba. En la carretera hacia la casa vi un montón de personas en bicicletas, casas humildes y chaparras, carretas arrastradas por caballos, gente sin camiseta y una espesa vegetación. Mientras rebasábamos a los santaclareños con el Ladita traqueteado, caí en cuenta que, para estándares cubanos, iba al lado de alguien con una buena posición económica. Dentro del auto el ruido del motor interrumpía la conversación. Félix me explicó que lo había cambiado a Diesel. “Un aparato criollo”, dijo, riendo.

Con todos los cubanos con los que platiqué, la conversación siempre derivó en hablar de la mujer cubana, y en específico de la prostituta cubana; con Félix no fue la excepción. Lleno de orgullo, como cuando alguien habla de un lugar único y hermosísimo de su patria, mi anfitrión me compartió: “No hay puta mejor que la cubana: es educada, bella y barata”. Me explicó que en materia de educación escolar, cada una de ellas hizo, por lo menos, hasta el doceavo grado —lo que sería el último año de preparatoria en México. “Ah, ¿sí?”, pregunté. “Sí”, dijo Félix, y con los ojos entornados y cómplices, me hizo saber: “Si lleva usted alguien a casa, no hay problema”. “Es usted muy amable”, le respondí. Además, me dijo, nuevamente con un dejo patriótico, “aquí la mujer está liberada, antes era sólo un mueble”. En ese momento tomé a Félix por alguien preocupado por la equidad de género, más adelante caería en cuenta de que el comentario no era tanto feminista como revolucionario; con “antes” Félix se refería al periodo anterior a 1959, año en el que la Revolución cubana, con Fidel Castro como máximo líder, triunfaría y cambiaría radicalmente el panorama de Cuba; y con “liberada”, no se refería a una liberación del yugo machista, sino del imperialismo yankee.

A medio camino, Félix me señaló un punto muy lejano.

—Eso que ve allá es el centro de Santa Clara.

—Se ve… retirado —respondí.

—Sí. Pero acá, en la casa, a dos minutos a pie, usted tiene la universidad de Santa Clara.

—Menos mal.

—Pero está cerrada, por las vacaciones…

—No importa, me daré una vuelta. 

—…y los turistas no pueden ir.

Antes de bajar del auto, a punto de llegar al hostal, Félix me dijo, “pero no se preocupe, en Santa Clara hay más cosas que el Che”. Me preocupé. No entendí a qué se refería, aunque intuí que algo no andaba bien.

Es difícil describir el hostal de Félix. En Cuba, como me diría unos días después el mismo Félix, se diseña con lo que hay… y lo que hay es escaso. Lo que no es escaso es la pintura color verde pistache, como las paredes de la casa de Félix. Este verde está por todos lados. Hospitales, escuelas, casas… Le pregunté por esto a Félix y me dijo, entre risas: “Cuando alguien de fuera va a venir a visitar, yo le digo que ‘va verde todo’, pero ellos me entienden que ‘va a ver de todo’. Así ambas partes entienden lo que mejor les parece”.

Conocí a Arian, el yerno de Félix. Arian, alto y resuelto y con unos kilos de más, de treinta y pico, cocinero y periodista, y con el que viviría una de las situaciones más disparatadas en mi estadía, me dijo con respecto de la casa: “eso que está arriba de usted —yo estaba comiendo, debajo de un tubo que da soporte a la cocina— Félix lo planeó mucho antes de ponerlo. Puso el hueco ahí, y diez años… escúcheme bien, diez años después… metió el tubo. Hace las cosas con una precisión milimétrica. Es un genio.” 

Después de acomodar mi equipaje en el cuarto que me fue asignado, bajé al área común a cenar.

Mientras me comía una formidable comida criolla —arroz, frijoles negros, platanitos y pollo—, abrí la conversación con lo que a mi parecer era un comentario inteligente y original y que ya tenía muy ensayado:

—Resulta paradójico —afirmé con voz grave e ilustrada—, el paralelismo entre el final de la vida de Castro, y la presencia cada vez más fuerte de Estados Unidos en Cuba. Ahora que Obama visitó la isla, el inminente fin del bloqueo y que Castro está por cumplir los 90, pareciera que el régimen, sin el vigor de su máximo dirigente, está por expirar.

Se hizo un silencio tal que se alcanzó a escuchar el ronquido de un grillo. Toda la familia de Félix se revolvió, incómoda, en sus asientos.

—¡¿Está usted loco, chico?! —Soltó Arian, alarmado con lo que acababa de escuchar—. Fidel nos va a sobrevivir a usted y a mí.

—En primer lugar —dijo Félix—, aquí nosotros no le decimos “régimen”.

—Oh… —dije, con la cara hecha un tomate.

   Puse el plato a un lado y replanteé mi estrategia.

—Aunque, por otro lado, qué bárbaro Fidel, educación y acceso a la salud gratis para todos los cubanos—dije.

—¿Qué otro país, con la pobreza de Cuba, le ofrece esto? —preguntó Félix.

—¡Ninguno!—respondió Arian.

—Aunque es verdad que esto es una dictadura —admitió Félix.

—Y que no hay elecciones… —dije yo.

Félix, que se mecía en una silla, se detuvo por completo, mirándome de arriba abajo.

—Ustedes tienen su concepto de democracia —y como si tuviera una máquina de escribir enfrente de él, tecleó con los dedos en el aire “democracia”—: tacccc, tacc, tacccc. Nosotros, el nuestro: tacc, tacccc, tacc.

—Es decir, ¿no cree que para que haya democracia debe haber elecciones?—repuse.

—Si algo está bien, ¿para qué modificarlo?

En la televisión se veía Pánfilo, el programa de comedia más popular en Cuba.

—¿Ve esa televisión ahí?—Félix me preguntó—. Ésa es una televisión revolucionaria.

Examiné la televisión detenidamente; no encontré nada de revolucionario en ella.

—Es analógica, digital y de alta definición. Es decir: su primera etapa, la analógica, es el capitalismo; la digital, la transición: el socialismo; y por último, la etapa de mayor desarrollo, la alta definición, es el comunismo.

Impresionado con la defensa que hizo Félix del sistema cubano, me despedí y me subí a mi cuarto a dormir.

Amaneció nublado.

Mientras desayunaba pregunté:

—¿Qué se puede hacer en Santa Clara?

—La ruta del Che. Mañana, si quiere, le damos el tour —dijo Félix.

—Yo se lo doy —dijo Arian.

—Perfecto. ¿ Y además de eso? —quise saber.

—El centro, chico —dijeron los dos.

—¿Ahí qué hay?

—¡Todo!

—Buscaba una librería —dije. En mis manos sostenía un libro, Historia mínima: La Revolución cubana .

—Fácil –dijo Arian—. Déjeme ver su libro. —Lo examinó por ambos lados—. Uy… debe ser mínima, porque el libro es chiquitico.

Félix tomó el libro y también lo examinó como si estuviera pesando a una gallina.

—Un libro como ése —dijo Félix con cierto desdén—, lo encuentra usted por 20 pesos cubanos. Usted también puede ir a la biblioteca de la ciudad Martí. Es inmensa.

Ofendido, guardé mi libro.

Félix me llevó al centro de Santa Clara.

El centro de Santa Clara es, básicamente, una plaza pequeñita. Aunque no le dicen “plaza” sino “parque” (si bien sólo tiene dos o tres árboles) —esto se me repitió más de una vez: “Parque Leoncio Vidal, no plaza, ¿entendido?”. En el centro del parque hay un kiosco bastante mono, color crema. En los alrededores, banquitas. En las banquitas, personas. De los edificios más destacados, está uno de color verde pistache, el Hotel Santa Clara Libre. Parece, como dijera el guanajuatense Jorge Ibargüengoitia en una visita a Santa Clara, “un rascacielos enano”. Pese a la advertencia (y recomendación) de cubanos y foráneos de la prostitución en Cuba, no reconocí a ninguna prostituta. Si esto habla bien o mal de mí, o bien o mal de las prostitutas cubanas, no lo sé.

Busqué la librería. Sólo cuando estuve a dos metros de ésta, pude reconocer que era una librería. Gran parte de los establecimientos cubanos comparte esta característica: uno no sabe qué encontrará hasta que está adentro. El lugar era bastante triste. Los empleados —dos muchachas— conversaban en unas sillitas. La temática de los libros era predecible: de autores cubanos —José Martí, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, entre otros pocos—, sobre autores cubanos —antología de José Martí, análisis de la obra de Alejo Carpentier y José Lezama Lima a 40 años de su muerte— y otra parte referente a la Revolución. La calidad del papel, pésima. Félix y Arian se equivocaban: el libro que llevaba no se podría encontrar por 20 pesos cubanos, ni por más. Lo que sí es que los libros son muy baratos. Compré dos por 15 pesos cubanos, lo cual es algo así como 12 pesos mexicanos.

Caminé unos pasos, entré a un edificio que parecía una biblioteca y pregunté:

—¿Ésta es la Biblioteca José Martí?

—¡No! Ésta es la Biblioteca Martí, la José Martí se encuentra en La Habana.

En el espíritu de los cubanos hay soltura y gozo, pero también una tendencia a regañar por las cosas más insignificantes.

La biblioteca me pareció sombría y desgastada; los libros, aun más viejos que los que se hallaban en la librería. Me dirigí hacia una sala en la que había varios estantes y otra vez fui regañado por una empleada.

—¡Eso no se puede! ¿A dónde usted va?

—A… revisar los libros.

—Ahí no se puede entrar, ¿no estaba enterado?

—No.

Salí de la sala, con un rostro visiblemente decepcionado, y la misma empleada me preguntó:

—¿Ya fue a la otra puerta, la principal?

—¿Ésta no es?

—No. Usted dobla a la derecha, camina unos metros, dobla nuevamente a su derecha, y ahí la encontrará.

Caminé unos metros y la encontré. El lugar no era muy distinto. Tenía tres salas y dos estaban también siendo remodeladas. Había una abierta: la sala para ciegos. En ella, una gran colección de libros en braille, derruida. Aparte de los libros, había un piano y tres peluches. Esta situación ilustra la impresión que Cuba me dejó: un país limitado, pausado bajo la promesa de una remodelación, pero, eso sí, bienintencionado como pocos. Félix no había exagerado cuando me dijo que era “inmensa”, pero no especificó que casi nada en ella podía ser consultado. Estuve sentado por un rato. No abrí ningún libro. Cambié un poco de dinero y pregunté por un lugar para comer.

—¿Algún lugar que me recomiende? —le pregunté a la cajera de la casa de cambio.

—¿Estatal o privado?

Respondí que “estatal”, porque pensé que me iba a salir baratísimo. No fue así.

En el restaurante me dieron el menú para extranjeros. Me salió en 3. 50 CUC (Peso Cubano Convertible). (Un CUC equivale a 20 pesos mexicanos o a 25 pesos cubanos.) La comida fue un desastre.

Al volver a la casa de la familia de Félix me desquité. Volví a comer riquísimo, aunque prácticamente lo mismo, excepto que en lugar de pollo comí pescado. Cabe decir que en Cuba comí o muy bien o muy mal, pero siempre arroz y frijoles. Arian era el cocinero del hostal. En ese momento me hacía compañía.

—Comí horrible —le dije.

—¿Estatal o privado?

—Estatal.

—Chico, ¿qué hacía ahí? Los establecimientos estatales están subsidiados por el gobierno, no tienen nada.

—Pensé que iba a pagar como cubano.

Arian se rió.

—¿Cuánto usted pagó?

—3.50 CUC.

—Con ese dinero, yo, mi esposa, Félix y algún invitado más comemos a reventar.

Casi me atraganto. En el hostal, cada comida me salía en 6 CUC. De ahí en adelante, la comida de la casa la disfrutaría menos.

En mi cuarto meditaba sobre la importancia de la televisión cuando no hay internet, como en Cuba. Bueno, sí lo hay, pero sólo en áreas públicas y con un precio de 1 CUC por hora. La televisión cubana es una cosa curiosa y propagandística. Por ejemplo, cada vez que se va la luz, cosa muy normal, al volver a encender la tele, aparece la misma frase sobre un fondo negro: “Ser culto es el único modo de ser libre”, de José Martí. Los canales son pocos, y los que hay están, por supuesto, a favor del Estado. Un canal se llama Tele Rebelde; otro es Telesur, una especie de Televisa pero de izquierda. La televisión cubana es ambigua, por un lado puedes encontrar documentales norteamericanos sobre el calentamiento global y películas inglesas interesantísimas, y por otro, programas como Buzón del amor y la amistad, en el que aparece una lista con el respectivo correo electrónico y teléfono de Fulanito, en el que el mismo Fulanito hace saber que busca mujer o amiga, de preferencia rubia y delgada, de buenos modales y, si no es mucho pedir, habanera.

Entrada la noche, bajé a la sala y volví a convivir con la familia de Félix. Ellos también veían la tele, un noticiero.

Arian se dirigió a mí y señaló la televisión:

—¿Ve? Puras cosas positivas sobre Cuba.

Pensé que el comentario era irónico.

—Claro, nada de objetividad —dije.

Arian volvió a escandalizarse con mi comentario.

—¡Sí! ¡Son reales!

Félix intervino:

—Son reales hasta cierto punto. Aquí el gobierno le dice al pueblo cubano que le va a dar dos millones de huevos. Pero lo que no le dice es que un millón de gallinas se acaba de morir… ¡A comer huevo, chico!

—¿Usted qué piensa de la constante propaganda en la televisión cubana a favor del gobierno, no se harta?—le pregunté a Félix.

—Prefiero la propaganda a los comerciales, como sucede en otros países, no sé si usted me entienda…

Félix tenía razón, no había reparado en los comerciales como una forma de propaganda.

—¿Cuba sería un paraíso sin el bloqueo de Estados Unidos?—pregunté.

Félix guardó silencio.

—Ahora sí que me lo bloqueaste —dijo Arian.

—El bloqueo dejó a Cuba como si estuviéramos en una urna de cristal —dijo Félix—. Unió al pueblo cubano con Fidel. Nos fortaleció. Si alguien quiere tumbar la Revolución, que quite el bloqueo. Sin embargo, al que no le convino nunca fue al ciudadano de a pie.

(Todo esto lo apuntaba en una libreta verde. No sorprendió a mis anfitriones que cada vez que hablara con ellos apuntara sus comentarios, porque antes del viaje les había informado que planeaba escribir una crónica del viaje.)

La familia de Félix se quedó viendo un programa policiaco cubano. Muy malo, por cierto. El criminal siempre terminaba atrapado por la inteligencia superior de la policía.

—Que descansen —me despedí.

—Usted descanse. Un revolucionario descansa hasta la tumba —dijo en tono jocoso Arian.

Al subir las escaleras, alcancé a escuchar que Arian decía, riendo: “Eso lo va a anotar en su libretica”.

Al día siguiente vendría el famoso tour del Che.

Después de desayunar esperé a que Arian llegara, acababa de hacer el examen de licencia para conducir una bicicleta eléctrica. No lo había aprobado… Esto me debió haber alertado.

—¿Está listo para conocer cómo el Che liberó al pueblo cubano de Batista, aquel imperialista? —me preguntó Arian.

—Sí.

—Espere un momentico.

Arian preparó un vehículo que me comentó que hace poco menos de un mes lo habían traído de Panamá. Una bicicleta motorizada conectada a un carrito metálico y techado, con dos asientos a espaldas del conductor.

Arrancamos.

—¿Usted puede creer que yo tengo licencia para conducir auto, moto, camión, y no me aprobaron para una bicicleta? —Gritaba Arian, para que lo pudiera escuchar—. Yo no. Pero no se preocupe, usted está seguro. Yo tengo cuatro hijos y ningún interés en morir.

“¡Cuatro hijos!”, pensé.

A Arian le pitaban por todos lados.

—¿Por qué le pitan tanto? —pregunté.

—Yo también me preguntaba eso cuando empecé a manejar :“Si él cabe, ¿por qué coño me pita?”.

—¿Y?

—Cuando un auto me va a rebasar pita para que no me eche a un lado.

La primera parada en el tour del Che fue una loma que tiene por nombre “La Loma del Capiro”. Dejamos la bicicleta motorizada y subimos unos cuantos escalones hasta lo más alto. Al llegar, vi lo que me pareció un monumento muy extraño. Una especie de órgano metálico, con un cinturón, también metálico, alrededor. Muy soviético. Es decir, incomprensible.

—Desde aquí el Che —me explicó Arian—, el 28 de diciembre de 1959, ordenó a sus hombres, la 8ª Columna Ciro Redondo, que lucharan en contra de lo que restaba del ejército de Batista. “Tú coge esa parte; tú, ésa otra”, les dijo. Y fíjese que el hombre ni siquiera había desayunado.

—¿ A poco?

—Así es. El Che desde arriba miraba, contemplativo, la ciudad. Yo miro la bicicleta, para que nadie se la robe.

El segundo lugar que visitamos es un sitio que rinde homenaje a lo que se considera unánimemente como una de las ideas más brillantes del Che: el desvío de un tren blindado por una bulldozer.

—Con el inminente arribo de un tren blindado —contaba Arian—, cargado de armamento y víveres para las fuerzas de Batista, al Che se le ocurrió decirle a un hombre que manejaba un bulldozer marca Caterpillar: “Tú”, dijo el Che. “¿Yo?”, preguntó el hombre del bulldozer. “Sí, tú, con esa máquina desvía las vías del tren”. “Pero si yo no tengo nada que ver”, dijo el hombre. Lo encañonaron, las desvió y al final fue condecorado como un soldado de gran valía a favor de la Revolución.

   Caminamos por algunos vagones para ver el arsenal en ellos. Arian me comentó que si los yankees quisieran invadir Cuba, esas armas aún servirían para pelear en contra. Yo no dije nada. El último vagón había sido reconvertido en una galería de arte. “¿Y esto?”, le pregunté a Arian. “Hay que diversificar”, me respondió.

   Antes de ir al Mausoleo del Che, el sitio más ilustre de Santa Clara, nos dirigimos a lo que en Cuba conocen como cafeterías. Más que las cafeterías a las que estamos acostumbrados en México, en Cuba suelen ser la puerta de una casa que da a la calle, con una pequeña cocina al interior. Si uno quiere comer barato, sin sentir que le están viendo la cara, esos son los lugares a los que hay que ir. Por lo general —yo nunca vi un caso distinto—, una mujer atiende el lugar. Arian me pidió un batido de chocolate (algo así como una malteada, dulcísima) y spaghetti. Ya casi por irnos, no tengo idea de por qué, Arian le dijo a la que atendía “cada vez que yo veo a una chica linda y blanca como tú, con un negro…”, en ese momento salió del fondo de la cafetería un negro que, efectivamente, era pareja de la chica, enojadísimo (y con razón). “¿Qué tú te crees?”, el hombre le cuestionó a Arian. “Compañero –dijo Arian—, no se sienta aludido, sólo fue un decir”. “Seguro que tu mujer te está pegando los tarros con un negro”, contestó el aludido. Terminamos yéndonos rápido del lugar. En el camino, le pregunté a Arian si se había asustado. Me respondió: “la inteligencia supera la violencia…y yo… yo soy la inteligencia…”, dudó un poco y terminó por decir: “Y además mi mujer es muy fiel, así que no es cierto”.

El Mausoleo del Che, en un lugar como Santa Clara donde no hay prácticamente nada, resulta portentoso; el museo no tanto. En un lugar subterráneo guardan los restos del Che y de los acompañantes en su trágica travesía por Bolivia. Al final, uno puede apreciar una llama encendida, a la que le llaman la “llama eterna”. Parados frente a ella, la cuidadora nos comentó que desde 1997, cuando los restos del Che fueron traídos a Santa Clara, esa llama se ha sostenido, impertérrita. Arian le preguntó a la que cuidaba: “¿Y ahí se puede hacer café?”. A la cuidadora no le cayó en gracia. Subimos un poco para apreciar el bajorrelieve, en el que la vida del Che está retratada. “Impresionante”, comenté. “Esto es Cuba”, dijo Arian. A unos metros de nosotros se encontraba un grupo de españolas. “¿Cómo ve el producto extranjero?”, preguntó Arian. “Nada mal”, dije yo. “Ahora usted va a ver”, dijo Arian. Arian se puso detrás de ellas y exclamó en voz alta, para ser escuchado, “en mi viaje a España, el transporte era muy malo y los apagones, cosa de todos los días”. “¡No es verdad!”, respondió una española. “¿Ve? Así se conquista a una mujer”, dijo Arian. Terminamos nuestra visita.

Rumbo a la casa, apenas a unas cuadras después de haber salido del Mausoleo del Che, nos volvimos a encontrar al grupo de españolas, iban en una carreta y nosotros en la bicicleta motorizada. “¡Las españolas!”, dijo Arian. “¡Las españolas!”, dije yo. Arian se acercó a unos metros y las españolas le dijeron, con un tono de enfado, “¡Si a ti ya te hemos visto dos veces, hombre!”. Arian acercó la bicicleta a un lado de su carreta. “Sí, sí, pero viene conmigo un amigo mexicano y…”.

Se escucharon gritos de los que pasaban por ahí. Se escucharon risas de las españolas. Sonó un golpazo, “¡pum!”, acabábamos de chocar.

—¿Está usted bien? —gritó Arian.

—Sí, ¿usted? —Yo tenía un ligero raspón.

—No. —Y me mostró su brazo izquierdo. Arian tenía una herida profunda que chorreaba sangre—. Me va a tener que llevar al hospital.

Nerviosísimo, me puse rápidamente el casco y arranqué la bicicleta.

—Vaya por la derecha.

—Sí.

—Doble a la izquierda.

—Sí.

—Vamos a cambiar la versión de esto que pasó, ¿qué se le ocurre? —me preguntó.

—Intentábamos esquivar a un perrito…—dije.

—Lo intentábamos salvar… Bien… y había un camión… mal estacionado.

—De acuerdo.

—Apúrese.

No podía creer lo que estaba pasando. Era divertidísimo.

—Cuidado con la carreta.

—Sí.

—Va en contrasentido.

—Perdón.

Llegamos a un hospital. Pero salimos inmediatamente, porque, le dijeron a Arian, “no había recursos”. Sólo le habían vendado el brazo.

Nos dirigimos a otro.

—Doble aquí… Acá… en la siguiente no, en la otra tampoco… Bien, hemos llegado.

Entramos al hospital, nos hicieron sentar y nadie nos atendió. Arian tuvo que ir personalmente a llamar a un médico. La herida era algo horrible. El tendón estaba expuesto. En el hospital lo volvieron a vendar. Mientras lo vendaban, me dijo “Esto no va en su cuentito, ¡eh!”. “Para nada”, dije yo. Le echaron un poco de alcohol, Arian gritó de dolor y le dijeron que ahí tampoco podían brindarle el servicio que requería, que era coserlo. Lo mandaron al “nuevo hospital” en ambulancia.

Esperé a que llegara Félix por mí.

—Afortunadamente —le dije a Félix—, escuché que lo llevarían al “nuevo hospital”.

Félix no dijo nada.

—Ha de ser el mejor, ¿no?—pregunté.

—Al menos, el que tiene más servicios —dijo Félix.

—¿Y por qué le dicen nuevo? .

—¡Porque alguna vez fue nuevo!

Llegamos al lugar. El hospital, efectivamente, en algún momento había sido nuevo, pero eso fue largo tiempo atrás. Preguntamos por Arian. Lo encontramos en un cuarto, descuidado, vacío, cuyas puertas no cerraban, a menos que las patearas. Félix las pateó. “¿Usted es el familiar?”, le preguntó el médico a Félix. Félix asintió con la cabeza. “Entonces consiga agua”. “No tengo”. “Consiga”. “¿Dónde?”. “Compre”. Por fortuna para Arian, me había quedado un poco de agua en la mochila.

Félix me tomó del brazo y salimos del cuarto.

—Sucede algo aquí interesante…— me dijo Félix.

—…

—En este tipo de situaciones, suele llegar un policía a averiguar, ¿me entiende?

—No.

—Averigua si no hubo algún tipo de delito, si quizá Arian se metió en una pelea o algo similar.

—Comprendo.

—Para que no haya problema, vamos a decir que Arian iba en una bicicleta y se tropezó. Y usted, amigo, usted no estuvo ahí, ¿entiende? Usted no estuvo ahí.

El policía nunca apareció.

De regreso al hostal, en el Ladita, Félix se volvió a mí y me dijo: “El tour le saldrá más caro, chico. Le incluimos un recorrido por el sistema de salud cubano”.

Nos carcajeamos.

Lo de Arian acabó bien. En la noche ya estaba en casa. Al día siguiente partí rumbo a La Habana. Dejaba Santa Clara con la impresión de haber visto muy poco de Cuba y, a la vez, mucho. La familia de Félix, con su calidez,  aunque fuera por pocos días, me había hecho sentirme parte de una familia cubana. Sin embargo, una pregunta me dejó inquieto: “¿qué habría sido de Santa Clara sin el Che?”.

—Asael Arroyo Re

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por mi calle hablará el espíritu

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Por mi calle hablará el espíritu

Cuando me enteré de que había una propuesta para abrir un museo en honor a la Baja 1000, lo primero que pensé fue que era una idea genial en términos económicos… y estúpida en términos culturales. No tuve la menor duda de que sería un gran éxito y que tendría muchísimos más visitantes que todos los demás museos de Ensenada juntos. Cuando leí que querían nombrar una calle en homenaje a Sal Fish, bueno… no pensé gran cosa pues no tenía idea de quién era el tal Fish.

  En estos días, he leído algunos artículos de opinión en los que se condena la Baja 1000 como una de las peores cosas que le haya sucedido a Baja California. Y quizá tengan razón, no lo sé. Pero, quisiera preguntar: si el pueblo ensenadense tuviera que votar a favor o en contra de esta carrera, ¿estaríamos seguros de que la mayoría se opondría a que la “Baja” se lleve a cabo? Y es que para muchos paisanos esta carrera es el evento más esperado del año. En mi caso no es así. Y no porque en esos días prefiera leer la Odisea, o cualquier otra cosa cultísima y profundísima; para nada. Simplemente, las carreras de autos no me gustan. Me da una flojera enorme ir a algún puente para ver cómo los “monstruos del desierto” pasan volando por encima de mí. No encuentro admirable —aunque el esfuerzo físico ha de ser tremendo— que alguien corra día y noche por el desierto (y no es algo en contra de los norteamericanos, opino lo mismo de la Fórmula 1). Prefiero echarme en el sillón, prender la tele y ver jugar al Barcelona…, actividad tan válida, aunque más cómoda, que terminar bañado en lodo por algún trophy.

   En la condena a la Baja 1000 se percibe un espíritu mexicano puritano antiestadounidense, como razón para que no se lleven a cabo estas propuestas. Esto es algo absurdo. Baja California, una región aislada en un país centralizado, se ha visto —en parte— beneficiada por estar a un lado de Estados Unidos. Para las familias que migraron a Baja California durante la primera mitad del siglo XX, Estados Unidos era su único mercado. Además, ser una cultura fronteriza no es un motivo de vergüenza sino de celebración, estas regiones son más ricas culturalmente que aquellas con un intercambio migratorio menor.

  Lamento decirlo, pero aquellos que se rasgan las vestiduras por creer que nombrar una calle influirá en la identidad ensenadense rayan en la ingenuidad. O, piénsenlo, ¿ha habido alguien convertido en médico por vivir en la avenida Doctor Pedro Loyola? Los que viven en la colonia Gómez Morín, ¿votan por el PAN? Y los de la colonia Escritores, ¿escriben? Yo, por ejemplo, he vivido veinte años en la calle Mar del Caribe y no me gusta el mar ni he ido al Caribe. Me atrevo a decir que tampoco ayudaría en nada —tápense los oídos— a la identidad ensenadense si el Boulevard Costero tuviera el nombre de Antonio Meléndrez. Los niños ensenadenses no soñarían con expulsar del país a William Walker, ni tendrían pesadillas con José María Blancarte.

  Y es que la construcción de una identidad es un tema mucho más complejo que la nomenclatura de las calles o la erección de monumentos (¿o a poco los ensenadenses aspiramos a ser como Carranza porque hay una cabezota suya en pleno Boulevard?). A decir verdad, nombrar las calles así o asá refleja la forma en que el gobierno interpreta la historia, y no la identidad del pueblo. Creer lo contrario es una posición tan obsoleta como lo fue la ingenuidad de Porfirio Díaz, quien por hacer algunas de las avenidas de la Ciudad de México similares a las de París creyó que ya íbamos a ser franceses, ¡por favor! En realidad, la identidad es algo íntimo. Tiene que ver con aquellas cosas con las que uno se identifica (no por nada estas dos palabras comparten la misma raíz etimológica: «La palabra identidad viene del latín identitas y ésta de ídem, “lo mismo”»1), con aquellas cosas que uno ama. Que una calle sea nombrada, o no, de tal forma, poco afectará al ensenadense. En cambio, aquello que ama lo determinará. Por lo que las preguntas a responder son ¿qué ama el ensenadense y qué no, y por qué?

  Yo no soy quién para responder estas preguntas, sin embargo, sí sé que el debate en torno al nombramiento de una calle es superficial, pues no está en discusión el síndrome (que en Ensenada la cultura es poco atendida)  sino el síntoma (que se pasará una mañana discutiendo si sí o si no una calle llevará el nombre de un norteamericano). Y quizá este síndrome se halle detrás de preguntas como las de ¿qué ha sucedido en Ensenada para que la comunidad rusa de los Molokan, fundadores del Valle de Guadalupe, hoy apenas sea recordada por un restaurante que vende comida rusa? ¿Cómo es que una historia heroica como la de Meléndrez no es una leyenda que todo ensenadense conozca y ame? ¿Por qué si el mejor tenista de la historia de México, Raúl Ramírez, es ensenadense, pocos lo saben? ¿Por qué en Ensenada no se piensa en ir a un museo en un fin de semana? ¿Será porque los dos museos que nos iban a sacar de la ignorancia, el Museo Caracol y el Museo de la Vid y el Vino, hacen más fiestas que exposiciones? ¿Por qué no se les piden autógrafos a los Rogelio Martínez, Esther Aldaco, Jorge Martínez, Carlos Lazcano, Heberto Peterson cuando van en la calle, y sí a un norteamericano, que ni en su casa lo conocen, pero que conduce un “monstruo del desierto”? Así las cosas, y de manera triste, no sorprende que se quiera nombrar una calle en homenaje a Sal Fish, sino que no se haya hecho antes.

—Asael Arroyo Re

1. Ecured: http://www.ecured.cu/Identidad

Fotografía: Sofía González
Jorge Martínez: primer historiador profesional de Baja California.
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Rogelio Martínez: escultor, marinero y poeta.
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Esther Aldaco: pintora sonorense que estudió al lado de grandes maestros de la Escuela Mexicana de Pintura, que radica en Ensenada desde su juventud.
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Heberto Peterson: cronista oficial de la ciudad de Ensenada.
Carlos Lazcano: geólogo y explorador. Fue de los primeros en descender a la extraordinaria Mina de Naica, y recorrió la península a pie.
Raúl Ramírez
Raúl Ramírez: estuvo en cuarto lugar en singles a nivel mundial y en primer lugar del ranking en parejas. Ganó el Roland Garros y Wimbledon, entre otros.
Popoff's, Filatoff's, Schlechter's, & Kotkoff's en Ensenada, México, 1936:
Comunidad Molokan: Popoff’s, Filatoff’s, Schlechter’s, & Kotkoff’s en Ensenada, México, 1936:

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Boutique Esotérica Aries: o de cómo cruzar la calle para averiguar tu destino

in Crónica by
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Del mundo esotérico siempre he desconfiado; de la gente que cree en él, más. Hay un halo de sabiduría en torno a estas tradiciones milenarias que no soporto. Escucho un «¡Peligro!» dentro de mí cuando alguien me dice que vive en el «Aquí y Ahora». Otra alarma se dispara en mi interior con aquellos que luchan a contracorriente por no tener ningún tipo de apego con la «realidad material», pero no son capaces de dejar de hablar de ella. Mis miedos no son infundados, lo juro. Mi infancia transcurrió al lado de este tipo de personas, empezando por mi propia familia.

  Era cosa de todos los fines de semana estar en un salón de duela con olor a incienso, atiborrado de personas vestidas completamente de blanco —pues, se supone, así se transmiten más rápido las vibras positivas a cada rincón del cosmos. Mi madre era la voz cantante de estas reuniones, la médium, y también la maestra de tai chi. Al acabar la meditación, los asistentes se decían cosas entre sí como “Yo, casi al final, y en una playa en la que nunca había estado, vi un aura de tonalidad púrpura intensísima”, y luego escuchar a otro responderle, “Claro, Luis Daniel, es que tu espíritu es muy viejo. A ver, préstame tu mano… Sí: has vivido muchas vidas. Mira, este lunarcito que tienes por acá me dice que fuiste enterrado junto a Cleopatra…, eras la sirvienta”.

  Tan estoy marcado por esta corriente New Age, que mi nombre, Asael, tiene su origen en un maestro energético muy sabio —sobra decir—, de una dimensión muy lejana —también sobra decir—, llamado maestro Asael…, una especie de gurú intangible que le dio permiso a mi madre de usar su nombre para bautizarme de la misma manera.

   Sin embargo, todo mi recelo hacia ese mundillo metafísico y mis recuerdos penosos de la infancia se fueron al traste cuando vi que enfrente de mi departamento, al que recién me había mudado, sobre Vértiz, estaba la Boutique Esotérica Aries.

   ¿Qué es la Boutique Esotérica Aries? Un lugar medianamente feo que con 250 pesos, y en treinta minutos, te revela tu destino. ¿Qué me llevó a pagar una sesión de lectura del Tarot, si no tenía ni un peso? Una incertidumbre muy concreta: el desempleo, un currículum gris y un futuro poco prometedor, y la esperanza de que unas cartas providenciales me sacaran del hoyo en el que estaba. ¿Cómo es que tenía dinero? Era lunes, iniciaba la semana, y mi mamá me acababa de depositar con la idea de que utilizara el dinero para ir a hacer el súper. ¿Qué es lo que esperaba? No tengo idea.

*

  Crucé la calle para preguntar por los precios de la consulta. Entré, y en la boutique sonaba una cumbia. El conjunto de imágenes de arcanos mayores con un fondo musical guapachoso, hacían del ambiente uno muy particular. Ese día me recibió un señor de bigote, chaparro y bonachón, vestido completamente de blanco, que en cualquier otro lugar hubiera pasado como enfermero.

—Disculpe, ¿en cuánto la lectura de cartas? —le pregunté.

—Pues mire —me respondió el señor de bigote—, conmigo 250, pero si quiere con la mera mera, 350. Ella llega a la una de la tarde.

—¿A poco hay mucha diferencia?

—Pues ella fue la que me enseñó a mí. Así que usted dirá. —Y me sostuvo la mirada unos segundos como para darle énfasis a lo dicho.

—Bueno, regreso luego. —Tenía cincuenta pesos en el bolsillo.

**

Después de unos días, en la mañana, con 250 pesos en la cartera, y a sabiendas de que me sería imposible ver a la “mera, mera”, salí de mi casa y crucé la calle. Afuera de la Boutique se encontraba un señor, barriendo, en pants azules y chamarra deportiva también azul; en ese momento pensé que era el conserje. Para mi sorpresa, era el mismo señor de bigote que me había recibido la semana pasada.

—Vine hace una semana y me dijeron que costaba 250 pesos la sesión, la barata—le dije—Pero… ¿no habrá una versión de menos tiempo? Es que mire, soy estudiante, en verdad, si quiere le muestro mi credencial y… ¿no habrá algún descuento?

—No —sonrió, mientras sostenía una escoba—, es que nuestra comisión es de cincuenta pesos. El resto es para los dueños.

—O sea, ¿de los 250 sólo son 50 para usted?

—Así es.

   “El misticismo también tiene a sus oprimidos”, pensé.

—Újule…

—Si fuera por nosotros, sin bronca, pero ya sabe cómo es la cosa.

—Bueno, pues, está bien. ¿Empezamos?

—¿Ahorita? No, mejor al ratito. Es que ve que estamos limpiando todo, estamos levantando…

—¿Como en cuánto tiempo?

—Como en una hora, yo creo.

   Volví a cruzar la calle.

   Esperé.

   Volví a cruzar la calle.

Cuando entré al lugar, ya no estaba el señor de bigote, sino uno más joven, de barba. En los primeros diez minutos nadie me hizo caso. El joven entró a un cuarto con una señora. En esos minutos, merodeando por la boutique, me percaté de que el anuncio que estaba en la calle, decía: “Lectura de Tarot y masajes… y algo más”. Me quedé unos minutos pensando en ese enigmático “algo más”. No llegué a nada. Adentro, en una cartulina naranja fosforescente, con letras negras, otro anuncio difícil de descifrar: “Masaje de pies para cualquier necesidad”.

   En el pasillo estaban unos recortes de periódico enmarcados, de cuando la Sub 17, con Carlitos Vela y Gio Dos Santos, ganó el mundial. Me extrañó. ¿Qué hacían ahí? Me vino a la mente el bigotón de pants. Me senté en un sofá negro a esperar. Oí que el joven, por teléfono, le decía a alguien: “Ya llegó la lectura del chavo, pero no está el Maestro”. Con “el chavo”, supuse que se refería a mí. Con “el Maestro”, supuse que se refería al bigotón. En ese momento volteé a mi derecha, estaba la foto del que ahora sé que es el Maestro, de hace, fácil, unos veinticinco años, junto a una señora bajita y de pelo rubio oxigenado. No me quedó duda: era la “mera, mera”.

   Con la imagen de la foto en mente, recordé las palabras del hombre bonachón que resultó ser el Maestro cuando le pregunté si me podía hacer un descuento: “No, es que nuestra comisión es de cincuenta pesos. El resto es para los dueños”. Empecé a sospechar que esta frase era de dientes para afuera, que el Maestro no era ningún empleado y que me había visto la cara. Un poco después, el joven me dijo que el Maestro llegaba en media hora, que me esperara, que me iba a dar cuenta cuando un Audi blanco se estacionara enfrente de la calle. Ahí lo corroboré: la persona de bigote que me recibió por primera vez en la Boutique, que parecía enfermero, pero que no lo era, y que después, al volver a ir, pensé que era el conserje, pero que no lo era, y que luego me enteré de que era el Maestro, era en realidad el dueño.

—Si quieres, yo te puedo hacer la lectura —me dijo el joven, cuando me vio ya un tanto desesperado, porque del Maestro, ni sus luces.

—Híjole… preferiría que fuera el Maestro, es que como que ya hay confianza, me entiendes, ¿no?

—Claro… no te preocupes.

—Ahorita vuelvo —le dije al joven—, al cabo vivo enfrentito.

Volví a cruzar la calle.

Veinte minutos después me asomé por la ventana. Ahí estaba el Audi blanco —del año—del Maestro. Entré y me volví a sentar en el sillón de piel negra. El Maestro estaba platicando con la “mera, mera” en un cuarto que me quedaba de frente. El Maestro salió, y no sé si porque le caí bien o me vio chavo o se creyó chavo o pensó que era algo oportuno de hacer, al saludarme, en lugar de estrecharme la mano, chocamos las palmas y nos dimos un golpe con nuestros respectivos nudillos, como si fuéramos amigazos. Después me dijo, “pásale”. Le pasé, pero él se quedó afuera. Ahí fue cuando me di cuenta de que me iba a leer las cartas nada más y nada menos que la señora que había visto en la foto con pelo rubio oxigenado y gordita y bajita, que seguía con el pelo rubio oxigenado, aunque más largo, y aun más gordita: la “mera, mera”. Les dije, consternado,“oigan, pero sólo traigo los 250”. “Sí, no te apures, hay descuento”, me contestaron, gentilísimos.

La sesión de lectura del Tarot comenzó.

 —¿Qué signo eres? —la “mera, mera” me preguntó.

—Piscis —respondí, y me hizo una mirada que se podría traducir en “por supuesto, ya lo sabía”.

—Oye, y ¿por qué no quisiste con el hermano Eric?

—¿Con quién?

—El hermano, el que te atendió hace rato. Fíjate que lee las cartas muy bonito. Es hasta chamán.

—Pues… ah, mire, no tenía idea.

—Baraja las cartas en siete, y después, con tu mano izquierda, las divides en tres.

   Le hice caso y ella desplegó las cartas.

—Pues mira, tienes un carácter de la chingada, se ve aquí clarito. Eres muy mujeriego, no lo digo yo eh, lo dicen las cartas. Y estás muy solo.

—Sí…

—Aparte, eres muy sensible. Lloras por todo. Por felicidad, por tristeza…

—Sí…

—¿Tienes una relación?

—Sí…

—Aquí dice que estás muy enamorado.

—Sí…

—¿Te llevabas mal con alguno de tus papás?

—No, realmente, aunque mi padre murió cuando yo era niño.

—Sí, eso pensé.

   Sobre la mesa apareció una carta con una ilustración de una parca. Me asusté.

—Esto está muy bien porque significa que un muerto está detrás de ti y te está protegiendo, es tu padre, y te da mucha luz —dijo, mientras señalaba la carta.

   “Uff, de la que me salvé”, pensé.

—Muy bien. Oiga, y también quería preguntarle acerca de mi futuro laboral. Fíjese que quiero ser escritor.

Me pidió que volviera a barajar las cartas y que hiciera un rezo, que ya no recuerdo cómo iba.

—Aquí dice que le eches muchas ganas, que hay dinero. —En este momento me sentí timado, porque aun si me fuera a ir bien como escritor, sé que difícilmente “hay dinero”; lo dejé pasar.

    Un teléfono gris a su derecha empezó a sonar. Supuse que, por respeto a la sesión de Tarot y por respeto a mí, no lo contestaría. Me equivoqué. El Maestro abrió la puerta y le dijo que era un tal Carlos. “Hola”, respondió al auricular, mientras con las manos me hacía una señal de que la esperara tantito. “Pues fíjate que aquí, haciendo una lecturita”, y después, “ando algo cansadilla, pero nos vemos al rato”. Colgó.

—¿En qué estábamos?

—En lo de ser escritor…

—Ah sí… ¿ hay segunda opción?

—No…

—Bueno, chiquito, veo que también hay muchas envidias. Tú eres escéptico, pero las hay. Te recomiendo que te hagas una limpia fuerte. Una limpia de fuego quinientos.

—¿Una qué?

—Una limpia de fuego quinientos —repitió con voz pausada.

—Ah… sí, suena… suena fuerte.

—Fuertísima.

   Se despidió de mí: “Bueno, chiquito, eso es todo”. “Muchísimas gracias, seño…”, le respondí, pero no me dejó terminar. “Aquí me pagas” , me dijo velocísima justo al momento de levantarme.

—Sí… por supuesto. —Con una mano temblorosa desembolsé el dinero que me quedaba para el resto de la semana, y le dije adiós.

    Al salir de la Boutique Esotérica Aries, volteé hacia los lados y hacia atrás, no vi ningún muerto. Pensé también que los únicos escritores que conozco que pueden afirmar, sin temor a sonar exagerados, que tienen dinero, son los de auto superación. Me asusté. Concluí que quizá la “mera, mera” tenía razón con empezar a tener en mente una segunda opción de profesión. Pero este pensamiento hizo que mis ojos se pusieran llorosos y que me molestara. De golpe recordé las palabras de la “mera, mera”: “tienes un carácter de la chingada” y “lloras por todo”.

—Asael Arroyo Re

 

 

 

 

 

 

¡Ay, el mar!

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Yo te conozco de antes
desde antes del ayer
yo te conozco de antes
cuando me fui
no me alejé
llevo la voz cantante
llevo la luz del tren

Del mar de Ensenada, como de cualquier otro mar, se pueden decir dos cosas ciertas: es inmenso y es azul. Qué tan inmenso y qué tan azul, esto es más difícil de precisar. Para decir algo más de esto que es evidente, uno tiene que ponerse introspectivo. Ahí es donde las cosas se amuelan. Por ejemplo, hay unos —muchos e infames— que caen en cursilerías como que el azul del mar les recuerda a los ojos de su amada; de este tipo de personas es mejor alejarse. También están los que se ven hipnotizados por el vaivén de las olas; estos son insoportables. Del mar de Ensenada también se puede decir otra cosa cierta: es frío. No importa si es verano o invierno, es frío.

  En mi caso, cuando digo que soy de Ensenada y cuando al que se lo digo conoce más o menos dónde se ubica este puerto, suelo recibir como respuesta, “¡Uy, vivir junto al mar, qué lujo!” Al escuchar esto asiento de manera displicente con la cabeza y me encojo de hombros, pues mi relación con el mar es casi nula. Jamás he ido a meditar mis problemas existenciales frente al sonido brumoso del océano, no tengo un pescador como tío ni como primo ni como nada, y no me gustan los mariscos. Sin embargo, después de vivir cinco años en el D. F., y parte de ellos habitando un departamento minúsculo, recibí una tremenda cachetada de una mano que tenía por dedos la sobrepoblación y el caos. El golpe me hizo reconsiderar y pensar, bueno, ver el mar mañana, tarde y noche no está tan mal.

   Me regresé al norte.

   Ahora, de vuelta en Ensenada, de verdad que lo aprecio. Sobre todo cuando voy en el auto y lo veo de lejos, sin el frío ni el viento, mi alma henchida de deleite se regodea con el paisaje. Si voy acompañado, suelo decir que soy un hombre de mar, un pescador en un sentido hondo. El que me acompaña suele arquear las cejas y poner una cara de extrañamiento. Cuando aterrizo en el aeropuerto de Tijuana y debo tomar el camión a Ensenada, que recorre la carretera escénica, paralela al mar, abro la cortina, aunque deslumbre al que vaya sentado junto a mí, dejo de pensar y miro hacia fuera. En estos recorridos he pensado cosas que me avergüenzan por los niveles alcanzados de melosidad: “Ahora entiendo la importancia del lenguaje poético, pues sólo con éste sería capaz de transmitir mi sentir”; “Mi madre es agua, azul y ancha, ondeada por el viento”; “No hay vejez ni juventud, por lo tanto tampoco muerte frente al mar”.

  Pese a lo meditado, todavía fallo en comprender a aquellos que se meten a nadar al mar, pues mi amor es similar al de quien desde lejos grita, apasionado, “¡Te amo!”, pero que no por esto desea abrazos ni obligaciones.

   Dicho esto, y en función de formalizar las cosas con el mar, me propuse acercármele.

   La ocasión era inmejorable: una playa a unas horas al sur de la ciudad, cerca del poblado de San Quintín. A unos metros del arenal se encontraba varado un barco herrumbroso e inservible, que ahora ejerce de multifamiliar para aves de mar, del que se podría decir algo profundísimo en contra del irrefrenable paso de la modernidad. Tristemente yo no seré el que lo haga, porque en ese momento lo único que pasaba por mi cabeza era besar a la americana. Sí, me acompañaba una americana bellísima que me solía transformar en un ser torpe de sentimientos azucarados, por lo que del mar, poco me enteré.

   Unos pasos más adelante, al borde de una pequeña hondonada, estaba instalada una banca que a su vez era un tipo de mausoleo de playa y que servía para contemplar la majestuosidad marina. Ni la americana ni yo la contemplamos, porque apenas sentados, un americano, entrado en carnes y en años y en pelo, nos ofreció un churro; su gentileza fue bien recibida. El americano habitaba una casa móvil, pintada de un rosa mexicano horrible, a unos metros de donde estábamos sentados. Le preguntamos que por qué la había pintado así. Nos contestó que para molestar al dueño. La respuesta fue confusa pues él era el dueño. Aparte de ese detalle de la conversación recuerdo poco, me corrijo, nada. Para acabar con el cuento de la americana, diré que la besé, sí, señor, que ya no me habla y que cada vez que veo el mar recuerdo el azul de sus ojos mientras caigo hipnotizado por el vaivén de las olas.

   Empeñado en acercarme al mar me propuse ir solo. Accedí a mi propuesta. Fui. Me aburrí. No conocí a nadie. No hablé con nadie. Pensé en las cosas que siempre pienso. Me dio frío. Me compré un agua de coco, que no me gustó. Solté una lagrima por la americana. Molesto, me subí al carro, y a tres cuadras, desde donde aún se veía el azul tembloroso del océano, grité “¡Te amo!”, esperando algún abrazo y ninguna obligación.

—Asael Arroyo Re

Los placeres y los días

in Reseña by
Alma-Guillermoprieto

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Alma Guillermoprieto

Los placeres y los días

Ciudad de México, Almadía, 2015, 139 pp.

 

Si es cierto, por más que sea difícil de creerlo, que nuestro nombre da cierta luz de nuestro destino, el apellido de la cronista Alma Guillermoprieto es uno de los mejores ejemplos de esto. Su apellido une  el nombre y el apellido de Guillermo Prieto, el cronista mexicano más importante del siglo XIX, autor de Memorias de mis tiempos (1886). Otra coincidencia: ni uno de estos dos cronistas se limitó a hacer de los conflictos bélicos y políticos su único tema; los asuntos más cotidianos y festivos les parecieron igualmente importantes de contar. Los placeres y los días (2015) es una muestra de ello. Este libro es una recopilación de crónicas de la mexicana que, habiendo partido en la adolescencia de la Ciudad de México para Nueva York, con la idea de convertirse en bailarina profesional, terminó por hacer de Estados Unidos su casa, dejar el baile por el periodismo y optar por el inglés como la lengua con la que escribiría para afamadas revistas como The New Yorker y The New York Review of Books.

  Esta mudanza geográfica, disciplinaria e idiomática de Guillermoprieto, sería sólo “a medias”. A medias porque de Latinoamérica, internamente, jamás se iría: es el lugar, dice la mexicana, “de donde nunca jamás acabamos de ser nosotros mismos, donde nunca jamás logramos nuestras metas, donde nunca jamás las cosas que deberían ser son.”[1] Y también, de donde nunca jamás dejaría de escribir. Del baile tampoco se olvidaría: en “Tango”, cuarta crónica del libro, se sumerge en las dinámicas del día a día en torno al baile argentinísimo (con permiso de los uruguayos), repasa la vida del ícono porteño Carlos Gardel, y describe así a Carlos Copello, maestro tanguero: “La brillantina hace que su cabello parezca de charol. Su traje de saco cruzado es una escultura en movimiento. Su andar alegre y garboso es en sí mismo una danza.”[2]

   “Es muy sano ser frívolos en el mejor de los sentidos: ocuparnos de las cosas alegres”, responde Guillermoprieto al ser preguntada por el porqué de este libro. Pues bien, esta alegría se deja ver en cada una de las crónicas de El placer y los días. Desde el enamoramiento de la “white and Mexican-born[3] (sí, así es descrita en la revista Kirkus Reviews) con la harina en todas sus facetas, “lo que quiero es la masa del maíz, el puré de las papas, la harina del trigo vuelta hojaldre, croissant, fideo, tarta de cebolla, pastel de quince pisos decorado con flores y chambelanes, lasaña de mil sabores”, bueno, se entiende, ¿no?, pasando por la visita que le hace a Diana Kennedy, la británica que conoce de pe a pa la cocina mexicana regional, la “de verdad” pues, el relato de cómo el grupo cubano Buena Vista Social Club hizo resurgir  una música cubana, que parecía olvidada, hasta el perfil de “¡La Única! ¡La indiscutible! ¡Laaa reeeina de la música tropical!”, [4] Celia Cruz.

  Cabe señalar que de estos textos, sólo dos —y los más cortos, “Las harinas” y “Toulouse-Lautrec: tres recetas”— fueron escritos originalmente en español; los demás, en inglés. Esto hace que Guillermoprieto entre dentro de la misma categoría de los Conrad, los Nabokov, los Beckett —autores que optaron por escribir en una lengua que no era la materna, y que, bueno, no lo hicieron nada mal. Esto es importante, ya que existe en Guillermoprieto un distanciamiento lingüístico propio de quien escribe en una lengua distinta a la que el asunto en cuestión se refiere. Esta distancia le ha permitido estar “en un estado de asombro permanente frente a lo que me debería resultar una realidad familiar”. [5]

  Al leer a la cronista, el estilo que despliega es una mezcla particular entre festividad y minuciosidad, desparpajo y exactitud, de esta dualidad es consciente Guillermoprieto: “lo cuento con la intención de seducir, de mantener a los lectores en un estado grato mientras escuchan un cuento”, por un lado, y por el otro, “siempre me ha interesado la moda, la alta costura, y la alta costura se hace por medio de detalles”[6]. Aunado a esto aprendió a ser reportera, no con otro reportero, sino con la fotógrafa Susana Millas; es decir, pone una atención particular en el registro visual del entorno, aunque con la diferencia de entrenar los ojos para traducir imágenes en frases, o en otras palabras, se pone de tarea probar que una imagen no vale más que mil palabras.

  El placer como hilo conductor de este libro no debe ser entendido como un descanso de crónicas más “serias”. No. Por el contrario, la fiesta y la algarabía, la música y el goce de comer, lo guapachoso de la vida, son lo que “permite seguir peleando [a los distintos pueblos], porque si no, si no hay fiesta, ¿para que´?”[7]. En suma, Guillermoprieto demuestra aquí que la crónica es un género que no admite límites y que, al igual que el estilo, parafraseando a Voltaire, todas las crónicas son buenas, excepto las aburridas.

—Asael Arroyo Re

 

 

 [1]Letras libres, “El periodismo es también una forma de autobiografía”, p. 69

[2] Guillermoprieto, Alma, “Tango”, en Los placeres y los días, Ciudad de México, Almadía, 2015, p. 54

[3] Kirkus Review, “Samba”, visto en: “https://www.kirkusreviews.com/book-reviews/alma-guillermoprieto-2/samba/”

[4] Guillermoprieto, Alma, op. cit.,“Celia Cruz”, p. 31

[5] Letras libres, op. cit., p. 70

[6] Ídem.

[7] Youtube, “Los placeres y los días de Alma Guillermoprieto”, visto en: https://www.youtube.com/watch?v=1xiFHFqFbAw

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