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La pareja a punto de ingresar en la tienda departamental es una pareja común y corriente. Heterosexual, de hecho. Ella viste de pantalón azul marino, sin arrugas; la blusa, de seda, coordina armoniosamente con el cárdigan, también con los zapatos de piso. Él trae puesta una sudadera con la insignia del equipo deportivo de la ciudad donde nació hace treinta y dos años. Abajo, unas bermudas caqui seguidas por un par de calcetas blancas, casi hasta la rodilla. Más abajo: sus tenis sucios, con manchas de color verde. No lleva ropa interior. La de ella, hasta cuenta con detalles de encaje. Es domingo.
    Al abrir las puertas un ejército de hombres y mujeres los reciben sonrientes y ladean un poco las cabezas a manera de bienvenida; la coreografía: perfecta. Cientos de dientes los deslumbran: flashazos de cámaras, casi. Son los cosmetólogos y las cosmetólogas del departamento de perfumería. Ellas están vestidas de negro, el maquillaje impecable. Ellos igual, de negro y maquillaje impecable. Un cosmetólogo se acerca a la pareja, toma uno de los brazos de la dama y le rocía la muñeca con un novedoso perfume francés. El hombre dice que huele bonito, le sugiere a su mujer adquirir una muestra gratis. El cosmetólogo ignora el comentario y cuando el hombre lo repite, el empleado arquea la ceja, después lo mira de la cabeza a los pies. Sonríe al percatarse de las manchas de zacate en el calzado. Molesto, regresa a su estación, desde donde realiza una llamada telefónica. Veinte segundos más tarde dos elementos de seguridad inmovilizan al hombre. Su mujer no dice nada. El cosmetólogo, seguido por el resto de los empleados del departamento, confronta al hombre que de forma insistente trata de sacudirse a los guardias. El cosmetólogo procede a desabrocharle la hebilla del cinturón, luego le baja las bermudas. Todos ríen debido al tamaño del pene. Su mujer, avergonzada, le exige vestirse y seguirla hasta la vitrina en donde se exhibe su línea favorita de lápices labiales. La empleada detrás del mostrador le asegura que los colores son el último grito. Ella se prueba varios para comparar las diferentes tonalidades del rojo, su color preferido, el que piensa la hace lucir más radiante. No está segura cuál le va mejor. La empleada le sugiere adquirir el carmesí, el magenta y el bermellón. Al hombre le parecen idénticos, por qué comprar tres de lo mismo. La cosmetóloga le araña el rostro con sus perfectas uñas esmaltadas en una variedad de carmesí. Termina el ataque con nueve, la décima uña se ha quedado prendida de la mejilla izquierda del hombre, tres cuartas partes bajo su piel. La uña es de acrílico grueso, aproximadamente treinta milímetros de largo por siete de ancho y duele cuando la empleada la recupera de un jalón. Tan pronto la extrae, trata de reacomodarla sobre su dedo meñique, pero no consigue adherirla. De su bolso extrae un pequeño y delgado tubo de pegamento, aplica una gota y presiona la uña postiza sobre la uña real. Espera a que seque y cuando seca está le regala una bofetada a la mejilla sangrante del hombre. Enseguida el llanto la obliga a retirarse y dejar su estación desatendida. Los gritos histéricos de la empleada resuenan en toda la tienda. El personal le dedica al hombre gestos reprobatorios y miradas de desdén. Su mujer lo toma del brazo, se alejan del mostrador y le pide tomar asiento sobre una banca en el departamento de zapatería. Ella se encuentra irritada, necesita alejarse de él, distraerse viendo zapatos, quizá así pueda olvidar y perdonarle su reprochable conducta, quizá. El hombre espera paciente sobre su asiento, aprobando a distancia todo el calzado con el que su mujer se decora los pies. Las empleadas desaparecen con las manos vacías y reaparecen balanceando montañas de cajas. El calzado es bellísimo: ora de piel, ora con aplicaciones de exquisitos brillantes; los hay de correas simples y dobles, de tacones tan esbeltos que parecerían quebrarse con la primera pisada. Le muestran sandalias para pasear sobre la arena y zapatillas deportivas de marca exclusiva para ejercitarse en el gimnasio. El hombre se acerca, temeroso, y le sugiere a su mujer escoger sólo el par que más le guste, incluso dos pares, si a ella le place. Él cae al suelo alfombrado cuando una de las dependientas lo sorprende por detrás, trepando su espalda. Las compañeras se acercan y brincan y bailan con sus tacones de aguja encima del hombre, quien reacciona como epiléptico al sentir los pasos de tango y de twist sobre su cuerpo, los tacones buscando cabida en su caja torácica, en su región abdominal, pero sobre todo encajándose de manera insistente sobre sus genitales. Es difícil herir al pene, debido a su tímida talla se requiere un poco de suerte y buena puntería para darle, eso lo pueden confirmar los chicos y chicas de perfumería, todos se carcajearon al verlo y ahora murmuran a discreción sobre cómo el abultamiento en la entrepierna de un maniquí es mucho más prominente. Mientras la mujer finaliza su transacción al firmar el comprobante de pago que totaliza el costo de nueve pares, él intenta ponerse de pie. Tiene las palmas horadadas, como un Cristo en la cruz, un pulmón con perforaciones múltiples y los testículos notablemente inflamados. Al ver que no puede levantarse, a pesar de sus repetidos intentos, la encargada toma el teléfono y en cuestión de segundos aparece un hombre vestido de blanco empujando una silla de ruedas. La mujer se lo agradece, acomoda sus compras sobre las piernas de su marido y ella misma empuja la silla hacia el departamento de lencería y corsetería. Ahí, las vendedoras se acercan para recibirlos con sonrisas atentas. Los invitan a sentir la calidad de las sedas y licras, la artesanía de los encajes, los cortes sensuales para resaltar la figura. Él muestra interés en las prendas con toques de pedrería, le pide a su mujer que se pruebe media docena. Las empleadas le ofrecen una copa de champaña mientras él espera a que ella salga del vestidor. Después deslizan las cortinas y su mujer aparece detrás luciendo el primer atuendo. Camina alrededor de la silla de ruedas y le dedica un breve pero estimulante baile espléndido en movimientos eróticos. Él sonríe y le pide probarse el siguiente conjunto. Las vendedoras se muestran atentas, coquetas, juraría él. Ahora le ponen los bocadillos en la boca y no se incomodan cuando él les lame los dedos, las muy juguetonas. Su mujer aparece de nuevo, ahora en un bikini lo suficientemente minúsculo para ocasionar accidentes de tránsito y romper matrimonios. A ella no le molesta ver a las empleadas rodear a su marido con atenciones, ni siquiera le desagrada la señorita que amablemente le acaricia los testículos inflamados. Al salir del vestidor con el sexto atuendo, las vendedoras han perdido la ropa y el rostro del hombre naufraga en un océano de glúteos de porcelana. Su mujer sonríe, regresa a su blusa, pantalón y cárdigan para llevar las prendas hasta la caja registradora. El hombre detiene el flujo de carne que restriega su cuerpo al ver a su mujer entregarle una tarjeta dorada a una de las dependientas. Le gustaría conocer el total de la compra antes de deslizar la tarjeta. Cuando la vendedora pronuncia el total, el rostro del hombre se alarga, activando de esta forma los motores de las sierras eléctricas que ahora cargan las vendedoras, todavía desnudas, del departamento de lencería. Él se levanta de la silla de ruedas para escapar de ellas, quienes lo persiguen con el estruendo de los motores a una distancia peligrosamente cercana. Corre por los pasillos de la tienda. En zapatería las empleadas le avientan botas de gamuza y calzado de tacones altísimos. En perfumería los cosmetólogos presionan un montón de atomizadores para cegarlo con fragancias de moda y la empleada de las uñas postizas alcanza a rasguñarle un costado. Él pierde el equilibrio y se estrella contra una columna cubierta de espejos. La primera en llegar de lencería le amputa un antebrazo. Las otras se compadecen al verlo sangrar y apagan sus sierras. El hombre vestido de blanco reaparece con suficientes gasas y alcohol para limpiarle la herida y detener la hemorragia mediante un torniquete. A lo lejos, el herido ve a su mujer aproximándose hacia él; viene cargando las compras del día, apenas puede la pobre con tantas bolsas.
     Por la misma puerta por la que entraron, la pareja sale del lugar con dirección al estacionamiento. Ella deposita sus compras en la cajuela del auto y a él lo ayuda a tomar asiento en el lugar del copiloto. Le da un beso en la frente. Este cálido gesto lo hace sentirse mucho mejor.

—Luis Panini

 


 

Luis Panini (Monterrey, México, 1978). Escritor y arquitecto. Su primer libro obtuvo el Premio Nuevo León de Literatura 2008. En 2014 fue elegido por la revista La Tempestad como el escritor emergente del año. Es egresado de la licenciatura en Arquitectura de la Universidad Autónoma de Nuevo León y realizó estudios de posgrado en la Universidad de Kentucky y la Herbstakademie en Estados Unidos y Alemania, respectivamente. Ha publicado tres colecciones de ficción breve: ‘Terrible anatómica’ (Conarte, 2009), ‘Mala fe sensacional’ (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010) y ‘Función de repulsa’ (Libros Malaletra, 2015). También es autor de cinco novelas: ‘Esquirlas’ (27 editores/UANL, 2014), ‘El uranista’ (Tusquets, 2014), ‘La hora mala’ (Tusquets, 2016), ‘Los Cronopolios I. Las Espirales del Tiempo’ (Destino, 2016) y ‘Los Cronopolios II. Las oscuridad paralela’ (Destino, 2016).  Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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