Ocho puntos de la final

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Foto de Shaun Botterill/Getty Images
Foto de Shaun Botterill/Getty Images

Ocho puntos de la final

 

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El pleito entre un grizzly y un tigre puede acabar en un sobrio y respetuoso empate, o bien, si se dan las condiciones, en el acto de aniquilación con el giro adecuado, el zarpazo exacto. Un tigre no va a vencer a medias a otro de su calibre. Tiene que inhabilitarlo, golpear a muerte. No me gustan esas metáforas pero entre equipos superpotencia no veo otra mejor. Por eso, son engañosas las goleadas en una final. Ayer la Juventus recibió 4 goles del Madrid, y al igual que los 4 goles que Italia recibió versus Brasil en 1970 y otros 4 contra España en 2012, el marcador no indica la diferencia entre ambos equipos, sino el derrumbe de un poderoso contra otro: el súbito nocáut entre dos pesos completos.

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Con toda una vida como aficionado de fútbol, me queda este orgullo: no caigo en la trampa del resultado. A veces tengo favoritos, pero en esencia me vale un pepino quién resulte campeón. Me gusta el juego, no solo ver quién ganó. La historia del fútbol es una secuencia de accidentes, y ayer vimos uno. Hemos sobrevalorado la técnica, la táctica, la exquisitez de los profesionales, y muchas veces todo se subordina a factores tan humanos y caprichosos como la sorpresa (de Cristiano, convirtiendo su primer remate en gol), el desánimo (de Higuaín y Dybala, que no amanecieron finos), la ira (de Cuadrado, equivocándose en una jugada estúpida, no sucia sino canchera), el cansancio (los centrales de la Juve para anticipar a Asensio en el último gol), la euforia (de Marcelo, para atreverse al desborde de ese 4to. gol), etc.

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Vuelve a asombrarme la tendencia fatalista del fútbol italiano. Santiago Segurola escribió en una ocasión que el fútbol italiano es católico por excelencia. Se lo entendí de inmediato: ese apego a lo austero, a dosificar el placer, a anticipar una entrega sacramental porque existe miedo al disfrute y tendencia al sufrimiento, la esperanza por ver surgir a jugadores mesiánicos, el sacrificio del talento en pos de la disciplina. Quizás por ese carácter flagelado casi nunca hay goleadas de equipos italianos. Con el marcador 1-0, 2-0, juegan como si ganaran 5-0. Y no saben revertir un marcador adverso de 2 o 3 goles; rara vez lo hacen.

  Hace apenas tres meses el Barcelona salió a la cancha convencido de anotar ¡6 goles! para la remontada, y tuvo que soltarse las correas, propiciar el exceso en todas sus versiones. Ayer, por su parte, la Juventus tenía que hacer 2 goles en 15 minutos y nadie parecía convencido de que fuera siquiera posible. Si el árbitro les da su venia, quizás hubieran bajado de una vez al vestidor. No por falta de competividad, sino por cuestiones naturales: saben ganar, pero no aspiran a golear. Su drama se escribe más abajo: sacralizan el empate, el triunfo mínimo, la belleza en dosis tacañas. Así que perdieron por omisión: mientras Ronaldo se miraba al espejo de la superpantalla, ¿qué fue de Higuaín y de Dybala, de Pjanic y Cuadrado? ¿Esa potente defensa italiana no proyecta nada más allá del área? ¿Dónde estaban los laterales indomables, Alves y Alex Sandro? Tuvieron una magnífica temporada, quizás la mejor de sus carreras, pero ayer tuvieron al Madrid en estado de confusión y en lugar de noquearlo le dejaron serenarse. Espabilado, este Madrid tiene brújulas, rodillos, engranes, y, allá arriba, marros y martillos.

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Lo que hicieron Isco-Modric-Kroos-Casemiro en los segundos tiempos de la semifinal y la final, es de orden superior. No sé hasta dónde sea mérito del DT Zidane. Lo atribuyo más a la madurez conjunta de los cuatro mediocampistas que se conocen de memoria y a ratos producen un tiki-taka impecable e hipnótico, de mayor velocidad y verticalidad que la versión más dominada y estable que por una década nos regalaron Xavi-Busquets-Alonso-Iniesta. Otro mérito mayúsculo es dar protagonismo a sus laterales Marcelo y Carvajal, par de tenazas a la ofensiva, autores de valiosas asistencias todo el año (ayer, una por cabeza).

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El punto #4 dice “en los segundos tiempos de la semifinal y la final…” porque así fue. Atlético y Juventus tuvieron el partido a su favor en el primer tiempo, sobre todo el Atlético, y dejaron que el Madrid alcanzara la orilla y se refrescara para el segundo tiempo, donde se transformó. Los equipos de los que nos acordamos son los del segundo tiempo, los que firman el documento. Así le pasó al jugador Zidane: su primera fase en los mundiales fue muy floja, incluso mala, hasta con expulsiones y poca productividad, pero más allá de octavos el genio fue apareciendo, y es totalmente otro el Zidane a partir de cuartos, semis y final, con todo merecimiento uno de los grandes en la historia del fútbol. El calcetín tiene dos versiones: Zizou está en el calcetín volteado a partir de cuartos de final. Este Madrid es el calcetín volteado de los Segundos Tiempos.

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Mensaje para los fans del Chicharito que no terminan de aceptar que en Europa se le considere un “revulsivo”, es decir, un jugador especialista en los últimos minutos: vean lo que hizo Zidane con el español Marco Asensio, un cambio fijo que entró en partidos decisivos a falta de 30, 20 e incluso menos de 10 minutos como ayer (min. 82). Acabó siendo figura, siempre con asistencias y/o goles.

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Vuelvo a Isco. Pequeño volante intelectual, arropado por contenciones de peso, respira, aletea, estudia el entorno y se adueña del timón. Cuando entra en ritmo, el balón parece enamorado de sus pies. No está a la altura de Iniesta, de Fernando Redondo o del propio Zidane, que en su mejor época orquestaban a un equipo los 90 minutos, pero la autoridad técnica de Isco es suficiente para inclinar la cancha. Si Iniesta era un mago, este es un desarmador: trota, gira, acerca su cabecilla a los puntos finos y desarticula andamios, desmorona esclusas. Los rivales quieren detenerlo y solo ven su número.

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Pese al resultado de ayer, blanquísimo con esa playera púrpura, no olvido al futbolista que más me llenó el ojo este año, junto con Isco: el italiano Marco Verrati del PSG. Un crack al que hay que seguir, vaya fenómeno.

—Javier Fernández

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