Ernesto Rosas: la composición musical como fuente de juventud

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Fotografías hechas por Sofía González

Ernesto Rosas es un compositor, un director de orquesta, pero más todavía, un fanático de la música. El tiempo transcurrido en su cubículo, en un tercer piso dentro de la Facultad de Artes de la UABC, fue, sí, por un lado una entrevista, y por otro, una clase de música. Procol Harum, una banda inglesa, y Chaikovski, un tipo ruso y decimonónico, protagonizaron la escena musical de aquellos pocos metros cuadrados de oficina. Contrario a la imagen que pudieran dar la combinación de una boina y un bastón, el maestro Rosas es alguien joven, jovencísimo, vital en un sentido profundo. Pues en el humano, la verdadera juventud es proporcional a la creatividad de la persona.

Esto siguiente fue lo conversado.

-Asael Arroyo Re


-Leí sobre la importancia que tuvo para su formación el grupo The Doors. ¿Qué representó Jim Morrison, el Rey lagarto, para usted?

-El rey lagarto no: The Doors. Ahorita hay una tendencia a ponerlos aparte, pero no… Los Doors. En 1967 salió la pieza “Light My Fire”; yo tenía quince años y empecé a sacar por mi propia cuenta esta pieza, que era formidable, y con eso obtuve mi primer trabajo. Este verano cumplo cincuenta años profesionalmente siendo autosuficiente. The Doors significó eso para mí. Por un lado ellos, pero por otro lado, están los Procol Harum, un grupo inglés que me acercó a la música formal, a los clásicos. Seguramente has oído su música, ¿o no? Te voy a poner una, porque me encanta… Sí, sí te voy a poner una.

(Se escucha “A Whiter Shade of Pale”, de Procol Harum.)

-¿Cómo tenía acceso a este tipo de música?

-La radio americana; no había otra cosa. Nos llevaban a las discotecas -en ese entonces un lugar donde vendían discos- y ahí estaban los discos de 45 revoluciones por minuto, y cada sábado llegaba el Billboard. También hubo una estación que fue muy especial, muy formativa en el rock, la KCBQ.

-¿Y de música mexicana?

-No, nada, estábamos separados. Yo, afortunadamente, estudié en Ciudad de México. Cuando escuché a Procol Harum me quedé así, con los ojos cuadrados. Yo pensé que era un negro el que cantaba; pues no, es un inglés chaparrito. Treinta y seis años después de que salió ese  éxito, me tocó verlos en el 4&B en San Diego. Éramos como ciento cincuenta gentes. Todos iguales o más viejos que yo. Me quedé hablando con él por dos horas o más; ya no era famoso. Luego hicimos un homenaje aquí en Ensenada y ellos en su página web pusieron nuestro evento. Ayer le comentaba a un amigo que en San Miguel eran los concursos internacionales de surf. Venían The Animals, Eric Burdon, The Mamas & the Papas a ver el surf,  y nosotros, de chavitos, estábamos ahí con ellos. Era otra cosa; era cuando nos tocaba un kilómetro de playa por habitante. Ahora, ya destruyeron todo. No tiene nada que ver con la Ensenada en la que me formé.

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-Entiendo que Susano, su padre, fue un factor central en su formación musical.

-“Cuando crezcas, tú te vas a ir a la Academia de San Carlos”, me decía mi papá, porque yo pintaba y dibujaba. Pero en realidad yo escuchaba rock; mi hermano tenía una banda de rock y yo era el que cargaba el equipo; yo me angustiaba y no sabía ni por qué. Empecé a tocar y me decidí por la música. Luego, ya fui a estudiar seriamente lo que yo hago, la composición. Mi papá es de Mulegé, pero a los seis años se lo llevaron a Los Ángeles.  Ahorita, tuviera 102 años. Él hizo su vida allá, estudió, fue de los primeros dibujantes que tuvo Walt Disney, pero él era en realidad un pianista clásico. Tuvo algunos problemas y se vino para acá. Dice que sufrió al llegar a Ensenada. Imagínate, un pueblo de cinco mil personas, después de haber vivido en una ciudad cosmopolita como es Los Ángeles.

Leviatán es una obra que compuso inspirada en las ballenas que arriban a esta península.

-Sí, Leviatán es una grabación con Ensenada Jazz sobre ballenas. La primera pieza es el sonido de las ballenas y yo; o sea, el canto de las ballenas y sonidos electrónicos. Y ya las demás piezas son hechas con el grupo. Es la primera grabación de Ensenada Jazz en un estudio, todas las demás, por decisión propia, han sido en vivo; para que se noten los errores, para que se note la realidad. Las grabaciones suelen ser engañosas. Escuchas grupos, orquestas y dices “wow, fantástico”, pero los escuchas en vivo y no das un cacahuate por ellos. Otros, en cambio, los escuchas en vivo y superan las grabaciones. Miles Davis, Procol Harum, Tower of Power, no hay como escucharlos en vivo. Recuerdo cuando escuché a Chicago, en Tijuana en 1969. Acababan de grabar su primer disco, Chicago Transit Authority [1966]. Tocaron en la Plaza de Toros junto a los Animals, Iron Butterfly y se escuchaban bien, pero luego escuché una grabación en el Carnegie Hall y se oían desafinados.

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-Actualmente, es difícil entender la música sin la parte de edición.

-Es pura edición. Tú estudias algo y los ingenieros deciden tu futuro. En Mexicali, con la Covacha Big Band tocamos sin un solo micrófono. Desgraciadamente lo que escuchamos sigue muy definido por cánones occidentales, especialmente centroeuropeos. Pero ¿qué pasa con África, con China, con Tailandia? Nosotros estamos habituados a doce sonidos, a escalas pequeñas. En el Oriente se manejan otro tipo de escalas más grandes.

Recuerdo una anécdota que cuenta Pierre Boulez en la que estaba con otras personas y había música electrónica. Le comentaron que este tipo de música era artificial. A lo que él respondió que los violines también son artificiales; “yo no he visto árboles en los que crezcan violines”, decía. Lo más importante es la creatividad.

-Le voy a leer un fragmento del artículo “¿Qué hace un director de orquesta?”, de la revista Acadia, para preguntarle cuál es el papel del director de orquesta:

«La semana pasada el mundo de la “alta cultura” en Alemania se paralizó por la elección de quien será el director y responsable artístico de la Filarmónica de Berlín a partir de 2018, en reemplazo del británico Simon Rattle. Es la única orquesta de su tipo en la que la decisión recae no sobre un funcionario, sino en los músicos. En la elección se valora el conocimiento musical del director, junto a las virtudes de liderazgo y el buen trato a los artistas. Es un proceso que recuerda al cónclave romano en el que se elige a los Papas. Los miembros de la Filarmónica de Berlín, la orquesta más famosa del mundo, se encerraron al iniciar la semana en un lugar anónimo.»1 

-El director es un tirano. Un villano. Un desgraciado. Normalmente, no sabe de muchas cosas. Un buen director es la salvación de la música; pero hay que encontrarlos con los dedos de la mano… aunque sí existen, eh.  Por ejemplo, hay gente que es muy buena para el repertorio ruso, por ejemplo, y otros para el repertorio alemán. En cuanto a lo que me dices del director de Berlín, ya se eligió a uno, ahorita no recuerdo a quién.  La Orquesta Filarmónica de Berlín y la de Holanda, la Orquesta Real del Concertgebouw, son las dos grandes orquestas  de ahora. Yo los escuché en vivo y no lo podía creer. Por más discos que tengas y audífonos, es distinto. En la grabación escuchas cinco voces; en vivo, hay cien músicos.

-En un momento el compositor solía designar al director de orquesta.

-Sí, pero hace mil años. De hecho, antes no había siquiera director. A mí me da no sé qué ver a una orquesta de veinte músicos con un director. Ahí estorba. Es una ridiculez. El director es el ecualizador.  Al menos debe haber veinticinco músicos para que haya un director. El director debe traducir entender y traducir el contexto histórico en el que se realizó la obra. No es lo mismo componer en 1890 en el Imperio ruso antiguo que en 1920 en Alemania. Ni tampoco componer en México, en China o en Estados Unidos.  

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-¿Cómo surge la banda Ensenada Jazz?

-Me saturé de rock y conocí a Miles Davis. Cuando yo estaba en la Escuela Nacional de Música, tenía que pagar una materia que se llamaba Grupos instrumentales, cuando regresé a Ensenada me puse a tocar en un grupo y ahí se quedó. Por ahí de 1983, empezamos.

-Hace poco, en Tampico, usted interpretó la sinfonía de Manfredo de Chaikovski.

– Sí, sí, te la voy a poner desde el principio; es una obra increíble, aunque no esté calificada dentro de las sinfonías de Chaikovski.

(Se escucha Manfredo.)

-Es una obra gigante, dura setenta minutos. Al escuchar esta sinfonía, al principio me imaginaba a Jesús, en una versión de hollywoodense; luego, cuando anduve de grillo cantor en los setenta, me imaginaba a Lenin, a Trotsky; ahora ya no me imagino nada, sólo el sonido.

-Éste es un tema central de la música: la capacidad de ésta de evocar imágenes.

-Siempre. Al menos para mí. Stravinski decía que no representaba nada, eran sonidos y ya. Yo no estoy tan de acuerdo. Manfredo, por ejemplo, está derivada de un poema de Lord Byron, te hace imaginar.

-¿Es posible que la cultura, en este caso la música clásica, ayude a un país inmerso en un estado de violencia?

-Hay un lugar común en México en el que se dice que hay que sacar a los niños de la violencia por medio de hacer orquestas…, pero resulta que hay más orquestas y hay más violencia. Alguien decía muy acertadamente que “El arte había fracasado”, si se compara la cantidad de obras artísticas con la cantidad de guerras en la historia. Matar es tan natural y tan fácil.  Qué bueno que ya estoy viejo, que me voy a morir, y que no voy a ver más allá.

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-Si se presentara la situación dramática, e hipotética, y tuviera que llevarse consigo cinco piezas musicales, ¿cuáles serían éstas?

-No me llevaría nada. Me llevaría a mí mismo y compondría. Yo creo en que hay que ser joven hasta que te mueras de viejo, componer es eso.

1: Arcadia, “¿Qué hace un director de orquesta?”, visto en: http://www.revistaarcadia.com/musica/articulo/que-hace-director-orquesta/42635


Para escuchar lo escuchado:

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