Valle de Guadalupe: de la prehistoria a la ruta del vino

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Fotografías de Enrique Fuentes

Cuando me invitaron a platicar con ustedes recordé un cuento indígena regional conocido como “El viaje de los árboles sagrados”, que habla sobre la migración de los árboles. Además de ser una forma de rendirle un homenaje a los viejos encinos del valle.

  Hace muchos años salieron de los riscos rocosos de La Rumorosa el pino, el pino piñonero y el encino. Después de mucho andar, se cansó el piñonero y se quedó a vivir en la parte más alta de la sierra; siguieron caminando el pino y el encino, y casi llegando a La Huerta, el pino se cansó y allí se quedó (a este lugar se le conoce como Pino Bailador). Por último, el encino siguió su camino, pues tenía la intención de llegar a todos los tipai para darles la bellota con que preparan su alimento; de tal manera que llegó a todas las bandas de la costa. Por eso, actualmente, todas las comunidades kumiai cuentan con encinos para preparar el atole de bellota (Ofelia Muñoz, 1996:11).

  Podemos decir que los arroyos, cañadas y cañones que cruzan nuestra península han funcionado como corredores de vida, de la flora, la fauna y los humanos que los han recorrido. Así, los antiguos indígenas yumanos iniciaron su migración hacia las sierras y después hacia la costa del Pacífico al secarse el enorme lago Cahuilla. Esas mismas rutas migratorias fueron empleadas por sucesivas corrientes migratorias y de colonización que llegaron o pasaron por este valle.
   Por esto es importante entender que, a través del tiempo, se han generado distintos significados, percepciones, visiones, apreciaciones, intereses y formas de aprovechamiento de los recursos naturales por parte de las culturas, asentamientos y comunidades humanas que han habitado este valle.
 Desde finales del pleistoceno y al inicio del holoceno, cuando aparecieron los primeros exploradores de la que se conoce como “cultura San Dieguito”, hace más de 7,000 años, pasando por las migraciones estacionales de los kumiai hace unos cuatro mil años, siguiendo con los exploradores novohispanos, la fundación de la Misión de Guadalupe, las disputas por la propiedad, las sucesiones posteriores, el arribo de los molokanos, este paisaje natural ha estado sujeto a cambios. La historia de los asentamientos humanos está ligada y es dependiente de esos procesos, no se puede entender una sin la otra.

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Consideremos que actualmente el Valle es un paisaje semiárido, rural y agrícola con clima mediterráneo, que se ha construido por la suma de todos estos hechos históricos y culturales. Pero ¿cómo ha sido este proceso de transformación?
   La historia del Valle de Guadalupe refleja, sin duda, el origen de su composición humana. En esta breve plática esbozo sólo algunos de los acontecimientos trascendentales de esta peculiar composición, resultado de la mezcla e interacción –unas veces tersa; otras, áspera– de diferentes culturas e identidades. Distintas visiones, saberes, creencias, intereses, expectativas y anhelos de varias corrientes migratorias y un largo proceso dieron origen a una población heterogénea que, no exenta de conflictos, día a día construye su presente y labra su futuro.
  No fue sino hasta el siglo XVIII cuando el Valle de Guadalupe recibió la visita de alguien distinto a los indígenas kumiai. En 1795, el alférez Ildefonso Bernal lo exploró y, al año siguiente, en un viaje de reconocimiento, el capitán José Joaquín de Arrillaga lo describió en su diario: “Salí a las seis de la mañana con una neblina espesísima y después que anduve como dos leguas caí a un arroyo de agua corriente, el rumbo que llebe al noroueste seguí bajando cuestas y laderas llenas de chamizo y otros arbustos hasta el valle de San Marcos a donde llegué a las 8 y dejando a un soldado con la orden para que la cavallada siguiese el balle abajo yo seguí al opuesto con tres soldados y el sargento camine hasta las nueve y media a cuya hora alcanzé la agua en una angostura y cantileria intransitable la agua es bastante pero sin proporción de tierras ni poderla sacar hay algunos árboles como sauce, aliso y álamo pero de chico tamaño: visto que no allaba cosa de probecho me restitui por medio del balle reconociendo sus entradas hasta una poza de agua bastante grande rodeado de tule inmediato a una punta de un cerrito que sale del norte a donde llegué a las 12 en este paraje havia un poco de madera de pino perteneciente a la misión de San Miguel conducida por el mismo camino en que yo entré al balle pues a poca distancia al oueste del camino hay piñería en bastante abundancia a poco rato que llegué vino el capitán gentil del valle con otros dos, les di cigarros y que comer a luego se fueron.”
   Fue en este paraje, en 1834, cuando el padre Félix Caballero fundó la misión de Nuestra Señora de Guadalupe del Norte o de la Frontera, la cual constituyó el último establecimiento misional de las Californias y dio origen a la actual comunidad de Guadalupe. La misión fue atacada por los kumiai y abandonada en 1840. El padre Félix Caballero resultó ser un mal misionero pero un excelente comerciante.
  No soslayo el hecho de que en nuestra sociedad urbana y de hiperconsumo las características ambientales que sustentan a las actividades del valle no son apreciadas. De hecho, se urge a modificarlas. A llenar este paisaje con edificios y hoteles, vías de ferrocarril e instalaciones industriales. A convertirlo en un apéndice de la conurbación metropolitana. Esto en parte tiene su explicación en que la experiencia de la “ruralidad” en México se identifica con la “marginalidad”, con la carencia y el olvido por parte de las autoridades y de la sociedad en general.

Es justo reconocer que ningún paisaje es inmutable, todos cambian, todos han cambiado, nosotros hemos cambiado. No se puede pretender que esto siga igual que como era hace mil, doscientos o cincuenta años atrás. No promuevo una visión romántica de paisajes bucólicos. La diferencia radica en qué se puede aprender de estos procesos y qué es lo que se valora y atesora de los mismos para decidirse a conservarlos para la posteridad y las generaciones futuras. Se trata de manejar con responsabilidad el tipo de desarrollo que se desea, no de aceptar cualquier cambio por más nocivo que éste sea. Con esta diferencia fundamental nuestro hogar puede seguir siendo habitable.

Sobre el turismo en nuestra región, se dice que “no se puede amar lo que no se conoce ni defender lo que no se ama”. Muchas veces al querer atraer, complacer o hacer sentir cómodos a los turistas, se asume que éstos buscan ambientes o paisajes parecidos a los que encuentran en sus lugares de origen, y eso es lo que se les trata de ofrecer.

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   Sin embargo, poco a poco se han ido perdiendo los singulares y espectaculares paisajes de nuestra región así como algunos de nuestros edificios históricos y sitios arqueológicos. Sitios que realmente podrían atraer al turista al estimular su curiosidad y fascinación. Incluso, hay una campaña publicitaria de un evento masivo que promueve el “vencer al desierto”, propiciando sin quererlo el que se devalúen nuestros ecosistemas.
Entonces: ¿Cuánto valen los paisajes bajacalifornianos? ¿Podemos distinguir la diferencia entre Precio y Valor?
   Si revisamos la historia de los mejores destinos turísticos alrededor del mundo encontramos que han conseguido su estatus, gracias al fuerte arraigo e identidad que tienen: se conocen a sí mismos, saben de la riqueza natural y cultural que poseen y que pueden ofrecer a sus visitantes sin ponerlas en peligro o comprometerlas. Así, planificaron y crearon pensando primero en ellos mismos y después en el turismo al que atraen con menor esfuerzo. Una región cuyos habitantes son conscientes de sí mismos buscará una mejor calidad de vida y, sin lugar a dudas, tendrá mejores y mayores posibilidades de promoción turística, porque su esencia resulta atractiva y porque sus habitantes serán más felices de vivir en su propia localidad.

   En ese sentido, hay actividades que pueden contribuir a cambiar nuestra percepción al ayudarnos a hacer contacto con nosotros mismos, entre nosotros y con nuestro entorno inmediato. Tal es el caso del senderismo interpretativo donde la sensibilización nos ayuda a conectarnos con nuestros sentidos y nos acerca al entorno de nuestra localidad. Resulta muy gratificante descubrir juntos esos pequeños tesoros que generalmente están ocultos ante nuestra vista, oído, olfato, tacto y gusto, tan acostumbrados a la saturación de imágenes, sensaciones fuertes e información de todo tipo.

  Hagamos un pequeño ejercicio, partamos de las siguientes preguntas: ¿cuál es la historia ambiental de nuestra región? ¿Cómo se formaron las montañas, arboledas, arroyos, lagunas, lomeríos y laderas? ¿Qué función cumplen y qué servicios ambientales prestan estos elementos del paisaje para hacerlo habitable? ¿Se han tomado siempre en cuenta dichos elementos para planificar su desarrollo? ¿Cuáles han sido los resultados? ¿Qué hemos ganado y qué hemos perdido a lo largo de este proceso? ¿Qué hemos aprendido de esas experiencias?

  Cuando salimos a hacer caminatas interpretativas, conocemos los procesos que dieron origen al suelo, notamos la diferencia entre una ladera expuesta por su orientación con respecto a la radiación solar; percibimos las diferencias de humedad y temperatura cuando estamos protegidos por un ambiente ripario; apreciamos la influencia y aporte del mar y sus procesos sobre este valle. Nos sorprendemos con las características y capacidad de adaptación de la flora nativa. Aprendemos sobre la importancia para nuestra región de una sobrecogedora fuerza natural: el fuego. Observamos aves, identificamos huellas de coyote, zorrillo, conejo, mapache; leemos señales en las enormes rocas, en las nubes, en los árboles. Nos remontamos al pasado, recordamos a los clanes de nómadas, a los exploradores, soldados, vaqueros, mineros, colonos y rancheros que pasaron por aquí o que hicieron de este su hogar.

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  De allí la importancia de las caminatas interpretativas: interpretar y entender el paisaje de un lugar con todos sus elementos naturales y culturales. No se trata de “senderismo” ni de multitudes, no se trata de llegar más lejos, más alto y más rápido a un lugar para tomarse la “selfie”, no es sólo para mirar la bonita vista. La interpretación de naturaleza y cultura nos invita a sensibilizarnos, nos permite comprender los distintos procesos que han influido en la formación de un paisaje y su importante función en la región, nos ayuda a interiorizarlo, a hacerlo nuestro y ser uno con él. Cuando esto se ha logrado, es mucho más fácil querer y saber cómo protegerlo porque se ha entendido su valor, no su precio.

   Henry David Thoureau nos lo sugiere en su texto titulado “Caminar”: “Quiero decir unas palabras a favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad…”.

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  Para terminar esta larga perorata, y aquí sí suelto mi romanticismo, les voy a leer un párrafo del libro El Valle de Guadalupe. Conjugando tiempos:

Arroyos sombreados por encinos, laderas tupidas de chaparral, cascadas, pozas y aguas sulfurosas que invitan a relajarse. Antiguos senderos esperan ser recorridos, cañadas en cuyas altas paredes todavía resuena el murmullo de tradicionales cantos acompañados por el sonido acompasado de las sonajas. Enormes rocas de granito dan mudo testimonio del arte rupestre inscrito en sus costados. Añosas ruinas y vestigios de adobe de viejos ranchos donde anteriores generaciones de familias hicieron su vida cotidiana. Historias y leyendas de indígenas y misioneros, soldados y gambusinos, aventureros, vaqueros y bandidos, colonos, rancheros y ejidatarios. Campos plantados de frutales, vid y olivo; empinadas pendientes que retan a ser escaladas; brumosas mañanas; sol que cae a plomo al mediodía y frescos atardeceres de destellos dorado y naranja. Al fondo, la sempiterna sierra Blanca con sus casquetes de granito y la otra sierra, la de los pinos, que en invierno se cubre de blanco; juntas resguardan el agua que da sustento a toda la vida de este valle. ¡Y su gente: rostros curtidos por el sol, facciones ancestrales que remontan a miles de años, otras nos remiten al lejano Cáucaso, fisonomías mestizas y europeas, caras francas, gente de verdad! Todo este variado y rico mosaico conforma el paisaje del Valle de Guadalupe y lo hace atractivo a sus visitantes.

—Moisés Santos Mena

Este texto fue la participación de Moisés Santos en la 2da Jornada de Paisaje, Gastronomía y Sociedad celebrada el 20 de octubre 2018, en el Pinar de 3 Mujeres


Moisés Santos Mena es un guía interpretativo de la naturaleza y la cultura. Un entusiasta aficionado a la antropología e historia regional que promueve el ecoturismo, el turismo cultural y la educación ambiental por medio de excursiones y caminatas interpretativas en sitios de interés natural y cultural del estado de Baja California.

El trabajo de Enrique Fuentes es producto de memorias, observación y amor por la península de Baja California. Trabaja en distintas disciplinas y áreas, provocando cruces entre la actividad empresarial, producción pecuaria, gastronomía y cultura. Sustentado en principios de desarrollo sostenible e identidad regional.

Valle de Guadalupe. Conjugando tiempos es un libro electrónico que se publicó en internet gracias al financiamiento de la Primera Convocatoria para proyectos de divulgación de Ciencia de UABC en 2011. Es un proyecto conjunto en el que participaron alumnos, profesores e investigadores del grupo de Manejo de Ecosistemas en Zonas Áridas de la Facultad de Ciencias de la UABC que de alguna manera han estado relacionados con el valle de Guadalupe, a través de sus tesis, cursos e investigaciones. Así mismo enriquecido por la participación de habitantes y usuarios del valle que proporcionaron información relevante.

http://fc.ens.uabc.mx/documentos/libros/LibroValleGuadalupe.pdf

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