Las plantas del jardín prístino del arroyo de los álamos

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Somos tres devotas de las plantas nativas las que emprendemos el segundo viaje hacia Valle de las Palmas. Tomamos la carretera rumbo a Tecate. Yo no manejo ni soy copiloto. Me acurruco atrás pensando en que podría resolver el desvelo con una siesta caminera. No tenemos mucha seguridad de lo que allá nos aguardará. Hemos aprendido que lo mejor al tratar con Norma Meza Calles es dejar que el tiempo tome su curso y con él las cosas sucedan libremente. Seguimos las indicaciones que nos envió por el celular: “Lleguen a la casa, de ahí las llevamos al rancho”. No sabemos qué nos espera. Norma, en sus mensajes, siempre escuetos, no nos brinda mucha información.

  En la última visita que le hicimos quedamos que este sábado nos llevaría a caminar al monte de su comunidad para enseñarnos sobre las plantas que sus antepasados kumiai usaron y que ella aún usa y enseña a sus nietos a usar. En aquella ocasión nos vimos en la casa de Valle de las Palmas donde vive con sus nietos, Noemí, Aracely, Mahit y el pequeño Wiywer, apodado Ñaña, que es un torbellino de apenas 3 años. Las nietas más grandes nacieron y crecieron en Juntas de Nejí (la comunidad kumiai asentada en un cañón de álamos cerca de Tecate), pero la familia se mudó para que tuvieran acceso a las escuelas del Valle de las Palmas.

  Hace cerca de un año conocí a Norma en Nativa, el festival tradicional de las etnias nativas de la región que el Instituto de Culturas Nativas de Baja California A.C. (CUNA) organiza desde hace décadas. En él se reúnen los herederos de los pueblos yumanos originarios de ambos lados de la frontera a compartir sus ritos, artesanía, cantos y comida tradicionales. Durante aquella edición del festival se celebró el primer Concurso de cocina tradicional nativa “Armonía ancestral”, y tanto Norma como yo fuimos invitadas a participar en el concurso tomando el parte de juez. Sentí su juicio muy severo, y a veces desalentador para los participantes. Quizá porque le tengo algo de aversión a los concursos, las competencias; quizá porque me gustaba más la idea de felicitar a todos los participantes por el sólo hecho de llevar a cabo la investigación entre la historia familiar para justificar la preparación con la se aventaron a concursar. Sentía que la severidad del juicio calificador de Norma -no sólo en las tablas de evaluación, sino en sus expresiones y críticas a los concursantes- podía desanimar el ejercicio de buscar sus raíces en la cocina de las madres,  de las abuelas. Pero comprendí que el puro evento de animarse a cocinar la preparación familiar no era lo que ella buscaba celebrar, sino el apegarse a la receta tradicional, a la manera de las costumbres, de las raíces nativas.

  Buscamos a Norma hace varias semanas porque nos interesa hablar con ella sobre las tradiciones de su gente, particularmente sobre la cocina y la medicina kumiai.  En diversos foros y publicaciones hemos identificado en ella un fuerte estandarte que se caracteriza por preservar las usanzas de los antepasados entre los herederos de las culturas nativas.  Junto con otras sobresalientes mujeres nativas, como Rose Ramírez (descendiente chumash de la California estadounidense), Norma promueve la resiliencia de sus costumbres sembrando la semilla de éstas en sus nietos con un amor de abuela. Ambas mujeres les han enseñado cómo la naturaleza provee del alimento y la medicina que necesitan para crecer sanos y plenos. Luna, la nieta de Rose, ha aprendido a recolectar, usar y cultivar plantas como la salvia blanca o la ortiga; Noemí, la mayor de los nietos de Norma -tiene apenas quince años y una cabellera larga y negra que deja caer sobre sus hombros-, nos presume orgullosa que ella sabe cocinar el pish alj, la flor amarilla del ejotillo silvestre. Mientras nos lo comparte, los ojos de Noemí brillan como saboreándose los tacos de la flor guisada. De su abuela aprendió cómo prepararla, hirviendo durante varias horas los capullos amarillos, para luego formar una bola que se cocina con cebolla picada. Luego, con el guiso resultante se rellenan los tacos. “Saben bien buenos”, dice la chica del pelo negro.

  Creo que de las mujeres kumiai que he oído hablar, Norma es una de las que lleva la voz más firme: defiende ferozmente sus encinos y sus pinos, sus flores de pish alj y su salvia blanca que poco a poco se vuelven menos accesibles por el desarrollo y la adquisición de tierra por particulares.  Antropólogos y lingüistas, estudiosos de la cultura kumiai, la mencionan frecuentemente entre sus fuentes. Muchos de los grandes personajes de las comunidades que poseían el conocimiento de la tradición, los ancianos, han muerto ya. La voz de Norma es la historia viva que busca perpetuarse. Ya bien entrada en la plática, en esa primera ocasión, nos extiende una invitación que nos resulta fascinante: “cuando vuelvan a venir vamos allá al rancho. Vamos, a caminar al monte  a buscar plantas”.

  Y es así que volvemos por segunda vez a Valle de las Palmas. No sabemos con certeza qué nos aguarda, los mensajes que Norma nos envía siempre revelan poco de lo que habremos de encontrar. Su nieta, Noemí, con su pelo negro apenas sujeto por un broche, nos recibe.

–Las estaba esperando– dice mientras cierra con candado la puerta–. Vamos, yo las voy a guiar hasta el rancho.  

  Se sube al auto y tomamos de nuevo la carretera. Nos desviamos más adelante por un camino angosto pero pavimentado que no está señalizado. Al poco tiempo el pavimento acaba y recorremos el camino de tierra que divide en dos el paisaje: al lado izquierdo, el chaparral,  y al lado derecho, todo aquello que el año pasado no sucumbió en un extenso incendio. Vemos inmensas moles de roca teñidas por el tizne del humo que desprendieron las plantas en combustión. Del lado del chaparral, las plantas hacen patente en sus fisonomías que el calor ha sido despiadado. Nos bajamos del auto al reconocer desde la ventanilla a una planta que nos es familiar pero que no logramos identificar. De entre los matorrales de una salvia vemos que en sus varas crecen las primeras hojas de esta temporada. Deducimos que es salvia negra, luego de dedicarle un minucioso estudio a su aroma. No es el característico olor a miel de la salvia del valle. No puede ser la salvia de la costa, estamos muy lejos de la humedad del mar. Todavía es muy temprano para identificarla por el color de sus flores, no han brotado las inflorescencias. Sospechamos de la salvia negra, pero no lo aseguramos hasta que en los libros encontramos más información.

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  Más adelante el color marrón y cenizo a nuestro alrededor da paso a un verde muy fresco y vivo: entramos a un bosque de fresnillos. Las hojas tiernas, recién nacidas de los fresnillos, pintan el aire de un color verde limón. Hay muchos fresnillos. Son tantos y tan verdes que parece que no hay ninguna otra planta diferente en ese bosque. Sin embargo la hay. Es el primo desértico del saladito. Lo he visto a menudo en las guías ilustradas, pero nunca lo había tenido frente a mí. Me emociono como una niña. Cuando volteo a ver a mis amigas y cómplices en la aventura adivino en sus caras el mismo sentimiento. Tanto la salvia negra como Rhus ovata, el primo del saladito, son señales inequívocas de que estamos inmersas en el corazón del chaparral. En esta época del año los primos desérticos del arbusto costero coronan sus ramas con los botones rojos de donde saldrán pronto sus flores. Es casi idéntico a su primo, el que vive en el paisaje al que mis ojos están acostumbrados. Pero sus botones rojos lo delatan. Comprendo ahora la naturaleza y la maravilla de las comunidades de plantas de la región. Varían según el clima, se adaptan. Aquí se sienten más intensos el aire seco y el calor atroz del sol. Los colores y las texturas del cerro cambian conforme nos alejamos del mar, y si se observa detenidamente se pueden ver en las plantas los detalles que distinguen a cada lugar. Me siento muy contenta de haber tomado la decisión de no manejar, así puedo ver con atención  el afuera a través de la ventana del auto. De la desvelada, ya ni el recuerdo queda.

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  El camino se torna cada vez más agreste. Se siente en la textura de su superficie que es un camino poco transitado. El suelo granítico desprende muchas piedrecillas que nos obligan a aminorar la velocidad y acrecentar la precaución. Se respira cierta tensión al interior del auto, no  es sólo la conductora. Todas secretamente nos preguntamos cómo será el regreso cuando las bajadas pedregosas se conviertan en subidas… y la limitante de la luz del sol. Me entra poquita culpa por no haber manejado. Mi carro al menos tiene doble tracción. Pero es que en realidad nadie imaginó en qué consistiría la frase de Norma de “ir al rancho”. Tengo en la mente el momento mismo en que la pronunció mientras agitaba su mano, como indicando que el rancho estaba ahí tras lomita. A ninguna de las tres se nos ocurrió preguntar. Qué bobas. Qué ingenuas. El camino es cada vez más accidentado y no se ve que estemos llegando a Nejí, al rancho. A la redonda no se ven más caminos que el que andamos. Sólo hay rocas y chaparral.  

  Después de varios minutos -que, bajo el filtro de tensión, parecen horas- Noemí señala un punto en el cual detenernos. Se dirige a una gran roca que trepamos tras de ella

–Allá abajo está el rancho.

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  Al pie de la montaña, frente a nosotros, se halla el arroyo de los álamos. En medio del árido paisaje se abre paso una procesión de más de diez kilómetros de álamos que crecen bordeando todo el largo de un arroyo de agua fresca y clara. Los álamos, junto con los alisos y los encinos, son árboles que crecen a las orillas de los cuerpos de agua. En estas zonas que se desarrollan cercanas a los ríos y arroyos, las llamadas zonas riparias, encuentra uno plantas que sólo se dan en estas condiciones de humedad. Álamos y alisos secan sus hojas en otoño, aportando su peculiar amarillo tostado a la paleta de colores del entorno. En el invierno el álamo pierde la totalidad de sus hojas y sólo prevalece el blanco cenizo de su tronco y de sus ramas. Desde lo alto de la roca en la que Noemí se ha sentado a llenarse los ojos con la vista, el río de álamos se ve como una larga nube blanca, como un caprichoso tren de neblina que corre implacable por la tierra kumiai.

  Regresamos al auto y comenzamos el descenso. En la parte más baja del camino atravesamos el arroyo, bajo el bosque gris de las ramas desnudas de los álamos. Ya del otro lado, continuamos el sendero rodeado de chaparral y rocas de gran tamaño, hasta llegar a una reja que Noemí abre. En unos cuantos minutos estamos al pie del aliso frente a casa de Norma.

–Las estábamos esperando– nos recibe sonriente–. ¡Súbanse al pick-up, ya vámonos todos! Ñaña, corre a avisarle a tu papa que ya nos vamos al “parque”.

  Apenas llegamos nos fuimos al “parque”, como le llama Norma, o “jardín”, como le llaman sus nietos. Nos subimos a la pick-up que maneja el esposo de Norma. En la caja, junto a la hielera y la bolsa de carbón y enseres, se apilan los nietos y mis dos compañeras. Yo me voy al frente con Norma y su marido. Tomamos un camino diferente al que recorrimos para llegar, una nueva ruta para bajar al arroyo. Se ve que pocos son los autos que lo usan. Dentro de la comunidad sus habitantes  se trasladan en caballos. Mientras vamos bajando Norma me dice:

–Ustedes son las primeras personas de afuera de la comunidad que entran a este lugar– refiriéndose al jardín-. Bueno, no, Mike si ha venido. Mike y ahora ustedes, nada más.

  Me quedo pasmada por lo que acabo de escuchar. Entonces aparece en el horizonte el camposanto de la comunidad. Frente a éste nos estacionamos. Bajamos todo del auto y nos hacemos por una vereda hacia el arroyo, hacia un rinconcito donde unas rocas blancas, lisas y planas tocan el agua e indican el punto donde establecer un campamento. Es un  paraje casi intacto, de una belleza sublime al que la familia Meza suele ir a pasar las tardes de buen clima. Ñaña sin pedir autorización de nadie ni de nada ya está despojándose de la ropa y metiéndose al agua. Ni la fría temperatura de ésta lo detiene. Noemí se dispone a hacer un fuego y empieza a sacar de una gran bolsa el carbón, la carne, todo lo que trajeron al jardín.

–Se nos olvidaron las tortillas– le dice Noemí a su abuela. Ella, diligente, le pide a su nieto, Mahit, que camine monte arriba hasta que el celular marque señal para mandar a su papá, que se quedó en el rancho, a que traiga las tortillas. Y allá va Mahit mientras que Norma nos lleva arroyo arriba a buscar plantas.

  Al andar el camino, la matriarca de la familia señala plantas y nos cuenta para qué las usa. Apenas damos unos pasos y vemos brotes de berros agrupados a las orillas del arroyo. Con la mano le robo al agua unas cuantas hojas. Están deliciosas.

–Estos berros comienzan a brotar en febrero, les gusta el agua –nos dice Norma.

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 Más adelante encontramos entre las ramas secas al pie de un álamo, el apio silvestre. Es muy aromático, aunque levemente amargo.

–Con este le damos sabor a los caldos y los cocidos– le escucho decir mientras se lleva a la nariz una rama delgada del apio para olisquearla.  

  Luego de adelantarse unos pasos nos hace una seña para que veamos a una menta que nace vigorosa en el agua. Sus hojas huelen a toronja, a albahaca. No es nativa pero es hermosa y de buen sabor. Norma no distingue entre plantas nativas o naturalizadas. Para ella son plantas. Plantas que pueden ser medicina o comida. Plantas que la naturaleza le obsequia para que su gente las aproveche. Y entonces percibimos un aroma familiar. Es el olor del huatamote, el aroma de fresco y dominante de las zonas riparias. Aspiro profundo su fragancia y veo que nuestra guía corta unas hojitas de la vara de huatamote:

–Con esta planta se quita el mal olor  de los pies y de los “rincones”– entre risas traviesas nos comparte.  

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  Nos alejamos ahora del afluente y nos internamos al chaparral. Mientras le seguimos los pasos a la mujer, distingo una planta de un verde oscuro trepándose encima de otra. Esta enredadera silvestre pertenece a las Cucurbitaceae, la familia de las calabazas, los chayotes y los estropajos. Aparece en la temporada de lluvias. Trepa, florece y da un fruto espinoso, pequeño. Una suerte de chayote.

–Ese se llama chilicote– nos explica–, es una planta venenosa. A los chivos les da diarrea cuando se la comen.

  Me sorprende porque hace un par de años, al enterarme de que la enredadera era parte de las Cucurbitaceae, sentí la confianza, erróneamente, de probarla. ¡Sabe a rayos! Muy amarga. Tanto la hoja como la flor como el fruto son pura amargura. Afortunadamente en aquella ocasión que me llevé todo eso a la boca lo escupí.

 Acercándose a una planta bajita y de color gris, Norma nos enseña:

–Los botones de la flor de esta planta se juntan para hacer el colchón. Le llaman cama de indio.

  La planta desprende el mismo olor cítrico que el crotón del matorral costero, y en mi libro, la guía ilustrada que traje al paseo, nos disponemos a buscarlo. Pues sí, están emparentadas.  Nos detenemos frente a un enorme arbusto de chamizo blanco. Tiene un agradable e intenso olor, como muchas plantas de su género, las Artemisias.

–A esta le llamamos chamizo blanco o chamizo del indio. La usamos para hacer quemas ceremoniales. También otras comunidades como los kiliwa o cucapá la usan. Cuando la cortes, nunca saques la raíz para que siga dando. Usamos la raíz de algunas [plantas], como la valeriana o la yerba del manso, sólo para preparaciones especiales, para medicina.

  A lo lejos se escuchan disparos y vemos aves al vuelo. Codornices.

–Ya se metieron cazadores otra vez. Yo creo que es mejor que ya no caminemos más en el chaparral, no nos vayan a dar a nosotros.  

A la distancia se ve a una persona con sombrero sobre un caballo dirigirse hacia el lugar donde se escucharon las detonaciones.

–Allá va mi hermano a sacarlos de las tierras, no pueden estar aquí. Quién sabe quién les da permiso, se meten namás, y no pueden. Éstas son nuestras tierras.  

  Salimos del chaparral hacia el claro donde está el panteón. Ya hay otra pick-up estacionada. Eso sólo puede indicar una cosa: ya llegaron las tortillas. Seguimos el rastro del humo y llegamos finalmente de regreso al lugar de las rocas bajo los álamos. Las niñas ya prepararon un pico de gallo con aguacate. Hicieron quesadillas y en una olla mantienen caliente la carne asada, bien doradita.

– ¿Se va a hacer o no se va hacer?– nos espeta Aracely arrancándonos una carcajada.

  Compartimos la comida con la familia sentados sobre las rocas. El sol empieza a caer y nos invade esa luz amarilla previa al atardecer. Sabemos las tres de la odisea de transitar el regreso, pero nos damos unos minutos para admirar y disfrutar de la belleza del paisaje, del jardín en el que los nietos de Norma crecen y juegan. Inhalamos profundo el aire impoluto, cerramos los ojos para escuchar el correr del agua. Las risas de los chavalillos me despiertan del estado meditativo: Ñaña ya se metió al agua de nuevo. El agua está helada pero el niño adivina que si su abuela está recogiendo la basura y el campamento es porque ya pronto iremos de regreso así que aprovecha para darse su último chapuzón.

  Nos escoltan de vuelta a la carretera. Eso nos tranquiliza. En el auto reina la calma, ya no hay tensión. Quizá la maravilla de todo lo que hemos visto y vivido en esa cañada de álamos adereza cualquiera de nuestras preocupaciones. Hay un par de latas de cerveza light que encontramos al margen del camino. Deben ser de los cazadores, porque la comunidad cuida su monte, le guarda un respeto que mantiene el paisaje prístino. Entiendo entonces el tono férreo, casi agresivo, con el que Norma defiende sus plantas, el acento con el que levanta su voz al hablar de sus tierras en los foros en los que la he escuchado. Me siento tan suertuda por haber tenido la oportunidad de entrar a ese paraje que lo único que lamento del día de hoy es no haberme despertado más temprano.

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  Norma nos enseñó un lado sensible y nítido de la personalidad de hierro que antes nos ha manifestado. Ya no es la juez regañona del concurso, ya no es la líder indígena que defiende con garras sus plantas. Es la madre y  la abuela que nos invitó a pasar un domingo al jardín de su casa. Nos compartió el paisaje pleno de belleza que la comunidad de Nejí resguarda. Anoté tantos nombres de plantas en kumiai como pude, y quiero correr a casa a ver los libros y comparar las fotos y los nombres antes de que toda la experiencia se enfríe. Pero no se enfría. En los días posteriores al regreso camino los cerros, mis cerros, mi paisaje lleno de los primos costeros de las plantas que allá vi. Parece que los ojos se educan. Las formas de las plantas nuevas, las que no había nombrado antes del paseo con Norma, parecen saltar y observarme. Cuando uno establece la relación del estímulo sensorial (la vista, el gusto o el olfato) con la memoria, se genera un vínculo del que ya no se escapa. Ahora veo las flores de pish alj por doquier. Y los álamos. Y esa variedad de crotón de donde los kumiai sacan las bolitas para hacer sus camas. Atesoro todo lo que aprendí, y ahora que lo sé no puedo más que invitar a todos a ver al monte con otros ojos, como si se tratara de atraer adeptos a una nueva religión.

—Ismene Venegas

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