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La primavera que las lluvias invernales nos trajeron

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samsung fotos 338La primavera que las lluvias invernales nos trajeron 

La primavera llegó a la región pintando los verdes montes de múltiples colores. Numerosas flores brotan en los cerros y valles aledaños a la ciudad. Y en cualquier rincón donde la tierra se ha juntado, contentas nacen espontáneas las plantas: ya en las orillas de los caminos, los camellones y los lotes baldíos. El frío del invierno ha cedido al calor del sol. Por las noches aún se manifiesta el fresco, sorprendiendo al incauto que olvidó cargar con su suéter. Sin embargo, es oficial: el invierno ha terminado.

   Una singular explosión de color se apropia de la paleta cromática. Paleta que, por tanto tiempo, se ha quedado oscilando entre el marrón, el café, el verde, el color arena. Las flores de mostacilla contrastan con su amarillo al verde de los pastos que forran como alfombra la superficie del paisaje. Lo mismo hacen las Encelias nativas y los Crisantemos a las orillas de los caminos. Las blancas flores de la Morning glory, las tóxicas de Astragalus y las dulces flores de Arúgula silvestre también adornan y endulzan el aire. Blancas también se pintan las flores de las Yucas. De naranja colorean y tapizan laderas enteras las Amapolas californianas, algunas Mimulus, y algunas Malvas. Las Phacelias y los Lupinus salpican los cerros con gotas de color morado y azul. Las flores de Salvia y Ceanothus forman nutridas comunidades que le dan a los cerros una vista de ensueño impresionista.

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   Eso o me dejo llevar por la inercia del amor romántico de la primavera: el trinar constante de las aves, las abejitas zumbando de flor en flor, las gallinas en el rancho poniendo huevos como si no hubiera un mañana. La primavera florece con una intensidad peculiar, una que no se había visto en varios años y que, probablemente, no se vea de nuevo en varios más. Este glorioso evento se lo debemos a las copiosas lluvias invernales que cayeron durante enero y febrero. La tierra agradece con sus colores la buena lluvia que esta temporada nos trajo.

   Y es que este invierno llovió bonito. Llovió sin cesar durante casi cinco días a mediados de enero: una enorme tormenta, formada en el corazón del Océano Pacífico se fragmentó en tres diferentes eventos meteorológicos que nos golpearon por episodios del 19 al 26 de enero. La abundante lluvia se acompañó de fuertes vientos que causaron numerosos estragos. La presa alcanzó su capacidad rápidamente. Las cascadas de los alrededores se cargaron de agua y deleitaron con el estruendo de la caída y la espectacular vista a aquellos que visitaron El Salto o El ejido Ruiz Cortinez, entre otros parajes.

   A finales de este mes de enero la precipitación acumulada había superado a la recibida en la temporada de lluvias completa del año anterior. Y aun así febrero no se quedó atrás y trajo consigo las tradicionales lluvias de carnaval. Las tormentas engrosaron los cauces de los arroyos que arrastraron con toda clase que materia que a su paso encontraron: vegetación, llantas, basura diversa y hasta un par de autos. Múltiples pozas se formaron al pie de los cerros. El agua recordó sus caminos al correr monte abajo, erosionando de un modo caprichoso el suelo. Contorneándose aquí y allá, corriendo furiosa hacia el mar. El agua, que tanta falta nos ha hecho en los años pasados, se dejó venir sobre nuestras cabezas sin piedad, en apenas unas semanas. Es sabido por los locales observadores que estas tormentas abundantes nos visitan cada cierto número de años.

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 La Dra. Ileana Espejel, investigadora de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), afirma que la abundancia pluvial viene al puerto en ciclos de entre ocho y diez años. Dentro de esos ciclos cada aproximadamente veinte años se tiene un pico. Este invierno vivimos el inusual pico de los ciclos de abundancia de la temporada de lluvias; éste se manifiesta de un modo maravilloso en el exuberante florecimiento primaveral, denominado Super blooming del otro lado de la frontera. el comportamiento pluvial cíclico establece una ventana de tiempo que nos brinda suficiente espacio para prepararnos y aprovechar los años de lluvia para que los años secos, que se han intensificado gravemente, no sean de sufrimiento absoluto.

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  Antes de pensar en grandes proyectos gubernamentales o promesas fáciles de campaña que proponen resolver el problema de sequía que nos aqueja, quizá sería buen momento de revisar y tomar parte de las medidas prácticas —pequeñas quizá pero muy poderosas— que podemos llevar a cabo desde nuestra trinchera para mejor aprovechar las lluvias y el agua que nos traen. Aquí se reúnen apenas unas cuantas medidas que ya se están practicando en la comunidad, y que podrían hacer una diferencia sustancial:

1.- Recolección del agua de los techos.

Un sistema de canales postrados estratégicamente en las orillas del techo de nuestras casas, recoge y envía el agua a depósitos. De ahí podemos tomar agua para su posterior uso. Ya podría ser para regar el jardín, para lavar ropa, para el desagüe de los baños, etcétera. El verano pasado, que hubo cortes en el suministro por varios días consecutivos, haber tenido agua en depósitos habría hecho más sencilla la vida cotidiana de muchas personas.

2.- El diseño del jardín y uso de plantas nativas.

Las plantas nativas de esta región cuentan con un metabolismo muy bien adaptado a las condiciones climáticas de la región. Ellas saben sobrevivir a la falta de agua, y por tanto, su riego no es tan demandante como aquel de las plantas introducidas o no nativas. Eso nos permite ahorrar agua, además de que son muy bellas. Muchas de ellas son aromáticas y promueven la proliferación de abejas y mariposas.

3.- El manejo responsable del desmonte y el deshierbe.

Muchas veces cuando adquirimos un terreno, ya sea urbano o en el rancho, se piensa que “limpiar” o desmontar la tierra (despojarla de las plantas que naturalmente crecen en ella) o bien en cementar patios o jardines hará nuestra vida más sencilla y llevadera. Lo cierto es que ambas actividades limitan la absorción del agua de lluvia en los suelos. La vegetación que cubre las superficies permite que la lluvia atraviese la tierra y llegue a los mantos acuíferos, enriqueciendo las reservas de agua de donde nos abasteceremos. Además las plantas ofrecen muchos otros servicios ambientales: mantienen el equilibrio biológico de las zonas donde crecen, ayudan con el control de plagas en cultivos y sus raíces retienen la tierra evitando la erosión, los deslaves y la formación de zanjas. Favorecer la poda o corte de hierbas y pastos anuales, en vez del deshierbe es una buena medida para promover el aumento de los acuíferos. Mantener parches de vegetación nativa en los terrenos ayuda también. Un desmonte responsable es aquel que se lleva a cabo únicamente donde se va a construir o cultivar.

4.- Los canales Keyline.

En el rancho Tres Mujeres en el valle de Guadalupe, Luis Candela ha introducido el uso de canales Keyline que guían la caída del agua de lluvia por las laderas del terreno o en los lugares donde el agua pueda acumularse, haciéndola correr por canaletas de una inclinación pequeña. Estas zigzagean evitando la erosión y otorgándole al agua un camino más largo que permite una mayor retención al suelo. Es decir, en vez de que el agua corra rápida y linealmente cuesta abajo, su recorrido ahora será más largo y lento, asegurando que la absorción sea mayor.

5.-Los reservorios y los represos.

Muchos proyectos agrícolas en el Valle de Guadalupe han construido reservorios en sus espacios que permiten la recolección amplia de agua de lluvia. Ésta es posteriormente aprovechada para el riego de sus cultivos. Sin embargo, la construcción de represos en lugares estratégicos —como al pie de los montes y cerros por donde el agua cae y se puede acumular eficazmente— no sólo es una manera de recolectar agua, sino que permite que esta pueda ser absorbida por el suelo y llegue al manto acuífero.

  Si somos cada vez más los que nos sumemos a tomar medidas para mejorar el aprovechamiento del agua de lluvia, mayor será el impacto que a favor nuestro se genere. Podemos programarnos de un modo sencillo para que los veranos, en los que la humedad se ausenta, la falta de agua cause menos incomodidades. Tenemos tiempo para que en la siguiente abundancia de lluvias estemos preparados para recibir y optimizar el recurso pluvial. Por el momento podemos salir a los cerros y senderos de los alrededores y observar los colores con los que la naturaleza agradece la buena lluvia que nos visitó este invierno. Llenarnos los ojos del hermoso y poco frecuente paisaje primaveral que se desarrolla ante nosotros es un muy buen recordatorio de que la abundancia de agua no llega todos los inviernos, así que hay que estar listos para cuando nos vuelva a visitar.

—Ismene Venegas

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