Mi alma es la sección de iluminación de Ikea

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COSAS QUE GUARDÉ POR SI UN DÍA  TE VUELVO A VER

El vestido que usaste en año nuevo,
un par de botas para el viaje a la nieve
que no hicimos, y otro, que dejaste
la última noche que pasaste aquí,
una camisa a rayas, arrugada,
que olvidaste en la mudanza,
tu cepillo de dientes, unos tenis
que te arrepentiste de comprar,
los calcetines color menta
y varios libros: El pequeño
mecanismo de los acontecimientos,
dos de Pron, una novela danesa,
y los cuentos de Miranda July
con tapas amarillo canario:

Nadie es más de aquí que tú.

TURISMO DE INTERIORES

Sigo sin saber qué interruptor enciende
el foco de la sala y cuál el del pasillo,
los libros yacen apilados en el suelo
y no hay un solo clavo en las paredes.

Las ventanas dejan entrar la luz
desnuda y las miradas extrañas
y habituales de mis vecinos.
Las cosas de antes siguen embaladas
en cajas que esperan en el clóset
como piezas de archivo en el museo
de la memoria autobiográfica.

Cuando despierto a medio sueño
me toma de tres a diez segundos
saber dónde me encuentro.
Recorro a oscuras, con torpeza,
el trecho que va de la cama a la cocina
—de esta casa a la de antes—,
y a veces todavía me pierdo
como un turista en mi propia vida.

NECROLÓGICA HALLADA EN UN DIARIO DE CLAREMONT, CALIFORNIA

Antes de que Foster Wallace fuera Foster Wallace (quiero decir, el verdadero autor, el ser humano sosteniendo un lápiz, no una de esas abstractas personas narrativas), fue: tenista semiprofesional, conductor de autobús, vigilante y recepcionista. Se creía muy listo y, en efecto, lo era. Antes de que Foster Wallace fuera, sus papás solían leerse el uno al otro el Ulises sobre la cama, tomados de la mano, y a menudo él citaba esa novela de memoria, pero en su biblioteca había muchísima basura new age y de sus estantes brotaban los libros de superación personal. Anotados. Antes de que Foster Wallace fuera Foster Wallace, o tal vez cuando ya comenzaba a serlo, solía contar un chiste en el que un pez viejo le preguntaba a un par de peces jóvenes cómo estaba el agua ese día, y los peces jóvenes se preguntaban qué era el agua. Nosotros somos los peces que no saben qué es el agua. Cuando Foster Wallace ya era Foster Wallace (quiero decir, el verdadero autor, etcétera), creía saber qué era el agua. Escribió algunos libros en los que dijo muchas cosas, pero sobre todo dijo: Esto es agua. Se creía muy listo, y tal vez lo era, pero una vez trató de matarse vaciando un frasco de pastillas en su garganta y fracasó, otra vez lo intentó amarrando —con su emblemático paliacate— una manguera al escape de su auto, tampoco lo logró; aunque más adelante, después de despedirse de Werner y Bella, que le ladraron largamente mientras se hacía de noche, como en el final de una película, se quedó suspendido en el aire para siempre, levitando con el cuello roto. Quiero decir que lo logró. ¿Quiero decir que lo logró?

ILUMINACIÓN

No como una lámpara
encendida a mediodía:
luz dentro de la luz.

Mi alma es la sección
de iluminación de Ikea
—con cada uno de los focos fundidos.

—Herson Barona


Herson Barona es escritor, editor y traductor. Ha sido becario del Focaem, de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Fonca. Sus textos aparecen en revistas como Letras Libres, La Tempestad, Punto de Partida, Nexos, Arquine y Este País, entre otras. Ha sido incluido en diversas antologías, tales como Últimos coros para la tierra prometida (Foem, 2014), Fuego de dos fraguas y Jóvenes poetas de México y España (Exmolino/Centro Cultural de España, 2016). Fue el ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2016. Actualmente es editor de la revista Código y coordina el ciclo de lecturas Alta Tensión. Departamento Bonsái (Cuadrivio, 2017) es su primer libro.

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