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¿Dónde están nuestras detectives?

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Fotografía de Dan Bannino

Estados Unidos, Inglaterra y España, países pioneros en el género popular policiaco, están siglos adelantados a México. Además de contar, en la realidad, con un sistema judicial menos corrupto al nuestro, con más recursos, presupuesto para forenses y equipo tecnológico para ejecutar buenas investigaciones, ellos sí tienen mujeres policías, investigadoras y detectives; una costumbre tan popular que ha influido en el mundo literario donde existen muchas novelas escritas tanto por mujeres como por hombres en donde el personaje principal es una detective que se hace respetar no tanto por medio de la fuerza física sino por la eficacia de su trabajo.

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El primer personaje de una detective aparece en 1864 en Inglaterra, en la novela The Revelations of a Lady Detective, del escritor James Redding Ware. En Estados Unidos, un siglo después, durante la década de 1980, se dio un “boom” con otras autoras cuyas mujeres detectives fueron traídas la mesa, como Sue Grafton y Patricia Cornwell, además de la famosa detective de Thomas Harris, en El silencio de los corderos y Hannibal, Clarice Starling. En España, hay autoras como Dolores Redondo, con la trilogía del Baztán y su detective Amaia Salazar. En México no tenemos muchas detectives y mucho menos autoras que se dediquen al género negro o criminal; algunas de estas pocas excepciones son Cristina Rivera Garza y María Elvira Bermúdez.
   Además de estas mexicanas, empiezan a surgir narrativas más actuales, con temas pertinentes a nuestro tiempo y entorno. Narrativas que incluyen la delincuencia propiciada por el narcotráfico, las consecuencias que dejó la guerra con este último, la corrupción entre las autoridades judiciales, etc. Dos autores recientes que vuelven a traer a una detective mexicana , pero dentro de un mundo que trata los temas anteriores, son Bernardo “Bef” Fernández y Elmer Mendoza. Aquí, me gustaría hablar brevemente de cada una de sus detectives (en otra ocasión hablaré de sus villanas) y los esquemas que rompen, o siguen, en relación con el personaje del detective mexicano tradicional.
    Del lado de Bef tenemos a la agente Andrea Mijangos, a la cual conocemos al final de la primera entrega de Tiempo de Alacranes, y quien, después de la jubilación del sicario apodado el Güero, toma poder de su propia narración, al estilo Filiberto García o Zurdo Mendieta, y el liderazgo en el resto de la saga.
   La agente Andrea Mijangos cuenta con una amplia preparación y experiencia en diferentes zonas del país y diferentes departamentos dentro de las fuerzas policiacas/armadas: “Seis años en el ejército. Cuatro en la División Anti-asaltos de la Procuraduría para la región noroeste. Y ahora aquí [como judicial en la CDMX]”.
   A pesar de no romper con del todo con la idea del detective mexicano a la que estamos acostumbrados, sí muestra una evolución en cuanto a la forma de ejecutar una investigación. Un ejemplo de esto se encuentra en Hielo Negro en donde Mijangos acude a los manuales de investigación policiaca y toma la siguiente indicación: “Ver con calma las partes para tratar de encontrar alguna megaestructura que las abarque todas y en la que se puedan establecer conexiones entre los elementos”.
   No deja muertos por todos lados, como es el caso de Filiberto García, ni se involucra en balaceras innecesarias o con gente de dudosa reputación, como el Zurdo, sino que es calculadora y metódica. Se puede notar esta diferencia y mejor coordinación de la investigación en Tiempo de Alacranes, cuando el Güero es protagonista o al menos participe de numerosas balaceras en las que casi siempre está cerca de perder la vida.
   Sin embargo, Mijangos sigue el mismo patrón de desencanto y alejamiento de las fuerzas armadas, ya que al no poder trabajar como ella quiere y con el sistema que ella prefiere, se tiene que convertir en detective privada. No por esto se deja de lado la característica que suele identificar al detective mexicano: el motivo o beneficio personal detrás de caso que escoge.
   En la saga, el motivo de Mijangos para atrapar a Lizzy Zubiaga, la criminal, es el asesinato del agente Armengol, quien es su pareja sentimental. Sólo se nos muestra, a los lectores, dos casos “importantes” a resolver por ella misma, con la poca ayuda de sus colegas o amigos. Muchas de las cualidades que tiene Mijangos — no importarle su apariencia, no querer tener una familia o hijos, ni transpirar sexualidad— provienen de una influencia estadounidense. Algunos ejemplos son la ya mencionada Clarice Starling de la novela The Silence of the Lambs, Scarpetta de Patricia Cornwell o Kinsey Millhone de Sue Grafton; viven solas, sin lujos o pareja sentimental fija y su físico y manera de vestir no importan.
  En cuanto a Elmer Mendoza, tenemos a Gris Toledo, la detective y pareja laboral inseparable de Edgar “El Zurdo” Mendieta. La evolución, crecimiento y desarrollo de esta agente ha sido largo y lento pero consistente. Toledo no sólo es una gran detective, con observaciones y una mirada diferente y más sagaz que la del Zurdo Mendieta, sino que rompe con la tradición de resolver un caso por una cuestión personal —hace su trabajo por vocación y lo ejerce resolviendo casos sin tener algún beneficio o ganancia personal. Al contrario del Zurdo, que en muchos de los casos que se le asignan o escoge hay una razón detrás que le atañe (como en el caso de La prueba del ácido donde una bailarina exótica asesinada resultó ser amante del Zurdo).
  En repetidas ocasiones, Toledo no deja que su vida personal interfiera con su trabajo como detective. En la misma La prueba del ácido le dice al Zurdo: “No se confunda ni me confunda, jefe, mi trabajo es mi trabajo y es sagrado”. En Asesinato en el Parque Sinaloa le vuelve a aclarar: “Jefe, primero soy policía y después esposa…”. La detective Gris Toledo hace su trabajo por pura y simple vocación. Incluso el Zurdo se lo reconoce: “solo tenga más respeto por mi compañera, que, aunque usted no lo crea, todos los días se juega el pellejo por ciudadanos como usted, que no siempre lo reconocen”. Al igual que Mijangos, no simpatiza con delincuentes: llega a la escena del crimen (hasta ahora) a hacer su trabajo sin involucrarse sentimentalmente con alguna víctima o criminal.

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Poco a poco empiezan a (re)surgir figuras de mujeres detectives. La espera está valiendo la pena, pues son personajes complejos, con ideas y herramientas que se adaptan mejor al tiempo en el que vivimos. A este resurgimiento de la novela criminal escrita y/o protagonizada por mujeres se le ha denominado como Femicrime, si bien este término ha causado mucha controversia entre el gremio por presuntamente encasillar la obra de y sobre mujeres. No obstante, es tan nuevo que aún no se ha teorizado o establecido formalmente en la academia mexicana y a mi parecer el Femicrime debería tener un espacio dentro del género policiaco como un nuevo subgénero. El cual no sólo puede darle un espacio a la mujer para ser tanto autora como personaje, sino que también puede renovar el género policíaco. sin importar si lo hace un hombre o una mujer, en México.

 — J.P. Gómez


J.P. Gómez es originaria de Mexicali, Baja California y radica en California, Estados Unidos. Obtuvo su licenciatura y maestría en letras de San Diego State University. Actualmente, además de pasear a su perro todos los días, se encuentra cursando el programa de doctorado en español en la UC Santa Bárbara. Su enfoque principal es la novela policiaca y criminal mexicana.

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