Jasper T.

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Estaba en Texas para formar una banda. La camaradería de los hombres del templo empezaba a apretarme el cuello. En dos meses y medio que tenía viviendo con los sectarios, sólo había podido salir a un par de sitios para escuchar el punk local. El hereje me había conseguido alojamiento en una vieja casona que sus camaradas usaban para hacer reuniones nocturnas donde vestían simpáticas túnicas y rebanaban la cabeza de algunos animales. Los miembros del clan eran personas amables. El dirigente del templo era el señor Bensen. Creo que logré hipnotizarlo con mi entallado atuendo de neo vampira. Me asignó un cuarto bastante amplio con dos ventanas en la parte frontal. Realizaba algunas tareas simples para pagar el hospedaje, debía mantener las velas negras encendidas, barrer los pisos, preparar bocadillos y tocar acordes de los White Devils durante las sesiones especiales. Todos los socios del rebaño sentían un gran aprecio por mí. Disfrutaban el sonido de la guitarra que inundaba toda la casa devorando los espacios de luz.

    Dejé de preocuparme por la alimentación de aquellos hombres. Las bandejas que llenaba de refrigerios se mantenían sucias y vacías en la enorme mesa del comedor (nunca fui buena en la cocina, así que nadie parecía notarlo). Las notas de los Devils que hacía sonar en las noches de sacrificio empezaron a desaparecer; la hermandad intentó reemplazarme con una pequeña radio portátil pero no lograba fabricar la espesa atmósfera que creaba con mis manos. El polvo se acumulaba en la duela de la casa formando una delgada alfombra donde el señor Bessen resbaló lastimándose la cadera. Se puso un poco grosero,pero le recordé que ese polvo éramos nosotros, nuestra vieja piel, abandonando su sitio para caer y estar más cerca del infierno. Le encantó la idea, sólo me pidió mantener el fuego de los tubos de cera. Ahora tenía suficiente tiempo para embriagarme con frecuencia en las tabernas del pueblo. Una de las noches en el Dairy Day, estando cerca de perder el sentido, la explosión de una batería y un bajo me arrancaron de la espiral. Un hombre mayor con ajustada indumentaria de piel me dio en las costillas con el casquillo de sus botas. Defendí mi verticalidad aferrándome a un pilar, tratando de encuadrar hacia el escenario. El par de sujetos tejían un látigo de crueldad con el que golpeaban a todos los asistentes. Recordé las largas lecciones de guitarra que compartía con Sherryl. Todo había sucedido al ritmo de sus palpitaciones aceleradas. Era una perra histérica adicta al crack que fumaba treinta y siete cigarros en cada sesión. Giraba como un tornado devastando todo lo contenido dentro de su departamento. Cuando era imposible detener sus movimientos, tenía que prepararle una dosis de heroína (en tres fáciles pasos que ella me enseñó). Después del pinchazo se volvía un pez y ya no me costaba trabajo seguir las pulsiones. Verla arrancar esos estruendos a las cuerdas cuando apenas podía sostener el instrumento, era un espectáculo privado lleno de morbo. Fue una lástima que sus padres patearan la puerta aquel martes para arrastrarla a una clínica de rehabilitación cristiana. “Gracias a una supuesta llamada anónima”. Cuando tenía trece años deseaba con todas las células de mi cuerpo convertirme en coreana (como la chiquilla asiática que descubrí en las revistas del peluquero de mamá, ganaba mucho dinero mediante la anulación mental del dolor, podía permanecer durante horas, colgada debajo de algún objeto fijo, sostenida por ganchos de acero que atravesaban su piel; también tenía un perro muy lindo llamado Bunny, que salía acompañándola en todas las fotos) o entrar al equipode rugby del colegio, ganar un concurso de canto, o ser una modelo famosa. Como siempre, todo se fue a la mierda. No tenía la estatura requerida por el señor Collins para entrar al conjunto. Las pasarelas eran intransitables en los ortopédicos que el doctor Reuner, un ortopedista enano, me sentenció a llevar hasta que tuviera edad legal para comprar una escopeta. Mi voz de navaja habría sangrado los tímpanos de cualquier jurado y mis padres sólo conocían Corea a través del televisor. Tuve que librar cientos de tardes encerrada bajo llave en mi habitación, recorriendo la barra básica de canales, o tumbada boca abajo en la cama acariciando mi cuerpo.

   Mi vida social era muy parecida a la de Lisa Simpson, sólo que yo carecía de su talento en las matemáticas y el saxofón. Odiaba esa reclusión obligatoria. Las aulas, los patios, todo era una pesadilla. Mis compañeros caminaban siempre con una sonrisa implantada en la cara. Las chicas se agrupaban, como hienas, muy cerca de los campos donde retozaban los orates de último grado, desarmándose por atención. Podía ver las hormonas estallar como fuegos pirotécnicos. Todo el espectáculo me tenía aburrida. Atrapada en las instalaciones por algunos años, durante siete horas diarias, me sentaba siempre en la banca habitual a ver el tiempo estirarse como liga siempre regresando al mismo punto, haciendo mis horas más largas.

   Pensaba siempre en Jimbo, en Kearney Zzyzwicz y Dolph Starbean. Una banda amateur de golpeadores que vivía a las afueras del condado de Springfield. Ese grupo de rebeldes era el azote de las escuelas públicas del centro. Robaban el dinero a los demás para comprar alcohol, fumaban cigarrillos, pintaban paredes con aerosol y compartían música con el miembro de una secta satánica que conducía el transporte escolar. Jimbo y su pandilla me hacían sentir una fuerte descarga de humedad debajo del ombligo, como cuando papá me rodeaba con son sus enormes brazos. Las camisetas negras con estampados de cráneos. Los accesorios de piel con incrustaciones de metal. El cabello largo. No podía sacarlos de mi cabeza. Todo se trataba de Jimbo. Ya no me importaba más el estúpido rugby. O hacerla de imbécil en el modelaje. El vago amarillo significaba vocación. Aquello era diferente a lo demás. Lo sentía dentro. Justo en el núcleo de esas células que intentaron transformarme en coreana. Estaba convencida de llevar escondida en mi interior a una Lita Ford.

   Tomaba las botellas de licor que tenían en casa, las endulzaba con cubitos de azúcar y bebía hasta caer como si alguien me hubiera dado un puñetazo en la nuca. Cambié mis zapatos especiales por unas viejas botas que Madre guardaba en el ático, junto a toda la ropa que usaba antes de casarse. Las ojeras y los viejos botines me hicieron ganar en un par de semanas la confianza del chofer del autobús escolar. Le ofrecía botellas de ron que sacaba de la parte más alta de la alacena, donde mi madre guardaba todo el alcohol. Tenía que rebajar el líquido con agua y un poco de enjuague bucal para que mis padres no se dieran cuenta. Él me daba a cambio algo de su música oscura y un poco de información elemental de cómo arruinar la vida de los demás, utilizando cuatro velas púrpura, una fotografía, un poco de sal (no importaba el tipo de sal) y cincuenta centímetros de listón negro. Las guitarras distorsionadas. El tiempo acelerado de la batería. Las líneas sólidas del bajo. Toda esa velocidad hacía que me dieran ganas de brincar en la cara de mi maestra, quería destrozar toda mi ropa y sostenerla con alfileres de gancho, incendiar la oficina del director.

   Quería sentir en mis manos la vibración de las cuerdas. Ver cómo el sonido se desprendía de la punta de mis dedos, viajando por los cables, deslizándose fuera de la bocina. Para conseguirlo tenía que pasar un rato en las piernas de papá, mentir un poco. Algo sobre lo importante que eran para mi futuro las clases extracurriculares. Una insinuación de lo sobrevalorada que estaba la asignatura de música en el sistema escolar. Dejar caer un par de lágrimas, voltear al suelo, morder los labios. Nada del otro mundo. Cuando esperaba el autobús que conducía el hombre con el tatuaje de un pentagrama, pude ver el verde melancólico de la camioneta de mi padre. Salté dentro de la cabina, tenía una mueca minúscula en su rostro, casi imperceptible. Desde la fisura, se asomaba el brazo de una Stratocaster, hice más grande el orificio, tomé el brazo de la guitarra y jalé lentamente para sentirla cerca de mi pequeño cuerpo. Fue como la grabación del alumbramiento que nos ponían todos los jueves en el laboratorio de biología.

   En el instituto no enseñaban a tocar guitarra eléctrica, el maestro de música trató de convencerme del hermoso sonido que tenía el clarinete. Contuve la respiración y le dije que no quería tener en la boca un falo enorme (a menos que fuera uno de verdad) y soplar para que salieran de sus orificios sonidos graciosos. No estoy segura pero creo que lastimé su sensibilidad musical. Recuerdo que un tiempo antes de la desaparición de Sherryl le pedí que me enseñara su nota cortante. La desquiciada nunca quiso decirme cómo lograrlo, sólo me dijo que si quería causar una infección en los oídos de alguien utilizando mi Fender, tenía que ir a una cuidad a las orillas de Texas llamada Jasper.

   Despertar con un par de asiáticos encima de mí, no era algo que me pasara con frecuencia. Isao y Midori eran hermanos, algo así escuche la noche anterior. Me contaron que estuve haciendo un escándalo que llamó su atención, cabalgaba encima de la espalda de un abuelo que me había golpeado en las cotillas, chocando mi cuerpo contra la gente que bailaba en el círculo. Cuando terminaron de tocar, fueron directo a buscarme. La pequeña Midori era inquieta y no dejaba de apretarme los hombros cada vez que me decía algo gracioso. Isao no dejaba de ver mis ojos, mientras Midori parloteaba. Cuando Isao se veía reflejado en mis retinas azules, sonreía mostrándome su perfecta formación de piezas dentales. Supe que seríamos inseparables. Había encontrado mi banda de punk. Les hablé del templo del señor Bensen, de cómo todos los afiliados se mantenían jóvenes gracias a la sangre de las cabras. A ellos les fascinó que los chicos sólo comieran vegetales y bocadillos preparados con crema de maní. Midori dijo, mientras caminábamos dando tumbos, que ellos podían beber la sangre pero no probar la carne de los animales. Nos hicimos llamar Killing the Hippie. Asaltábamos restaurantes familiares o estacionamientos públicos, donde tocábamos hasta que aparecía la policía y los conciertos se convertían en un festival de golpes y arrestos.

   Una noche en la que todos los miembros de la secta salieron a una reunión donde tomarían la sangre de un bebé, decidimos irrumpir con todos esos punks lunáticos que eran nuestro público habitual. Los nenes enardecidos empezaron a destruir el lugar. Tomaron la llama de los enormes cirios y calentaron el techo de madera, hasta convertir la casa en una hoguera gigantesca. Todo lo que pude salvar fue el retrato amplificado de Anton Szandor Lavey. Los oficiales rodearon el terreno disparando con todo el voltaje de sus paralizadores. Midori, Isao y yo escapamos por un estrecho pasillo en la parte trasera de la enorme construcción. Nuestros retratos estaban por toda la ciudad engrapados a los postes, pegados en las ventanas de los restaurantes. La policía y todas las sectas de Texas nos estaban buscando. Teníamos que llegar libres al puerto de Houston. Los hermanos Ukie se hicieron pasar por una pareja de turistas y yo por una boba local que estaba encantada de mostrarles el país. Rogamos a una familia de mormones que viajaban por carretera que nos dejaran cerca de Houston, los encontramos en una estación de gasolina a las afueras de Jasper, fue bastante difícil, pero me ofrecí a pagar por el combustible y en algunas horas llegamos al puerto.

   Ahí estaba el Hinoki, un barco asesino de ballenas, donde crecieron los hermanos Ukie. La embarcación estaba disfrazada de atunero. Zarpamos con ellos. Nuestra música se convirtió en la banda sonora para destazar a esos animales gigantescos. Tocábamos en los días de mar picado (el caos de las olas me recordaba a Sherryl), mientras la tripulación lanzaba los arpones a los enormes cetáceos. Los animábamos desde la cabina. Eran momentos malos. El clima no permitía asesinar a nada que se moviera dentro del mar. Extrañaba los golpes en el rostro que me daban los oficiales. Echaba de menos al señor Bensen, la fotografía del templo en llamas. Recordaba las ganas que siempre tuve de vaciar un litro de gasolina en la oficina del director, esperar a que entrara y hacerlo arder junto con todos los papeles de mi expediente. La brisa fría del Atlántico era pesada. Teníamos varios días sin ver sangre. Las ballenas estaban ocultas, viajan en grupo como nosotros. Empezamos a tocar algo muy ruidoso, algunos marineros empezaron un lío sobre la formación correcta de los nudos, las primeras señales de una tormenta se dibujaron en el cielo de la noche. La tripulación entera bailaba con los cuchillos de cinturón entre las manos. Empezaron a encajarlos en contra de la persona más cercana, la sangre brotaba de las heridas abiertas como el nacimiento de un rio, cada corte se convirtió en un tono distinto, me pareció hermoso el sonido de las partes blandas al ser atacadas por las armas blancas. En el filo de los cuchillos se veía reflejada la luna roja que embravecía al mar. Midori aceleró los golpes a sus percusiones, Isao y yo apuñalábamos a la oscuridad. Quisiera retener esa imagen por siempre, pero mi mala memoria borra todo lo que tengo dentro del cráneo. La violencia de los marineros era conmovedora, como yo cuando quería ser coreana.

 

—Jorge Yee

 


Jorge Yee (Los Ángeles, 1987). Es egresado del programa de cuento del Centro de Escritura y Apreciación Literaria de la UABC. Su trabajo está incluido en diversas revistas de literatura y ha sido incluido en las antologías Lados B. Narrativa de alto riesgo (Nitro/Press, 2014) y Once navajas: narradores al filo de los treinta (Tierra Adentro, 2016). Recientemente cursó el diplomado en Escritura Creativa impartido por la University Of Southern California.

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