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La puesta en escena

in Crónica by

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Jueves 21 de septiembre del 2017, 8 de la noche.

Derrumbe del edificio ubicado en Bolívar 168, esquina con Chimalpopoca, D. F.

–Dicen que las encontraron de pie– me cuenta un muchacho de unos veinte años del oriente de la ciudad; nuestros brazos se encuentran entrelazados y conformamos con otros más una larga valla humana; él se encuentra a mi lado derecho. A dos días del terremoto del 19 de septiembre, en el derrumbe del edificio ubicado en Bolívar 168, D.F., corrían rumores sobre la búsqueda de por lo menos cuatro mujeres taiwanesas, las últimas faltantes de las que se tenía registro. Otros rumores también informaban sobre el hallazgo de dos de ellas.

–¿Cómo de pie?

–Pues así, irreconocibles. Por eso tardaron tanto en sacarlas.– Me imagino, entonces, la altura de cuatro pisos de concreto disminuida a la de dos, sobre la vertical delicadeza de un cuerpo…

  No esperábamos ver sus cuerpos amortajados, con una comitiva de veinte personas a su alrededor para esconderlos… Cuando la Ciudad de México se desbocó a rescatar gente atrapada entre edificios vencidos, supuso que encontraría vidas y no cuerpos. Cuando éstos fueron transportados, distinguí en el primero el dibujo de unos pies levemente ensangrentados; en el segundo, un perfil que por sus dimensiones sería el de una mujer y, por el contexto, el de una de las mujeres taiwanesas que hasta esos momentos faltaba por localizar.

  La entrega de estos dos cuerpos se dio en un contexto singular y que despuntó frente a los otros, pues implicó el montaje de una puesta en escena: en lo alto de la mole de concreto y varillas dobladas, la mayoría de los civiles que participaba en las labores de búsqueda y rescate se evaporó debido a un repentino protagonismo del Ejército.

  Esto sucedió entre las seis y nueve de la noche y, a diferencia de otras entregas de cuerpos, en ésta se ordenó que se formaran dos vallas humanas para asegurar el libre tránsito de la comitiva oficial. Se pidió, también, que todo aquel que formara parte de éstas portara casco, chaleco, guantes y cubrebocas y, sólo entonces, sucedió algo inédito dentro de la zona de desastre o zona cero: la aparición de algunos periodistas, fotógrafos y por lo menos tres cámaras.

  De modo que cuando los cuerpos de las taiwanesas fueron rescatados por los Topos y Coyotes y entregados a la Marina, y por la Marina entregados a la Cruz Roja y por la Cruz Roja entregados a los peritos de la PGR, el escenario fue el de una organización estatal e institucional que cumplía con su trabajo; sin embargo, la verdad es otra: si se salvaron vidas y cuerpos fue gracias a la euforia y trabajo de los civiles, los Topos, los Coyotes y los perros de rescate. 

5-7 p.m.

-¿Y a poco han rescatado a alguien? -me pregunta el soldado con el que me encuentro entrelazada por el brazo izquierdo; es joven y se le nota aburrido.

-Sí, ya van varios. Ayer me tocó una mujer. Pero la sacaron por el otro lado.

-¿Con vida? 

-Creo que sí. Al menos ése era el ánimo.

-¿Y cuántos había?

-Pues no se sabe, unos dicen que 30, otros que 100… ¿Acaban de llegar, no?

-Sí, estábamos atrás, a ver a qué hora nos decían que entrábamos. Nos íbamos ir al norte, pero ya con esto, pues ya no creo; aún no dicen.

-¿Y eres de aquí?

-De Veracruz, por Poza Rica, un pueblo…

 Cerca de las cinco de la tarde de este mismo día, llegaron mandos del Ejército para documentar su propia presencia: eran unas seis u ocho personas que posicionaron a algunos soldados en la remoción y acarreamiento de las ruinas para que salieran de fondo. Dispararon la cámara y los mandos se retiraron. 

  A partir de este hecho, se suscitó cierto descontento generalizado, aunque silencioso, porque ayer, miércoles, y durante el día de hoy, los civiles fueron los que agarraron los picos, mazos, cizallas, palas, marros y cuerdas; cargaron cubetas a tope de cascajo; organizaron y surtieron los centros de acopio; cuidaron, alimentaron e hidrataron a todo aquel que estuviera en la zona de desastre.

El hormiguero

La noche del miércoles 20 de septiembre el ambiente era de euforia. Una euforia acrecentada por el encuentro de alguien con vida bajo los escombros; el hallazgo hizo evidente que el trabajo tenía sentido. En ese momento, los brigadistas se dieron cuenta de que mientras menos tiempo pasara, habría más posibilidades de encontrar a personas con vida. 

  En el flanco norte del derrumbe, del lado que da hacia el patio de la Escuela Primaria Simón Bolívar, se formaron distintos tipos de cadenas, ya sea para surtir los materiales; para acumular los archivos encontrados; para cargar cubetas de cascajo y devolverlas vacías, o para resguardar las mercancías que se encontraban dentro del edificio, como telas, ropas, juguetes o cámaras.

   A mis manos llegaron las ropas que confeccionaron algunas de las trabajadoras de Chimalpopoca, aquellas mujeres atrapadas entre la mole: con o sin vida. La materialidad y certidumbre de que algo de ellas pesaba en nuestros brazos dio lugar a tres gritos que no fueron pronunciados: (1) sobre estas telas, ellas colocaron sus manos: midieron, trazaron, cortaron, tejieron: transformaron; (2) el río de prendas sería el contacto más cercano que tendría con ellas; (3) quiénes son estas mujeres. Los tres gritos se produjeron interiormente, superpuestos uno contra otro, como peleando su derecho a ser escuchados.

  En otros puntos y flancos de la zona cero, había también grupos que organizaban el material, la comida y los sueros, y otros que amarraban los pilares de varilla y concreto para arrastrarlos hasta el camión de escombros. Existía, también, cruzando la calle de Bolívar, un estacionamiento donde los familiares y personas cercanas a las víctimas esperaban por noticias…

  Afuera, el ritmo de trabajo en las cadenas difícilmente se detenía, pues en lo alto de la mole no lo hacía. Gracias a esta premura se debieron los rescates; por eso, cuando a las nueve de la noche del jueves 21 el Ejército tomó las riendas del trabajo, su ritmo disminuyó: trabajaban sin impulso, acarreados de quién sabe dónde, indiferentes.

*

Gran parte de este miércoles lo viví en una especie de bloqueo o desconocimiento sobre lo sucedido, quizás porque nunca antes me había encontrado en una situación parecida y no podía reconocerla; sin embargo, hubo un momento en que realmente quise ver aquello entre lo que me estaba desplazando. Esto fue lo que vi:

  Cuatro pisos de concreto asentados uno sobre otro, con nulo espacio entre ellos, que de manera casi perfecta embonaban y conformaban un monstruo de cemento inabarcable a la vista; en su interior, personas sin vida, personas con vida, personas en sus últimas horas, personas que tuvieron suerte y sobrevivieron, personas que murieron instantáneamente o lentamente; en su exterior, algunos miles montando, rodeando el monstruo, para intentar vencerlo, desmontarlo; proporcionalmente: una colonia de hormigas impulsada por quién sabe qué para buscar a otras… La diferencia era que había unas, las de abajo, a las que les había caído el peso de la vida: su misma fragilidad y vulnerabilidad. Es necesario un terremoto para recordárselo a una ciudad completa.

   En el ambiente de esos días, aunque no pronunciadas, también resonaban las preguntas: ¿quiénes eran las mujeres que trabajaban en Bolívar esquina con Chimalpopoca?, ¿cuánto ganaban?, ¿estaban aseguradas?, ¿qué hacían mujeres asiáticas en este inmueble?, ¿por qué colapsó este edificio y otros no?, ¿tenía deficiencias?, ¿quiénes otorgaron los permisos para trabajar en él?, ¿a cuántos estamos buscando?, ¿a quiénes pertenecieron los últimos cuerpos?

—Mayra Gutiérrez


Mayra Gutiérrez (1989). Oriunda del estado de Puebla, pero chilanga desde hace 10 años. Estudió Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Escribe poesía, pero también ha cultivado el periodismo cultural. Ha publicado algunos de sus poemas en revistas como La Mascarada, Liebre de fuego, Primera página e Hímen, Letras salvajes, así como algunas crónicas en blogs como Antes de Eva o Hablando de cultura. Fan de Temperley, Pizarnik, Bishop, Cummings, Simic… FB: Levitan Mar. Twitter: @LevitanMar.

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