Emiliano Ruiz Parra, o de cómo la crónica puede ser arte

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Fotografías de Sofía González

En un ejercicio de imaginación, Emiliano Ruiz Parra es un tipo insoportable como adolescente, un tipo insoportable porque, a diferencia de los demás, sabe exactamente lo que quiere hacer: escribir.  Y es que Emiliano tuvo una rara oportunidad de vislumbrar lo que se volvería años después su profesión. Ingresó a la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), con catorce años de edad, siendo el alumno más joven de esta escuela.

   Apenas un año después, ahí mismo, se hizo amigo de Miguel González, reportero de El Universal. Miguel leyó su trabajo y se dio cuenta de que Emiliano era joven, pero no bruto. Le dijo: “Ve a ver a Martha Ramos, encargada de «Ciudad», y a ver qué sale, ¿no?”. Esta sección del periódico cubría comercio y mercados, eventos de la Ciudad de México. Martha recibió a Emiliano, y “la verdad es que se portó padrísima porque más que yo trabajara con ellos, le importó formarme, aunque fuera un ratito”.

    —Era una jefa bien tremenda, aunque conmigo no, eh, pero yo veía cómo trataba a los reporteros, y decía “híjole”. Además me acuerdo de que tenía una panzotota porque estaba a punto de dar a luz. Conmigo tuvo la paciencia de encargarme temas y de revisar los textos. Lo hizo unas cinco o seis veces; me corregía, y de repente vio un texto que ya estaba bien, y me dijo: “te lo publicaría, es más, te contrataría, pero no puedo, porque eres menor de edad.”

    Los textos que Emiliano hacía en ese entonces estaban pensados para que fueran crónicas de seiscientas u ochocientas palabras, “dos cuartillitas”, dice Emiliano. Cubría temas urbanos: el júbilo de la gente cuando se apiñaba en torno al Ángel de la Independencia por el Mundial de Francia en 1998; las conglomeraciones y los ruidos de las marchas; distintos operativos en La Merced relacionados con la prostitución.

—Es curioso porque me tardé muchos años en volver a estos temas —dice, con la sorpresa de saber que sus intereses periodísticos y temáticos, conscientemente o no, ya estaban ahí, a la espera de que él mismo regresara a ellos.

  Recuerda una crónica en específico: la temática versaba sobre hombres que se dedicaban a la prostitución en La Condesa. Emiliano hacía un recorrido nocturno por esta colonia y platicaba con algunos de ellos. Fue acompañado por un par de amigos, y resulta ser que hasta salieron correteados: “éramos unos escuincles de secundaria”.

  Pero Emiliano quería ser escritor, un escritor de verdad, por supuesto, alguien que escribe novela, que escribe cuento, no un periodista, que escribe pero no escribe.

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 El tiempo pasó. Y no sólo en la vida de Emiliano sino en Latinoamérica, y no sólo en Latinoamérica sino en el mundo literario: paso a pasito, vinieron los Caparrós, los Guerriero y los Villoro, las revistas como Etiqueta Negra y Gatopardo, los suplementos culturales como  Página 12, y el periodista —el cronista— (la valoración del periodista), se convirtió, a todas luces, en un escritor de verdad, como lo había anhelado Emiliano. Sobre esto, Emiliano hizo un decálogo, un listado de diez puntos para todo aquel que quiera ser cronista.
   

    En éste, Emiliano incita al cronista a que crea, y para eso lo invita a rendir tributo a los clásicos, “como a Dios mismo: agota a Virgilio, Ovidio, Cervantes, Balzac…”. De igual forma le dice: lucha en contra de un modelo de periodismo espontáneo: “Combate el viejo cliché de que la desinformación brinda frescura a la mirada reportero”. Establece distancias entre el sujeto y el objeto, la historia y el narrador, pues “el periodismo es el arte de la cercanía distante. Tú no eres el héroe, el antihéroe ni la víctima de tus textos”.

     Y hace énfasis en dos puntos: el compromiso y el desengaño. El compromiso de saber que la crónica descentraliza, sustituye y trastoca jerarquías, sitúa centros en los márgenes: “La crónica es subversiva”. Pero tambien: no te engañes. Aterriza y echa raíces, sacúdete las nubes de cuando creíste volar alto: la crónica por sí misma no va a cambiarlo todo.
   

   —Este decálogo tiene algo del sentido del humor. Es un decálogo inspirado en el de Augusto Monterroso, que a su vez está inspirado en el de Horacio Quiroga, la reverberación de otra reverberación. Mi objetivo en estos puntos fue hacer ver que el periodismo puede ser un arte, puede ser literatura; pues comparte con la literatura la expresión de las palabras. Creo que tenemos que dar esa batalla de reivindicar la crónica como un quehacer artístico. Hace poco escribía una introducción a una selección de crónicas, en la que yo decía que la crónica es la literatura de lo concreto; la literatura que se escribe con los recuerdos de gente tangible, que puede leer o que va a leer lo que escribiste sobre ellos. Lo cual te lleva a una dimensión con unas posibilidades tremendas, sobre todo a una responsabilidad social y moral. Pero al final el producto es el mismo. Tiene que estar pensado como literatura. Tiene que ser literatura.

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—Juan Villoro habla de la crónica como literatura bajo presión —comento.

—Estoy de acuerdo y no, porque ahora yo llevo tres años escribiendo una crónica. Pero, sí, yo me formé con las prisas, cuando la crónica había que mandarla a las cinco de la tarde. Sin embargo, yo creo en la experimentación en el campo de la crónica. Así como se ha experimentado en la poesía o en la novela. Volvamos a escribir crónica en verso, por ejemplo, nadie lo está haciendo ahora. Se hizo en la Edad Media y en el Renacimiento, toda la crónica se escribía en verso. No digo que escribamos en rima, digo que rompamos el esquema mental de que la crónica es solamente el relato de un partido de fútbol contado como si se fuera un comentarista de televisión.

—¿Cuál es el papel de la cronica en la historia literaria de México?

—En México somos herederos de una tradición de ciento cincuenta años de cronistas. Gente como Ignacio Manuel Altamirano o Manuel Payno representan la primera generación de cronistas; estos eran hombres de convicciones liberales cuyo objetivo fue el de hacer de México una nación. Y no hay una interrupción de ellos a nosotros. Es muy arrogante decir que las cosas empezaron en los años sesenta. Es decir, hay una línea de continuidad histórica y literaria que vincula —si bien el formato de la crónica fue transmutando— a Altamirano con Martín Luis Guzmán, y a este último con José Agustín o Elena Poniatowska, y a su vez a esta generación con la mía.

—Usualmente, aunque sin decirlo, se considera que la crónica es un género menor si se le compara con la novela o con la poesía o con el cuento. ¿Por qué se da esta valoración?

—Es una pregunta compleja. Tiene varias respuestas. Desde el caso mexicano, nuestros caudillos culturales, de muchos años para acá, eran poco afectos a la crónica. Léase Octavio Paz, Alfonso Reyes. Es decir, escribieron crónica pero lo importante a sus ojos era la poesía, el ensayo; querían poner a México dentro del mapa de las grandes literaturas occidentales; y la crónica es por necesidad un género politizado. No me refiero a que sea obligadamente contestatario, no, sino que se sitúa en y desde la sociedad. En cambio, el cuento se puede fugar de la realidad; la novela también; la crónica, no.
»Venimos de un régimen muy estable, que duró setenta años, en donde había un control del discurso político, no era un buen momento para la crónica, el auge de la crónica se da con la alternancia en México. Un buen estado de la crónica habla de un buen estado de la discusión democrática.

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Quizá las dos cosas que más definen a un escritor son el estilo y los temas que escoge para ser narrados. En el caso de Emiliano, él considera que la elite está sobrenarrada. Al prender la tele o comprar un periódico, siempre hay alguien con poder en la portada, “diciendo algo irrelevante”. Esta mirada ha tenido como consecuencia que Emiliano busqué de manera consciente historias que no se han contado — Ovejas negras: rebeldes de la iglesia mexicana del siglo XXI (2012), Hijos de la ira: las víctimas de la alternancia (2015), Obra negra (2017)—. “Cuando alguien toma un tema del que yo hablé ésta es la mejor señal para mí, el mayor éxito que pude haber tenido”, dice.

—También al escoger un tema, aun del que ya se ha escrito, yo quiero ir a ver con mi mirada. Ahorita estoy trabajando en un barrio de Ecatepec, que no va a salir nunca en los periódicos a menos de que ahí se maten. El barrio marginal en México sólo se cuenta en la nota roja. Entonces, sí, mi intención personal como cronista es tratar de hacer una aportación a mi sociedad, a mi comunidad de lectores, tratando de contar historias que nadie más contaría. Somos muchos los que hacemos esto: Marcela Turati, Daniela Rea, Diego Osorno, John Gibler.

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—En Estados Unidos lo que se conoce como nonfiction, que sería el equivalente a lo que en México consideramos como crónica, abarca los temas más diversos. Por ejemplo, John McPhee, colaborador del New Yorker, ha escrito sobre la historia de las naranjas (Oranges, 1967), de geología (Annals of the Former World, 1998) o la vida de un basquetbolista universitario. (A Sense of Where You Are, 1965) Está también el caso de David Foster Wallace, cuyas crónicas son difíciles de encasillar, en las que acude a un festival de langostas, a una convención de actores pornográficos (Hablemos de langostas, 2007). En México, sin embargo, hay una fuerte tendencia a escribir sobre temas mucho más escabrosos, ligados con la violencia. Por esto te pregunto, ¿la misma situación del país hace que los cronistas estén obligados a atender esta temática?

—Escribimos mucho sobre violencia, y yo diría que mal sobre violencia. Durante años nos compramos la narrativa de cartel A contra cartel B, y contamos eso. Ahora ya estamos en un proceso de revisión. Yo fui a un barrio de Ecatepec, fue con el que gané el premio [Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay] de crónica, pero aparte sigue. Yo fui a buscar la vida común en la gente, y la violencia se ha colado. No es el foco la violencia, pero tampoco le puedo dar la vuelta. Volviendo a lo que dices, a mí que me encanta la música clásica, por ejemplo, me gustaría una crónica de alguna orquesta, que es una familia internacional. Hace falta que mucha gente que conoce otros temas escriba crónica. Incluso, yo sugeriría que quien quiere hacer periodismo que no estudie periodismo. El estudio de literatura o historia o derecho, por mencionar algunas disciplinas, le da una especialización al periodismo, se vuelve en un periodismo más sólido. Sí, nos ha ganado la urgencia, hay que decirlo.

—¿Qué has encontrado en Ecatepec?

—La complejidad de la vida de la gente de pobre. La capa de la transferencia de la tierra. La capa de la religiosidad. La capa de la disputa del clientelismo. Subjetivamente cómo lo vive cada quien. Más la construcción de liderazgos, más la invasión del cartel organizado. Es una colonia de mil habitantes. Tolstoi decía: “cuenta la historia de tu pueblo y contarás la historia del mundo”, y es absolutamente cierto. Es una microhistoria donde están muchos de los problemas del país. La desruralización: eso era un lago, era milpa; la pérdida de las lenguas indígenas. Son tantas las cosas que encuentras en dos manzanas.

—¿Cuál es el hilo conductor de este trabajo?

—Estoy usando más la primera persona. Estoy yo mucho más presente. Necesito decirlo yo desde mi yo. Son personajes social y políticamente muy pequeños, si los comparamos con Alejandro Solalinde; pero subjetiva y moralmente son muy grandes. A propósito de esto me encontré un libro que rompe con los géneros: es novela pero es historia pero es autobiografía, El reino (2015), de Emmanuel Carrère, una historia de Lucas el Evangelista, y de Pablo el apóstol… me gustó la falta de género del libro.

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—¿El cronista debe ser un sujeto comprometido políticamente?

—Yo me asumo así, pero no creo que ese deba ser el caso de todos. Aunque un cronista en un país de tercer mundo, desde donde se pare, siendo un poquito honesto, va a ver contradicciones, y lo padre es que te las cuente.

—De acuerdo a tu experiencia, ¿cuál es el panorama del periodismo?

—Nos vamos a enfrentar a un contexto donde el periodismo va a ser cada vez menos un modo de vida. Cada vez más una elección de vocación. Entonces hay que ver que se han roto las jerarquías verticales de las redacciones, de los diarios, eso permite que haya más colaboración entre los colegas, de manera horizontal. Creo que cada vez más va a ser escribir a partir de un compromiso personal, por el hecho mismo de querer contar historias. Vienen otros paradigmas: el paradigma del magnate pagando medios: Slim pagando el The New York Times, o Roberto Alcántara pagando El País. Hay que insertarnos en eso con cautela.

—Asael Arroyo Re

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