03_The-Abandoned-House_Lo

Vete de mí

in Ficción by

03_The-Abandoned-House_Lo
Desde que Lucía tenía memoria, la cocina de su casa siempre había olido a café recién hecho; durante generaciones, remontándose hasta su tatarabuela, a quien enterraron con un rosario hecho de granos tostados de café, al que se aferró con tanta fuerza en su lecho de muerte, que parecía saber a dónde iba en su viaje final. Pero para Lucía, el aroma y todo el rito que había alrededor de ese brebaje, era un recordatorio constante del odio que su madre sentía por ella.
   La casa donde ahora viven juntas es modesta, pero con muebles finos en los cuartos y un piano que es la pieza central de la sala de estar; la casa está sucia porque la mamá de Lucía no la deja cerrar las ventanas debido al temor de morir ahogada de nuevo por una fuga de gas.
  —¿Te vas a ir al trabajo en esos trapos, niña? Con razón no te suben de puesto ni te dan aumento, dando lástima no vas a llegar muy lejos —dijo la madre de Lucía, mirando con repudio la taza de café instantáneo que le prepara su hija.
Doña Graciela se levanta de la silla y se dirige al pasillo con pasos lentos.
  —¿Quién eres, qué haces aquí? –grita al espejo.
  —Mamá, ven para acá, no es nadie.
  —Cómo carajos no va a ser nadie si me están gritando, ¿no oyes? Cállate la boca, maldita —golpea el espejo con el puño cerrado pero no alcanza a romperlo.
  Lucía logra detenerla antes de que se cause daño, no sin antes recibir una bofetada.
—Quítate, niña idiota, me estorbas.
  Una de las ventajas de trabajar a unos pocos pasos de su casa, es que los vecinos pueden avisar si algo sucede en casa. Cuando vivía, Doña Graciela tuvo rachas en las que dejaba todas las llaves de agua abiertas y la televisión prendida a todo volumen. Lo último que hizo antes de fallecer, fue olvidarse de revisar la estufa y el agua del arroz, al hervir, había apagado la flama; dentro de su locura no olvidó cómo había muerto.
  Salvo las maldiciones y algunos trastes rotos, Lucía disfruta escuchar a su madre tocar el piano, regalo de su bisabuelo, un viejo Mason & Hamlin de cuyas cuerdas oxidadas y pedales rotos, aún salía un Vete de mí soberbio que resuena en la vieja casa hasta llegar al quiosco del parque de enfrente, sobrepasando el ruido citadino y los gritos de niños jugando. ¿Quién toca cuando te vas a trabajar? Le preguntan algunos vecinos a Lucía, quien siempre responde que son los gatos jugando sobre el teclado.

Graciela era bruma cuando Lucía regresó a su casa en una urna metálica después de haberla cremado. Flotaba amorfa tarareando las canciones que tocaba en vida; no fue hasta que Lucía comenzó a hablar con ella que recuperó su forma humana. Apareció sentada sobre la banqueta del piano con los dedos extendidos sobre las teclas. Sus manos morenas, de dedos largos y finos parecían haber recuperado la destreza perdida en su lucha contra la artritis.
   —Toca, mamá, anda, ahora tienes todo el tiempo del mundo para hacer lo que te gusta, papá y tus dolores ya no existen, ya no están para impedírtelo– le dijo Lucía mientras acariciaba su cabeza y le acomodaba la peineta–. Por favor, toca Duerme negrita para mí, como cuando era niña.
  Las primeras semanas de su retorno fueron fáciles: Graciela mostró un lado de sí que pocas veces se permitió mostrar en vida; Lucía ya no estaba sola en una casa de rosales marchitos y gatos ausentes, y pensó que tal vez ésta era una oportunidad que le estaban dando la vida y la muerte para resarcir antiguos daños, para sentirse querida y no un fracaso por trabajar en una farmacia de aquel barrio venido a menos y ser tan “abrumadoramente pedestre”, como la llamó su madre cuando intentó enseñarle música, y equivocadamente pensó, que por tener manos como ella, habría heredado su talento.
  El cambio a lo peor fue lento, comenzó igual que cuando estaba Doña Graciela vivía, con llaves abiertas y televisiones encendidas a medianoche; los gritos matutinos por el café desabrido y la casa sucia. Aunque su sentido del tacto era nulo, podía reconocer los olores y la ausencia de estos a su alrededor, había momentos en los que olvidaba la voz de su hija, su propia cara, las habitaciones, estaba tan indefensa que provocaba una ternura tan amarga que le hubiese impedido a cualquiera tenerle resentimiento por lo que había hecho en vida; pero había otros instantes, más desgarradores para su hija, en los que escupía veneno por cualquier nimiedad y la hacía recordar por qué la misma familia pensó que Dios la había castigado con la artritis y el olvido de las notas.
  —Mira mis pobres flores, Lucía, están muertas, como tu vientre, como todo lo que salía de ahí. ¿Y el café, carajo? No haces nada en todo el día y no le quieres preparar a tu madre una maldita taza café.
  Cuando Graciela estaba dormida, Lucía tomó la urna y el chal que tanto le gustaba ponerse a su madre. Cruzó la calle para llegar al parque y, en el árbol más frondoso, esparció las cenizas de Graciela en la jardinera, amarró el chal a la banca y se persignó antes de irse.
  Cada mañana se asomaba por la ventana para ver si alcanzaba a verla deambulando por el parque, perdida, sin rumbo, pero no vio señal de ella; por algún tiempo tuvo pesadillas en las que el fantasma de su madre flotaba sobre su cuerpo y le escupía la tierra con la que había mezclado sus cenizas, hasta que, por primera vez, comenzó a soñar con esos bebés que no alcanzaron a formarse en su vientre, pero que en sus sueños la recibían con abrazos y que dejaban un aroma dulce merodeando en sus sábanas. Ellos están donde ella no los puede tocar, se repetía a sí misma como mantra todas las mañanas.
   Vendió el piano, cambió algunos muebles, arrancó los rosales de raíz y los reemplazó con gardenias que perfumaban la casa. Los gatos regresaron sintiendo el ambiente más ligero; por mera costumbre, se asomó desde la cocina al parque y vio a lo lejos a Graciela sentada en la banca con su chal, en silencio, con niños corriendo a su alrededor sin poder verla. Lucía tomó un sorbo de agua tibia con limón y desde ese día, en el que por fin entregó a su madre al parque, nunca más volvió a preparar café.

 

—Claudia I. Solórzano

 


 

Claudia I. Solórzano (Tijuana, 1984). Es licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamérica y maestra en Lenguas Modernas por UABC. Fue becaria del PECDA en la categoría Jóvenes Creadores 2008-2009 y 2012- 2013. Su obra aparece en Tijuana es su centro y Norte/Sur (Kodama, 2011, 2013), Tijuana en el exilio (revista Kathársis XXI 2013) y en Lados B (Nitro Press 2013). Actualmente coordina el taller literario del programa “Talentos Artísticos Valores de Baja California” del ICBC y es Catedrática en la Facultad de Idiomas de UABC.

 

 

 

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