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El joterío dividido: una crónica sobre la marcha gay en Monterrey

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La comunidad de la diversidad sexual de Monterrey sufre la mayor fragmentación de su historia; un grupo de activistas jóvenes decidió separarse de la organización tradicional y crear su propia marcha. La transición de mando que había iniciado en el 2017, cuando los activistas históricos cedieron el mando a las nuevas generaciones, se interrumpió de tajo. Fueron meses enteros de tensión y ataques constantes.

  Ambos bandos se acusaron mutuamente de intransigencia, manejos turbios, incongruencia y traición. Se decidió entonces que cada grupo tendría su propia marcha, con sus propias metas. Las chavitas, neófitas inconformes que quieren redirigir el barco, tendrían el 16 de junio, y las históricas, las que iniciaron el movimiento por la lucha de los derechos de la comunidad en 2001, tendrían el sábado 23 de junio.

  Una semanita de separación.

  El joterío quedó dividido. Se demandaron muestras de lealtad al interior de cada grupo. La clásica pregunta que aterrorizaba los sueños de los desviados, “¿ya te hiciste la prueba?”, fue desplazada por otra más candente e incómoda: “¿Y tú, a qué marcha piensas ir?”

  El loquerío andaba muy en onda Avengers Civil War, muy American Horror Story Mty: La Marcha.

  Decidí convocar a una amiga e ir a la primera para tomarle la temperatura al lío más grande que ha cimbrado a la comunidad de Monterrey. A las seis de la tarde salimos del metro subterráneo en la estación General Anaya, sobre la avenida Cuauhtémoc. Hacía un sol perro de a 29 grados. Los ojos se nos escocieron con el sudor y tardaron en adaptarse a la intensidad de la luz.

  Había muy poca gente y la poca que había estaba confundida. Nadie avisaba que el contingente iba moviéndose. Y ya iba una cuadra adelantado. Tuvimos que correr para alcanzarlo.

—Ya deja de tallarte los ojos hija, te los vas a sacar.
—Es que no me quiero perder nada.
—Hay muy poquita gente, joto.
—No te emociones, espérate, allá adelante se ve movimiento.
—Movimiento pero de coreografía mal ensayada.
—Están súper chiquitos, todavía huelen a talco y cremita para rozaduras.
—Yo a esa edad todavía estaba traumadita en el closet.
—¿Qué edad les calculas? ¿Unos 25 máximo?
—Sí. Chavitas muy chavitas. Qué lindas.
—Vente, vamos a meternos, parece que el pedo ya agarró ritmo.
—No veo ninguna cara enojada, ninguna ceja rabiosa, ninguna perra brava.
—Ni yo. Y tampoco escucho consignas. Ya llevamos cuatro cuadras caminando y no han soltado ni una.
—Tampoco hay pancartas, mana. Hubiéramos llegado a la papelería por unas cartulinas.
—Mira, aquellas traen una, ¿qué dice?
—“Dios ama a todxs, Cristo murió por todxs”.
—Qué puto asco.
—Aguas, la de al lado nos escuchó. Al parecer les ofende esa palabra, mija.
—Que se aguante, a mí me insultaron antes que a ella.
—Oye, tampoco veo a ninguna asociación civil mariconera.
—Ni a ningún colectivo trans, ni a ninguna ONG que trabaje en lo del bicho.

  Nos pusimos a buscar entre el genterío rastros de algún logo, de algún logo, de algún nombre de alguna ONG. Nos interrumpió un grito muy júbilo vainilla: “Wuuuuuuuuuu…”

—Ahí te hablan jota escéptica, no que no había consignas.
—¿Es al chile que ese es su grito de guerra?
—Ash, no empieces con tus mamadas de militancia aguerrida.
—Se supone que esto es una protesta, pendeja. No veo a nadie protestando.
—El amor y el afecto también pueden ser políticos, wey.
—Ay, ajá, con el discurso tan pobre que manejan estas, no lo creo.
—Si verdad, como que todas hablan lenguaje mercadóloga de universidad privada.

  Una cuadra más adelante, alguien intentó contagiar de energía a las demás con la consigna clásica : “No que no, sí que sí, ya volvimos a salir”. Pero no enganchó a nadie. No había ni un solo megáfono, así que el intento de arenga se desvanece y vuelve el “Wuuuuuuuu”, que sí obtiene respuesta.

—No seas mamona joto, ándale, dilo, dilo, te juro que no te vas a parecer a la ridícula esa que se hizo viral.
—Pues estas sí que se le parecen, eh, igualitas.
—Checa, un trío de maduras, ¿vinieron a magullar aguacates tiernos al kínder o khá?
—¿Las entrevistamos?
—No me habías prometido que solo vinimos a ver, no salgas con tus mamadas de periodismo, plis.
—Bueno, pues entonces camínale más rápido, que quiero ver a los que encabezan esto.
—¿A quién trajeron de mariscala?
—A unas youtubers rancias.
—¿Ya les viste la jeta? ¿Qué fue? ¿se les desinfló la convicción virtual? Están agüitadas.
—Yo estaría igual si tuviera que arrastrar todo ese sobrepeso por chingo de kilómetros.
—Son la carnada hija, estas anduvieron muy envalentonadas por tanto like. Infladas.

  Cuando ya estábamos en la cabeza de la marcha, volteamos hacia atrás y vimos campos y campos de florecillas imberbes. Un rebaño de ovejitas de lana impoluta, inofensivas. Un rebaño descarriado de paso atropellado, de esas que avanzan, se detienen, vuelven a avanzar dos pasos y se vuelven a detener, de las que todavía no se ponen de acuerdo en el ritmo y quedan comiendo moco por unos minutos, buscando con ojos desconcertados al pastor que las encamine.

  Los momentos de inmovilidad se perturban por los claxons solidarios que a su vez reaniman el “Wuuuuuuuu”.

—Ay, tan Louis Lane mi amiga, tomando notas…que no se le escape nada a ella.
—Dame ideas, marico.
—Pues no he visto a nadie burlándose, parece que los que pitan sí lo hacen en buen pedo
—Ay pues que no mamen, no salimos a la calle a complacer ojos heteros, salimos a desafiarlos, que se metan su buena ondita por la uretra.

  Por fin, alguien sacó un megáfono. Sale un ronco y metálico: “¡El que no brinque es buga!” La repitieron tres veces. Para la segunda vez el ánimo ya estaba apachurrado.

—El voluntariado ya anda afónico, se las está comiendo el desconcierto.
—Al chile, esto parece ristra irregular de chorizo mal empacado. Dos bolitas, luego un vacío, una bolita, y otro vacío más grande.
—Mira wey, ándale, ¿no que querías logos? Ya las viste, a la Wal-Mart, a la Scotia Bank, a la General Electric. ¿Y esos globos metálicos, qué dicen?
—Seguro otra marca, estas traen la pink wallet bien metida.
—¿Ya viste la manta de las Wal-Mart? “Un lugar para ti, un lugar donde puedes ser tú”.
—No me chingues, quiero vomitar.
—Ay tampoco exageres, mira, Wal-Mart contrata a chavas trans, eso está bien, admítelo.
—Nunca. ¿O qué se supone que debemos agradecerles el “enorme” favor que nos hacen? ¿Con sus salarios de mierda? Esto debería ir hasta el final de la marcha, detrás de nosotros, que no anden de corporaciones protagónicas. Se vienen a dar su baño progre y estas pendejas encantadas. Con su escoba y trapeador, felices de lavarles la imagen.
—Ya nena, cálmate. ¿Ya te diste cuenta de que no hay ningún antro presente?
—Yo hace rato vi uno. El billar lencho, el Búnker.
—Ay bueno ya, perdón. Anda, vamos, abre la compuerta del hate y ¡déjate fluir!
—¿Ya andas en plan Chesire?
—¿Eh?
—El pinche gato ese, que aparece y desaparece y que incita a Alicia a trolear a la reina diabética de corazones.
—¿Pues, escuchas lo que vienen platicando esas twinks? Quesque la ciudad ya cambió, que los activistas viejos ya no conocen las dinámicas del joterío, que ellos hablan siempre en pasado.
—Ja, y estos embriones no conocieron la ciudad ojete a la que los activistas que tanto desprecian sobrevivieron. Desconocen la rabia de los primeros manifestantes y la sangre que sudaron para abrir camino. No vivieron el gobierno represor que mandaba limpiar las calles de toda presencia de desviados.
—¿Esta es la primera marcha que las chavitas organizan solas verdad?
—¿A poco se nota?
—¡Mira, loca! ¿No que no había carros alegóricos?
—Eso es una camioneta de carga, de media tonelada.
—Y llevan arriba pura draga chambona y deshilachada
—Pura malcosida, igual que esta marcha.
—Qué imagen tan significativa…
—Ay ella, la metafórica. ¿Te imaginas que la camioneta se las lleve a tirar a una obra negra? Chance los albañiles sí les aplaudan.
—¿Será un performance político involuntario?
—Pues una parece la Marimar enlodada. Con su ropita toda ñeja y su peluquita ya derrotada.
—Es que el sol no perdona. El glamour, al igual que las convicciones políticas, si no se nutre, se derrite.

Volvimos a acelerar el paso pero ahora en zigzag, para viborearlo todo

—Oye mana, ¿no me habías dicho que los de esta marcha sí incitaron a todos los partidos políticos?
—Ash, sí, traen su buena ondita conciliadora.
—Pero pos yo no veo a ninguno.
—Todos les hicieron el feo.
—Igual que hace meses les negaron legislar sobre nuestros derechos.
—Ajá, y ellas de perritas falderas lamiéndoles las botas.
—No se conformaron con una patada, ahí están, pidiendo otra.
—Que mejor los pateen a la chingada, como al Equipo Rocket.
—No empieces de pokemona.
—Oye, viste que otra youtuber iba toda rezagada y abandonada hasta el final.
—Va cagadísima.
—¿Qué fue, cariño? ¿Querías que tus suscriptores te llevaran cargada?
—Vente, ahora vámonos pa’ en medio. Parece que ahí van gritando algo.

Nos acercamos al barullo, pero no gritaban, cantaban, intentando animar a la marcha anémica, pero hasta la bocina se hartó de tanto amor empalagoso y se rehusó a funcionar, quieren despertarla, pero se vuelve a dormir.

—¡Ya déjenla descansar! ¡Mamonas hostigosas!

  Después de varios kilómetros caminando, la serpiente multicolor ya parecía lombriz desmembrada. Volvimos hasta adelante, o lo intentamos, para ver qué hallamos. Otra bocina, prima de la anterior, iba escupiendo a todo volumen el “Pelo suelto” de Gloria, pero sólo se deschongaron tres personas.

—Para que la Trevi no prenda, pues sí está gacho.
—Ya no aguanto, joto.
—Te dije que durmieras bien y te trajeras una sombrilla.
—No, lo que ya me tiene asqueada es tanto Cloralex. Estas asépticas y su optimismo amoroso.
—Pues ya vamos llegando a Washington. ¿Ves dónde está la funeraria? En esa esquina nos sordeamos.
—Ay, tú tan alegórica.
—A la verga, me urge sacudirme tanto activismo higiénico, me urge olor a fruta podrida y cantina miada.
—Cuidado amiga, ¡esa loca trae una pistola!
—Es de burbujas, animala.
—Ay, ya vi. Las pobrecitas, se revientan apenas nacen.
—A la mayoría de las presentes también les urge que les revienten las suyas, a ver si así salen de su comodidad perfumada.

  Dejamos atrás a las girasoles sonrientes y nos fuimos rumbo al mercado de abastos a refugiarnos en la Puerta Negra. Cantina de obreros. Cuando entramos el sol todavía era plomo líquido que caía como fango por todos lados. Al salir ya estaba nublado.

—Ay, se les acabó el solecito, ya no van a poder hacer su fotosíntesis alegre.
—Apúrale, mamona. Me prometiste que sólo íbamos por una y nos chingamos cuatro wamas.
—Así mido el tiempo yo, con envases vacíos.
—¿Crees que ya hayan llegado a la meta?

  Llegamos a la explanada de la Macroplaza. Lugar donde terminaría el convoy. Lo primero que distinguimos fue un globo de estampado empresarial que se fugó. No aguanto el calor, o el oso, y se elevó por encima del Palacio de Gobierno. Ya iba medio muerto, sin aire. El viento le hizo el favor de empujar su pachorrez.

—Mira, ¡ya llegaron!
—Pobre de ti si me perdí algo interesante, estúpida.
—Ay, qué bonito, no hay escenario, ya viste, ¿qué bello, no?
—Terminaron con sus diatribas sobre las escaleras de la plaza, tan de filósofas griegas, palestra mariqueta.
—Se ve lindo.
—Vente, vamos a acercarnos para ver qué dicen.
—Pérame joto, me ando miando, vamos al portátil.
—Pues no se ve ni uno, parece que tampoco les alcanzó pa’ eso.
—Ay, no seas ignorante, lo que pasa es que estas se operaron en Houston, ya no tienen necesidad ni de cagar ni de orinar.
—Lisita y plástica como la Barbie. Y sin olor ni sabor, por favor.
—Pues parece que tus filósofas se quedaron en el pasado, a puro pulmón, un microfonito hubiera estado bien.
—No entiendo nada de lo que dicen.
—La de la lengua de señas se ve más animada y potente, la otra ya perdió la voz la pobra.
—Alguna jota sordomuda que me haga el favor de traducirts…
—Definitivamente, la mejor diatriba es la que no se entiende.
—Mira, pinche resentida, ¿no que había pura universidad privada? También vino una pública.
Ayñ sicierto. Se me olvidaba que estos chavitos consiguieron meterles colectivos estudiantiles de desviados a las universidades, pa’que nos rindan cuentas.
—Vaya, hasta que les echas porras.
—Para ser la primera marcha de unos inexpertos hubo más gente de la esperada.
—Lo virtual convoca, reina, pero no construye discurso.
—Te las vas a echar encima hocicona, no vas a culear.
—Cuánda has vista que una galga sofisticada les tenga miedo a unas chihuahueñas pataratas y virolas, ¡Cuánda!
—Esto ya se acabó, vámonos a seguir mamando alcohol.
—Ay mana, se me está apachurrando el ánimo, te dije que no fumáramos de la kuesh, que mejor de la barata, para aguantar.
—Ten, dale al popper, pero sordeada, pinche descarada.
—No te alteres amiwa. Vas, tú también, dale y relájate, inspírate, inflámate.
—Lo bueno que son piratas, los originales ya no me pegan.
—Obvia, y aparte están echados a perder.
—Mucho mejor.
—Dame, dame, dame más.
—Ten, deja pido el uber… Vete un chingo a la verga, ¿ya viste?
—¡También ellos andan de elegebeteros, qué bonita se ve la ruta arcoíris en el mapita.
—Que se queden con su inclusión corporativa, vámonos caminando.
—Hasta allá…
—Ayer fue quincena, hoy es sábado, el Wateke va a estar hirviendo de mayates. ¿Le quieres dar de nuevo al popper o ya te animé lo suficiente?
—Ay, ella, cuánto talento de vendedora tienes, deberías explotarlo más.
—Bájale, payasita. ¿Nos metemos el ácido aquí o ya estando allá?
—Yo ya me había metido el mío…y la mitad del tuyo…
—Chingas a tu cola joto, ¡Yo los pagué!
—Je suis desolée,

         Lo siento,

             Ik ben Droevig,

                   Sono Spiacente,

                                Perdóname.

—Llegando al Wate esa es la primera rola que ponemos eh, pero tú la pagas pa’ contentarme.
—Sí mija, pa’ que toda la melcocha dulzona que nos acabamos de tragar no te vaya a atragantar.

Por fin llegamos al otro putero. Entramos. Inspiramos con fuerza pero quedito el olor de sus cañerías expuestas, los miados rancios que carcomen el piso, las vomitadas secas que todavía aromatizan el ambiente.
—¡Ay, cuánta belleza!
—Ay nooooooo, por favor, ¿ya viste? Nos copiaron el plan. Las bien planchaditas ya andan aquí, de safari. Hambriadas de emociones exóticas.
—Les encanta arruinarlo todo a las garrapatas estas.
—Pero ¿qué pasa? ¿Por qué nadie baila?
—Porque faltaba que llegáramos nosotras. Vente. Al centro de la pista, a enseñarles a estas taimadas cómo se gozan las perras callejeras así mismas.
—Ay, tan política mi comadre.

Y terminamos ahí, al centro, rodeadas de pura persignada. En una mesa estaban las queersde aparador; en otra, las esperanzadas en el matrimonio; en otra, las draguitas y su discurso kínder y sus transgresiones de guardería; en muchas, las homonormadas, despolitizadas como ellas solas…

***

*Confesión: mi amiga no existe, todo el diálogo ocurrió en mi cabeza. Le apodé La Hunter. Es gringa pero le gusta hablarme en español. Para cubrir el evento no me bastaba con una mirada, necesitaba cuatro ojos para abordar la ambivalencia que sentía hacia los organizadores.  Y drogas, muchas drogas y alcohol para dejar de reprimir a la señora regañona que todos llevamos dentro y dejarla salir a que se divierta un poco.

Este texto fue publicado previamente en el portal Zona Sucia, en junio del 2018

—Alejo Alcocer


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