papers.co-nh85-sunset-window-afternoon-light-bokeh-32-wallpaper

Luz solar

in Ficción by

papers.co-nh85-sunset-window-afternoon-light-bokeh-32-wallpaper

¿A qué vergas vine? ¿Este chico siempre ha sido un imbécil? ¿Qué mierda tiene en el cerebro? Tienes que conocer La Bohemia. Con suerte hay tocada, dice de pronto. No quiero, Saúl. Lo que me gustaría es dormir y mañana regresar temprano. La verdad es que eres un pésimo anfitrión.
   Me molesta que me mire sin decir nada. Con su pinche mirada lastimera. Tengo ganas de sacudirlo. Si tuviera una navaja le cortaría el brazo, le picaría el estómago con ella a ver si así reacciona.
   Espera. Ya estás aquí. Sé que no lo has pasado bien pero ya estás aquí. Vamos a la Bohemia. Nos tomamos un par de cervezas y ya. Cuando nos vayamos pedimos Uber. La casa todavía queda retirada.
   Llegué a las 10:00 de la mañana. No fue por mí a la Central de Autobuses. Me envió un WhatsApp de audio donde decía que no podría desafanar una junta. Que él creía que sí pero no. Me mandó la ubicación de su trabajo y ahí te voy, de pendeja.
   Lo espero afuera de su oficina como veinte minutos. Cargo una mochila que pesa unos cinco kilos. Tengo sed y un chingo de calor. Voy al Oxxo. Regreso. Me acabo todo el litro y medio de agua. Saúl no sale.
   Intento sonreír pero siento que mi rostro es una mueca dura. Me abraza y respondo apenas a la fuerza que imprime para hacerse sentir. Me pide disculpas. Me quita la mochila del brazo y apunta a la calle. Caminamos. Qué chingón que estés aquí y todo eso. Yo sigo encabronada, acalorada. Me pregunta si tengo hambre y digo que sí.
   Vamos a unos tacos de cabeza. Saúl nunca ha sido un gran conversador pero ahora parece retrasado mental. Me observa y sonríe y yo pienso: ¿de qué mierda te ríes? Me has tratado como a una niñata. Vengo a visitarte y ni siquiera pasas por mí.
   ¿Están buenos, no? Como aquí por lo menos dos veces a la semana, dice. Sí, están bien. Oye. Quiero ir a dejar mis cosas y darme un baño. ¿Tu casa está cerca? A unas cuadras.
   Hace un calor de la fregada, y si tomamos taxi o Uber.
   No hace falta, es aquí a la vuelta.
  Terminamos los tacos. La verdad es que sí están buenos. Caminamos como cinco cuadras. Estoy que lanzo chispas.    Llegamos a su depa ¡ni siquiera limpió!
   No tuve tiempo de ordenar, pero hoy viene la ñora. En la tarde que regresemos estará al cien, dice. P-E-N-D-E-J-O, pienso.
   El baño está asqueroso. Tiene restos de porquería. Le bajo al depósito hasta que desaparece cada fragmento de mierda.  ¿Siempre ha sido así este güey? Sí, babosa. Siempre ha sido así. Abro la regadera. El agua es fresca y sale de manera abundante. El agua que sale por esta regadera y cae sobre mi cuerpo caliente es lo mejor que me ha pasado desde que llegué.
   Saúl está acostado en la cama, boca abajo. ¿Duerme? De la nada se incorpora como si tuviera resortes en el pecho y me abraza. Su entusiasmo no corresponde al momento. Sus movimientos son anómalos, rígidos; como de autómata; como si lo estuvieran manejando con un pinche control remoto.
    Qué rico hueles, dice. Me besa el cuello. Me aprieta las nalgas. Siento que se excita.
   Pérate, cabrón. Platica por lo menos. ¿Cómo te va? ¿Qué has hecho? ¿Te gusta aquí o qué? Hace cara de enfado. Se despega de mi cuerpo.
   Pues me va. Tengo trabajo. La ciudad es tranquila. Puedo caminar por las noches. Abre la ventana y se queda mirando un cerro que tapa el horizonte. Por la tarde, dice, se pueden ver docenas de zopilotes revoloteando la antena que está allá arriba. Pues qué chingón, pienso. Y a ti, ¿cómo te va? ¿Cómo estuvo el viaje?
   El viaje de la fregada. Casi se me borra la raya del culo. Nos reímos. Me va, ya te he contado, bien. Pronto presento la tesis y hay muchas posibilidades que me quede a trabajar en el departamento. Chingón. Qué bueno que viniste.
   Pues, qué bueno que me invitaste.
   ¿Qué haremos hoy?
   En la tarde hay una fiesta. La despedida de una compañera. Pasamos un rato y de ahí vemos qué sale. Qué bueno que viniste. Se acerca de nuevo. Siento su respiración en el cuello. Qué rico hueles. Me aprieta las nalgas. Sube sus manos hasta mis tetas. Me besa.
   La fiesta es aburrida. Saúl es un puto témpano. Parece que está dopado o algo. ¿A qué vergas vine? ¿Por qué soy tan pendeja? Quieres otra chela, me pregunta una chica con el pelo pintado color violeta, es la que se despide. Parece que la han aceptado en un posgrado en Argentina. Vale, le respondo. Me pasa una media y luego pregunta si soy novia de Saúl y le digo que no. Que somos amigos. Que he venido a visitarlo de fin de semana. Saúl es buena onda. Aquí la gente lo estima, dice. Le respondo que sí, que es buena bestia. Serio y seco, pero una sabe el terreno que pisa cuando está con él.    Me mira como inspeccionándome. Salud, dice, luego se larga al otro lado de la sala. Voy con Saúl y le digo que me quiero ir. Que me duele la cabeza. Te consigo una aspirina. No. Sólo quiero descansar.
   Caminamos por una calle ancha. En las banquetas hay árboles enormes. Creo que son yucatecos. Desde que llegué no había visto tantos árboles en esta ciudad llanera. Las casas del barrio que atravesamos son grandes y parecen manchas enterradas entre las sombras de los árboles. Saúl me informa que está enfermo. Que no es nada grave pero se tiene que cuidar. Le pregunto que si qué le pasa. Dice que algo relacionado con las tiroides. Que toma un tratamiento. Le cuestiono, buscándole la mirada, sobre su actitud. ¿Por qué eres tan apático? Vengo a visitarte desde el quinto culo y tú apenas reaccionas. Me dice que así es él. Que está muy contento que esté aquí y que me quiere mucho. Me abraza. Dice que siempre huelo bonito. Seguimos caminando, en silencio.
   Esta parte de la ciudad está iluminada con el alumbrado público que se conoce como luz solar o luz amarilla. Me gusta mucho este color de luz: sepia. Antes, muchos parques de México tenían esta iluminación. Ahora sólo se utiliza en los primeros cuadros de las ciudades. Esos que los urbanistas llaman cascos antiguos o centros históricos. En las periferias no se usa esta luz. En las periferias se alumbran las calles con luz blanca. Esto responde a cuestiones estéticas. Claro, la luz amarilla remite a la nostalgia, a lo gastado. Esa luz les gusta a los turistas y hace que hasta lo más feo: una barda a punto de derrumbarse, una casa vieja, parezcan reliquias. La luz blanca remite a la realidad cotidiana. Una luz que sirve para develar lo contundentemente frías y específicas que son las cosas. De pequeña, mis padres me llevaban a un parque maravilloso que tenía esta luz amarilla. Los faroles eran redondos y enormes. Amo un par de fotos que mi papá me sacó en aquel parque. Estoy en un columpio y llevo un overol de mezclilla. ¡Me veo tan chiquita y mona!
   Le digo a Saúl: con esta luz parece que caminamos dentro de un vaso de cerveza, sólo faltan las burbujitas. Sonríe. Saúl tiene una sonrisa muy dulce.
   Pienso que Saúl tiene razón, él siempre ha sido así. Yo he cambiado mucho. Somos un par de faroles. Uno de luz solar y el otro de luz blanca.

—Iván Ballesteros Rojo


Iván Ballesteros Rojo (Hermosillo). Es narrador y editor. Ha publicado Monstruario, Mecanismos, Bungalow y Plaga Serena. Es director de la revista Pez Banana.

 

Deja un comentario

Your email address will not be published.