Líquido imaginario y aplausos reales: Ensenada Jazz en Mexicali

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Imagen de Jaime Villarreal

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Hacia el final de la carrera de obstáculos que supone venir a un evento de jazz en la ciudad hay cuarenta y cuatro asistentes —lo sé porque me tocó estar en la taquilla haciendo de boletero esta noche. Los obstáculos van desde la poca difusión hasta la ausencia de líquido potable —ya no digamos unas espumosas— para refrescar la garganta en el evento. Será que nos estamos entrenando para el fin del mundo a punta de swing.
   La taquilla en cuestión es una pequeña mesa redonda en la entrada del Café literario, entrañable cabaret institucional enquistado en el Teatro del Estado, en la ciudad de Mexicali. En algún momento de la velada, el maestro Ernesto Rosas, ombudsman del Jazz Ensenadense –y de la región–, comenta que fue en ese espacio que el Ensenada Jazz dio su primer concierto, 35 años atrás.

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Tras el concierto, en el camerino, todo le pertenece al maestro Ernesto Rosas; quien habla sobre los 35 años en la brega y dice que el Ensenada Jazz es un barco que está a punto de encallar. Sostiene un vaso blanco en la mano y dice que él es ya un anciano que se cansa de andar en el trajín de la música y algunas otras mentiras. Esto viene de un hombre que se sienta al frente de su instrumento y lo aporrea con vehemencia. Un músico que crece en cada concierto para recordarnos que el piano es un engendro de cuerdas percutidas y que en esa percusión pueden encenderse nodos de calor, incluso en frías noches, como lo es esta noche de enero en Mexicali.

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Ensenada Jazz es una agrupación que da la impresión de existir desde siempre, aunque a nivel cronológico haya que remontarse a 1983, año en el que surge bajo la dirección de Ernesto Rosas. Desde entonces ha estado formada en sus diversas etapas por más de 30 músicos de diferentes nacionalidades. Su trayectoria abarca presentaciones por todo el país y activa difusión del Jazz en el estado. Ocho producciones discográficas, colaboraciones a raudales y varias reinvenciones como agrupación también son marca de la casa.

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Iván Trujillo, trompetista del Ensenada Jazz, da la bienvenida y a la noche le brotan gargantas de nube negra. Entre el público, hay un par de bateristas que se sientan al extremo derecho del escenario, donde Miguel García elabora solos que nos hacen movernos en el asiento; luego entra al aro que marca Ernesto Rosas en el piano —se divierten tanto que me da envidia no tocar un instrumento. El repertorio se va desgranando ante nuestros oídos: Black Nile, de Wayne Shorter, Milestones, del gran Miles Davis, Horace Silver. Llega otro solo de batería que circula entre la exactitud y el escarceo. En el bajo, Gabriel Nava hace valer su oficio, dota de actitud e interviene en la vorágine, sólo para darle más vuelo al conjunto.

       El público viene a la taquilla imaginaria a preguntar por agua, alcohol o cualquier cosa que detenga esta edición de Los juegos de la sed; algunos evocan al superhéroe Flash y regresan con café y galletas. Una dama hace brotar vino de un vaso de corcho, un par de adolescentes trafican con una cerveza artesanal. Luego regresa a las tablas el trompetista Iván Trujillo de nuevo a jugar ping pong con nuestros sentidos y a demostrar, de una vez por todas, que el jazz nunca ha la sido música de elevador que nos quieren vender en las películas filmadas en New York.

       Si acaso hay elevadores con esta música, quiero esos viajes hacia arriba por siempre.

—Antonio León

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