El Pirata: donde no todo termina en el olvido

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Fotografías de Sofía González

He estado viviendo fuera de Ensenada, así que, al regresar, fui directamente al Pirata. Me recibió una señora de blusa rosa que sostenía un cigarro a medio fumar, cantaba.

  (Es así como te recibe México: con una canción.)

  El Pirata es uno de los pocos bares de Ensenada en el que, aunque esté prohibido fumar, a los fumadores se les respeta; la antigüedad conlleva ventajas, no todo termina en el olvido.

  Hay lugares que nos enseñan a recordar, a recordar de una manera en que el sufrimiento se transforma en nostalgia. Bien dice la canción: “Como buena mexicana, sufriré el dolor, tranquila”, y es precisamente eso a lo que invita este bar.

  El Pirata sirvió su primera cerveza el 14 de octubre de 1961, en las calles Segunda, entre Gastélum y Ruiz. Fundado por Narciso “Chicho” Verdugo, el nombre viene del equipo de béisbol Los Piratas de Pittsburgh, de quien Chicho era fan, y, a la vez, es el nombre de un equipo ensenadense, nacido en 1935 y patrocinado por el mismo Chicho. El equipo duraría más de cincuenta años, hasta 1995, o finales de los noventa,  el pasado es un tanto confuso y un tanto perfecto.

  Al lugar concurren los parroquianos, que, con la mano levantada, se saludan con una mirada y se palmean las espaldas.  

  “Todo mundo se conoce, aquí no hay problemas, todos son buena gente”, Silverio Castro me comentó un día. Silverio, originario de Isla de Cedros, pescador, ha acudido al Pirata desde hace siete años. Al escucharlo, pienso en esa extraña familiaridad de ciertos lugares, como si uno siempre hubiera estado ahí.

  En este instante, Carlos Verdugo, hijo de Chicho, su hijo y  su primo Héctor Hernández se turnan detrás de la barra y dejan entrar a los clientes, amigos casi siempre, a partir de las 10 a.m. y hasta las 12 p.m. Temprano, Carlos se va al mercado por limones y servilletas, lo que haga falta para el día. En ocasiones, si se quedan solos, cierran a las 11 p.m. Y es que desde el 15 de febrero de 1985 se abre la misma puerta.

  —Antes, Ensenada tenía banquetas de madera —me comenta Héctor:— nosotros nacimos aquí en la calle Tercera y Miramar, ahí vivíamos y después nos tuvimos que cambiar. El pavimento llegaba hasta la Ruiz, donde esta el hospital, todos jugamos beisbol, 100 % beisbolistas. Con algunos clientes, me ha tocado atender al papá, al hijo y hasta el nieto.

  El Pirata ofrece una ventana hacia una parte muy íntima de la cultura mexicana, junto con la música que acompaña a ese corazón adolorido, a esa página más. Aquí, se comparte la cerveza, la mesa y sobre todo la vida.

—Sofía González

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