Resbalosas

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oleshka

Te fuiste sin aviso
Mi jinete sin vida
S. Salas

Migaja 3
Me sumergí en la tina pujando para liberarnos. Antes de que pasara lo de esta tarde [esas manos ajenas leyendo mi vientre como a una bola de cristal], aún te visualizaba como un grumo; una de esa sanguijuelas que expulsaría como con cada menstruación.
   Impares de meses han pasado desde aquella noche en la que me entregué al huevo del taquero. Hasta hoy, no me había dado cuenta de que ya pueden tocarte el pito o rodear tu vagina [“Si tienes la panza puntiaguda, será niño; si sigue redonda, niña”, dijeron los videntes de manos largas ].
“¡Fuera! ¡Fuera!”, te ordené. Obedeciste. Vi tu cabeza bajo el agua. De pronto, tus pompas, que flotaban como dos islas; las sumergí a nalgadas.
   Luchamos por romper el cordón que nos ataba. Al calmarse las aguas, vi tus partes fragmentadas. No tenían el matiz rosáceo que me venía a la mente al pensarte (ese tono cerduzco del taquero que castró tu abuela) sino plata; brillabas.
Relajé los puños y te integraste sobre la palma de mi mano, que saqué del agua para permitir que ascendieras. Mercurio.

I

Mercurio me transmitió un mensaje divino: que el sexo no podía ser tan doloroso. Borró de mi mente la imagen de aquellos perros afuera del puesto de tacos al pastor de Lucio. El macho aferrado a las caderas de la hembra. Ella no rebotaba, él ya no la bombeaba. Daban pequeños pasos sin lograr desprenderse. Chillaban. Nada distinguía sus miradas de las de la orfandad.
    Mercurio, también, se llevó la razón de la boca de Lucio; hizo que se me resbalara lo que este me explicó: “El pirrín del macho tiene púas como los alambres que se ponen arriba de las bardas para que los ladrones no se brinquen. Una vez dentro de la cosita salen y se les incrustan. Por eso mejor usa la boquita”, me había dicho agachándose hasta mi oreja como cuando, a lengüetazos, me contaba un cuento para lograr dormirse mientras me arrebataba cada sueño.
   Con cada encuentro, Mercurio se dejaba resbalar más. Cada vez con más confianza. Cada vez más adentro. Hasta que entró por completo.

II

—A ver, flojita. Abre las piernas —me dijo el ginecólogo mientras sujetaba mis tobillos con los grilletes de acero del camastro. Centró la lámpara de minero que llevaba en la frente a mi vulva. Pedí por que Mercurio siguiera su luz para salir de mi túnel.
       —Tienes varios desgarres —dijo el ginecólogo luego de asomarse.
Le expliqué que me los había provocado escarbando entre mis piernas, angustiada en busca de Mercurio.
      —Estás dilatada —agregó luego de hurgar con dos pares de dedos.
      —¿Ya va a salir? —pregunté. ¿Y si me hace un ultrasonido para saber cómo viene?
      —Claro. Vístete. Luego por el pasillo, última puerta a mano izquierda.

III

—Ya sabes, trae el útero en la cabeza —alcancé a escuchar la voz del ginecólogo por el altavoz del teléfono.
    —Ese tipo de embarazos son mi especialidad, carnal —respondió la mujer que, al verme entrar, dijo “te dejo” mientras se incorporaba de un salto de la silla giratoria de vinil marrón.
    —Me equivoqué, perdón —le dije avergonzada por no haber tocado a la puerta.
    El letrero caoba pegado en la entrada me desorientó. “Linda Manzanilla. Psiquiatra”, decía.
    —Estás en el lugar correcto. Aquí las etiquetas no importan —me dijo la doctora Linda mientras colocaba mi brazo alrededor del suyo. El gesto me recordó los 15 años de mi amiga Dolores, cuando era llevada por su chambelán a bailar el vals. No me di cuenta del momento en el que terminé sobre el diván de la doctora Manzanilla.
   —Ahora cuéntame —me dijo más en tono de orden que petición.
  —Mercurio, mi chico, le tiene pánico a los resbalones. La noche de su desaparición estábamos tan húmedos que clavé mis uñas en su espalda para aportarle seguridad. De pronto, el ardor que sentí hizo que abriera los ojos: mis propias uñas estaban clavadas en mis pechos. No había trozo de   Mercurio fuera de mí; resbaló dentro, completito.
   —Entiendo. ¿Y cómo se conocieron, Mercurio y tú?
  —Formalmente, en el súper. Antes lo había visto pasar por los tacos al pastor de Lucio. Siempre dando esos pasitos cortos que caracterizan su andar; siempre con cuidado de no resbalarse. Mercurio fue a comprar leche, el único alimento que tolera. Uno de los refris del súper se había descongelado, no se dio cuenta del charco y resbaló frente a mí derramando su leche sobre mi pecho mientras se aferraba a mi pezón con tal fuerza que me llegó al corazón.
   —Y qué sabes de él. De su familia, por ejemplo.
  —Mercurio mencionó el tema sólo una vez. Lo que contó fue suficiente como para no volver a preguntar. Tanto su abuela como su mamá murieron de un resbalón. La primera, afuera de los tacos al pastor de Lucio. Su mamá, trapeando después de parirlo.
  —¿Trapeando después de parirlo? —preguntó Linda Manzanilla más en tono de ironía que interés.
  —Sí. Supongo que era igual de cuidadosa que él… Fue a trapear el baño antes de que los fluidos inundaran a los vecinos del depa de abajo. Según   Mercurio, la placenta es tan escurridiza como la grasa. Resbaló, trató de sujetarse del cordón umbilical que había colgado en la regadera y el cordón se enredó a su cuello, ahorcándola. Previamente había dejado a Mercurio dentro del moisés. También se dio el tiempo de escribirle una carta de bienvenida.
  —¿Mercurio dejó cosas en tu casa?
  —Sí, un frasco con formol con un huevo dentro y una caja de Surtido Rico.
  —Busca dentro del Surtido, a ver qué encuentras. Y nos vemos la semana próxima.

IV

Antes de mover el frasco con el huevo y abrir la caja de galletas pasé los dedos por mi sexo para transmitirle a Mercurio lo que seguramente alcanzó a escuchar: husmeaba entre sus cosas por orden médica.
      Dentro no había foto alguna ni la llave de un baúl secreto. Tampoco rastro de pelo del primer mechón cortado. Sólo encontré tres migajas.
Migaja 2
Mamá resbaló afuera del puesto de tacos al pastor de Lucio. La grasa del cerdo chorreaba sobre la acera. Para lavarla aventaron un cubetazo de agua con jabón, de esa dentro de la que enjuagan los platos sucios. Mamá trató de sujetarse de algo y su mano no encontró más que el paquete del taquero.
    Cuando llegué, mamá estaba consciente; las pupilas muy dilatadas. La ambulancia se había llevado al taquero: los jóvenes en edad reproductiva primero y quedado en volver por mamá dando instrucciones de no llamar nuevamente porque estaban sobrepasados atendiendo llamadas de bromistas.
    Mamá abrió la mano y me entregó el huevo que le había arrancado por accidente al taquero. Lucio ya tenía preparado un frasco de vidrio con formol para que yo depositara el huevo, convencido de que era la misma situación como cuando él se había volado un dedo mientras partía el jamón de Navidad: te lo zurcen y luego se regenera.
   Primero pensé que la muerte de mamá: tirada sobre la banqueta jabonosa, absorbiendo la grasa del cerdo al pastor a través de la grieta en su cráneo era el precio a pagar por lo que me hizo al nacer. Ahora sé que el castigo por castrar a un semental se gesta dentro de mí.
   ¿Qué fuerza me condujo a sacar al huevo y entregarme a él?

 

V

—Y bien, ¿qué encontraste bajo el testículo? —preguntó Linda Manzanilla, especialista en casos como el mío.
       —Pues al parecer los resbalones de la abuela y mamá de Mercurio fueron mortales; de ahí el miedo que les tenía…
       —Las conclusiones las saco yo. Tú hazme una crónica de los hechos —me dijo con uno de los tonos que la caracterizaba.
      Sentí un retortijón en las panza; como si las vísceras me hirvieran. Le pedí a Mercurio que se calmara. También volví a mentársela a mi maestra de primaria, Columba, quien me hizo alérgica a esa palabra. “Crónica, oraba Columba. Todo sigue un orden temporal. Nacemos, crecemos, morimos. Veni, vidi, vici como decían en la roma antigua, esa que no estaba infestada de gitanos”.

Migaja 1
Recuerdo los fragmentos de esa pobre niñita con la que te tocó compartir cuarto en el hospital pediátrico. De haberla visto, no te creerías tan desafortunada. Cayó desde un onceavo piso. ¡Pensar que se le ocurrió dar sus primeros pasos sobre la cornisa de una ventana!
   Los doctores te pusieron algo que llaman casco corrector. Los familiares de la pobre niñita se reían diciendo que más bien era un casco de karateka (¡karatasos los que me diste durante los 9 meses que te llevé dentro!). Me pidieron permiso de tomarte una foto para enseñársela a sus amigos. Eran gente muy educada.
   Además de glotona, fuiste ancha de caderas. De ahí te atoraste mientras tratabas de salir (tú siempre tan independiente). Mi cérvix no podía expandirse más; por eso es que decidí jalarte. Sí, tal vez tengas razón. Protegerte era mi única tarea en la vida. Y la hice mal desde el principio.
    Sabes que nunca me gustó bañarme. Prefiero ver cómo se presionan la nariz con los dedos en señal de lo desagradable que les resulta mi olor a resfriarme. Y tuviste que llegar durante el baño. Pasaba la esponja por mi pubis cuando me encontré con tu cabeza enjabonada. Cerré los ojos y pujaste.
   Sí, tú siempre te has encargado de todo. Cuando volví a abrirlos te encontré comiéndote la placenta; sujetabas el cordón umbilical entre tus dedos como si de un rosario se tratara: pedías por leche. Glotona de nacimiento, ya te dije.
   El doctor tuvo razón. La fractura de cráneo no te dejó grandes secuelas. El casco de karateka te atornilló varias de las tuercas que traes zafadas; las migrañas no te dan más que dos, tres veces por semana; y la calvicie alrededor de la cicatriz que te atraviesa la cabeza no te ha privado más que de los jalones de pelo que te hubieran dado al montarte de perrito (más de uno creerá que corriste con suerte).

—Se acabó el tiempo; 45 minutos en silencio. ¿Mercurio no quiere que hables; te amenaza? —escuché a la doctora decir más con tono de reto que empatía.
   Buscaba un par de sorjuanas para pagarle cuando sentí los labios de la boca de Linda acercarse a los de mi sexo. “Ya saldrás, Mercurio. No puedes guarecerte ahí por siempre”, dijo más en tono de buleo que empatía.
  Le entregué el dinero.
  —Faltan 500 —me dijo con dignidad. El que tiene la imagen de esos codependientes: Frida y Diego, agregó al ver mi confusión.
  —¿Qué no eran 400?
  —900 por ser terapia de pareja.

 

—Beatriz F. Oleshko


Beatriz F. Oleshko. Escritora y lingüista ruso-mexicana. Graduada con mención honorífica de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas (UNAM) y de la maestría en Lexicografía Hispánica (Real Academia Española – Universidad de León, España). Becaria de Jóvenes Creadores en la categoría de cuento y asesora de la Secretaría General de la Universidad Autónoma Nacional de México en el fomento a la comprensión de la lectura.

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