De aquella vez en la sierra de San Francisco

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foto cardón Aldo
Fotografiías de Aldo Santoro

La lectura de una nota tan interesante como miserablemente escrita me hace viajar al sur de Baja California. Mi desprecio no es gratuito. La nota ni siquiera está firmada. El autor, en más de un sentido, no existe. Esto no es lo peor. Lo peor es que ese fantasma está convencido de que, para hablar de alguien, de algo, basta con dar un dato, un nombre y un “aseveró Fulanito”. Soberbio, estoy convencido de que podría escribirla mejor. Cruel, no creo que esto sería una proeza.
  Exagero. Sueno molesto, pero estoy lejos de estarlo. Después de ocho horas de conducir estoy por llegar a Bahía Asunción. A mi izquierda, a través del parabrisas, veo el Pacífico, o un panorama completamente blanco que asumo que es el Pacífico.
  Ya en Asunción me encuentro con Aldo. Una amiga me dio su contacto. Te puede dar hospedaje en Asunción, me dijo. Aldo y yo nos saludamos con poca efusividad. Estoy cansado y él también, no sé por qué. Esto no importa y me invita a comer vieja, un pescado de tonos rojizos. Luego de comer, le digo de manera abrupta:
—Vine porque leí de un par de hermanos que desde hace ocho años viven aislados en una cueva en la Sierra de San Francisco. Leí que entre ellos no hablan español sino una especie de dialecto que sólo ellos entienden, que crían chivas y no saben de días ni de meses, menos de dinero. Quiero encontrarlos.
Aldo no se sorprende y me dice que tiene un tío raro que nos podría ayudar a subir a la sierra.
—¿Raro?
—Sí: a mi tío Rigoberto lo puedes ver en el mar, en una lancha, con un sombrero de vaquero puesto. Es el único de por acá que además de pescador es ranchero.
Raro.

Al siguiente día, por la tarde, tocamos la puerta de la casa del tío Rigoberto. A diferencia de los demás patios de Asunción que he visto, en éste no hay trampas que se tiran al mar para esperar a que cinco, seis, siete langostas se arrastren y queden presas en ellas, ni boyas decoloradas que indican el lugar de las trampas, tampoco los trajes amarillos o naranjas de un plástico grueso que utilizan los pescadores, o las sudaderas raídas de equipos de béisbol colgadas de un tenderete. Sí hay, en cambio, un par de ruedas muy antiguas y oxidadas de una carreta a un lado de la entrada.
Cuando Rigoberto —pequeño, barrigón, pelo cano y revuelto— sale de su casa a recibirnos me muestra con delicadeza los cuernos de un berrendo. Me quiere dar algo a entender, pienso, que no logro saber qué es.
—Los huesos son bonitos —le digo.
—No son huesos, sino pelo comprimido.
Le contamos de los dos hermanos y Rigoberto se muestra disponible.
—Sí, yo los subo.
Para dentro de dos días, al alba, agendamos la salida.

  Las mañanas, las tardes y las noches las paso con Aldo. Caminamos por las calles, que son arenosas, y poco hacemos además de matar el tiempo sentados en las escaleras de la casa de un tío suyo, que es el único que cuenta con internet.
 A toda hora comemos mariscos y pescados, que algún familiar pescador deja en casa de Aldo luego de salir del mar. Aldo prepara la carne –langosta o jurel o abulón o erizo— como sashimi. Me sorprende que Aldo sepa qué es un sashimi. Para mí es un platillo japonés, pomposo y caro, que me suena a ciudad. A Aldo no, sino a una cosa del día a día. Agrega la soya, los pepinos pequeñitos y la cebolla, el limón y las galletas saladas. Comemos langosta y le pregunto:
—¿Crees que encontremos a los hermanos?
—No.

  Aldo, su hermano y yo salimos a dar vueltas por la calle que le dicen la “Principal”; ésta tiene un protocolo preciso:


—Tienes que ubicar los carros —me instruye el hermano, desde el volante—. Saber quién anda en cada uno. Andar con las ventanas bajadas a tres cuartos y con una cerveza en la mano, que se note que la traes, pues. El truco es no pasar de veinte kilómetros por hora y andar con la música fuerte, unas veinte mil bolas de sonido. Demostrar que andas feliz. Todos andan camelando el cuadro.
—¿Qué es camelar?


—Estar viendo muy fijo algo, tramando el movimiento. —El hermano continúa con las indicaciones—. Luego te pones en un punto y te dicen: qué onda, ¿vamos a la playa?
Una hora de dar vueltas y nadie nos dice: qué onda, ¿vamos a la playa?
Les pregunto si saben quién vive en cada casa del pueblo.


—Aquí vive la Gloria, aquí vive la Sonia, y ahí… la profe Artemisa.

Pasan los dos días y Rigoberto nos recoge muy temprano. Tras un par de horas sobre una carretera recta, que abarca toda la península, ascendemos una cordillera reverdecida. 

  Rigoberto menciona a un tal Melo y un rancho, cerca de donde viven los hermanos que busco, aunque ahí, en la sierra, intuyo que no sólo yo los busco, sino que en Aldo y Rigoberto también ha crecido la inquietud de encontrarlos. Después de media hora de trompicones nos detenemos fuera de un cerco. Nos bajamos de la camioneta y vemos polvo, tres casas y un corral de chivas. Siete perros salen a nuestro paso.
 Aldo le grita a un hombre que abre una puerta que chirría:
—¿Son bravos los perros?
Desde la distancia el otro le contesta:
–¡No, si ya mordieron temprano!
Sudoroso, tiene la vestimenta desvaída, desgastados la gorra, la camisa, los pantalones, el hombre camina lento hacia nosotros. Arrastra los pies y levanta polvo al acercarse. Es Melo.
 Le hablamos de los hermanos, de por qué estamos en la sierra. Al oírnos remueve la tierra con la bota derecha, incómodo.
—Los cuates —dice— poco a poquito han matado a mis chivas.
(Melo se refiere a los hermanos como los cuates. ¿Un modo particular de llamarlos debido al robo de chivas?, ¿rencor? No lo sé.)
—¿Y si les dice que no se las maten? —le pregunta Aldo.
—Es por demás pelear con ellos —responde, parado en tres cuartos, con la vista hacia la llanura—. Vino el delegado de San Ignacio porque le dije que los cuates me estaban matando a mis chivas. Pues vino, y yo creí que les iba a pegar una buena regañada, y resulta que, en vez de llevárselos a otra parte, les trajo despensa, cobijas. Luego quedó en que les iba a hacer casa. No, ahí sí no, le dije. Y se me hace que me tienen tapado un represo para que no baje el ganado al agua. No me dejan ir al ganado. Aquí me tienen todo el animalero en la orilla. Se van a acabar el agua y luego se van a ir para otras partes. Cuando los miré vi que traían a mis chivas en chinga, tirándoles piedras. Son peores que los gatos: no los miras.
Se escucha el tintineo de los cencerros de las chivas y el chiflido del viento.
—Los quise amansar una vez y me salió peor: me mataron a mi chiva más gorda. Les dije que me hicieran un represo. Y sí vinieron. Les di trabajo. Son buenos para trabajar, muy buenos, quiero que sepas. Aquí les daba comida yo. Cuando se iban a ir les hice una despensa. Ahí están dos represos, les dije, si se animan a hacerlos y se portan bien les voy a traer un pollo rostizado, para que coman a gusto. Pura madre volvieron. Ya tenían vista a la chiva.
  

Melo da unos pasos y alza del suelo un palo que rompe. Se agacha, se quita la gorra y recarga la mano izquierda en el muslo, y con la derecha, que sostiene el palo, raspa y dibuja en la arena líneas y cerros, formas de arboles y piedras, subidas y bajadas que debemos recorrer, menciona hasta unas vacas y unos burros que, de seguir sus indicaciones, veremos. El mapa está arado en la tierra.


—Antes de subir la subidita —termina— van a subir unos cerritos pedregosos y ahí van a divisar la cueva.
Sólo Rigoberto asiente. Ni Aldo ni yo hemos entendido la ruta.
  Le damos las gracias y cuando estamos por marcharnos, nos dice:
—Y si se los pueden llevar, mejor.

A poco de caminar hacia la cueva, Rigoberto se sorprende por encontrar una llave tirada en la maleza; la cuelga en la rama de un árbol convencido de que quien la haya perdido ahí la va a encontrar. Rigoberto y Aldo se adelantan, por lo que dejo de escucharlos y me sumo en mis pensamientos. Se detienen a esperarme sólo cuando me dejan de ver.
  Subimos y bajamos los cerros que dibujó Melo. Saltamos piedras rojizas y arbustos. A la orilla de uno de los cerros, Rigoberto se acuesta boca abajo. Algo le llama la atención y ve lo que parece un hueco sobre una de las laderas.
—Es la cueva —dice Rigoberto—. No se ve la chivada, les vamos a llegar despacito, armas no tienen. Si es huella vieja podemos andar a gusto y si está frescón los esperamos, porque son matreros.
—¿Son qué…? —pregunto.
—Tímidos, pues —me aclara Aldo.
Rodeamos el cerro y luego subimos un pequeño acantilado. Vemos un cerco hecho de cardón, para resguardar a las chivas. El lugar no es una cueva sino dos: una abajo y otra arriba, muy pequeña, donde cocinan.
Rigoberto explora el lugar y esparce con la mano las cenizas del suelo, y dice:
—¡No!, ya tiene días de que se fueron.
 Lejos de desanimarse agudiza los sentidos y señala una piedra:
—Ese es su sillón.
Toma otra piedra más chica:
—Esta es la piedra de la machaca. —La voltea—. Y sí: ahí está el molcajete.
No nos decepciona el hecho de no haberlos encontrado. Suponíamos que sería difícil. Nos sentamos sobre unas piedras, admiramos el paisaje y desgajamos tres naranjas.
—Tienen una vista espectacular los putillos —dice, contemplativo, Aldo.
—Puro divisar —apoya Rigoberto a Aldo en su observación; ve un árbol que está cortado y lo apunta—. Los cuates estuvieron enfermos. A ese mesquite le quitaron la cáscara para el dolor de estómago.

Al atardecer llegamos al pueblo de San Francisco. Es pequeño y humilde, tendrá acaso unas quince casas; destaca una iglesia pequeña color mamey, muy bien pintada, y una escuela, donde se juega al futbol. Los caminos, hileras de piedras blancas, sirven para trazar los límites de las casas. Perros y chivas conviven. Los niños nos saludan con un estrechón de manos. El baño, al menos para orinar, nos dicen, es igual de grande que el horizonte. Ese día las nubes parecen deshebradas.
  Rigoberto nos presenta con Cuco, el mandamás del pueblo. Es mecánico, ejidatario, dueño de la tiendita comunitaria y —especialmente célebre por esto— el que colocó la única señal que hay de internet. Es una persona sociable. Nos sentamos en el porche de su casa cuando el sol está por meterse.
 —Los cuates son como animales—nos dice, y confirmo que “los cuates” es el término para referirse a los hermanos en la sierra; por miedo a parecer imbécil, no pregunto la razón, pero intuyo que es por un gran parecido físico entre ambos—. No saben andar a caballo, ni a bici, puro a pie. Caminan como los borregos, uno detrás del otro. No saben los días en que viven. No saben de meses, de fechas, no saben nada. No saben de distancia. Vamos a decir, ¿qué tanto hay de aquí a allá? Cerquita, dicen. ¿Pero qué tanto, cuánto? Retiradito, dicen. ¿Unos dos, tres kilómetros? Más o menos, te dicen. Pero no saben. El dinero tampoco lo conocen. Aquí llegan con un billete de cien pesos. A ver qué tanto me da de comida, dice uno. Y si le hacen un trabajo a uno no quieren que les pagues con dinero, pura comida.
  »Los cuates son mis primos. Conmigo se la llevan bien los cabrones; eso sí, que si hallan una cosita mal puesta y que les guste, se la llevan porque se la llevan. Un día perdimos un cuchillito y un martillito. Esos sinvergüenzas se llevaron mi martillito, me dijo mi señora, que no tiene pelos en la lengua. Después lo trajeron a entregar.
  Cuco nos cuenta que un día citó a los cuates, porque alguien de La Paz quería verlos y darles comida. Les dijo que vinieran en cuatro días. ¿Cómo vamos a hacer para saber?, preguntaron. Fácil, les dijo: agarran una piedrita y la ponen en un lado. Para el otro día, otra piedrita. Cuando lleven cuatro piedritas, ahora sí vénganse. Y sí llegaron los cabrones.
 Un hombre al que se refieren como el Mañana pone sobre la mesa una revista de National Geographic, arrugada y vieja, de 1989. En la portada aparece un artículo sobre la sierra de San Francisco. La hojeo. Dentro está una fotografía de los cuates. Están sólo ellos dos, sobre un fondo blanco, cada uno en una silla de metal, oxidada. Tienen el pelo crespo y negro, la piel aceitunada. Los dos con corbata ancha, sombrero, reloj plateado, pantalón de vestir y calzan unas teguas, un tipo de zapato que se fabrica en la sierra. Tienen las manos en la entrepierna, con aprehensión, como sin saber dónde ponerlas.
El detalle del reloj me asombra. Me hace pensar si Annie Griffiths, la fotógrafa, les ordenó usarlo, cosa difícil de creer; si es falso que los cuates no sepan de tiempo, o si el uso era sólo decorativo. Cualquier opción es inquietante, pues no coincide con el retrato poco civilizado que hasta ahora nos han hecho de ellos.
Cuco le pide a la esposa la radio. Quiere saber si alguien da razón de ellos.
—Horacio —se comunica Cuco.
—Buenas tardes —se escucha una voz.


—¿Cómo están ustedes por ahí?
—Bien.


—Una pregunta, mano: ¿no han visto a los famosos cuates por ahí?


—Los miramos… ¿cuándo los miramos, amá? —Alguien más habla—. Por ahí del veinte, en la Palmita. ¿Por qué?


—Resulta que unos amigos vinieron a buscarlos, pero no los encontraron en la cueva del Sarape. Que no hay ruinas de ellos ahí.


—Según vinieron aquí a la Mesita, pero no se ha visto ni humo ni nada. La última vez se miraba la alumbrada en la Palmita.


—Tal vez estén con el Locha, que los tiene aborrecidos, pero se alcanza a ver cuando están arriba, y no los han visto, no están ahí.

aldo ninos

Anochece y pensamos en acampar; Cuco se ofende cuando sabe de nuestras intenciones. Dormimos en un cuarto que nos prepara su familia. Nos decimos, cobijados y sin convencimiento, que el viaje ya ha valido la pena aun sin encontrar a los cuates.

  Por la mañana, Cuco nos invita a desayunar su comida favorita: chilaquiles y arroz chino. La sobremesa se hace larga. Cuco, cada tanto, pregunta por la radio el paradero de los cuates. Se mencionan el Cerrito de las Bestias, el Picacho, Rancho Guadalupe, la Palmita, el Aguajito, el Mezquitalito. Están más acá, dicen unos. Están allá, dicen otros.
—Yo ya me enchilé para hallarlos —dice Rigo, en una declaración de intenciones.
 Nos dicen que, de estar en alguna parte, están en el rancho del Locha, pero que nadie los ha visto, y cuando están ahí se ven, se ven clarito, por la humareda que hacen.
  Partimos hacia el rancho de Locha. El camino es estrecho y a uno de los lados hay una barranca profunda. Una camioneta blanca viene de frente; nos detenemos para que uno de los autos pase. El que conduce no es otro que Melo.


—Uta, qué gusto el de ustedes — nos dice cuando sabe que seguimos en búsqueda de los cuates. Baja la ventana y nos vuelve a explicar cómo dar con ellos.
  Luego de una hora de camino encontramos el rancho del Locha, que tiene como entrada un alambre en tensión con un bote de refresco al centro. Pienso en lo inútil del mecanismo de seguridad. Me equivoco. El bote es para que, en la noche, quien entre se dé cuenta de que el alambre está ahí.
Vemos a un hombre corpulento y alto, resguardado por tres guajolotes encaramados en un cerco. Antes de saludarnos nos regaña. O parece que nos regaña, porque se exalta y hace aspavientos. Luego entiendo que de quien habla es de Melo por habernos mandado por este camino. Cómo será cabrón el Melo, dice, si por arriba era mucho más fácil.
  —¿Cómo ha sido tener a los cuates como vecinos? —le pregunto y de reojo veo a los guajolotes.
  —Mira, los cuates tienen sus altas y sus bajas. Yo los tuve doce años aquí. Yo les daba todo: calzado, ropa, comida. De la noche a la mañana ellos estaban conmigo, aquí trabajaban. Nada más que uno es más rebelde que el otro: el Pepe. Y lo que dice Pepe eso hace el otro. Si uno los regaña por una cosa mala que hagan, Martín no le contesta nada a uno, se queda callado, acepta los consejos. Pero el otro cabrón, no. El otro, no. Yo, cuando estaban aquí, les saqué acta de nacimiento, porque no sabían ni los años que tenían, ni cuándo nacieron. Yo fui a San Ignacio. La juez de ahí es pariente de ellos. Mira, me dijo, hace mucho que yo quería saber de ellos. Mira, le dije, yo exactamente no sé el año en que nacieron. Pero, para mí, fue entre el ’70 y el ’75. Y sí, sí los encontraron. Les saqué el acta, mas no sé qué le hicieron. Son medio indiones, no están impuestos a desenvolverse con la gente. Se enojan y hacen daño. Se la toman con los animales; hacen sus venganzas. Pero sabiéndolos llevar, son muy a todo dar.
—¿Le han robado chivas?
—Una vez sí. Se fueron de aquí porque se pelearon con un hermano y se llevaron tres de mis chivas. Fíjate que yo estuve a punto de perder hasta a mi esposa a causa del Pepe. Yo iba a Vizcaíno a comprar el mandado, lo dejaba en el carro y ya no amanecía. ¿Y qué hiciste con el dinero, en qué te lo gastaste?, me decía mi esposa. Lori, yo lo traje. ¿Pues dónde está?, me decía. Yo quedaba mal.
  »Un día fue ella conmigo a comprar las cosas. Y al día siguiente otra vez se me perdió el mandado. ¿Y dónde está?, ¿y dónde está? No, si yo compré las cosas y las eché ahí, estoy segura, dijo mi esposa. Entonces en un descuidito, yo me fui a revisar la casita del Pepe. Estaba súper surtido. Tenían costalitos de frijol, llenitos, cociditos. Azúcar tenían también. De todo tenían. Lo único que me traje fueron unas latas Valvita, porque nosotros no teníamos. No les dije nada, nada.
  Cuando volteo estoy solo. Rigo y Aldo me han vuelto ha dejar atrás.
  Locha me da las últimas instrucciones:
—Encumbran por donde blanquea, por los acantilados. Se ve como un murito de piedra chiquillo, pues ahí.

El significado de encumbrar es sencillo: subir un cerro. En la práctica es agotador y solitario. Lo difícil no es escalar, sino elegir entre matorrales y biznagas y choyas y ocotillos y hiedras y rodadoras y cactus, con el propósito de no espinarte. Tras varios intentos fallidos, entiendo: la que duela menos. Rigo y Aldo desaparecen en la llanura.
  Al llegar a la cima, caminamos por una superficie de piedra volcánica. En la lejanía, no hay algo que indique presencia humana. Aldo y yo, agotados, nos arrellanamos. Rigo es el único con la esperanza de hallarlos. Mientras lo esperamos, Aldo me dice:
—Me conformo con ver donde viven.
Esperamos. Cinco minutos. Diez minutos. Quince minutos.
—Tal vez los cuates no existen —le digo.
Aldo no hace ningún comentario.
  A doscientos metros de nosotros, Rigo agita las manos, no hace ningún ruido. Corremos hacia él.
—Los escuché, los escuché — repite en voz baja—. Eran ellos. Quién más.
 Caminamos con sigilo. Vemos una pequeña choza y a dos hombres enjutos afuera de ella. Voltean hacia nosotros y no se sobresaltan. Los dos usan gorras percudidas, con el símbolo de distintos partidos políticos. Los saludamos y balbucean, asienten con la cabeza, hacen muecas, imitan nuestro apretón de manos. Vemos con azoro que ambos cargan con una larga daga en el costado del pantalón.
  Uno de ellos —Martín— se va a un rincón y se pone a jugar con un alambre. Pepe nos atiende, bueno, está a tres metros de nosotros y espera a que hagamos algo mientras está parado como tantos otros rancheros que he visto: los hombros distendidos, echados hacia atrás, sin por esto mostrar ningún tipo de relajación, sino lo contrario: resignación, dureza, incluso violencia, y un brazo recargado en un cerco o en este caso en su choza. Su mirada y la de Martín se pierden en el cielo, en una chiva, en la tierra, rara vez en nosotros.
  Siento las miradas de Rigoberto y Aldo, que traducidas dicen: si estamos aquí es por ti, ¿no vas a hacer algo? En ese momento caigo en cuenta que, en el fondo y en la mitad y en la superficie no sé de qué, nunca pensé o quise encontrarlos. Todo el tiempo me imaginé buscándolos, como tras las pistas de un crimen que se sabe es irresoluble o convencido de esa frase trillada que dice que la felicidad no es la meta sino el camino. Me fuerzo a no ser tan idiota y rompo un silencio que empieza a engullirnos. Digo:
—Los hemos buscado por días.
   Ellos no dicen nada.
   Lo siguiente es que Rigoberto y yo los bombardeamos con preguntas. Pepe responde con una voz aflautada, ni siquiera aniñada, aflautada.
¿No se cansan de vivir aislados? No. Nos dijeron que cargan mucho peso. Sí. Los vimos en una foto que están con corbata, sombrero, reloj, y todo. Sí, también. ¿Hoy anduvieron pastoreando? No. ¿Qué es lo más difícil de vivir aquí? El agua. ¿De dónde la traen? De un represo. ¿Cada cuánto van al pueblo? Cuando se acaba el mandado. ¿Ustedes decidieron vivir solos? Sí, solos. ¿Para no tener broncas con nadie? Se ríen. Nos dijeron que les quisieron construir una casa. Sí, en San Francisco. Pero que ustedes no quisieron. No. ¿Y el frío? No pasamos.
Martín deja de jugar con el alambre y empieza a mirarnos.
  ¿No han querido irse para otro lado? No. ¿Por qué se vinieron de la cueva para acá? Está más a gusto aquí. Para los animales está más a gusto aquí. ¿Venden o se comen a las chivas? Ni uno. ¿Esta casa la construyen cada vez que vienen? No, la dejamos así. ¿Cómo encontraron la cueva del Sarape? Andábamos campeando chivas por allá. ¿Qué les hace falta? Azúcar, harina y café ¿Les gusta la carne? No mucho. ¿Qué comen más? Frijoles y arroz. ¿Todavía se cuentan historias entre ustedes? Sí. Cuidan mucho la basura, ¿no?, porque no tienen nada de basurero. Sí. ¿Mañana qué van a hacer? Ir por agua. ¿Cómo miden los días? No responden. ¿Cuando se acaba la comida? Cuando se acaba la comida. ¿Han encontrado pumas? No, no hay aquí. ¿Y si un día se lo encuentran? Lo matamos. ¿Les gusta ver las estrellas? Sí. ¿Hoy qué comieron? Frijoles. ¿Con tortilla? No.
  Les pido permiso de entrar a su casa. Sí, sí, dicen. El lugar es sorprendentemente tibio, hay una pequeña fogata, y es muy bajo: no me puedo parar. Cazuelas, cucharones, bolsas de comida y unas sillas están en un orden que contrasta con lo que me había imaginado y también con lo que he visto en las demás casas los últimos días. Vuelvo con ellos y veo que Aldo les toma fotografías. (Más adelante, Aldo me va a decir que estuvo a punto de pedirles que se quitaran la gorra y se pusieran sombrero, para que las fotos salieran mejor. Más adelante, le voy a responder que qué bueno que decidió no hacerlo.)

El atardecer está por acabar y decimos adiós, damos las gracias, nos dan las gracias, luego nos vemos, sí, luego nos vemos, repiten. Nos alejamos y a los cien metros me vuelvo hacia donde está la casa de los cuates. Veo que Pepe nos mira.

—Asael Arroyo Re

foto d aldo

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