Viaje en autobús (2)

Un viaje en autobús con escalas en la memoria

in Crónica by

 

Viaje en autobús (2)
Fotografías de Arcelia Pazos

La noticia de una falla en el corazón de mi papá me hizo planear un viaje para ir a verlo lo más pronto posible. El viaje sería en autobús desde Ensenada hasta la ciudad de La Paz, Baja California Sur, para hacer una parada a medio camino debido a una encomienda que al viajar por avión no podría haber hecho.

   Tras resolver asuntos laborales, preparé dos maletas pequeñas para ir hasta el llamado puerto de ilusión, en donde cada vez más eran comunes las balaceras, como la que ocurrió el día de mi salida, a unas cuadras del hospital en el que mi papá estaba internado con un marcapasos provisional. Con esa tensión que se vive en el sur de la península, y la incertidumbre de un papá atado a una cama a más de 1300 kilómetros de distancia, llegué a la terminal de las calles 11 y Riveroll; pagué mi boleto y me senté a esperar unos quince minutos en la que es, según mi conocimiento, la terminal de autobuses más fea de las Californias; por supuesto, considerando que se encuentra en una ciudad que depende, en buena parte, del turismo.

     Salí poco después de las once de la noche y subí mis piernas en el asiento de junto.

   Antes de decir que me dormí, debo anticipar que todo lo que incluye viajar en un autobús implica decenas de interrupciones para descansar, para leer, para hablar por teléfono, para comer con tranquilidad y para dormir plácidamente. De cualquier manera, el cansancio pudo más que la incomodidad y el temor de viajar sola con extraños; así que apenas quince minutos después de salir de Ensenada, a la altura de El Cañón Buenavista, ya estaba dormida.

Abrí los ojos en la Colonia Vicente Guerrero y me bajé rápido al baño de una gasolinera mientras subían pasajeros. Al regresar, avancé rápido en la oscuridad hasta mi asiento y vi que un hombre con una enorme bolsa estilo camuflaje militar estaba sentado allí y que mi mochila había sido recorrida hacia la ventanilla.

—Voy a pasar a mi lugar —le dije.

A lo que me respondió, muy fresco:

—No sabía que había alguien aquí, es que quería estar más cómodo.

—¿Eh? —lo vi con expresión de que su argumento era muy pendejo—, ¿y de quién pensaste que era la mochila que moviste?

Con una mueca, supongo fea, pasé a mi lugar. El hombre quiso hacer plática, pero le respondí a medias para no charlar; tenía algo de miedo, desconfianza y más sueño que cualquier otra cosa. Fingí dormir, hasta que escuché que él dormía (o que fingía dormir), mientras me hacía historias sobre cómo podría ser dañada por un desconocido que, por cierto, parecía militar, pero ¿qué podría pasar en medio de tanta gente? No lo sé. Tras un rato largo en el que revisé despacio el contenido de mi mochila, me venció el sueño, pero en El Rosario, al desocuparse unos asientos, volví a quedarme sola y tranquila hasta Punta Prieta, en donde retomar el descanso fue tarea difícil.

   No recuerdo en qué parte de la carretera nos agarró el amanecer, sólo que todavía tenía sueño y ganas de orinar. Aquí viene bien decir que mi pánico de entrar a los baños de los autobuses, que, según mis conclusiones, se originó cuando era niña, antes del año 2000, al pasar por El Zacatal, un paraje al sur de Santa Rosalía, cuando una persona se quedó encerrada en el baño hediondo de la unidad y los choferes tuvieron que hacer maniobras tediosas para abrir la puerta y liberar al encerrado. Pero cuando se reforzó ese temor, fue en el 2009, cuando a la altura de las cuestas de El Zacatón, un rato después del amanecer, a mi amiga Irene y a mí nos despertó un fétido aroma que nos hizo voltear a ver cómo los líquidos del baño se salían y se dispersaban, para acompañarnos a lo largo de una hora hasta llegar a Ensenada. De estas experiencias no hace falta profundizar más, supongo que queda claro el asunto. Con esos antecedentes, tenía la certeza de que mi siguiente posibilidad de un baño un poco más decente, sería hasta Guerrero Negro. Dormité,y desde antes de Villa Jesús María hasta el Paralelo 28, fui leyendo y escribiendo, principalmente para distraer al esfínter.

Viaje en autobús (3)

   Cualquiera que en los últimos años haya viajado por la península en los camiones ABC y Águila, debe de saber que en Guerrero Negro, por la mañana, hay un descanso de más o menos veinte minutos para desayunar. De ese periodo lo más agradable es poder restablecer comunicación vía celular después de muchos kilómetros sin cobertura desde El Rosario, e ir a un excusado que si bien nunca tiene papel sanitario ni jabón, al menos está sobre tierra firme. Aunque para muchos otros, la empanada o el café de talega son lo máximo, para mí, lo mejor es que falte menos para llegar a mi casa en Vizcaíno, pues lo que pueda considerarse bello en Guerrero, como las aves, la salinera o las ballenas grises, no se ve ni de chiste en el tramo de la entrada a la terminal, y según mi gusto, tampoco en la comida de allí.

   En carretera de nuevo, anotaba ocurrencias en notitas amarillas que pegaba una detrás de otra en la última hoja del libro, a falta de mi libreta, que seguramente se habría quedado estacionada, inútil y empolvada toda ella en algún escritorio.

 Con la luz de día en todo su esplendor, noté que detrás de mí venía lo que parecía ser una familia: el padre, la madre y tres críos, acaparando cada uno un par de asientos. El señor muy argüendero para hablar y la señora, entre bostezo y bostezo, una contribuyente de comentarios mordaces, como cuando mencionó que estaban criando una generación de inútiles, al ver al hijo pegado a su teléfono mientras ignoraba todo lo demás; pero cómo no iba a estar así, si tras horas de letargo y esporádica señal telefónica, muchos le dedicamos atención a los celulares, sobre todo la que parecía ser la hija más grande de la mentada familia, quien lucía graciosa al hablarle a la pantalla muy de cerca, con voz bajita y sonrisa medio boba. Por lo que escuché, esa gente iba desde Tijuana hasta Bahía Asunción, así que se tendrían que bajar en Vizcaíno para abordar una camioneta que los llevara a su destino. Casi puedo jurar que al menos la mujer, era oriunda de Asunción, porque su acento me hacía recordar al buen Aldo Romero Arce, colega mío, fotógrafo, hombre de mar y talento de ese pueblito para contar las historias locales con comicidad y argot costeño.

  —Lijto, ya vamoj a llegá, graciaj a Dió -dijo la señora, más tarde, mientras, supongo, doblaba su cobija y se peinaba los cabellos, a la altura del ejido Francisco J. Mújica, casi lista para bajar en Vizcaíno.

   Frente a mí, unas cortinas corridas me dejaban ver, con el azuloso tono que da la lejanía, los Picachos de Santa Clara, unos cerritos que se encuentran más allá de Vizcaíno, que desde la desviación hacia Punta Abreojos y La Bocana, ahí en el restaurante de Fisher (Crucero del Pacífico), es más fácil percibir el esplendor de sus colores térreos, y que, ese día, como los otros en que me pasaban por la vista o la memoria, recordé aventuras que cuenta mi papá, leyendas de tesoros escondidos y rumores de transportistas que hablan sobre hechos sobrenaturales; pero mi momento se vio interrumpido por lo inevitable: los sonidos de todo lo que sale de otras personas.

   Ya de por sí es raro estar tantas horas en encierro con desconocidos, pero poner atención a sus fluidos hace más extraña la experiencia. Aquel día sentí cierta quisquilla cuando vi que una persona al estornudar dejó salir a no sé cuánta velocidad, miles de gotas de saliva con la estética particular del líquido a contraluz.Esto no es nada, me decía, me dirijo a un hospital.

  De repente, cerca de mí, una joven con flemas constantes, revisaba su índice izquierdo para introducirlo una y otra vez a su oído y limpiarlo. Qué cosa tan más desagradable. Mi paciencia estaba en el límite,, pero al llegar a Vizcaíno y ver a mi madre recobré con claridad la intención de mi viaje y la nimiedad que representa ante ello el jolgorio de mocos o ronquidos de desconocidos.

Viaje en autobús (6)

Medio día de viaje

Al salir de la terminal de San Ignacio, en las pantallas apareció una película protagonizada por Mark Wahlberg. (Puede ser esto lo más irrelevante que mencione, pero es pertinente para ilustrar el asunto de las distracciones que interrumpen el viaje, que para una disléxica como yo, se agravan.) Resulta pues, que enseguida de apreciar las primeras escenas en las que se ve a ese actor, recordé lo simpático que es el hecho de que mucha gente lo confunda con Matt Damon —como pasa con Javier Bardem y Jeffrey Dean Morgan–, aunque sin duda, Damon no me parece mejor actor que Wahlberg, a quien recuerdo fuertemente por la escena final de The Departed, cuando Dignam asesina al personaje de DiCaprio, o en Pain and Gain, con sus músculos sorprendentes, más atractivos que los de Dwayne Johnson, de quien evoqué los momentos más recordados en ese filme.) Ante la distracción, me dediqué a ver discretamente para todos lados, pero cerca del ejido Bonfil, ya no había historias llamativas a la vista. No había mucho folclor con qué nutrir al ojo, sólo un ambiente de mucha atención a la película (en la que me enteré de que el Maratón de Boston es el más antiguo del mundo), y gente que toma su reposo de distintas formas: las dos mujeres cercanas a mí se abrazaban cada una su propia panza con el respaldo a medio reclinar y ambos pies en el suelo y el hombre que alcanzaba a ver, en cambio, iba sentado normalmente, quizás un poco desparramado.

  Pero eso no era suficiente para todo el trecho que me faltaba.

  Todos estaban quietos y callados, con el que creo que es el efecto posterior a haber desayunado; aun así, necesitaba de acciones más contundentes: alguna mamá regañona o cualquier personaje ruidoso que evitara que abriera la cortina y viera las próximas cuestas para imaginar lo que pasaría si cayéramos al barranco, un juego habitual de imaginación en el que siempre salgo airosa del accidente, pero que me causa una sensación de altibajos en el estómago.

  Esa mañana quería que ocurriera algo así como en la canción de Sonora y sus ojos negros:

En un camión pasajero

de esos que van para Sonora

yo iba cansado con sueño

cuando subió una señora

con unos ojazos negros

de veras encantadora.

Por ahí llegando a los Mochis

yo le di buenos modales.

Le pregunté de dónde era

me dijo que de Nogales,

que iba para Magdalena

a visitar a sus padres”.

   Quería presenciar un idilio de camión y narrar aquí una historia corta; pero no, ni había ninguna joven de ojazos negros de veras encantadora, ni un hombre apuesto de sombrero que le diera los buenos modales, en lugar de en Los Mochis, quizás, en Ciudad Constitución.

  Aunque en incontables ocasiones el encierro haga lo suyo y se preste para orquestar romances efímeros, no siempre pasa. Una vez, por ejemplo, pude haber vivido esa historia con mis ojazos café oscuro, pero el muchacho guapo del viaje, tras su invitación a salir una vez llegados a Ensenada, fue rechazado porque yo tenía novio, novio con el que terminé unas semanas después por causas ajenas al chico aquel, que después de San Quintín, ya no me volvió a invitar a ningún lado. Así pues, no siempre se está dispuesto a los arrebatos de pasión.

  El aburrimiento no hacía mucho para quitarme la ansia de estar todavía muy lejos de mi papá. No podía hablar por teléfono, no había nadie con quien charlar y me dolía la espalda.

  Cuando menos pensé, se asomó el mar de Cortés, que para mí es algo bello y muy simbólico por ser algo que de niña sólo veía en vacaciones. Que conste que no soy de las que escribe odas para el mar, ni tampoco soy de sus asiduas visitantes, pero una de las maravillas que permite la carretera transpeninsular en el sur, es ver de cerca, en varios tramos, al Golfo de California; desde kilómetros antes de Santa Rosalía y durante el breve recorrido de la carretera por este pueblo, se asoma el mar entre tiendas, casas y oficinas, y se expone pleno en el malecón. Después de continuar al sur, el agua parece adquirir tonos más verdosos y claros, ahí por San Lucas y San Bruno, lugares a los que nunca se llega, a menos de que se tenga un asunto particular, pero entre las palmeras en la playa y de frente la Isla San Marcos, el paisaje lleva los ojos a la ventana. Y así, el trayecto se hace ligero entre el contacto con el Mar Bermejo: después de la Heróica Mulegé, toda la Bahía Concepción, que si Santispac, que si el Burro, que si el Requesón, que si El Coyote, hacen que quieras desviarte e instalarte ahí a contemplar las aguas mansas de la playa mientras comes mariscos, porque estar en la playa significa tener tiempo libre y no tener un papá hospitalizado. Para la fortuna del viajante de autobús, estos paisajes costeros de aguas turquesas se ven en Loreto y, antes de El Centenario, en La Paz. Las aguas tranquilas al nivel del camino son un descanso visual bien merecido.

  Más o menos al mediodía llegamos a Santa Rosalía y yo tenía mucha hambre. Me bajé al baño, y el único lugar en el que podía comprar algo de comida que no me quitara más de cinco minutos, era la cafetería de la central. Durante mis largas estancias desde pequeña, nunca supe de algún lugar en Rosalía en el que la comida fuera muy buena, excepto los hot dogs que estaban afuera de la iglesia de Santa Bárbara y cerca de la terminal vieja, razón insuficiente para creer que lo que vendieran en la cafetería no me iba a gustar. La oferta eran empanadas y burritos de carne deshebrada, un par de clásicos sudcalifornianos. Compré una y uno, por aquello de la desconfianza, y nadie podrá saber el arrepentimiento que sentí unos kilómetros más adelante, porque en realidad se trataba de la empanada y el burrito más deliciosos. Con la sensación de fracaso y de vaga satisfacción al mismo tiempo, miraba por la ventana y me puse como proyecto algún día llegar a San Lucas, tomar fotos en el palmar y chirotear por la playa hasta sentir hambre y sueño. Ese día, para mi gracia y para equilibrar mi preocupación familiar, el mar estaba muy azul, algo que me recuerda al color brillante que irradian las personas con buena salud.

  Los viajes largos en carretera tienen su propio encanto, cuando se viaja en auto, por supuesto. Algo de ello es poder parar en cuanta desviación sea posible para alimentarse, ir al baño, estirar las piernas, o tan sólo sentir el placer de decidir a qué sitio llegar. Todo lo contrario pasa en un Volvo con chofer, boleto y terminales, aunque hace apreciar las cosas más elementales que, a diario, incluso se ignoran, como un baño limpio, agua fresca para lavarse la cara, o comer algo rico.

Viaje en autobús (5)

   La experiencia actual de viajar en autobús brinda más placeres que antes, los noventa, cuando unas tres veces al año, viajaba a Cachanía para visitar a la familia de mi mamá. Pasar las cuestas de Las Tres Vírgenes y de El Infierno aumentaba las posibilidades de asomarse por las ventanas, ver los voladeros y sentir el vértigo en las entrañas y en la mente, que se fusionaba con las náuseas por el tufo que nos golpeaba cada vez que frenaba el camión.

 Ahora ya no son los mismos trotes; actualmente hay un letrero que da la fecha, la temperatura y la disponibilidad de los sanitarios, varias pantallas para ver películas, y una pantalla por cada usuario, con la posibilidad de elegir entre un catálogo de filmes, con auriculares, entrada para cargar celulares y red Wi-Fi. Sin embargo hay detalles que siguen igual, como la imposibilidad de tener asientos cómodos, y otros idénticos, como el dolor que se siente por la forma en que los empleados y soldados de retenes tratan al equipaje que llega al destino sucio: roto y magullado.

  Mi espalda ya sentía los estragos por los asientos rígidos, pero el viaje siguió sin sobresaltos que me impidieran dormir a ratos, hasta que, en el tramo entre Loreto y Ciudad Insurgentes, los rayos del oeste entraron por las ventanas sin cortinas, avisaban del atardecer.

  Me solté el cabello y me puse a ver el cielo anaranjado y amarillo con nubes de otros colores. Comenzó a caer la noche con una sensación que esperaba desde hacía semanas por ver un atardecer de Baja California Sur, pero unos kilómetros antes de Ciudad Insurgentes, nos detuvo un retén improvisado de la Agencia de Investigación Criminal. Entraron agentes armados a revisar el vehículo y a interrogar a los hombres que viajaban solo, especialmente a uno que, habiendo treinta asientos vacíos, eligió el último de ellos, al lado del baño. Dejé de ver la puesta de sol para concentrarme en la revisión policiaca, que fue otro aviso de la situación complicada de la región con el narcotráfico. Veinte minutos después, nos dejaron ir, ya que no encontraron nada ilícito ni en el baño que golpearon tanto, ni en el tipo raro en la última fila.   

   Llegó la noche y, con ella, la imposibilidad de apreciar paisajes, así como una sensación extraña, que, de tanto anhelo de llegar, el tránsito del tiempo se percibe más lento.

   Estaba desesperada por darle ánimo a mi padre y apoyar a mis dos hermanos mayores que no dormían por vigilar sus latidos, en medio de un vía crucis administrativo para solicitarle un marcapasos y salvarle la vida.

   En la terminal de Ciudad Constitución compré agua y estiré las piernas frente a un altar a la virgen de Guadalupe.

Viaje en autobús (4)

   Estaba a dos horas y media de La Paz y avisé a mis hermanos de mi arribo. Estaba en el poblado en el que mi papá había pasado su juventud, el lugar del que siempre habla: del museo La Casa Amarilla, de los ranchos agrícolas, de su primer trabajo con el teodolito en la construcción de la Transpeninsular, y así, llegué al momento optimista en el que más vale pensar que no va a pasar nada malo.

Llegué a La Paz, no sé si a las diez u once de la noche de la hora local, con el cuerpo cansado, con la disposición de no dormir para que mis hermanos pudieran hacerlo y con cierto alivio al bajar en la zona de El Conchalito, por darme cuenta que aún puedo ser mi única compañía por un día completo de encierro parcial sin desear escapar de mí.

Al ver a mi papá en su cama, lleno de cables, somnoliento y vulnerable como jamás lo había visto, supe que mi cansancio no era nada, como no lo es el de tantos otros viajeros que se trasladan a lo largo de la carretera para ir a ver a sus familiares hospitalizados. Lo importante es llegar y dejar atrás el encierro, la incomodidad y el desvelo en un autobús, por el encierro, la incomodidad y el desvelo en un hospital.

Mi padre se recuperó rápido tras su cirugía, y yo, volvería a viajar así con tal de verlo.

—Arcelia Pazos

1 Comment

  1. Gracias, Arcelia, por compartir tu viaje, tus introspecciones y llevarnos por el camino de la Transpeninsular a visitar a tu padre. Pasé contigo por lugares familiares y compartí las vicisitudes de un viaje en autobús en circunstancias adversas.

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