Ángel

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crack-pipe

Ángel entró cojeando por la puerta trasera de la casa. Encontró la cocina vacía, pero se llenó la nariz con el olor de las ollas y sartenes en la estufa.

  —¿Qué pasó, jefita? ¿Anda ahí? —anunció, husmeando la comida—. ¿Ya no se acuerda de sus hijos o qué?

   Nadie respondió su rasposo llamado. Había pollo, arroz y mole. Abrió una puertita y encontró tazas cuando esperaba encontrar platos, señal de que su mamá reacomodó la cocina. Buscó por los muebles hasta que encontró un plato del Rey León donde se sirvió con un tenedor. El plato era tan viejo que Ángel recordó cuando vivía ahí y comía en él. La comida era del mismo día. Estaba buena todavía, aunque ya se enfriaba. Se sintió revivir. Casi como con el foco.

   Ángel rechinaba los dientes y temblaba más que de costumbre. Lo buscaban. Comía como perro apresurado. Quizá mañana ya no podría comer. Seguro que cuando saliera de la cantona de su jefita, estarían afuera esperándolo un par de cholos con fuscas. O le abrirían la panza esa misma tarde y la comida quedaría desparramada en la calle junto con sus tripas.

    —¿Quién me habla? —era doña Estela limpiándose las manos con un trapo.

   —¿Pues quién va a ser, amá? —respondió él, masticando la comida.

   Ella se congeló. Seis años… Seis añotes sin ver a su hijo. No desde que volvió del otro lado. Por dentro se alegró, pero en su memoria también la picotearon los pleitos, los golpes, los gritos. Lo que se dijeron antes de que se fuera, y cuando regresaba de visita: las gritoneadas que le ponía y los moretones.

  —A ti te quería ver, chamaco cabrón —dijo ella— ¿Dónde te metiste todos estos años?

  —Por ahí, amá —respondió echándose arroz a la boca—. ¿Qué? ¿No le da gusto verme?

  —Ni comer bien puedes. Estás regando arroz afuera del plato.

   Estela tomó el trapo, levantó el servilletero de la mesa y limpió el plástico que la cubría. Ángel sostuvo su plato en el aire, masticando todavía.

  —Te miras bien flaco —dijo ella—. ¿Comes bien?

 —Simón.

 —¿Y a qué vienes aparte de a robarme comida?

 —¡Uy! Pues a visitarla. ¿Ya no puede uno acordarse de su madre o qué?

 Ella lo miró con aire sospechoso. Notó que le faltaban algunos dientes.

 —Déjame calentarte unas tortillas.

Ángel llegó a la casa de nuevo porque no tenía ni dónde echarse. Tres días antes había matado a uno de sus clientes. “Yo no quería, pero el puto no me dejó opción”, le dijo a uno de sus socios, “era un bato que se sentía bien acá. Me dijo que lo estaba tranzando y yo dije que era él a mí. ¿Qué madres? Es como si yo, por mis huevos, dijera que tú me tranzas, carnal. ¿Verdá’ que no? Y pues, ni modo. Quise darle un susto, pero se asustó de por vida”.

  El muerto no era cualquier persona, era sobrino de otro de sus socios. Ese día, Ángel agarró la loquera más que nunca. No supo ni con quién lidiaba y antes de pensarla el otro bato ya estaba muerto. Al día siguiente se quedó sin amigos. Pero eso no fue grave. No era la primera vez y sabría salir del hoyo.

 —¿Te quedarás a dormir? —preguntó Estela a su hijo.

 —Todavía no sé, a ver qué pasa.

 —Mira, mijo. Qué bueno que estés bien, pero ya me tienes hasta la madre de tus pendejadas. No puedo estar aquí años esperando a ver a qué hora llegas o si te vas a quedar. Si vienes, yo sé que no es por buena gente. Sé que se desaparecerá algo de dinero. No creas que no sé que te crees un chingoncito.

 —Soy comerciante. A veces me va bien, a veces mal.

 —No te hagas pato. Nomás te digo. Criticas a tu papá por ñengo, por valemadre, pero estás peor.

 —Ni me mencione a ese pendejo, amá.

 —Más respeto, que pendejo y todo es tu padre. No lo he visto en cuatro años, pero a ti en seis. No me da para el gasto, tú tampoco —Estela omitió que ambos la golpearon—. Pero no anda metido en chingaderas, lo poquito que gana lo trabaja.

   Ángel recordó por qué nunca visitaba a su mamá. Todo eran reclamos con ella, llegaba todo happy a verla y le mataba la cura de volada. ¿Ella qué sabía de la vida de hombres? Ni siquiera lo visitó cuando estuvo entambado al otro lado. Nunca le gustaron sus compas, ni sus morras, ni su vida, ni sus curas. Ha chingado toda la vida. ¡Todas son iguales!

  El foco era su verdadera familia. Desde que dio el primer jalón al humo cuando era morro, encontró su media naranja. No necesitó de nadie desde entonces. Era una verdadera historia de amor.

 —Deberías vivir otra vez acá —dijo Estela. Anhelaba cuidar a su hijo bajo el mismo techo. Mimarlo y llevarlo por el buen camino de nuevo. Así lo vigilaría. Nunca supo decidir bien el pobre muchacho. Anda en malos pasos pero sólo por desorientación.

 Levantándose la manga de la camiseta, Ángel palmeó un tatuaje desvanecido en su antebrazo.

 —¿Y ese rayadero qué es? —preguntó Estela.

 —Es una letra china. Significa “libertad”. Así soy yo, libre. Ya no me puedo regresar a la casa. Me fui a los diecisiete y ya me acostumbré. Necesito mi espacio, mis cosas, hacerme cargo de mí mismo. Tengo cuarenta y tres años. Ya no soy un niño, amá.

 —Pues a esa edad te miras más jodido que yo. ¿Ese otro tatuaje que traes de qué es?

—Me lo puse por la Jackie hace un buen. Pero ya nomás está de adorno.

  La plática aburría a Ángel. Su mente estaba en su otra casa. Se imaginaba a tipos buscándolo, esculcando sus cajones. Querían darle baje con el cristal, con la feria, con los clientes, con todo lo que pudieran extirpar de su puerca vida. La verdad es que era muy buen dealer y le tenían envidia. A veces regalaba cristal, muestritas gratis. Los clientes lo querían. Él estaba bien traineado, todos los demás se la pelaban. Pronto sabrían quién es Ángel.

 —¿Alguien ha preguntado por mí? —preguntó él.

 —Sí, algunos.

  Se puso alerta. Quizá ya habían encontrado la casa de su jefa. Quizá estaban afuera en esos momentos, esperando a que mostrara la mema por la ventana para pegarle un tiro. Se encogió sentado en la mesa, soltó la tortilla. Observó a su alrededor los vidrios que tuvieran vista al exterior.

 —¿Quién ha preguntado?

 —Tus tíos. Me preguntan y no sé ni qué decirles. Así me pagas todo lo que he hecho por ti. Yo que me quitaba la comida de la boca para dártela cuando eras morrito.

  Ángel se relajó, pero no lo suficiente. Necesitaba un focazo, nomás tantito cristal para agarrar valor, salir afuera y decirle a todos: “Ora putos, ¿me querían? Aquí estoy, cerdos. Renqueando y todo me los chingo. Lléguenle”. Pero estaba desarmado, si no sí lo hacía. Tuvo que salir corriendo sin pensarla. No es sacatón pero nel, así ni madres.

 —¿Mi carnala dónde está?

 —Otra desaparecida —dijo Estela, ahora con nostalgia—. Se fue tras otro tipo que dijo que la llevaría a vivir a no sé donde. Ni adiós vino a decir. Allá ella.

 —¿Y la sobrina?

 —Allá arriba encerrada, dormida o chateando en el celular.

 —La última vez que la vi todavía iba a la escuela, ¿ya se metió a trabajar? Debe ser toda una mujercita, ¿no?

 —Le digo de broma que es una “nini” —dijo sonriendo—. No hace nada más que andar de vaga. Cuando la viste apenas tenía diez años, iba a la primaria todavía.

  Ángel la recordó. Ahora quizá tendría dieciséis, pensó. Era una morrita bien chévere. Ni un ruidito ha hecho, debe estar dormida.

 —Voy a ir a la tienda a comprar algo para que cenemos —dijo su mamá—. Te comiste lo que tenía para mañana.

 —Vaya con Dios, amá —respondió él, despidiéndola con un ademán.

  Esa ausencia le caía como anillo al dedo. Primero fue al patio a darse un focazo. No tenía mucho cristal consigo, pero al menos lo suficiente para un arreglo. Tomó el encendedor de la cocina y la pipa pequeña que guardaba en el bolsillo para situaciones como esa. Se arregló así, rapidito, antes de que llegara, para darle sabor al día.

  Bien enfocado, la mente se le aclaró. Recordó que su jefa guardaba una pistola en su buró. No por gusto, más bien porque sus tíos lo recomendaron. “Para que te protejas de los malandros”, le dijeron. Con suerte la tendría todavía. Con esa al menos daría batalla a quien lo esperara afuera. Ya escapando de ahí, buscaría otra manera. No moriría de rodillas. Era un chingón: todo parecía solucionarse.

 También recordó a la sobrina encerrada. La última vez que la vio andaba bien loco. En esa misma casa la visitó en su cuarto y estaba dormida. Sucedieron cosas bien raras. Le dio cariño y se convenció  de que a ella le gustó. “Ella lo pidió”, se dijo a sí mismo, “me estuvo provocando todo el día”.

 Pensó que sería buena idea visitarla en su recámara y despedirse antes de emprender su misión. Ya con el cristal encima se sentía invencible, podía enfrentarse a quien fuera. Nomás necesitaba la pistola, pero la encontraría pronto. Subió las escaleras que llevaban al cuarto, movió la perilla de la puerta, pero estaba cerrada. Tocó la puerta.

 —¿Qué pasó, Liz? ¿Andas ahí? —anunció con voz fuerte— Ábreme, despídete de tu tío. Ya me voy y a lo mejor ya ni me ves.

  Liz se encontraba al otro lado de la puerta, abrazada a un gran conejo de peluche. Desde que escuchó la voz de Ángel cuando llegó a la casa se le tensaron hasta sus huesos y la casa se le desmoronaba. Casi sin respirar escuchó la conversación que sucedió debajo. Rogaba que Ángel no se acordara de ella, que se fuera sin buscarla, sin decir nada, sin pasar por su cuarto.

  Desde hace seis años tenía pesadillas horribles. Despertaba a medianoche, pensando en lo que sucedió aquella vez. Cualquier cosita se lo recordaba. Su tío parecía un animal, ella luchó pero su fuerza no se le comparaba. Incluso sintió que el forcejeo sólo sirvió para incrementar el placer de él. Nunca se atrevió a decirle a su abuela, ella defendía a su tío a capa y espada. Todos le decían en qué andaba, en lo que se había convertido, pero ella lo defendía.

  A sus dieciséis se sentía de diez. Abrazaba el mismo conejo, se arrinconaba encima del colchón colocado directamente en el suelo. Habría querido salir por la ventana, pero no había a dónde saltar desde el segundo piso. Lo pensó seriamente.

 —Liz, ¡ábreme! —gritó Ángel— ¿Qué ya no me quieres?

  Ángel intentó abrir de nuevo, sin éxito. Gritó cada vez más fuerte sin escuchar nada dentro del cuarto. Estaba a punto de tumbar la puerta de una patada cuando escuchó que el seguro de la chapa se movió. Se alegró mucho. Él sabía que su sobrina lo quería.

 Abrió la puerta lentamente y puso su mejor sonrisa.

 —¿Dónde está mi sobrina? —dijo, como hablándole a un niño.

  La encontró de pie, temblando en medio del cuarto en pijama, con los hombros tensos. Ángel la vio sin prestarle mucha atención. La muchacha levantó ambos brazos y sostenía algo en las manos. Al observar mejor reconoció el objeto. Era la pistola que estaba buscando. Su sobrina la apuntaba directo a su corazón.

  La punta del cañón temblaba. Ella con lágrimas en los ojos. Ángel congelado. El dedo de Liz en el gatillo. Nunca había disparado un arma en su vida. Ángel se encabronó. ¡Nunca nadie apreciaba lo que hacía por los demás!

  Ella en verdad no quería, de verdad no quería hacerlo. No quería manchar su vida, su familia, con una bala llena de odio. Aunque tampoco quería que el monstruo frente a ella siguiera existiendo. Quería  desaparecer, desvanecerse. Caer por un túnel infinito. Quería ser nada, todos los días lo pedía.

  Ángel dio un paso al frente.

—Miguel Lozano

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